DISCUSIÓN

Ínsula extraña. Una anatomía del Brexit

 

Brexit, Trump y el Zeitgeist

De entre los acontecimientos geopolíticos más recientes, el Brexit y la victoria de Donald Trump parecen guardar una correspondencia especialmente estrecha con un Zeitgeist marcado –según es convicción común− por el llamado «momento populista», con sus resistencias a la globalización y esas apelaciones emotivas propias de la célebre posverdad. Incluso, en guiño a ese mismo espíritu de los tiempos, ambos resultados electorales comparten una condición de «cisne negro» ya convertida en lugar común. Acaso opacado por la presidencia del magnate neoyorquino, el éxito del Leave! en Gran Bretaña sigue siendo uno de esos raros acontecimientos que, al mismo tiempo que reordenan el mundo, llevan la política internacional a una cercanía insospechada. Así, si España es de los países más expuestos a cualquier riesgo generado por el Brexit en términos de economía, soberanía (Gibraltar) o libre circulación, las incertidumbres alcanzan a la propia Gran Bretaña −quinta economía del mundo−, al futuro del proyecto europeo y, por supuesto, a la propia redacción de un acuerdo de salida y un acuerdo de nuevas relaciones entre Reino Unido y la Unión Europea. Más allá de estas incógnitas, el Brexit ofrece por sí mismo un denso relato en el que se dan la mano agravios históricos, tacticismos políticos y prejuicios culturales, sostenidos –esa es nuestra tesis− por la reviviscencia de un nacionalismo inglés del que el Leave! es emanación directa. Asimismo, el «no» británico a la Unión Europea se muestra a nuestros ojos como una placa de Petri en la que se cultivaran no pocas expresiones de los malestares políticos concretos que definen la época, desde la reivindicación de la democracia directa al apego a una noción tradicional de soberanía, y desde la oposición al paradigma multicultural al examen de la incidencia de las tecnologías sobre las adhesiones políticas.

Los fenómenos aludidos han generado ya una feliz avalancha de bibliografía, en la que este artículo, modestamente, pretende integrarse. Para hacerlo, se ha tomado como guía el libro All out war. The full story of how Brexit sank Britain’s political class, publicado por el responsable de política del Sunday Times, Tim Shipman. Se trata de un trabajo de periodismo político de primer orden y –por el momento− de la obra de referencia sobre el Brexit. Su rigor en la documentación y prolijidad en la anécdota constituyen el mejor asidero de verdad para repensar el tema, con más efectividad –eso sí− en lo que respecta a las mecánicas internas británicas que concluyeron en la victoria del Leave! que en lo atinente al futuro de las relaciones entre Reino Unido y la Unión Europea.

Una atmósfera febril

Entrando ya en materia, se hace inevitable recordar un acontecimiento bien triste que se produjo pocos días antes del referéndum británico. Nos referimos a la muerte –al asesinato− de la diputada laborista Jo Cox. La noticia, como es lógico, causó una honda convulsión en Gran Bretaña. La hubiera causado en cualquier país. Pero es verdad que, en Reino Unido, el asesinato de Cox tuvo unas notas de sorpresa y de amargura muy características. Como todos sabemos, una de las tradiciones, tan particulares como venerables, de la política británica radica precisamente en la cercanía –física, tangible y real− entre los diputados y sus electores. Es una costumbre de siglos, tan propia de su vida pública como las pelucas y los armiños que todavía adornan el ceremonial parlamentario. Y es una costumbre que los demás les envidiamos y, sin mucho acierto, les hemos intentado copiar: no hay una campaña electoral sin que los políticos, sea en España, Chile o Suiza, se despachen con una ronda de saludos por las fruterías de los mercados.

El hecho de que hayamos intentado reproducir esa cercanía recalca que en todo plagio hay implícito un homenaje. No en vano, su proximidad entre representado y representante siempre nos ha hablado de algo que, a fuerza de siglos, hemos tomado como natural: el talento de los británicos para la política. El savoir faire institucional de aquel país. Como dijo Alfred Tennyson, quizá los británicos no crean en muchas cosas, pero sí en que «que un hombre debe tener sus propias ideas sin que nadie le dé en la cabeza por ello».

Por eso el choque ante el asesinato de Jo Cox fue proporcionalmente mayor, tanto a ojos de los británicos como de los foráneos. Durante siglos, desde el continente no hemos dejado de admirar al país que entró en la Modernidad –como dice Roger Scruton− con la menor dosis de conflicto posible. Hemos tomado la civilidad de su política por lo que es: la manera de transparentar la libertad y la tolerancia que han nutrido su vida pública. Y, en consecuencia, hemos admirado la institucionalidad británica –pese a sus riñas y trifulcas− como «el lago de placidez» que vio una viajera española por oposición a unas aguas continentales siempre de discurrir más turbulento. Los propios británicos, cabe decirlo, se han reconocido con complacencia en estos rasgos.

