El ladrón de las pequeñas cosas

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-Esto es insoportable –farfulló el padre Bosco-. Me duele todo: las piernas, los brazos, las posaderas. ¿Cómo alguien puede decir que esto es sano?

El padre Bosco pedaleaba, observando el reloj, impaciente por llegar a esa media hora diaria que el padre Juan le había recomendado, asegurándole que era el ejercicio idóneo para una persona de su edad. El padre Bosco había superado los sesenta y hacía tiempo que se había adentrado en la obesidad. Cuando una mañana la báscula del baño marcó ciento veinte kilos, decidió no volver a subirse en ella, pero una angina de pecho le obligó a afrontar la verdad en el hospital, donde descubrió que había llegado a los ciento treinta. Medía un metro y noventa, pero su estatura no lograba disimular su desmesurada humanidad. En el autobús, ocupaba dos asientos sin pretenderlo y su apetito no se aplacaba con los tradicionales dos platos. Siempre pedía un tercero, creando estupefacción en los restaurantes que frecuentaba. Aunque su parroquia se encontraba en Madrid, de vez en cuando visitaba al padre Juan. Le agradaba la tranquilidad de Algar de las Peñas. El padre Juan, mucho más joven, le obligaba a cuidarse, observando dieta y haciendo ejercicio en la bicicleta estática. 

-Siga padre –dijo el padre Juan, que apareció en la habitación de improviso-. Piense que es Induráin subiendo por la montaña.
-Preferiría ser san José de Cupertino, que levitaba sin esfuerzo.
-La levitación es muy respetable, pero no sirve de ejercicio cardiovascular. 
-Esto de la bicicleta es un calvario, pero no me cabe más remedio que aceptarlo. Es el justo castigo a mi gula.

Dos horas después, tomaban una copa de vino en el patio, acompañados por unas aceitunas y unas almendras. El padre Juan se ocupaba de que su invitado no se excediera, sirviendo pequeñas raciones. 

-No hay que llevar la penitencia tan lejos –protestaba el padre Bosco-. Santa Teresa de Jesús aconsejaba moderación en estas cuestiones. Esta escasez roza el ayuno.
-No se queje, que se ha comido medio bote de aceitunas y una bolsa de almendras. Eso no es ayunar. 

Martín apareció súbitamente en el patio. En Algar de las Peñas, nadie cerraba las puertas y era costumbre entrar en las casas avisando con un escueto saludo, mientras se invadía el vestíbulo. Sin embargo, Martín no había dicho nada. Su cara de indignación revelaba que había olvidado hasta las normas más elementales de cortesía. Con la boina echada hacia atrás, las arrugas de su frente manifestaban la ira que hervía en su interior:

-Me han robado la radio –exclamó, echando fuego por los ojos-. No sé cómo lo han hecho, pero ya no está.
-¿Te refieres al trasto que había detrás del mostrador? –preguntó el padre Juan-. No te enfades, hombre. Sonaba a carraca. Nunca entendí por qué seguía ahí.
-Llevaba sesenta años conmigo. En ese radio escuchaba los partidos de liga.
-Eres del Atleti, ¿no? No lo lamentes. Así dejarás de sufrir.
-Me cago en todo. Seguro que ha sido alguien del Real Madrid. Para joderme.
-No hables de ese modo, hombre. ¿Por qué acudes a nosotros?
-He llamado a la Guardia Civil y no me ha hecho caso. Me han dicho que están ocupados con cosas más importantes. Si ellos no pueden ayudarme, ustedes quizás sí puedan hacer algo. A fin de cuentas, son lo más parecido a la autoridad.
-¿Ahora somos detectives? –intervino el padre Bosco.
-Si no quieren ayudarme…
-Haremos lo que podamos –respondieron los dos sacerdotes al unísono, sorprendiéndose por su coordinación espontánea.
-Me alegro. Los curas tienen olfato, como mi perro «Viriato», que huele una liebre a dos kilómetros. Lo digo sin ánimo de ofender. 

Lo cierto es que «Viriato» era un perro tontorrón que solo perseguía a los conejos cuando le apetecía. Enseguida se cansaba y buscaba una sombra para lamer tranquilamente sus genitales, ignorando los gritos de Martín, que le maldecía con toda clase de improperios y obscenidades.

-Estudiemos el caso –dijo el padre Bosco, cuando Martín se marchó-. ¿Quién puede querer un trasto inútil? ¿Se trata de una broma? ¿Puede haber sido realmente un hincha del Real Madrid?
-Quizás se trata de alguien que intenta llamar la atención –apuntó el padre Juan-. Lo más seguro es que haya sido un chaval con ganas de hacer rabiar a Martín.

