DISCUSIÓN

El pasado vasco en cuestión: historiadores y apologistas

 

El relato del nacionalismo vasco radical sitúa el origen reactivo de ETA en el franquismo y su continuidad en la baja calidad de la democracia española; de modo que, en el fondo, ETA no sería más que subproducto de un déficit democrático. El final de ETA ha puesto en primer plano la denominada lucha por el relato. La nómina de historiadores rigurosos hace impensable en el escenario vasco algo parecido al simposio España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014) (Barcelona, diciembre de 2013). Sin embargo, la existencia de un circuito poderoso de literatura historicista militante da cuenta de la penetración social de los mitos del abertzalismo. No es extraño que se haya establecido una conexión entre ese ramal vasco y el independentismo catalán, vehiculada por un sintagma compartido: el «derecho a decidir». Una profesora francesa de Geopolítica especializada en España, Barbara Loyer, expresaba una extrañeza interrogadora: «Me llama la atención la distancia entre la calidad de los historiadores en España y la manera que tienen los partidos españoles, sobre todo de izquierdas, de utilizarla para dividir a la gente». En los volúmenes que comentaré resuena esta inquietud.

Empezaremos por el más generalista. Verdaderos creyentes se ocupa de sectarismo, radicalización y violencia. El título procede de una obra pionera de Eric Hoffer y sus catorce autores se distribuyen entre la historia, el periodismo, la psicología, las relaciones internacionales, la medicina, la politología, la sociología, la antropología, el derecho o la filología (árabe). Se estructura en tres grandes bloques: uno de carácter generalista, otro referido al radicalismo salafista y un tercero relativo a la historia vasca, que entronca con el núcleo de los otros tres libros.

Florencio Domínguez, Eduardo González Calleja, Manuel Moyano y Edorta Elizagarate se ocupan de indagar en los elementos y los niveles de la realidad social que cooperan para la formación del fanático. Son factores cognitivos y emocionales que se combinan con estructuras de oportunidad y contextos de apoyo. Dentro de las diferencias en un espacio tentativo, la línea principal insiste en la multidimensionalidad, la complejidad y la contingencia, es decir, el carácter procesual; lo que, por un lado, obliga a adoptar enfoques multidisciplinares y, por otro, a estudiar los contextos específicos, fundamentalmente las redes de radicalización. Se descarta la vía patológica para privilegiar la explicación por la socialización o enculturaciónDe todas estas variables, Maxwell Taylor (The Fanatics. A behavioural approach to political violence, Londres, Brassey’s, 1991) considera decisivas las trampas psicológicas y los procesos sociales.. En definitiva, resulta extremadamente difícil encontrar una fórmula del tipo «sí y sólo sí» para dar cuenta del proceso de radicalización ideológicaSin olvidar los desacuerdos entre especialistas. Para un vistazo a la literatura actual sobre el yihadismo, véase Akram Belkaïd y Dominique Vidal, «Le djihadisme sous la loupe des experts».. En este bloque generalista cabe incluir un capítulo a cargo de María Lozano dirigido a estudiar las medidas de prevención desde la óptica de la Radicalization Awareness Network.

El final de ETA ha puesto
en primer término la denominada lucha
por el relato

Ese capítulo permite enlazar con el segundo bloque, centrado en el fanatismo yihadista. Moussa Bourebka trata de descifrar la dinámica que desemboca en el fanatismo y, a la postre, en el terrorismo; prefiere, a la metáfora epidemiológica, la de la migración, según la cual el proceso de radicalización consiste en «una combinación de factores push (condiciones que propician) y pull (motivaciones individuales)». En el reverso de este segundo bloque, Mónica Carrión y Pedro Rojo se ocupan de estudiar la banalización de la islamofobia y proponen algunos remedios para hacerle frente. Seguramente no hubiera estado de más un capítulo dedicado a la xenofobia en general; en realidad, la identidad es un factor fundamental en todos los procesos de fanatización. En palabras de Edorta Elizagarate, «la idea de identidad recibe hoy una admiración amplia y generalizada, puede ser fuente de orgullo y de confianza, pero la identidad también puede matar y matar desenfrenadamente». No hay solución de continuidad entre ambos usos: la mayor parte de las identidades asesinas son también supremacistas.