Ciertamente, la locura de un loco no es algo que permita extrapolaciones. Pero incluso una publicación de sangre tan fría como The Economist, tras el asesinato de Cox no pudo sino aludir a «la atmósfera febril» que, en los últimos años, ha venido rodeando a los políticos británicos. He ahí algo chocante: Gran Bretaña es uno de los países menos corruptos del mundo, y su clase política se cuenta entre las más transparentes. Los escándalos de gastos parlamentarios del año 2009, eso hay que concederlo, fueron causa de que los malos manejos de una minoría contaminaran el buen nombre del conjunto. Y las Islas tampoco han sido ajenas a los destrozos producidos por la crisis, a la aspereza de la austeridad ni a la tardanza de la política –siempre mayor que el deseo del ciudadano− en ofrecer reformas. Sin embargo, y notablemente desde la convocatoria del referéndum a esta parte, la crítica a los políticos ha ido pasando de la exigencia de rendición de cuentas a –directamente− una desafección basada en la filosofía de la sospecha, y alimentada por todo tipo de teorías conspirativas. Conocemos bien los argumentos o, mejor dicho, las consignas: «Todos son lo mismo», «No nos representan», etcétera, y también conocemos las menciones a oscuros cuerpos internacionales y poderes financieros que, detrás del escenario, manejarían a los títeres de una clase política degenerada en casta.

La mención al referéndum no es casual: en enero de este año, uno de los encargados de la campaña del Brexit admitía que parte de su plan consistía en la deslegitimación sistemática de la elite política británica. Y, como afirma Tim Shipman, en muy buena parte se terminaría por votar en esa clave: es el Brexit como voluntad no sólo de abandonar la Unión, sino de «cambiar toda una cultura política»; en definitiva, un triunfo de los outsiders frente a los insiders de Westminster. Sin duda, ya es un problema que el trabajo de una diputada como Jo Cox en su circunscripción no merezca valoración ni reconocimiento ninguno. Pero hay venenos retóricos especialmente dañinos. Y la oposición dialéctica establishment/pueblo, traslación política de una partición previa entre vileza y virtud originaria, no ha hecho sino dar combustible a una suspicacia que corroe los pilares de confianza que sustentan toda democracia. El asesinato de Jo Cox responde a la acción de un perturbado y no podemos asumir que fuera consecuencia de este humus de sospecha. Pero tampoco podemos dudar de que es el marco en que se encuadra.

Declinología británica

Es sabiduría común el decir que las decepciones son mayores cuanto mayores son las expectativas. Hay un viejo instinto –continental y también insular− por el que todos tenemos el reflejo de esperar mucho de la política británica. Desde este punto de vista, tanto el Brexit como su populismo subyacente no dejan de ser un mentís al ethos que siempre hemos considerado propio de la vida pública de las Islas. Ciertamente, la mecánica natural de los referendos, con su respuesta en blanco o negro a la policromía de la realidad, parece deshonrar el taraceado tan sutil de la política de aquel país: esa misma política que un anglófilo vio como «un asunto de tacto, en el que no se debe proceder sino con moratorias, transacciones y acuerdos». Al fin y al cabo, si podemos dedicar años de debate público al emplazamiento de un aeropuerto o el funcionamiento de una red de cercanías, parece un exceso fiar una cuestión mucho más trascendente –la relación con el proyecto europeo− al decisionismo coyuntural, al solo veredicto de un solo día. Como bien sabían David Cameron y George Osborne, y cita Shipman, la propia consulta tenía el potencial de «desatar» consecuencias imprevisibles.

Con todo, si el voto negativo ha resultado problemático, resulta aún más problemático considerarlo síntoma de un mal superior. Porque el Brexit puso muy fácil pasar de la discusión política a la definición existencial. Y para muchos ha sido y es tentador no juzgar la votación como un plebiscito sobre el papel de Gran Bretaña en el concierto europeo e internacional, sino como una pregunta por la propia identidad británica. Podemos pensar –y creo que es acertado− que casi ningún otro país ha dependido en tan alto grado de su relación con el mundo exterior para conformar su identidad. Pero no sólo los pesimistas y las cornejas profesionales, sino también algunas mentes lúcidas, parecen replicar en nuestros días aquellas palabras que, entre la profecía y la maldición, pronunció un Secretario de Estado estadounidense: tras la pérdida del imperio, Gran Bretaña todavía tenía que encontrar respuesta a qué hacer consigo misma.

No se trata únicamente del adiós al imperio, claro: de la nivelación de clases a la cultura pop o la competitividad económica que impone la globalización, Gran Bretaña se ha visto obligada a grandes cambios que arrancaron ya con las políticas de posguerra. Y bien podemos pensar que su caso es una historia de éxito: estamos ante una sociedad plural, una economía reconvertida y puntera y, como dijo el hoy innombrable David Cameron, «la superpotencia del poder blando». El caso es que, en las últimas décadas, y a pesar de estos éxitos de encaje con el mundo contemporáneo, ha surgido toda una escuela de declinología británica.