Dos días después, apareció Consuelo en casa de los sacerdotes. Había desaparecido la cajita donde guardaba las estampas religiosas, casi todas heredadas de su madre y su abuela. 

-Al principio pensé en Ana, mi hija, que siempre está enredando y que tiene la cabeza llena de pájaros, pero ella me juró que no sabía nada. Además, no le interesan ese tipo de cosas. Sus trastadas son de otro tipo. Se le ocurren insensateces, como que va a morir y resucitar a los tres días, pero no le da por hacer las travesuras típicas de su edad. ¿Quién puede estar interesado en esa caja? No tiene ningún valor material, pero para mí significa mucho.
-Hija mía –respondió el padre Bosco-. El ser humano hace cosas muy extrañas. Hace unos días, le robaron la radio a Martín. Ahora se han llevado tu cajita. Parece que se trata de robos relacionados. Los dos tienen en común que han escogido como botín algo irrelevante. Debe haber alguna explicación.
-¿De modo que hay en el pueblo un ladrón en…? ¿Cómo se dice?
-¿Quieres decir «en serie»?
-Eso. Y, por lo que dice, está chiflado. Madre mía, ¿qué será lo siguiente? ¿Robar la campana de la iglesia?
-No des ideas –intervino el padre Juan-. Sería un verdadero fastidio. Es vieja y carece de valor artístico, pero hace un apaño. 

Los sacerdotes examinaron el caso mientras paseaban por las afueras. El cielo llameaba, pero el frescor que desprendía la sierra –un manto verde con  vetas grises, amarillas y ocres- aplacaba la temperatura. Los pájaros huían de las alturas, cobijándose en los árboles que corrían por la orilla del río. El agua propagaba un rumor que se mezclaba con el zumbido de las abejas. Era la única nota de movimiento en mitad de la quietud de la primera hora de la tarde. 

-Deberíamos acercarnos al río –propuso el padre Juan, alegrándose de no llevar alzacuello-. Allí hace más fresco.
-Me parece una buena idea, hijo –asintió el padre Bosco, que sí llevaba alzacuello y lamentaba no haberlo dejado en casa-. Ahora entiendo a san Lorenzo. Debió de pasarlo francamente mal mientras lo asaban en una parrilla. 

Sentados sobre dos piedras que se adentraban en el agua, los sacerdotes reflexionaron sobre los robos:

-Desde luego, el ladrón no busca un beneficio material –dijo el padre Bosco, secándose el sudor de la frente con un gigantesco pañuelo blanco-. No creo que sea un crío. Los críos son más destructivos. No habrían desperdiciado la oportunidad de cometer un acto de vandalismo. Tampoco creo que sea un delincuente habitual. Un ladrón profesional no pierde el tiempo con tonterías. No me imagino a una persona mayor haciendo estas cosas. Los ancianos del pueblo son gente seria, castellanos con un gran sentido del pudor y la autoestima. No se rebajarían de este modo. Y descarto la posibilidad de que sea un chiflado. Actúa con método, limpiamente, seleccionando bien sus objetivos. Por consiguiente, podemos aventurar que nos enfrentamos a un hombre de mediana edad. Indudablemente, un vecino del pueblo, pero estoy seguro de que no ha nacido en él. No es un hombre de campo. Y algo me dice que es culto. Hace esto por un motivo complejo. Pienso que se trata de un juego de carácter intelectual.
-¿Cómo ha podido deducir todo eso? ¿Quién le ha enseñado a razonar de ese modo?
-Santo Tomás de Aquino. Es un lógico implacable. En honor a la verdad, su línea deductiva es una herencia de Aristóteles, tal como él reconoce. Creo que son los dos mejores detectives de la historia. El problema es que se dedicaron a la filosofía y la teología. De otro modo, habrían sido unos investigadores más sagaces que el padre Brown. 

Diez días después, Julián penetró en la casa de los sacerdotes con las manos en los bolsillos, intentando fingir serenidad:

-Esta vez me ha tocado a mí. Se han colado en casa y se han llevado unas postales de Torrevieja. No valían nada. Era un recuerdo de mi primer viaje al mar con mi mujer. No voy a denunciar. Tengo alergia a la Guardia Civil. Quizás ustedes puedan averiguar quién es el ladrón y convencerle de que devuelva las cosas que ha robado.
-¿Y cómo vamos a averiguarlo? –preguntó el padre Juan.
-En el confesionario se suelta la lengua.
-Todo lo que se dice en esas circunstancias es secreto. Si un sacerdote revela las confesiones de uno de sus feligreses, queda automáticamente excomulgado.
-No les pido que violen el sigilo sacramental, pero si al ladrón le remuerde la conciencia y les cuenta algo, pueden pedirle que recapacite y repare el daño causado. Tiene que ser alguien del pueblo. ¿En qué estará pensando ahora? ¿En robar la campana de la iglesia?
-Y dale con la campana –protestó el padre Juan-. Ya es la segunda persona que lo dice. Al final, correrá la voz y se la llevarán de verdad.

