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El espejo de los opuestos y la «tonteoría» de las clases equidistantes

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Hoy, incomparable gemelo, es 12 de octubre. Como en tantas otras fechas, los hechos y las actitudes o se dan la cara o se dan de cara. Para muchos es la fiesta nacional de España, para muchos otros es lo contrario a una fiesta. Para más de uno es ambas cosas, según el día. Uno de nosotros lo celebra visitando el país desde allende los mares el otro en un sentido acto oficial. Feliz 12 de octubre a todos.

Coges un objeto cualquiera, o una idea, la enfrentas al «espejo de los opuestos» y este te da la imagen contraria. O te pones tú delante del espejo y pueden suceder dos cosas. Como a Dorian Gray, te devuelve la imagen lamentable de lo que en realidad eres, aunque tú creas que das la imagen opuesta. O bien, como el estanque de Narciso, seas lo que seas, lo que se refleja en el agua especular es lo que quieres ver. Entre el estanque de Narciso y el retrato de Dorian Gray, el espejo de los opuestos te devuelve, cual diccionario de antónimos, la palabra opuesta.

En el plano proceloso del debate actual, social, político, económico o mediático, y no digamos si este se canaliza por las Redes Sociales, a la que alguien dice «rico» otro contrapone «pobre». Rico-pobre, viejo-joven, fascista-antifascista, derecha-izquierda… Son dicotomías o condiciones binarias naturales, se admite. Pero el uso excluyente de otras categorías que se les da empieza a ser estomagante. Por reduccionista, semánticamente pobre y, a la postre, conducente a una vida social miserable y plagada de rencor. Un rencor que se deriva de la consustancial incapacidad de tal forma de debatir para el progreso de la sociedad.

La polarización del discurso excluye a la mayoría y, cuando, condescendientemente, alguno de los sumos sacerdotes de la polarización, o alguno de sus múltiples monaguillos, se digna volver la mirada a lo que hay entre medias de los polos, lo califican de «equidistante» con toda la bilis que pueden. Si no eres rico ni pobre eres equidistante. Si no eres viejo o joven eres equidistante, si no eres de derechas o de izquierdas eres equidistante, si no eres fascista o antifascista eres equidistante.

Esta forma de ver la vida y el mundo es una especie de profecía que se auto cumple. Es solo cuestión de tiempo que el mundo se configure como se dice que está configurado, aunque no lo esté. Si algo no lo impide.

Estos días, con motivo del debate parlamentario, mediático y social (en las redes) sobre los Presupuestos Generales del Estado, ha proliferado el uso del espejo de los opuestos exhibiendo impúdicamente dos de las dicotomías antes aludidas: rico-pobre y viejos-jóvenes. Consideren amables lectores este simple diagrama.

No es necesario aportar datos para comprender que la descripción que acompaña a cada uno de los pares formados por el cruce de las categorías consideradas en el diagrama es, grosso modo, una buena representación de la realidad social de muchos países avanzados, desde luego el nuestro (si es que fuese un país avanzado).

También salta a la vista que ninguna de las duplas del diagrama es mayoritaria en la población, ni las de la diagonal principal (que va de arriba a la izquierda a abajo a la derecha) ni, mucho menos, las que están en la diagonal secundaria (que va de abajo a la izquierda a arriba a la derecha). Incomparable, por cierto, no creas que lo de izquierda y derecha y arriba y abajo está traído a colación en esta entrada a humo de pajas.

Entre todos estos extremos puros se encuentran unas enormes zonas medias en las que los jóvenes y los viejos y los pobres y los ricos ni son tan jóvenes, ni tan viejos, ni tan pobres ni tan ricos. Antiguamente, se les conocía como las clases medias, adultas y, como se dice ahora, trabajadoras (¿qué, si no, iban a ser las clases medias?). Estas clases quedan fuera de la acción política. O se las ordeña o se las halaga, aunque, por lo general, se las halaga mientras se las ordeña. Y el resultado es que van menguando mientras los cuatro extremos anteriores se quedan fuera del radar. De los pobres y de los ricos no se ocupa ni Dios, sean jóvenes o viejos.

Pero lo cierto es que, últimamente, nos gusta ver a la sociedad por el prisma bipolar o a través del espejo de los opuestos.

Las consecuencias de esta forma de concebir el mundo e imponérselo a los demás ya saltan a la vista. El estancamiento de la prosperidad, la adopción de medidas ad hoc contradictorias, la reversión de leyes ya adoptadas o la promesa de revertir las que se adopten, la inseguridad jurídica y, finalmente, la precarización del núcleo de resistencia de la sociedad que son las clases medias, las clases «equidistantes».