Algunas veces, esa declinología reprocha a su propio país la pérdida de su tradicional carácter acogedor, tolerante y liberal, esas mismas formas que, por su propia contextura, nunca hubieran dado lugar a un referéndum. Las más de las veces, sin embargo, se trata de un movimiento de nostalgia que busca el calor de la propia identidad en un pasado tan real como mitificado. No faltan datos objetivos para avalar el contraste entre el ayer y el hoy, naturalmente: hay un largo trecho desde Carros de fuego a los hooligans, como lo hay de los ternos de Savile Row a las viseras. La crítica cultural es legítima. Pero cabe preguntarse hasta qué punto es honesta esa crítica si cae en la tentación decadentista de negar toda virtud al presente para –necesariamente− convertir el pasado en una Edad de Oro. Sea como fuere, debemos hacernos cargo de un drama verdadero: con razón o sin ella, son muchos británicos los que consideran que se les ha hurtado el carácter nacional en que se reconocían. Y la cuestión es que esa vaporosidad nostálgica, si se quiere reaccionaria, se ha plasmado en un nacionalismo inglés enrocado, y ese blindaje ha tenido su operatividad política en el Brexit. Quizá sea un motivo para la perplejidad: a ojos del mundo, Gran Bretaña es –insistimos− un país triunfador. Sin embargo, en la experiencia de muchos de sus ciudadanos, lo que predomina es un relato de malestar. Que este relato sea verdad o sea mentira –si vale de algo, yo creo que es mentira− no importa tanto. Pero sí importa que –de nuevo− haya servido, si no de causa, sí al menos de ingrediente para el Brexit. En concreto, como propulsor de un atrincheramiento en la propia identidad frente al miedo –tanto identitario como económico− a la inmigración, asunto en el que insistiremos texto adentro.

Primeras certezas, primeras incertidumbres

De seguir los postulados de los declinólogos, estaríamos ante una gran ironía: ellos creen que la influencia de Gran Bretaña nunca ha sido menor; nosotros, en cambio, nunca hemos sentido esa influencia con más fuerza. No cabe, en efecto, minusvalorar la radicalidad del Brexit. Véase si es un fenómeno potente, que ya ha generado infinidad de páginas cuando –en puridad− todavía no ha sucedido. De momento, estamos a las puertas. Y si ni siquiera contamos con precedentes jurídicos, ni conocemos la arquitectura de la negociación, aún más oscuramente podemos escrutar la forma que adoptará la ruptura o los efectos que ha de comportar. Decía un pensador británico, Michael Oakeshott, que sabemos tanto hacia dónde irá la historia como cuál será la próxima moda en cuestión de sombreros. Sin embargo, ya tenemos alguna que otra verdad y algún motivo para la reflexión: la decepción ante las tentaciones cortoplacistas de los liderazgos políticos; la evidencia de un país dividido por naciones, por edades, por nivel educativo y por el arraigo cultural –más o menos urbano y cosmopolita− de procedencia; el cuestionamiento de una herramienta como el referéndum –asunto que nos toca de cerca− a la hora de plasmar la voz del pueblo, o más bien de dividir esa misma voz sin garantizar la proyección política de los discrepantes; la seducción de una retórica tradicional sobre soberanía –hasta Theresa May ha hablado de «controlar nuestro destino»− cuando las interdependencias de la globalización la han sobrepasado. También, desde luego, ha sufrido una merma la ejemplaridad que, ante nuestros ojos, habían tenido los británicos en materia política. Y, de igual modo, asistimos al primer borrón de impacto en un proyecto europeo hasta ahora siempre vencedor: algo que es importante en Europa y aún más importante en España, donde hay una larga tradición intelectual de salvación por el europeísmo. Pero, además, el Brexit nos deja otras constataciones preocupantes de índole profunda. Por ejemplo, la aceleración que medios y redes sociales imprimen a nuestra innata reducción a la emotividad de cuestiones políticas complejas. Se comprueba igualmente la realidad del repliegue identitario en tiempos en que operan fuerzas de integración, así como la vigencia del chivo expiatorio –en este caso, los inmigrantes− como canalización del malestar social. Y, ante todo, un hecho pavoroso: el populismo puede ganar. Incluso en esa Gran Bretaña que llevaba a gloria haber sido siempre ajena a él.