Cuando Martín se marchó, el padre Bosco extrajo nuevas conclusiones. Con los pies en un barreño para aliviar el dolor de tobillos causado por el sobrepeso y abanicándose con la hoja parroquial, se lanzó a especular con rigor tomista y fineza aristotélica:

-Esta vez ha dejado pasar más tiempo entre robo y robo. Eso significa que se siente inseguro. Ha sucedido algo que le ha hecho pensar en la posibilidad de ser descubierto de forma inminente. Seguramente ha oído que las víctimas acuden a nosotros pidiendo ayuda, pero eso no debería inquietarlo. Solo somos dos curas. Sin embargo, saber que estamos husmeando le ha inquietado. Tiene que ser alguien que nos conoce bien. Caben dos posibilidades: obedece a una compulsión o intenta enviar un mensaje. Cada robo es la frase de un texto que intenta decirnos algo. Aquí hay que aplicar la lógica aristotélica. Si queremos llegar a la conclusión correcta debemos partir de premisas verdaderas. En este caso, hay que examinar la categoría de relación, buscando la conexión entre los fenómenos. Esta noche formalizaré mis teorías. Los garabatos son llaves maestras. Seguro que nos llevan a la solución del misterio. 

Sin embargo, pese a pasar un par de horas entre implicadores, conjuntores y disyuntores, el padre Bosco no logró descifrar la identidad del ladrón. Eso sí, corroboró que el perfil que ya había esbozado era inequívocamente verdadero y dedujo dos nuevos rasgos: se trataba de un varón, pues el pragmatismo de las mujeres vetaba las conductas extravagantes e inútiles; y convivía con un fondo de insatisfacción. Nadie se aventura a cometer una ridícula cadena de robos si no alberga alguna frustración interior y quizás cierta predisposición neurótica. Todo auguraba que los robos continuarían. 

Durante las semanas siguientes, los robos se multiplicaron, desapareciendo los objetos más absurdos: una vieja plancha de hierro, una tinaja de barro, un televisor portátil de tubo, una navajilla mellada, un bolígrafo con tinta de cuatro colores, un sacapuntas oxidado, una lupa minúscula con el cristal roto, un payaso de plástico que se había cuarteado y decolorado con los años, un flexo plateado con un cono diminuto, unas flores artificiales, una pequeña colección de figuras procedentes de los roscones de reyes, un calendario de 1982 con fotografías de modelos ligeras de ropa, unas cintas de casete de Manolo Escobar, unos enanos para decorar el jardín, una modesta colección de cajas de cerillas y, finalmente, la campana de la iglesia.

-No se han privado de un trofeo de primera categoría –se lamentó el padre Juan-. Ahora ya no sonará los domingos llamando a misa. 
-Habrá que denunciarlo –apuntó el padre Bosco, secándose el sudor que se acumulaba en forma de gotitas en su labio superior, ancho como el belfo de un caballo.
-Prefiero no hacerlo. Si ha sido un vecino, no quiero colgarle el estigma de ladrón.
-Alabo su caridad. 

Los vecinos tampoco denunciaron, pues lo que desaparecía apenas tenía valor material, pero habían pedido a la Guardia Civil que se acercara al pueblo más a menudo y, de vez en cuando, hablaban con los curas, esperando que alguien se inculpara, pidiendo su intercesión. El padre Bosco releía la Lógica de Aristóteles, buscando una chispa que propiciara una intuición. ¿Podría la lógica resolver un enigma ilógico? Mientras reflexionaba, el sacerdote hundía sus vigorosos dedos en su desordenado pelo blanco, siempre partido en dos por una raya irregular, casi un cañón que se abría paso entre unas poderosas matas plateadas. Cuando sentía que se atascaba, se quitaba las gafas, unos anticuados anteojos de montura dorada, y aparentaba observarlas, como si abordara el espinoso dilema sobre el contraste entre la visión exterior, que siempre podía mejorar con unos cristales de aumento, y la visión interior, únicamente asequible mediante la intuición y la inteligencia. En realidad no pensaba en nada. Solo era un gesto automático que abría un paréntesis en su cerebro, proporcionándole un descanso. Después de repetir este ademán varias veces, sintió que su visión interior, auxiliada por las muletas del Estagirita, había vislumbrado algo definitivo. Su exquisita caligrafía, un vestigio de otro tiempo, cuando escribir a mano era un arte, anotó el siguiente silogismo:

