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          ¿Recuerdan alguna película en la que no hubiese música? Muy probablemente, no; aunque las hay, desde luego. Alguna de ellas tan conocida como Los pájaros (Alfred Hitchcock 1963). Si pensamos en películas sin palabras todo es más fácil porque la mayoría de nosotros, incluso los jóvenes, hemos visto películas que han resistido el paso al archivo del silencio llamadas, justamente, películas del cine mudo: de Charlot, de Harold Lloyd, Buster Keaton… todas ellas cómicas: la mímica, en su sencillez esquemática, puede ser muy actual, más que las tragedias o los dramas de la misma época. Aparte, y es mucho apartar, de que hablamos de tres figuras geniales.

          Pero también hay películas mudas más recientes, en general con música incorporada, aunque no dejan de ser, hasta cierto punto, experimentos: The artist (Michel Hazanavicius 2011), El gabinete del doctor Ramírez (Peter Sellars 1991), El espía (Russell Rouse 1951) que tiene sonido, pero tan solo sonido ambiente. Parece que nos resulta más fácil recordar películas en las que no hay palabra que películas en las que no hay música porque, efectivamente, la música siempre ha estado muy ligada a la escena. Antes del cine, también: se representaban obras de teatro y Haendel y Mendelssohn, entre otros muchos, compusieron música de acompañamiento, de fondo, interludios a obras de teatro en los momentos en lo que no había palabra… Lo que llamamos ahora música incidental: obras en las que la música no es lo que el público va a ver prioritariamente.

          Actualmente todo tiene música. El cine y las series, también. Música que nos envuelve mientras, confiadamente, creemos estar concentrados en otra cosa.

          Cantar… admito que es probable que no la sepamos cantar y, tal vez, tampoco sepamos el nombre del autor, pero seguro que sí reconoceremos la música de Superman (John Williams), con el actor Christopher Reeve volando flamante con su capa. ¿Qué sería de Darth Vader sin la música imperial, o de Tiburón sin la suya —ambas también de John Williams-? ¿Qué sería de las películas de terror sin esos sonidos orquestales que nos mantienen en vilo? Qué sería de Misión imposible (Claudio Schifrin, 1966) sin su banda sonora,  o de James Bond (Monty Norman/ John Barry 1962) sin su característico tema principal, o El hombre y la tierra, la serie de Félix Rodríguez de La Fuente (García Abril 1966)? Y, por no seguir muy atrás en el tiempo, ¿qué sería de El buen patrón —recientemente galardonada como mejor película en los Premios Goya— sin la música de Zeltia Montes, también ganadora del Goya a la mejor banda sonora-, y sin las otras piezas que aparecen en el film?

          No nos estamos refiriendo a películas en las que la música aparece en imagen: no veremos a ningún personaje tocando el piano o la guitarra, ni cantando… pero ahí está la música, sin que nos demos cuenta, tan poderosa como siempre, máxime si, además de ser buena y -esto es muy importante- está situada en el momento adecuado. La música hace su labor sin ocultarse pero, soterradamente, va realzando, desvelando, potenciando. La música en el cine subraya o desmiente, matiza siempre. Es portadora de sentido para la imagen; que es lo que es la música en el cine (Santiago Martín Bermúdez, ‘Scherzo’ mayo 2020).

          En El buen patrón (Fernando León de Aranoa 2022) Zeltia Montes, autora de la música de la película, ofrece un ligero y  ajustado contrapunto cómico utilizando las características sonoras del viento-madera de la banda sonora para acompañar al personaje de Javier Bardem, protagonista que, progresivamente, va dejando de ser cómico, distanciándose de esa primera impresión musical tranquilizadora en un alejamiento que crea tensión porque la historia nos dice una cosa y la música otra y da gusto escuchar a Zeltia Montes, en sus varias declaraciones, explicar con claridad y sabiduría su construcción musical e insistir en la importancia que la música tiene en las películas.