Junto a estas certezas, el Brexit abre también una serie de preguntas de esas que, como escribió Alfred Edward Housman, da miedo contestar. Será que, en un referéndum como este, era fácil saber contra qué se votaba, pero en ningún caso estaba claro a favor de qué. Para estas preguntas, antes que a la Ciencia Política, hay que recurrir al Derecho, la Economía, o las Relaciones Internacionales. Luego ahondaremos en ellas, pero, de momento, dejemos caer un par de ellas: ¿en qué condición van a quedar los 1,3 millones de británicos expatriados en la Unión? ¿Qué estatuto van a tener los 3,5 millones de ciudadanos de Estados miembros que viven y trabajan en el Reino Unido? ¿Qué plazos de transición han de darse entre el viejo y el nuevo escenario, y quién ha de arbitrarlos? Del comercio bilateral al contencioso de Gibraltar, y de los flujos turísticos a la operatividad de la City son, literalmente, cientos las cuestiones que han de responderse. Y, para bien o para mal, el Derecho, la Economía o las Relaciones Internacionales también van a ser menos decisivos que el buen o mal hacer negociador de nuestros políticos. Estamos, pues, como decían los antiguos mapas, entrando en tierra desconocida. Pero, como decían esos mismos mapas, tenemos motivos para pensar que aquí empiezan los dragones.

La otredad cultural, la otredad política

Si All out war ofrece no pocos motivos para la reflexión, la pasión lectora se hace presente en una narración pormenorizada de los altibajos de las campañas electorales emprendidas tanto por el Leave! como por el Remain! En verdad, es mucho más fácil ser profeta a posteriori, como esa fuente de Shipman que –aludiendo a la historia lejana y cercana− afirmaba que el referéndum se había perdido «mucho tiempo atrás» por dejación del europeísmo británico. Sin embargo, como ha relatado el jefe de prensa de David Cameron en Unleashing demons, incluso en Downing Street se las prometían muy felices, bien entrada la madrugada, con el recuento del Remain! En eso, cierto, no hacían sino seguir la rutina opinativa: pese a las aprensiones y los contratiempos demoscópicos de la campaña, desde mucho –desde años− antes de la votación, siempre se pensó que la opción europeísta iba a ganar. Dicho de otro modo, se soslayaron condicionantes culturales y políticos que urgían a tener en cuenta un fondo de solidez del «no» a Europa del que, profetas retrospectivos aparte, Shipman da muestra significativa. Porque si la trayectoria británica en el seno de la Unión ha tenido la agitación de una coctelera, las relaciones entre el continente y las Islas conocen una vieja, casi metafísica, tensión y tirantez. Y antes de adentrarnos en los significados del Brexit, por tanto, y antes de hacer un somero escrutinio de los errores que lo precedieron y los horrores que pueden seguir –el célebre «¿Y ahora qué?»−, quizá compense repasar con brevedad esos presupuestos culturales y ese itinerario político tan azacanado de Gran Bretaña en la Unión Europea.

No es una historia menor. Hay quien ha retrotraído la excepcionalidad británica a los tiempos del cisma anglicano, pero –de la historia a la geografía− nada menos que Shakespeare ha dado validez al argumento de la insularidad al hablar del mar «como muralla defensora o foso protector» de las islas británicas. De creer a un experto en la materia como el mallorquín José Carlos Llop, existe un «peso metafísico» propio en el ser isleño, «un carácter de frontera, de alejamiento del mundo, de creación de un mundo autárquico». Y del Robinson Crusoe a El señor de las moscas, no pocos de los mitos y ficciones de insularidad que han nutrido a los británicos –o que han emanado de ellos− son reflejo de una cultura que, como dijo el propio Daniel Defoe, no conoce mejores momentos que sus momentos de mayor soledad. Fieles a la recomendación de Arthur James Balfour, los británicos nunca han menospreciado el poder del océano para ayudarles.

A nadie se le oculta, por supuesto, que la relación entre el continente y Gran Bretaña ha sido responsable de detonar energías creativas de primer orden. Pese a las famosas particularidades insulares, el genio británico tendrá no poco de genio asimilador, en todo lo que va del paisajismo dieciochesco a la arquitectura palladiana y del curry a la novela en la huella de Cervantes. Por otra parte, tampoco podemos menospreciar –si consideramos Los Arapiles y el Somme, el Burdeos y el Jerez− la fuerza de la proyección británica en la Europa continental. Y, del mismo modo que, de Voltaire en adelante, los europeos continentales iban a caer –como diría Ian Buruma− en la pasión anglómana, los británicos también se enriquecieron con los viajes italianos y franceses del Grand Tour, y con una pedagogía clásica que, hasta fecha reciente, los amarraba en espíritu a este lado del Canal. Admitidas estas cláusulas, sin embargo, alguna desconfianza predomina cuando –como observa Nicholas J. Crowson−, al hablar de Europa, los británicos nunca están hablando de sí mismos.