Todos los hombres cultos cometen actos absurdos

X es un hombre culto

X es autor de actos absurdos

¿Quién se escondía detrás de esa X? En el pueblo solo había tres hombres realmente cultos: Julián, el anarquista; el padre Juan y él mismo. Salvo que sufriera un sonambulismo particularmente creativo, capaz de urdir una doble vida basada en la escisión de la conciencia, podía eliminar su nombre de la lista. Julián podía haber fingido ser una víctima más, pero no era probable. Parecía realmente dolido y, si le asaltaba la necesidad de hacer algo absurdo, habría sido de otra naturaleza, como pintarrajear las paredes con consignas políticas pasadas de moda. Solo quedaba una posibilidad: el padre Juan. No se le ocurría ningún motivo, pero decidió vigilarlo. Todos los días salía a pasear solo, poco después de comer, mientras él se echaba la siesta. Fingiría dormir una vez más y, con el máximo cuidado, lo seguiría. 

No fue fácil. Su sobrepeso convertía sus pisadas casi en cañonazos. Para que no le escuchara, se envolvió los pies en trapos y mantuvo una distancia prudencial. El padre Juan se acercó al río y se escondió detrás de unos arbustos. Decidió esperar unos instantes y se aproximó a él por sorpresa, descubriéndole con unos contenedores de plástico, a los que en ese momento retiraba las tapas. Solo necesitó echar un vistazo para identificar los objetos sustraídos: la radio de Martín, la cajita de Consuelo, las postales de Julián. 

-¿Por qué lo ha hecho?
-Sabía que me descubriría –dijo el padre Juan, casi aliviado-. Lo hice para combatir la melancolía. Se está apoderando del pueblo. Los vecinos ya no valoran las pequeñas cosas. Pensé que si perdían objetos aparentemente insignificantes pero con valor sentimental, recapacitarían y recuperarían la alegría de vivir.
-Es un noble motivo, pero ¿por qué fingió que habían robado la campana de la iglesia?
-Para alejar sus sospechas. Pensaba que su sentido lógico acabaría por incluirme entre los presuntos culpables. Además, quería solidarizarme con las víctimas, mostrándoles que el clero compartía sus penalidades.
-No revelaré su identidad, pero tiene que devolver estas cosas a sus propietarios. Yo creo que han aprendido la lección. Y pásese por el confesionario para limpiar su alma. Tendrá que rezar muchos padrenuestros y bastantes avemarías.

Una semana después, los sacerdotes pusieron unas mesas delante de la iglesia con los objetos robados. Explicaron que el ladrón se había arrepentido y les había pedido que los hicieran llegar a sus dueños. Todos los vecinos afectados reaccionaron con alborozo.

-No sabía que echaría tanto de menos a esta jodida –comentó Martín, examinando la radio.
-Yo también estoy muy contenta –dijo Consuelo-. Todas estas estampas mantienen vivo el recuerdo de mi madre y mi abuela.
-Todo esto es muy raro –comentó Julián, observando satisfecho sus postales de Torrevieja-. No tiene ni pies ni cabeza. Parece una obra de Samuel Beckett.
-Piensa eso porque no cree en Dios –respondió el padre Bosco-. Si creyera en la providencia, comprendería que nada es gratuito o ilógico. El mundo es un teorema perfecto, de esos que no dejan cabos sueltos ni ventanas abiertas a la posibilidad de una refutación parcial o total.
-No creo en Dios, pero creo en la Historia y en la Historia todo obedece a una causa objetiva. En este asunto, no veo nada de eso.
-Dios no obra a ciegas.
-Al menos, todo ha acabado bien. Imagino que le habrán dado la absolución al ladrón.
-Por supuesto, pero tendrá que rezar mucho.
-Según usted, ¿por qué ha organizado Dios esta farsa?
-Quizás para que los vecinos de Algar de las Peñas aprendan a valorar las pequeñas cosas.
-¿Nunca se ha planteado cómo sería el mundo sin Dios?
-Un cuento contado por un idiota. ¿Le suena esa frase?
-Me ha dejado sin argumentos. ¿Quién soy yo para enmendarle la plana a Shakespeare?

El padre Bosco sonrió, pensando que se quedaría un tiempo en el pueblo. Algo le decía que la providencia lo quería allí. 

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