El tercer bloque está centrado en el País Vasco, algo obligado si se tiene en cuenta que el libro nace de un seminario organizado por la Fundación Fernando Buesa Blanco y el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda. Los cinco capítulos de este rubro se reparten entre el antes y el después de ETA. Para lo primero, Antonio Rivera elabora una fina crónica de la construcción del «nosotros» vasco como antesala de la violencia terrorista. Rivera atribuye un papel fundamental a la ideología segregada por el nacionalismo, que desde los fueros y la religión construye lo español como alteridad y a la nación vasca como víctima perfecta. Jesús Prieto completa el cuadro desde el terreno sociológico dando cuenta de la combinación tóxica que adoctrinó a una parte de la juventud vasca. Desde el después, Ander Gurrutxaga tira de luces largas con piezas más normativas que empíricas para pronosticar que el cierre del proceso «no va a dejar satisfecho a casi nadie». Por su parte, Jesús Loza repasa los programas que han dado frutos para la salida de la violencia a partir de la premisa de la centralidad de las víctimas, mientras que Aintzane Ezenarro desgrana la filosofía de la Secretaría de Paz y Convivencia del Gobierno vasco para «promover una cultura de paz y prevenir los conflictos destructivos». Respecto a este último capítulo, no cabe aquí el detalle, pero hay que señalar en esa filosofía la ausencia de los victimarios y de referencias a su ideología, por un lado, y de referentes ejemplares, por otro; estos y otros déficits de las instituciones vascas dirigidas por el peneuvismo reaparecen en el volumen siguiente.

Naturaleza muerta. Usos del pasado en Euskadi después del terrorismo está atravesado por la tensión sobre el pasado. Los ocho capítulos, desde el apretado estado de la cuestión inicial de Antonio Rivera, convergen en dos motivos, en el doble sentido del término: los requerimientos del quehacer del historiador y la anomalía epistémica. Esta última consiste en la correlación negativa entre la calidad de los productos de la historiografía académica, de un lado, y de la literatura militante, de otro, y su aceptación social. Una poderosa industria cultural dirigida desde el nacionalismo vasco radical, con estribaciones institucionales, asegura la extensión de los tropos mitográficos del abertzalismo. Los autores son conscientes de este desafío y de su centralidad política. Concluida la fase militar, el contencioso se libra en el dominio del relato, como los epígonos ideológicos del etnorradicalismo no han dejado de reiterar. Por eso su profesión de oficio, valga la expresión, comprende dos piezas ensambladas: una de corte deontológico y otra de corte cívico. La primera se refiere a las exigencias que comporta la tarea del historiador: el rigor, la fidelidad a los datos y el uso de protocolos metodológicos contrastados. La otra es de orden cívico: en una sociedad que ha sufrido el flagelo del terrorismo y en cuya legitimación ha tenido tal peso la literatura político-memorialística, el historiador no puede permanecer pasivo; se ve obligado a intervenir para desautorizar esas construcciones falsas, pero, además, peligrosas, porque hay «mitos que matan» (Gaizka Fernández Soldevilla). Pero su intervención será siempre desde las convenciones de la disciplina; por eso se trata de una lucha desigual, porque la literatura militante está dirigida por objetivos extraepistémicos que anteponen los fines a los hechos. Teleología, presentismo, esencialismo, topología identitaria y movilización de emociones baratas son algunas de sus características. Y es también desigual por razones sociales: la sociedad vasca es una sociedad mayoritariamente nacionalista.

En el capítulo de apertura, Antonio Rivera traza en paralelo las patologías de la pseudohistoria militante y las líneas normativas de la función social del historiador: «Mientras el pasado no sea naturaleza muerta, estamos obligados a saltar al ágora pública para aportar las competencias de nuestro oficio a esa demanda». A continuación, Luis Castells desmonta las piezas del canon interpretativo abertzale, fabricado con los materiales de un victimismo que disuelve el terror de ETA en el magma alucinado de la opresión inmemorial de la comunidad-nación vasca. Todos culpables y todos víctimas, en la versión eufemística de la equidistancia y la equipolencia. El significado político de las víctimas del terrorismo queda así difuminado en el excipiente de sufrimiento comunitario equitativamente distribuido e imputado a actores externos.