Las relaciones entre el continente y las Islas conocen una vieja, casi metafísica, tensión y tirantez

Esa otredad británica ha podido tener sus manifestaciones entre chuscas y groseras en el desdén hacia el continente que, como dijo un tipo no muy fino, había dado al mundo «el Holocausto, la Inquisición y la Revolución Francesa». No han faltado, en efecto, críticas al supuesto totalitarismo del sistema métrico decimal y, del «valor holandés» a las «prácticas españolas», la consideración hacia los vecinos continentales no ha ido siempre acompañada de un cariño entusiasta. Pero si ha existido una querencia eurófoba en Gran Bretaña, también será justo añadir que ha habido –en igual medida− una anglofobia en el Continente, ante todo en Francia y en Alemania. No vamos a entretenernos mucho aquí, pero –del filisteísmo a la perversión, la avaricia o la hipocresía política−, nosotros tampoco hemos sido pródigos en afectos hacia esas «ínsulas extrañas». A comienzos del siglo XX, una representación teatral en París todavía podía verse sorprendida por gritos de «¡Abajo Shakespeare!»

Al margen de estos piques de familia, resulta más significativa aún la plasmación geopolítica, a lo largo del tiempo, del «espléndido aislamiento» británico, cifra feliz de la continuidad de sus esfuerzos estratégicos. Hablamos de una política exterior volcada, por una parte, en la consolidación del imperio, por otra en el cultivo de la «relación especial» con el amigo estadounidense y, en su vertiente continental, limitada por tradición a garantizar los equilibrios europeos. A esto aludía Benjamin Disraeli al definir a Gran Bretaña como «potencia asiática». Y a esto aludía memorablemente Duff Cooper al presentar su dimisión tras el Acuerdo de Múnich: la política europea del país, según le recordó a Neville Chamberlain, había pasado por luchar contra la tentación de la hegemonía en el continente, en todo lo que va de Napoleón a Felipe II y de Luis XIV al Káiser.

Todas estas pueden parecer sin duda –y lo son− historias viejas y sabidas. Lo llamativo, sin embargo, es que las relaciones entre Gran Bretaña y el proyecto de la Europa unida han dado continuidad a no pocas de esas mismas divisorias culturales y políticas de antiguo. De lleno en la fiesta de la posverdad, a nadie puede sorprender que Boris Johnson aprovechara que el Támesis pasa por Londres para hallar similitudes entre el proyecto europeo y la dominación europea de Hitler. Y, por momentos, casi nos veríamos tentados de caer en el determinismo histórico: a la mañana siguiente del Brexit, recordar que, el primer día que ondeó en las instituciones europeas, la bandera británica lo hizo del revés tuvo algo de burla amarga. Pero, más allá de fatalismos, quizá lo más ajustado sea decir que, en este encaje del Reino Unido en la Unión, no siempre ha aflorado lo mejor de cada uno. El Brexit no estaba escrito: sólo seiscientos mil votos –y la responsabilidad de un puñado de dirigentes, de David Cameron a Boris Johnson− escribieron su historia. Pero ahora es fácil considerarlo como el divorcio que sirve de final a una historia de desencuentros.

Un europeísmo de necesidad

A estas alturas, resulta agridulce considerar que hubo un europeísmo británico, y que Margaret Thatcher llegó a hacer campañas electorales para los tories bajo el lema de «Somos el partido de Europa». En verdad, ese europeísmo británico ha tenido siempre más de pragmatismo que de idealismo, y ha respondido a apuestas variables en función de la coyuntura doméstica, internacional o económica del propio Reino Unido. Aun así, en ese collage europeísta hay que incluir las en verdad rampantes proclamas federalistas de Winston Churchill en los cuarenta –cuando el federalismo tenía otras connotaciones−, el torismo que llama a las puertas de Europa en los años sesenta y setenta, la utopía breve de conformar el Mercado Común como un thatcherismo a escala europea o, en fin, el Tony Blair que, fiel a su europeísmo instintivo, encabeza la expansión de la Unión hacia los países del Este.

Por desgracia, si el europeísmo da para un collage, los choques que han incentivado el euroescepticismo dan para un muro de las lamentaciones. Fijémonos que, hasta el propio nombre de «Tratados de Roma» hizo propalar a alguno que eso de las Comunidades Europeas no era más que un complot papista. De hecho, resulta llamativo que incluso los hitos más positivos de esta historia –desde el propio acceso a la Comunidad Económica Europea hasta la aprobación del Acta Única Europea o la ratificación del Tratado de Maastricht− han supuesto para Gran Bretaña negociaciones interminables y votaciones frecuentemente agónicas y sólo ganadas a fuerza de necesidad.

Precisamente esa necesidad iba a ser el aglutinante de la voluntad de participación –en el esquinazo de los años cincuenta y sesenta− del Reino Unido en el proyecto europeo. Hasta entonces, es posible que una mezcla de hybris imperial y ceguera estratégica llevara a los británicos no ya a esnobear, sino –directamente− a boicotear la unidad europea por entonces naciente. Ha sido, en efecto, un lugar común hablar de «oportunidades perdidas» en la reticencia británica a sumarse a esa «Europa de los seis» fundacional. Y no ha sido menos tópico, ni menos verdadero, asumir que buena parte de las turbulencias posteriores –desde la pérdida de poder negociador para el acceso hasta la mirada escéptica hacia el llamado «socio extraño»− tuvieron su origen en esa reluctancia que, mucho después, Tony Blair llegó a considerar uno de los mayores errores de cálculo de la historia británica contemporánea.

