MAGNUS MILLS. EL ENCIERRO DE LAS BESTIAS

EL ENCIERRO DE LAS BESTIAS

MAGNUS MILLS

El encierro de las bestias, de Magnus Mills,ha sido publicada en Muchnik.

La novela, contada en primera persona, la protagonizan casi en exclusiva el narrador y dos compañeros suyos, Richie y Tam, trabajadores de una pequeña empresa radicada en Escocia.

El encargado, o sea el narrador, es casi uno más –se supone que lo es en el salario y en el trabajo–, aunque tenga que vigilar y coordinar a los otros. Viajan en una camioneta que remolca una destartalada caravana en la que duermen cuando trabajan fuera. Jamás logran llegar a tiempo a los lugares de destino.

Al narrador se le nombra encargado en las primeras palabras con que se abre el libro.

–Te dejo al cargo de Tam y Richie –dijo Donald–. No pueden ir a Inglaterra solos.

La tarea consiste en colocar vallas por los campos de Escocia y de Inglaterra –fences en inglés que tiene también un significado como de barrera del que carece en español–, con la finalidad de impedir que los animales domésticos se salgan fuera de la linde.

La primera preocupación del narrador es motivar en cada momento a sus dos ayudantes para que realicen los trabajos a tiempo y con el esmero profesional que se exige de ellos. Ardua tarea.

La intriga y la tensión de cada página se sustentan precisamente en el temperamento de ambos. Tam remolonea en la cama de la mugrienta caravana y no suele levantarse a tiempo; Richie apenas le mejora, sus interrupciones en el tajo son numerosas, los cigarrillos y las pausas abundan. De la pareja cabe esperar cualquier cosa menos que culminen su trabajo, como en aquellas escenas de cine mudo en las que un equipo de mudanzas, integrado por Laurel y Hardy, subía o bajaba un piano por una escalera, sin llegar nunca arriba o abajo.

Tam tiene una personalidad más acusada que Richie, pero ambos comparten lo esencial de sus vidas, lo que más les gusta es beber cerveza en el pub al salir del trabajo, se diría que si trabajan lo hacen sólo para eso. Hay que decir que el narrador difiere apenas una pizca de ellos, aunque lo suficiente como para poder contarnos lo que mueve a los otros, lo que, visto así, está muy lejos de ser poco. Estupendo el detalle de cómo Tam y Richie esperan en el pub cada noche la llegada de alguna mujer para, cuando llega, no hacer nada, sino seguir los dos solos uno al lado del otro atiborrándose de cerveza.

El lector se pregunta a cada instante cuándo dejará alguno de los dos de trabajar, quién de ellos será el primero en mandar todo al infierno y en rebelarse. Pero ninguno lo hace, a regañadientes y con enorme retraso van acabando la tarea, no importa que llueva o luzca el sol. Y así, jornada tras jornada, vuelven al redil, sí al redil, lo que abunda sobre el valor metafórico del título.

Tal vez por eso resulta desconcertante el que de cuando en cuando estos instaladores de cercas o de vallas altamente tensionadas causen la muerte accidental de alguien. Entonces la novela vira hacia un territorio poco claro, a veces humorístico –de un humor negro naturalmente–, a veces sarcástico, a veces de terror, lo que, por paradoja, viene a debilitar la fuerte cimentación ambiental que la sostiene.

La primera muerte se produce en las primeras páginas, luego hay otras dos o tres. Tienen tan poca relevancia dentro de la historia que ni siquiera me cuido de ocultárselas al lector. A mi juicio, distraen, sin añadir nada, antes bien, producen la impresión de que el autor –se trata de su primera novela– ha dudado sobre lo que se traía entre manos, vamos como si, habiéndose dejado llevar por una cierta facilidad, a él también se le hubiera destensado la valla.

Esto se hace especialmente evidente en el final, un final más propio de relato corto que de novela (un final como deja vu además), que, si no es capaz de estropear lo logrado, sí evita su culminación en lo que muy probablemente hubiera sido un libro importantísimo.

Lástima, porque el gran interés de El encierro… surge precisamente de este ambiente tan anodino, tan carente de épica y de intriga, de grandes sentimientos o emociones. Lo poco que aquí ocurre se reviste de una extraña trascendencia, de la misma que la acción de un encargado de desactivar explosivos cuando acerca sus manos al artefacto en cuestión. Hay entonces emoción, intriga, misterio, y también miedo.

Y es sorprendente cómo el relato de lo que parece tan insignificante se deja penetrar por esa gran literatura de la inquietud que va del existencialismo al teatro del absurdo, sin olvidar a Kafka, cuyos constructores de la gran muralla alguna afinidad tienen con estos instaladores de vallas altamente tensionadas. Luego, los simbolismos, de cuya virtualidad puede el lector usar a su antojo. En El encierro… queda simbólicamente reflejada una cierta Inglaterra, un cierto tipo de hombre trabajador y su modo de estar en la vida. Quiero decir que afortunadamente no hace falta apelar una vez más al thatcherismo para dotar de significación a la novela. Con thatcherismo o sin thatcherismo un cierto tipo de trabajo y un cierto tipo de vida provocan esta abulia y este espanto, cuyo retrato literario aquí se contiene.

La escritura muy correcta –hay que elogiar una vez más la excelente traducción de Mariano Antolín Rato–, sin alardes expresivos que chocarían con la personalidad del narrador, se resuelve en frases cortas, directas, frías, con el estilo acaso del capitán de navío que anota en su diario la rutina de los acontecimientos de a bordo. Aquí se nos da cuenta de los avances hechos en la fijación de los postes guías, de la alineación de los alambres, del tensado de las vallas.

Ficha técnica

4 '
0

Compartir

También de interés.

Miau…

Un crítico amable

Contra todo pronóstico, E. M. Forster dio por terminada su carrera de novelista…

Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.