Fernando Molina y Joseba Louzao retoman el eje de la función pública del historiador para desautorizar los productos de instituciones como la Euskal Memoria Fundazioa o las contribuciones de la literatura partisana, que, pese a sus sesgos e insolvencia, han conseguido normalizar el relato etnonacional gracias a la poderosa industria cultural y a la colaboración de intelectuales orgánicos que no han dudado en recurrir a artillería retórica pesada («genocidio», «solución final») para apuntalar sus artefactos.

José Antonio Pérez y Víctor Aparicio se ocupan luego del papel del historiador en el espacio delimitado por las instituciones y las víctimas. Justifican su desacuerdo con la política memorialística de las instituciones vascas, por su empeño en unificar las víctimas mezclando categorías dispares, cronológica y motivacionalmente distantes en un empeño de crear un relato posmoderno desprovisto de rigor histórico que omite los contextos y deja en la sombra a los victimarios. Se muestran críticos con las lecturas complacientes sobre la interpretación tanto del pasado terrorista (sector radical) como del supuesto activismo contra ETA del conjunto de la sociedad (sector moderado).

En el capítulo siguiente, Raúl López Romo, autor del indispensable Informe Foronda. Los efectos del terrorismo en la sociedad vasca, se ocupa de la figura de la víctima. Describe su emergencia social a partir de los testigos del Holocausto, señala los abusos de la memoria y la identidad con la ayuda de figuras como Tzvetan Todorov o Eric Hobsbawm, para luego recoger algunos de los testimonios de víctimas del terrorismo y esbozar las funciones del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo. Recuerda que el 92% de los asesinatos terroristas en España son obra de ETA y, de ellos, el 95% se produjeron una vez muerto Franco.

Javier Gómez y Erik Zubiaga acometen la tarea de desautorizar uno de los mitos más arraigados del nacionalismo vasco: que el País Vasco fue destinatario principal de la represión franquista. Con profusión de datos, concluyen lo contrario: porcentualmente, las víctimas de la represión fueron allí de las más bajas de España, sólo aventajadas por Cataluña. La instalación de este mito y su contrapartida, el heroísmo antifranquista, fue el resultado de la desaparición de la memoria republicana en los años sesenta. El relato de la Guerra Civil en el País Vasco es, sobre todo, nacionalista y antiespañol.

Porcentualmente, las víctimas de la represión franquista en el País Vasco fueron de las más bajas de España, sólo aventajadas por Cataluña

En el capítulo siguiente, José María Portillo prosigue la tarea de desenmascaramiento desde un ángulo diferente y poco explorado: la alteración de los principios normativos del constitucionalismo con la introducción de la historia (los derechos históricos) como principio de legitimación en la Constitución EspañolaEl historicismo ha contaminado buena parte de los Estatutos autonómicos. Cabe llamar la atención en particular sobre la Ley de Actualización de los Derechos Históricos de Aragón, aprobada hace pocos meses y que ha llevado la Asociación para la Defensa de la Función Pública de esa comunidad ante el Justicia de Aragón.. La insistencia en la bilateralidad y el confederalismo, así como el «derecho a decidir», son herederos de esta premisa aceptada por los constituyentes por la puerta de atrás y como medio aparente de aplacar a ETA. El nacionalismo vasco antepone el Estatuto a la Constitución, pero aprovecha la adicional de la Carta Magna que presume de no haber votado.

En el capítulo final, Gaizka Fernández Soldevilla aplica las consideraciones historiográficas apuntadas para rastrear las imposturas y falsificaciones con que ETA adorna su propia historia. Con abundantes fuentes primarias en las que los propios protagonistas reconocen sus invenciones, el historiador insiste en la popularidad de estos fabuladores merced a la complicidad de un público fiel y crédulo. La narración del conflicto vasco –la viga maestra de la sociodicea nacionalista– convierte la historia de ETA en martirologio y asfixia la verdad, la primera condición para la reparación de las víctimas. Entre otras consideraciones de más calado, esta susceptibilidad a la fábula tiene una larga historia y sirve de pedestal al populismo actual.