Las cosas fueron, resumidamente, así. Al terminar la guerra, el peso británico en el ámbito internacional iba a adelgazarse a marchas forzadas. En sólo seis años, de 1939 a 1045, Reino Unido había pasado de ser el mayor acreedor a ser el mayor deudor del mundo. Con todo, el liderazgo ejercido durante la contienda refrendaba una posición de primacía moral en Europa. Situada en el punto de convergencia de sus tradicionales esferas –el imperio, el vínculo atlántico y el continente−, Gran Bretaña, sin embargo, iba a anteponer estratégicamente las dos primeras. Según se ha escrito, tenía otros compromisos ajenos a Europa. Y, al fin y al cabo, parecía razonable ser una potencia mundial de segunda magnitud antes que un mero agregado en el nuevo orden europeo.

Sólo los cambios en el escenario global iban a convertir en necesidad –como se ha dicho− el cambio de postura británico. El goteo de la descolonización empezó a urgir la búsqueda de nuevos mercados. La cercanía de Estados Unidos a la nueva Europa –y, muy especialmente, a la República Federal Alemana− diluía el papel estratégico de Gran Bretaña como mediador continental y como socio atlántico, y constituía un apremio para moverse. Y, ante todo, para pasmo de no pocos políticos de las islas, aquella Europa recién nacida parecía funcionar. Desde luego, funcionaba mucho mejor que la Asociación Europea de Libre Comercio, la EFTA, activada por los británicos como réplica de las Comunidades Europeas. Así, cuando Gran Bretaña finalmente llamó a las puertas de la nueva organización, lo hizo, como diría Quevedo, tarde y con dolor, y se topó con la resistencia berroqueña de un Charles de Gaulle que ni quería alterar los equilibrios internos de la Comunidad Económica Europea ni quería presuntas cuñas norteamericanas en su seno. Al final, Gran Bretaña sólo accedería, tras dos intentos marrados, con Georges Pompidou como presidente de Francia. Que a Edward Heath, uno de los peores premiers de la historia, le tocara el honor de la firma es sólo una vuelta de tuerca más en lo macabro de esta historia. En todo caso, para entonces Reino Unido ya había transigido con la realidad formulada por Philip de Zulueta, un anglo-español del gabinete de Harold Macmillan: estar en el juego europeo era la única manera de seguir en el juego del poder mundial.

La herida euroescéptica

Se ha dicho en ocasiones que los años setenta y los primeros ochenta fueron una década perdida para las Comunidades Europeas, y si eso es verdad para Europa, también lo fue para la pertenencia británica. Comienzan entonces –bien pronto− a aflorar problemas que se volverían clásicos. La Política Agraria Común y la escasa voluntad británica de pagar el camembert francés. El casus belli que ha sido siempre, para Reino Unido, el sometimiento a la jurisdicción del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, primer punto de una larga tradición de opt-outs. La contribución –en principio, sí, desaforada− al presupuesto comunitario y la solución thatcheriana del célebre «cheque». Y, ante todo, la fractura interna de un laborismo que –en el año 1981− viviría una escisión de sus mejores cabezas ante la disyuntiva de más o menos Europa.

Compensa detenerse aquí un momento. Al euroescepticismo británico siempre han afluido diversas corrientes. Y si ha habido un euroescepticismo antifederalista por cuestiones de soberanía o antiburocrático por cuestiones de liberalismo, también ha habido un euroescepticismo basado en la concepción de la Europa unida como nido de mercaderes o –simplemente− como traba hacia la construcción del socialismo cuando el Labour Party era todavía de un radicalismo de aleación muy pura. De hecho, en parte por las malas condiciones de acceso, en parte por tacticismo partidista y en parte por una militancia fuertemente escéptica, Harold Wilson llevó la pertenencia europea a plebiscito en 1975. Para entonces, con el apoyo de la prensa y la condición de socio recién estrenada, el veredicto sólo podía ser sí o sí. Y, ciertamente, pese a la baja participación, fue sí.

Es sólo en los años ochenta cuando los laboristas van a entregar a los tories el testigo del euroescepticismo. La izquierda británica, tras deshacerse de diversos líderes inelegibles por dogmáticos, fue desde entonces iniciando su camino hasta llegar a los años noventa con un europeísmo inequívoco y firme, convencidos ya los sindicatos de las ventajas de la llamada «Europa social» de Jacques Delors. La derecha, por su parte, tomó el camino contrario: un trayecto que, si iba a terminar con la ruptura con la Unión, también ha sido causa de una fractura más que profunda entre los tories. Y que, en poco más de dos décadas, llevó al viejo partido europeísta al panorama que meses atrás definía un diputado conservador: «Hoy somos todos euroescépticos».