Voilà, incomparable hermano, esta es nuestra Teoría de las Clases Equidistantes. Como toda teoría que se precie, la nuestra debe tener sus axiomas, sus teoremas y sus corolarios. Allá van.

Axioma para iniciados (proposición que no necesita demostración).

Todo individuo que no sea ni rico ni pobre, ni fascista ni antifascista, ni joven ni viejo ni de izquierdas ni de derechas es equidistante. Denominamos a las anteriores categorías «categorías polares».

Teorema Principal de la Equidistancia General

Cuando todos y cada uno de los individuos que forman la sociedad pertenece al menos a una de las categorías polares, las clases equidistantes no existen.

Prueba (por reducción al absurdo):

No se puede ser a la vez equidistante y rico, o equidistante y fascista.

QED

Corolario (proposición no necesariamente demostrable que se desprende de un teorema)

Cuando las clases equidistantes no existen, la política consiste en enfrentar a los grupos polares entre sí. Y si existen, también, a ver si dejan de existir.

oooOooo

Niquelada. Nuestra teoría de las clases equidistantes ha quedado niquelada. Bueno, no sin un sabor amargo, como el del níquel.

Sería muy conveniente que reflexionásemos acerca de la facilidad con la que en el debate social trazamos la línea del espejo de los opuestos y sancionamos que quienes no son como nosotros son lo opuesto a nosotros. Con objeto de evitar este dañino proceder. Varios factores nos han traído a esta situación.

En primer lugar, la desgraciada historia del terrorismo etarra que sorprendió a las reconfiguradas clases medias con una violencia injustificada e inesperada una vez desaparecido el franquismo. Aquellos atroces crímenes obligaban a un posicionamiento claro en uno u otro sentido que muchos simpatizantes lejanos de los terroristas y también muchos otros al otro lado de la línea rechazaban. Sin duda, se fue demasiado lejos en esa lógica hasta acabar aplicándola a toda la gama de propuestas más o menos problemáticas que surgirían en las siguientes décadas hasta hoy.

El aborto, la memoria histórica, la educación o la transexualidad legal reciente han sido algunas de esas cuestiones sociales que no solo han generado la divisoria y la polarización, sino también han llevado a muchos a utilizar la equidistancia como arma arrojadiza contra quienes disentían de una u otra postura extrema.

Otro factor coadyuvante ha sido la ausencia de opciones políticas de centro liberal verdaderamente organizadas en todo el periodo democrático. Opciones que encaminarán el debate desde posiciones moderadas que, a su vez, moderasen a los extremos. El centro en España, tras la inevitable debacle de la UCD, se repartió entre los grandes partidos de izquierda y de derecha, ejerciendo de bisagra otros dos partidos nacionalistas, (el PNV y CiU), que no tenían la menor intención de moderar a nadie. Todo lo contrario, perseguían sus intereses por cualquier medio. Los intentos por crear un centro liberal de las últimas tres décadas (UPyD de Rosa Díaz y Ciudadanos de Albert Rivera) se esfumaron tras algunas llamaradas de esperanza. La pólvora debía estar mojada.

De haber existido una opción política de centro liberal bien articulada, con un ideario claro, podría haberse evitado la polarización. Quién sabe si los populismos y extremismos de derecha e izquierda. Mediante la proliferación de mensajes y argumentos liberales que explicasen de manera competitiva (en las urnas) con las izquierdas y las derechas las virtudes de la moderación y el valor de todas las opiniones nunca hubiese surgido la preferencia social actual que se manifiesta, cuando lo hace, hacia los extremos y la polarización. Y los mensajes simples, pobres y dañinos sobre los ricos y los pobres, los jóvenes y los viejos, los fascistas y los antifascistas o la izquierda y la derecha no serían recibidos por la opinión pública como la confirmación de apriorismos ideológicos.

No deberíamos resignarnos a filtrar nuestra visión de aquellos con quienes disentimos por el espejo de los opuestos. Menos aún a tildar de equidistancia lo que nos devuelve aquel. Nuestra Teoría de las Clases Equidistantes, ¿no incomparable gemelo?, es una «tonteoría». Pero no la hemos formulado para divertirnos, sino para llamar la atención sobre una forma de ver las cosas manifiestamente expuesta en las redes sociales cada día y demasiado arraigada en una buena parte de la sociedad española. En una Buena Sociedad deben convivir todas las opiniones, pero los extremistas de cualquier signo, en cualquier materia, y sus opuestos, no pueden ser mayoría. La equidistancia no existe y su atribución a quienes no comulgan con la polarización solo busca crearla. No se logrará. Pero si se porfía demasiado en este empeño todos salimos perdiendo.

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