Gaizka Fernández Soldevilla y el periodista y director del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, Florencio Domínguez Iribarren, son los coordinadores de Pardines. Cuando ETA empezó a matar. El aliciente para esta monografía fue una efeméride: en junio de 2018 se cumplieron cincuenta años del primer asesinato de ETA. Uno de los indicadores más elocuentes de la anomalía epistémica citada es que el dato crucial del bautismo de fuego de ETA ha quedado ensordecido por los decibelios de la literatura patriótica. José Antonio Pardines es una figura muy poco conocida: tan solo el 1,2% de los encuestados por el Euskobarómetro en octubre de 2017 sabía responder a la pregunta de quién fue la primera víctima de ETA. Si en los volúmenes anteriores domina el componente teórico, aquí el recorrido es inductivo. Con una analogía, podría decirse que el foco de Pardines revela el tinglado de ficciones del canon narrativo etnorradical. El trabajo, que corre a cargo de historiadores, periodistas, politólogos, un sociólogo y un jurista, ofrece mucho más de lo que anuncia el título, porque presenta un cuadro completo de la historia reciente en el País Vasco a partir de la convergencia de perspectivas de los autores.

Tzvetan Todorov.

Precisamente la coincidencia de fechas motiva que el primer capítulo, redactado por Juan Avilés, esté destinado a perfilar la sensibilidad del 68, y dentro de ella la opción violenta, «los años de plomo» en los países desarrollados de Occidente, con la influencia, muy sensible en ETA, de las luchas de liberación del Tercer Mundo. En el siguiente capítulo, Santiago de Pablo concentra la mirada de esa década en el País Vasco y observa allí una imagen mucho más abigarrada de la que quieren los partidarios de la homogeneización. El autor sale al paso, entre otras falsedades, de la supuesta prohibición del euskera: «esta prohibición nunca existió, ni siquiera en los años más duros de la posguerra [...]. En la década de 1960 no sólo no fue prohibido, sino que en ocasiones fue promovido por algunas autoridades» (p. 53). El capítulo termina con los avatares ideológicos de ETA. Gaizka Fernández Soldevilla reconstruye con la precisión de un trabajo minucioso de archivo las circunstancias que rodearon la muerte de José Antonio Pardines, un guardia civil de tráfico de veinticinco años, a manos de su asesino, Txabi Echevarrieta. El título es suficientemente elocuente: «A sangre fría. El asesinato de José Antonio Pardines»; nada de legítima defensa y habilidad en el disparo, como muchas veces se ha escrito. Raúl López Romo se ocupa a continuación del devenir del caso a partir de un análisis bibliométrico. El análisis arroja dos resultados elocuentes: la diferencia de tratamiento entre la literatura académica y la militante –donde Pardines no figura; mientras que sí lo hace con profusión Melitón Manzanas, el primer asesinato planificado–, por un lado; y una presencia notablemente superior de Echevarrieta sobre Pardines en el conjunto de ambas. José Antonio Pérez y Javier Gómez tratan luego la contrastada suerte de la víctima, ninguneada, y el victimario, convertido en símbolo patriótico. Precisamente en virtud de un canon de opresión que explicaba a ETA como una reacción defensiva frente a la represión: en realidad, como una necesidad o un mandato de las voces ancestrales cuya desobediencia significaría un delito de lesa historia. Y obviando que la represión fue, sobre todo, consecuencia de ETA, de ahí que los especialistas hagan de la irrupción de ETA la línea divisoria entre el primer y el segundo franquismo.

La infraestructura historicista de legitimación se sustenta en dos pilares retóricos: el sabinismo, que cuenta el calvario de la nación vasca secularmente oprimida, y el gudarismo, que canta la resistencia heroica de los patriotas vascos contra los alzados en 1936. ETA ha querido conectar su actuación con el trasfondo franquista, de ahí su resistencia a la transformación democrática de España. Los etarras son los gudaris redivivos. Tal creencia les llevó a sostener que la pistola homicida de Echevarrieta provenía de un gudari de la Guerra Civil. Jesús Casquete pone en evidencia la densidad de la trama de fabulaciones en este proceso de interpretación alternativa del asesinato. La inversión simbólica es elocuente: la pistola asesina había sido un encargo de Hitler y el héroe sacralizado mató a sangre fría y bajo los efectos de la drogaLa mención a Hitler puede sonar extraña, pero Jesús Casquete documenta fehacientemente esta atribución. La pistola modelo Astra 600-43 que utilizó Etxebarrieta fue fabricada en Guernica por encargo de la Wehrmacht el año 1943; por los avatares de la guerra no llegó a Alemania hasta julio de 1951 y volvió al País Vasco por una ruta desconocida vía París. De ninguna manera pudo pertenecer a un gudari de la Guerra Civil, como quiere el mito..