En general, la música en el cine crece en importancia si no se utiliza constantemente. Hay bastantes momentos sin música en El buen patrón. A lo largo de la película, la música de Montes no cambia tanto, porque es el reflejo de cómo se considera a sí mismo el buen patrón, pero nosotros, que lo estamos viendo desde fuera y que sabemos lo que ha hecho, tenemos la sonrisa un poco congelada porque la cosa va en serio y ya estábamos inmersos en el modo-comedia. Los sucedidos se vuelven trágicos y la separación entre la música y los hechos del protagonista producen una distorsión progresiva que es uno de los aciertos musicales de la película. La música de Montes va cargándose de tensión, ascendiendo tonalmente en un juego construido sobre un ostinato y, hacia el final, remozando dramáticamente el tema principal.

          A veces, en El buen patrón se busca -y se consigue- un gran impacto utilizando una música ajena: la del duelo con espadas de la aristocrática Danza de los caballeros del ballet de Romeo y Julieta de Prokofiev, cuyo halo trágico cobija dos escenas de la película que contrastan: la del teatro durante el ballet y la de la brutal agresión, encargada por el protagonista, que tendrá lugar durante la representación: una embestida contra un exempleado que, instalado entre pancartas, en una tienda de campaña frente a la entrada de la fábrica, insultaba con un megáfono al buen patrón en sus entradas y salidas y atraía la atención de la prensa. El ataque canalla que destroza a patadas el chiringuito y deja muy malherido al exempleado se cobra la vida de uno de los atacantes, un trío de jóvenes marginales. La distancia entre la elegante lucha que retrata Prokofiev y la brutal paliza queda resaltada por el refinamiento de la música.

          Es hacia el final de la película cuando el buen patrón consigue todos su objetivos- no entramos en el precio que ha hecho pagar a su entorno por lograrlos- y sucede la entrada triunfal del protagonista en su fábrica, con los empleados, visitas y autoridades aplaudiendo. Y es en ese momento cuando  Michael Dublé entra al rescate: porque la escena resulta algo doméstica –al fin y al cabo es una fábrica- pero se le ha querido dar un empaque, una solemnidad, la idea de triunfo glorioso y eso lo proporciona y sostiene y resalta la versión espectacular cantada por Michael Bublé de la canción Feeling good: Sintiéndome bien (Anthony Newley y Leslie  Bricusse, 1964) a la que, a la dulzura inicial del tema, sucede una marcha de cabaret, de desfile de striptease (voz, instrumentos de viento, metales, batería) que elevan la categoría de lo que estamos viendo. Musicalmente, además, la marcha está construida sobre la que aquí conocemos como cadencia española, por ser muy utilizada en el flamenco (cadencia frigia, en realidad) y ese modo le da un empaque solemne a la situación: una gran elección la de Feeling good.

Muchas de las escenas más conocidas del cine no serían lo que son sin la música que las acompaña o, mejor dicho, quítenle la música a esas escenas y la narración perderá continuidad. Cámbienle  la música y podrán convertir la escena en otra cosa completamente distinta y, puede que, incluso, con significado contrario: hay una famosa escena de la película El furor del dragón en la que Bruce Lee y Chuck Norris se quitan parte de la ropa para dejar sus torsos desnudos justo antes del combate… Pónganle a esa escena una música sensual  al gusto, y comprobarán que la tensión por el inminente combate de los oponentes se transforma en los sensuales prolegómenos del encuentro homosexual entre dos de los grandes iconos de las artes marciales          

La música llega allí donde las palabras jamás llegarían, pero no solo eso: la música puede transformar esas mismas palabras que nos emocionan en algo cómico y hasta carente de sentido, o al revés: puede hacer que algo relativamente banal se convierta en algo trascendental. Así, la cuestión no es ya solo música en el cine, sino música en nuestra vida.

Inés Fernández Arias es la presentadora del programa Ecos y consonancias de Radio Clásica en Radiotelevisión Española.

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