Años fundacionales

Los cuadernos de Luis Vives

FRANCISCO UMBRAL

Planeta, Barcelona, 1996

188 págs.

«Lo sobrecogedor de la literatura es que hasta la propia madre, cuando la escribimos, se vuelve literatura». Así da comienzo este admirable libro de memorias imaginarias y de ficciones reales. Bajo la invocación y el retrato de la madre, tantas veces cantada en anteriores libros, el escritor de hoy se asoma al niño de posguerra y de provincias, habitante de un gineceo humilde y, a la par, aristocrático, en el que sobresale, con la madre al fondo en la penumbra, la tía Josefina, convertida para la literatura en Algadefina, como génesis de un amor incestuoso, tísico y literario. Un ámbito, un decorado muy cercano a aquel otro que inventara para su novela El fulgor de África, uno de sus mejores libros, en donde la explícita autobiografía ficcional de tantas obras se distancia levemente mediante una tercera persona que, sin embargo, se adueña de la mirada niña, lírica y emocionada de Jonás el bastardo, alter ego del Francesillo de Las señoritas de Avignon (también éste bajo la sombra ausente del padre, fusilado tras la asonada de Galán, en Jaca), voz narradora y niño enamorado de esta tía Josefina/Algadefina que es modelo confesado de esas y otras obras del mejor Umbral, como él mismo reconoce en estos Cuadernos (p.118).

La elusión explícita del padre, su ausente presencia, intenta ser suplida con la mención generosa de los tantos maestros literarios y periodísticos que jalonaron la inicial formación del escritor en ciernes: Melero, Martín, Abril, Francisco Pino, Delibes, Cela, Martín Descalzo…

De la mano, pues, de su madre, cuyo bello retrato adorna la portada del libro, el escritor maduro repasa y revisa y reescribe unos cuadernos de adolescencia en los que aparecen poemas, notas, apuntes tímidos de un escritor en ciernes. La madre, en contra de lo que se podría esperar, apenas es una sombra leve al fondo de la memoria, pero las páginas que abren y cierran este texto, las de su retrato y las de su muerte, son admirables, espléndidas, del mejor Umbral, en ellas podría latir un fervor muy cercano al que alentó aquella obra inolvidable: Mortal y rosa. 

Y en medio, al hilo de los recuerdos y de las imaginarias o reales páginas adolescentes de aquellos cuadernos de posguerra, aparece la vocación del escritor, el extrañamiento, esa evidencia perpleja de ser actor y espectador al mismo tiempo de las cosas: «Siempre tuve, tuve en todo caso, esta sensación de falsedad, esta conciencia de monedero falso, de estar acuñando otra cosa, secreta y mía, en lugar de vivir libremente, abiertamente, en contacto violento con la realidad…». Y junto a esa conciencia tan clara del escritor y su lateralidad, siempre esquinado frente al mundo de ahí fuera, la memoria de Umbral se posa, con delicadeza y ternura propias de quien rebaña sobre pedazos rotos de su propio tapiz, en los primeros amores, la amistad, la temprana vocación periodística, las lecturas fundacionales (Juan Ramón, Guillén, Valery), los escritores amgos y maestros de su generación; pero también en la fascinación sensual de las misas de doce, pomposas y dominicales, ante cuya belleza litúrgica y oratoria quedaba prendado el niño huérfano y protegido; o los burdeles provinciales y el recuerdo de sus primeras experiencias con Carmen la Galilea, a la que llega a calificar de «segunda madre». Y, por supuesto, las reflexiones primierizas del poeta que no fue y del prosista en que devino. A este respecto es conveniente resaltar que la formación literariadel Umbral inicial se forjó en la poesía: «Frecuenté más a los líricos que a los prosistas. En todo caso a los prosistas líricos. No me interesaron nunca las historias, (todavía me pregunta si soy un novelista, ya de viejo)». A Umbral, en efecto, no le interesan casi nada las historias, pero tampoco las estructuras narrativas, Umbral es un maestro consumado del estilo: el propio poderío verbal de su prosa, que es su don, es también (como en Quevedo, Valle, Miró o el mismo Cela, su maestro) la plenitud que asfixia pancarta cualquier intento de narración «tradicional». Pero a Umbral eso no le importa, y se nota: «De una novela me interesa ante todo el estilo, y luego los ambientes, los climas, las ciudades, los paisajes. Las pasiones sudorosas de Dostoievski o los moralismos de Tolstoi siempre me han dejado indiferente y aburrido». Nada que objetar. En el fondo, es casi imposible que un prosista de la talla de los citados pueda ser un buen novelista; en el sentido decimonónico del término, al menos. 

De la mano, pues, apócrifa o no, de estos cuadernos escolares de Luis Vives, que actúan como un palimpsesto sobre los que el escritor recupera las iniciales notas (poemas, fragmentos de diario, cartas) pergreñadas en la adolescencia, la memoria reconstruye así los años fundacionales del artista adolescente. Estamos ante un hermoso libro, de lo mejor que ha salido de la impetuosa y ubérrima factoría del último Umbral: literatura, so capa de autobiografía, en estado puro, esa literatura, en fin, de la que Umbral parece no poder zafarse, ni siquiera, cuando evoca la vida y la muerte de lo más íntimo.

Ficha técnica

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