Los capítulos siguientes completan el cuadro, añadiendo datos necesarios para explicar la propia evolución de ETA en la década siguiente (Óscar Jaime) y la lucha policial (Roncesvalles Labiano y Javier Marrodán). En el anteúltimo se da espacio a las víctimas (María Jiménez) para narrar el arduo camino hacia el reconocimiento desde la soledad y el estigma iniciales y apuntalar la responsabilidad criminal de ETA ya en los últimos años de la dictadura, con el 65% de los asesinatos terroristas a su cuenta. La responsabilidad sirve al politólogo y jurista José María Ruiz Soroa para el capítulo de cierre con una mirada interpretativa de largo alcance. Dos elementos cabe destacar en él. El primero es claro respecto a las condiciones de partida de la lucha por la memoria: «la represión franquista prácticamente consiguió desarraigar mediante una represión salvaje las memorias socialistas, comunistas o anarquistas de la sociedad vasca, mientras que la levedad de la represión con el nacionalismo permitió la conservación familiar y privada de su memoria particular». El segundo remite al leitmotiv de estos cuatro libros: «si el relato nacionalista del pasado pretende explicar hoy la violencia de ETA, es porque ese mismo relato fue capaz de generarla. Simplemente sucede que lo que hoy se propone como epistemología explicativa de una historia ya terminada funcionó en la realidad de esa historia como motivo para la acción para aquellos que se lo creyeron a pies juntillas». El problema reside en que, por una parte, «subsiste intacto el canon intelectual del abertzalismo radical» y, por otra, «ningún nacionalista ha denunciado como desviacionistas o herejes doctrinales a los violentos de ETA». El volumen se completa con un buen número de fotos e ilustraciones.

La conquista de la memoria es la última batalla del nacionalismo vasco radical dirigida a justificar la otra batalla: su sangrienta historia

Euskadi 1960-2011. Dictadura, transición y democracia es, a la vez, una ampliación del ángulo del anterior y una imagen en alta definición de las premisas formuladas en Naturaleza muerta. Sin ninguna duda, puede afirmarse que este libro contiene los mimbres para elaborar el relato canónico de esos cincuenta años que ensamblan dictadura, transición y democracia en el País Vasco. Los quince capítulos que lo componen pueden agruparse en tres apartados: cronológico, temático y hermenéutico.

El primero analiza estos cincuenta años separándolos en cortes cronológicos. Los años sesenta son, según el primer capítulo de Juan Pablo Fusi, los de la ruptura. De la oposición –y la no oposición– al franquismo al final de la dictadura (1970-1975) se ocupa José Antonio Pérez. El quinquenio de la Transición (1975-1980) es diseccionado por Luis Castells, quien subraya el comienzo de una persistente paradoja: ETA se vuelve más mortífera cuando se ha consolidado un autogobierno sin precedentes, mientras que la deserción cívica frente al terrorismo se instala para durar. Castells, junto con Félix Luengo, se ocupa del tramo siguiente (1980-1984), el de la vertebración de Euskadi, en el que se establece la hegemonía jeltzale (del PNV) moldeando las instituciones autonómicas a su imagen y semejanza. Siguen los años de Ajuria Enea (1984-1998), de los que se ocupa Santiago de Pablo, subrayando la crisis del PNV y deteniéndose en los últimos momentos, cuando el fracaso del Plan Ardanza abre paso a un período turbulento asociado con el nombre de su sucesor, Juan José Ibarretxe. De estos años (1998-2005) de fragmentación marcada por los polos de Ermua (configurado a partir del asesinato de Miguel Ángel Blanco) y Estella/Lizarra (el frente nacionalista en pro de la Gran Euskal Herria nucleado en torno a ETA) construye Javier Ugarte una crónica a ras de hemeroteca. El último plano (2004-2011) corre a cargo de Jesús Casquete y Fernando Molina: el impacto del 11-M, los avatares del plan Ibarretxe, el fin de la tregua de ETA y el cambio de gobierno marcan la fase terminal de la banda terrorista.