No puede negarse que hubiera choques conceptuales de fondo entre el thatcherismo y los intentos de remozar la arquitectura institucional y la orientación política de la hoy Unión Europea. Por citar un debate perpetuado hasta nuestros días, el Mercado Común y sus libertades de circulación parecían, a ojos de Margaret Thatcher, el punto culminante de la Europa unida, en tanto que para Jacques Delors sólo eran el comienzo de una unión más fuerte y más estrecha. Todos recordamos los gritos que Thatcher puso en el cielo contra la idea de una Europa federal, ante la percepción de la soberanía claudicante. Y tampoco fueron menores sus escepticismos ante el Mecanismo Europeo de Cambio, herramienta de estabilidad monetaria antecesora de la integración con la moneda única. Sin embargo, es de notar que, pese al ruido thatcherita, incluso sus propios socios europeos sabían que en su actitud había más drama que sustancia. De hecho, la libra ingresaría a regañadientes en el Mecanismo Europeo de Cambio, y no fue Thatcher, sino John Major, quien tuvo que soportar, en el Miércoles Negro de 1992, la forzosa retirada de una moneda británica en caída libre. Un acontecimiento que, con la coartada de asegurar la soberanía financiera, sumó nuevas incorporaciones a los primeros tories «paleoescépticos», con la consiguiente normalización paulatina de la actitud negativa ante Europa.

Margaret Thatcher y el presidente del Partido Conservador, Norman Tebbit

Para entonces, en efecto, el Partido Conservador ya empezaba a desangrarse por la herida euroescéptica. Y, piense uno lo que piense de su ejecutoria global, Thatcher estuvo atenta a hacer el primer corte, con una actitud de hostilidad y una retórica de “nosotros” y “ellos” que no sólo propició el enroque insular en su partido: también fue responsable de la ruptura de su Gobierno y, en última instancia, de su propia salida de Downing Street. La redirección sistemática del malestar doméstico a las decisiones europeas –ese eterno «envolverse en la bandera»− fue limando la presencia de las elites eurófilas en un partido que, tras la llegada de Blair al poder, utilizó el europeísmo blairita y la defensa de la libra como ariete –inútil, pero ariete− en clave electoral. Y, por primera vez, los euroescépticos comenzaron a contar con terminales mediáticas cómplices para propagar su mensaje en una sociedad británica que siempre ha sido de las peor informadas sobre los trabajos de la Unión Europea. Desde entonces, hay que reconocer que –tanto en el Parlamento como en los lobbies y think-tanks- los euroescépticos han sabido ser tan fieles como efectivos en su estrategia a largo plazo.

Tiene su ironía que el mencionado europeísmo de Blair durase hasta que –con motivo de la guerra de Irak− se activó un compromiso superior, como fue la «relación especial» con Estados Unidos. Aquella aventura iba a hacer muy poco para mejorar la opinión del eje franco-alemán sobre la militancia europeísta del liderazgo británico. Ya en plena tormenta financiera, sin embargo, la clase política de las islas tendría motivos para el festejo por la decisión de «esperar y ver» impulsada por el prudente Gordon Brown en el nacimiento del euro. Es notable, a este respecto, hasta qué punto la crisis financiera europea –la crisis bancaria británica tuvo una respuesta particularmente ágil por parte del propio Brown» ha parecido alentar los peores instintos del Brexit: la Unión Europea sufriente de estos últimos años venía a confirmar, según los propios euroescépticos, los argumentos a favor de la ruptura. Poco extraña, por tanto, que la propia presencia social de esos argumentos fuera tomando cada vez más cuerpo.

Eso es algo que puede medirse en el crecimiento consolidado de un partido que –con adherencias de torismo nacionalista y matices xenófobos de Little England− sólo se veía unido por el no radical a Europa. Hablamos, claro, de un UKIP cuyo auge –pasó del 16% en las europeas del 2004 al 27% en las de 2014− provenía de la pesca en los fondos tradicionales del voto conservador. Y si los tories han podido ser cambiantes en principios y políticas, han sido siempre de piñón fijo en su probada eficiencia electoral. Lo ocurrido ya no es nuevo en la política europea: un partido pequeño fuerza el error del grande. Y la percepción de la amenaza de UKIP consiguió redefinir las prioridades de los conservadores, en una decisión que está en el origen de la convocatoria del referéndum, que ha expuesto con crudeza los disensos internos del torismo y que, finalmente, les ha llevado a gestionar un problema como nunca hubieran querido gestionarlo.

