El caso del novelista profesor (o viceversa)

La caída del Museo Británico

DAVID LODGE

Anagrama, Barcelona, 192 págs.

Trad. de Josep M. Jaumá

Todos los escritores deberían escribir ensayo, o reflexión, para permitir a sus lectores comprenderles mucho mejor. Al menos los escritores literarios. O al menos los buenos escritores literarios (los demás, por favor abstenerse: no quiero ni pensar en lo que serían las reflexiones de según quién sobre la ansiedad de la influencia). O por lo menos deberían escribirlos para facilitar las lecturas críticas, como ésta.

Pues si existe un autor que resulta más engañoso que la niebla en Londres –cuánto más que ya casi la han exterminado–, ese es David Lodge. Igual que el teatro o el césped británicos, en apariencia sencillos pero de una calidad que sólo se consigue con siglos de mimo, lluvia y exigencia, bajo el disfraz de un humorista inglés de cierta eficacia –y ahí está un éxito más o menos internacional–, se esconde en su caso un escritor con toda una arquitectura detrás, un conocimiento real de la tradición literaria (eso sí: casi sólo la anglosajona, en un provincianismo muy de esa tradición), y una insólita vocación pedagógica: como él mismo dice en El arte de la ficción, «cuando se ha sido profesor, no se puede dejar de serlo». Él lo fue en la universidad de Birmingham, el Rummidge de sus novelas, durante 27 años (del 60 al 87), y creo que todavía colabora.

No se conocen muchos precedentes de profesores que hayan sobrevivido indemnes a 27 años de docencia: en el caso de Lodge no se trata sólo de vocación pedagógica –El arte de la ficción podría llevar el subtítulo de «Arte de la divulgación»–, sino que ese mundo académico que tan bien conoce le ha permitido contribuir de forma muy visible a la casi refundación de lo que en algún momento se llamó novela de campus, aunque ahora la etiqueta se ha quedado pequeña.

Más allá de lo que alcanzaron A este lado del paraíso, la novela que lanzó a Scott Fitzgerald, o Lucky Jim, la que lo hizo con el joven airado Kingsley Amis, padre de MartinY la deuda queda reconocida casi de forma explícita en el ensayo de Lodge «Lucky Jim revisited», recogido en el también recomendable The Practice of writing, Penguin, 1996., sorprende hasta qué punto las novelas de Lodge, como El mundo es unpañuelo o ¡Buen trabajo!, entre otras, no sólo constituyen un verdadero ejemplo de lo que los escritores de contrasolapas con demasiado entusiasmo suelen llamar unacrítica-de-la-sociedad-de-su-tiempo, sino también, y eso casi que me parece más interesante, constituye un ejemplo de la crítica posible y hasta cierto punto eficaz de ese medio en nuestro tiempo: hasta donde yo sé, Lodge es uno de los pocos artistas que, sin abroncar la voz ni anunciar el Apocalipsis, han logrado reírse de algunos de los fundamentalismos que gobiernan la vida y a veces la tiranizan en las universidades de nuestra época y en particular las anglosajonas: el lado más pintoresco y risible (también hay un lado nada pintoresco y hasta miedoso) del pensamiento políticamente correcto y las posmodernas vías de salvación de la Deconstrucción y demás.

La caída del Museo Británico, tercera novela de Lodge (1965), pertenece a su prehistoria en el sentido de que todavía no ha descubierto su campo y todavía se permite lo que hoy en día serían temerarios lujos, como, de forma paralela a la trama, utilizar cada capítulo para hacer parodia de ciertos autores anglosajones. Pero, ¿quién sabe hoy en día, incluso en Inglaterra, quién fue Chesterbelloc? (un hipotético mestizaje entre Chesterton y Belloc); o ¿cuántos lectores pueden reconocer hoy, en las 24 horas que dura el relato y en el monólogo del final, una parodia de Ulises y el en su día famoso monólogo de Molly Bloom?

El asunto se sostiene, y justifica la traducción, porque como es habitual en Lodge el relato tiene vida propia, al margen de sus guiños y críticas. Los problemas y contradicciones del protagonista, Adam Appleby, mantienen su eficacia narrativa por más que hoy nos parezcan más bien exóticos: él y su mujer, católicos, intentan seguir las normas de la Iglesia sobre control de natalidad (estamos en los sesenta), con la pega de que ya tienen tres hijos, quizá cuatro –ese quizá es uno de los que mueven el libro–, y él no termina de rematar una improbable tesis sobre un oscuro escritor católico que lo tiene esclavizado al Museo Británico en jornadas de oficinista y que con suerte le permitirá alcanzar una plaza de profesor fijo. Toda la novela reposa sobre la terca e irritante constatación de que la literatura suele estar llena de sexo y pocos hijos, y la vida real es lo contrario.

El libro que sin embargo debería llamar una mayor atención que hasta ahora es Elarte de la ficción, aunque sólo fuera por su originalidad, incluso en Inglaterra y desde luego en España (aunque menos en México o Argentina). Quiero decir, un libro de reflexión sobre la praxis de la ficción escrito con la solvencia de un novelistaprofesor pero obviando la hermética y a menudo sólo hermética jerga universitaria, la de los talleres de escritura que a veces parecen de autoayuda, y la superficial de los literatos habladores. Es otra cosa.

Lo componen cincuenta entregas en su día periodísticas con ejemplos bien elegidos sobre temas no por clásicos menos cruciales, como el punto de vista o la fiabilidad del narrador; pasados de moda, como el flujo de conciencia; arriesgados, como la intertextualidad; o sutiles, como el dedicado a las diferencias entre mostrar y explicar. Epígono de Henry James, Forster y también del crítico Graham Greene, y pensando mucho más en el destinatario que en el lucimiento, es, a distancia de lo que sería un ensayo de, por ejemplo, Maurice Blanchot en la muy distinta tradición francesa, una excelente introducción a la envidiable tradición anglosajona de narradores que piensan en su oficio. Con humildad y experimentada inteligencia.

Ficha técnica

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