En el bloque temático cabe incluir cuatro capítulos. Javier Ugarte se ocupa de los núcleos definitorios de «lo vasco», tratando de afinar la semántica del perfil identitario. Felipe Juaristi amplía este enfoque con una exploración detallada del ámbito cultural. Por su parte, Fernando Molina escruta los sustentos ideológicos de la legitimación de la violencia, fundamentalmente el revolucionarismo marxista –agotado en 1989– y el etnonacionalismo primordialista. Cabe incluir también en este rubro el capítulo dedicado a la Transición en Navarra de la pluma de Ángel Pascual y Ángel García Sánchez.

Aunque las piezas interpretativas no faltan en los demás, aparecen de forma destacada en dos de ellos. Antonio Rivera perfila en «Un pulso de legitimidades» el itinerario de la afirmación institucional de la Comunidad Autónoma hasta alcanzar unas cotas notables e inéditas tanto de autogobierno como de bienestar, que, sin embargo, convivieron con prácticas de violencia terrorista igualmente anómalas en contextos democráticos (el «terrorismo del bienestar»). Esta perplejidad resuena igualmente en la segunda contribución de Juan Pablo Fusi, en la que observa que el éxito de la nacionalización («la total oficialización de la simbología y los rituales nacionalistas [...], la euskerización de topónimos, señalizaciones y nombres de localidades y calles, la progresiva euskaldunización de la administración, la enseñanza, la universidad y los medios de comunicación oficiales, y la potenciación del folklore y los deportes étnicos vascos»), así como el disfrute de un alto grado de prosperidad, cohabitaron en la vida cotidiana en una «desconcertante normalidad» en la que «la sociedad vasca parecía mayoritariamente acostumbrada y resignada ante la violencia». Un argumentario a la medida (equidistancia, empate infinito, final ordenado, normalización-pacificación, todas las violencias) proporcionaba confort intelectual a una sociedad «instalada en una estupefaciente contradicción moral». Esto es lo que formuló José María Ruiz Soroa al afirmar que «lo que más llama la atención del estudioso de aquellos años no es sólo lo que sucedió, sino sobre todo lo que no ocurrió».

Ertzaintza conteniendo una manifestación abertzale.

Y no hemos salido de la geometría de esa contradicción. En los compases finales, Fernando Molina y Jesús Casquete señalan que la conquista de la memoria es la última batalla del nacionalismo vasco radical dirigida a justificar la otra batalla: su sangrienta historia. Es el contencioso del relato sobre la estela de terror que terminó en 2011, que se enfrenta a los escollos de la «memoria blanda», la seducción detergente del síndrome de Vichy. La conciencia de este problema social de enorme calado moral impregna el conjunto de la obra, como reflejan la foto de la portada con manifestantes por la liberación de José María Aldaya y antagonistas, y la dedicatoria: «A la memoria de José Ramón Recalde y María Teresa Castells, referentes éticos e intelectuales en la defensa de los valores democráticos en el País Vasco».

La sensibilidad apuntada impregna la totalidad de esta monografía, porque constituye, por así decir, la imagen de marca del Instituto de Historia Social Valentín de Foronda; por eso es reconocible en el conjunto de los libros reseñados y por eso, también, podemos observar en ellos alguna reiteración. Se trata de una institución que ha celebrado este año la 24ª edición de su seminario anual. Es difícil sintetizar en unos párrafos lo que llamaré la impronta ForondaCito dos obras recientes en la longitud de onda de las reseñadas: José María Ortiz de Orruño y José Antonio Pérez (coords.), Construyendo memorias. Relatos históricos para Euskadi después del terrorismo, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2013; y Fernando Molina y José A. Pérez (eds.), El peso de la identidad. Mitos y ritos de la historia vasca, Madrid, Marcial Pons, 2015. Para una aproximación analítica, el dosier que dedica al Instituto de Historia Social Valentín de Foronda la revista Huarte de San Juan. Geografía e historia, núm. 22 (2015).. Para empezar, se reconoce en los cuatro imperativos de la ciencia social enumerados por Alain Caillé: empírico, explicativo, hermenéutico y normativo. En segundo lugar, su foco no se limita a la disciplina histórica, sino que apuesta por la fertilización cruzada. En tercer lugar, hay un estilo que incluye al menos dos rasgos complementarios: la ausencia de infatuación (es admirable la colaboración de estudiantes con profesores fundadores y el reparto de los especialistas entre mesa y público en los seminarios) y el espíritu cooperativo (frente a la competitividad y el individualismo que alienta una cierta manera de entender la actividad/productividad/excelencia académica).

Este espíritu es consciente de la responsabilidad cívica del intelectual, de ahí su implicación en la refriega del relato para combatir el populismo epistemológico de la literatura partisana. La posverdad no es un invento reciente. Como escribió Baltasar Gracián, «la verdad [es] muda, la mentira trilingüe»: una suerte de ley de Gresham de la epistemología. El relato populista es barato hasta en las palabras: «No les bastó Guernica», «España nos roba»; y en las emociones –negativas y de bajo coste– correlativas: «Vota donde más les duele». Es mucho más difícil deshacer un mito que fabricarlo, como observó Pierre Vidal-Naquet, precisamente en un combate análogo contra el revisionismo. En primer lugar, por el coste; en segundo lugar, por aquella proclividad apuntada por Nietzsche: «Pero el hombre mismo tiene una invencible inclinación a dejarse engañar y está como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si fuesen verdades». La melancolía del destino robado, el recuerdo de una Euskal Herria que nunca existió, ejercen, como todas las narraciones de autoestima/testosterona identitaria, un poderoso atractivo. La lucha por el relato es una lucha por la atención. Por eso es tan importante, junto a la divulgación –con su prolongación en el universo proceloso de las redes–, proporcionar auxiliares de lectura para los textos de gama alta. Los índices detallados, que uno agradecería en los volúmenes reseñados, son seguramente las herramientas más útiles; porque a menudo el lector está tanto o más interesado en contrastar información sobre un dato particular que en seguir la secuencia discursiva de un proceso de largo recorrido. Un detalle como sugerencia para sazonar la ejemplar ejecutoria del Instituto de Historia Social Valentín de Foronda.

Martín Alonso es doctor en Ciencias Políticas y autor de Universales del odio. Creencias, emociones y violencia (Bilbao, Bakeaz, 2004), El catalanismo, del éxito al éxtasis (3 vols.), Barcelona, El Viejo Topo, 2014-2017, y «No tenemos sueños baratos». Una historia cultural de la crisis (Barcelona, Anthropos, 2015). Ha investigado sobre las retóricas de la identidad, el nacionalismo y la violencia política y contribuido a volúmenes colectivos como: José A. Zamora, Reyes Mate y Jordi Maiso (eds.), Las víctimas como precio necesario, Madrid, Trotta, 2016; Rafael Leonisio, Fernando Molina y Diego Muro (eds.), ETA’s Terrorist Campaign. From Violence to Politics, 1968-2015, New York y Londres, Routledge, 2017; y Josu Ugarte Gastaminza (coord.), La bolsa y la vida. La extorsión y la violencia de ETA contra el mundo empresarial  (Madrid, La Esfera de los Libros, 2018).
 

16/01/2019

 
COMENTARIOS

Armando Gascón Lozano 16/01/19 13:46
Este artículo está muy bien y sin duda dice cosas ciertas.
A lo mejor les interesa leer mi artículo «Química de la violencia etarra».
http://www.armandobronca.com/quimica-de-la-violencia-etarra_4449/

Inaceptable, claro, inadmisible, que somos amos de nuestros destinos y capitanes de nuestro barco, ¿eh?

Francisco Martínez 22/01/19 19:29
Sr. Martin Alonso, gracias por este esfuerzo de síntesis.

Por mucho dinero y esfuerzo que emplee el nacionalismo vasco en tergiversar lo ocurrido no va a poder establecer un relato veraz, histórico y fidedigno de estos cincuenta años de terror. En todo caso, seguirá adormeciendo a la sociedad bajo su dependencia, "una sociedad «instalada en una estupefaciente contradicción moral»", incapaz de mirarse en el espejo y sacudirse de encima la tóxica tutela nacionalista. La mentira y la invención parecen funcionar, pero solo para quienes las prefieren frente a la verdad.

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