El resto lo conocemos todos. El Cameron que convenció a sus pares de –literalmente− «dejar de dar la lata con Europa» como condición necesaria para la victoria electoral, decidió desoír su propio consejo tras conseguir esa victoria electoral. En enero de 2013, como líder de un Gobierno de coalición, a Cameron le salió barata la promesa del referéndum: ni se lo pedían, ni podía prever que algún día tuviera el respaldo parlamentario para convocarlo. Pero, en 2015, su mayoría absoluta iba a ser su primer paso hacia el cadalso. Y, así, un primer ministro mecido por el éxito ha degradado su nombre para la historia, sin el reconocimiento de los Brexiteers y con el aborrecimiento de los Remainers. Tras convocar el referéndum para «calmar» a los tories, como escribe Tim Shipman, la mera convocatoria exacerbó las diferencias. Y tras tantos años de combatir al UKIP con las posturas del UKIP, el déficit de credibilidad a la hora de defender la continuidad en el proyecto europeo era algo visible a ojos de todos. Como recoge Shipman de labios de un conservador, era difícil que se votara a Europa sin tomarse la molestia de hablar bien de Europa.

Sin duda, también hay que lamentarlo por David Cameron: fuera del Brexit, cabe pensar –es opinión personal− que había sido un político renovador y positivo, pero él mismo se ha encargado de que no podamos pensarlo en abstracción del Brexit. Hasta la memoria de Edward Heath se ve reivindicada: no quiso un referéndum para confirmar la entrada en las Comunidades Europeas con el argumento, muy razonable, de que los diputados eran representantes del pueblo y, en una democracia representativa, la voluntad del parlamento es soberana. En fin, un Cameron capaz de grandes riesgos –como el referéndum escocés− demostró, con el referéndum europeo, que también era capaz de grandes fracasos. De paso, la política británica ha dado motivo para el pasmo y el alipori al conjunto de las naciones europeas: la ronda cameroniana para vender sus –muy razonables, todo hay que decirlo− postulados para la reforma de la Unión ha dejado un rastro de ridículo diplomático antes impensable en los británicos. Y tanto la mala negociación externa como la mala venta interna de esta negociación fueron un elemento clave para que los británicos pensaran que Europa es irreformable, hecho a su vez decisivo en el resultado electoral, según subraya Shipman. Sea como fuere, hay que reconocer que Cameron difícilmente es original: al fin y al cabo, es el tercer primer ministro tory que cae arrastrado por la cuestión europea. No está mal para quien juró que Europa no definiría sus mandatos.

El referéndum de la emotividad

Uno de los consuelos morales de los que echaban mano los partidarios del Remain! está a medio camino de la historia y eso que aún llamamos carácter nacional. Hablamos de la intuición según la cual los británicos siempre iban a privilegiar el mantenimiento de un statu quo imperfecto frente al absolutismo de perfección que encarna la utopía. Uno no tiene ningún estudio que lo confirme, pero se hace tentador pensar, sin embargo, que –en contra de lo que pensaban en los cuarteles generales del Remain!, según Shipman− todo referéndum lleva en sí una prima contra el statu quo. El mero hecho de fiar un cambio de paradigma al voto de un día ya tiene algo de victoria del cambio frente a la continuidad.

En el caso del Brexit, la complejidad de algunas políticas quizás hubiera merecido mayores sutilezas y respetos de los que caben en un sí o en un no, por no hablar del haz igualmente complejo de la identidad que aquí se ha votado. Como dijo André Malraux a Charles de Gaulle cuando este quiso, a fuer de demócrata, convocar un plebiscito: «Un verdadero demócrata no pregunta tanto». Al fin y al cabo, polarizar con el sí o el no allana el camino para que los más aguerridos de los partidarios de una y otra opción copen el debate público, por lo que la consiguiente infrarrepresentación de voces matizadas o vías intermedias también hubiera aconsejado, por su parte, otros filtros institucionales. Desde este punto de vista, a un resultado irreversible en el tiempo parecía sensato, asimismo, haberle dejado más tiempo. No en vano, la simplificación que conllevan los referendos turboalimenta un fenómeno presente en toda elección y en la vida pública en general: la preponderancia de la adhesión afectiva sobre la respuesta meditada, informada y racional. Así, lo que hemos visto en este plebiscito es que la ambigüedad y esa «vía media» tan británica han dejado de existir para dar paso a la desproporción. Y quienes optaban por romper el statu quo –los partidarios del Brexit− se han beneficiado estratégicamente de ello. No es extraño: cuando unos hablaban de la balanza de pagos, por ejemplo, otros replicaban con el destino de la nación. Y, sin duda, parece mucho más épico y movilizador luchar por la grandeza del Reino Unido que por el mantenimiento de la cuota láctea o una cierta contabilidad creativa con el número de inmigrantes que quieren recibirse. En definitiva, desde que se convocó el referéndum sobre el Brexit, los favorables a él partían con una ventaja emocional tan intangible como real: «Lo suyo son las emociones; lo nuestro, el statu quo», afirma, angustiado, uno de los confidentes de Tim Shipman.

Al margen de que ahora todos van a tener emociones para saciarse, es notable constatar cómo la propia batalla electoral se jugó, de forma abrumadora, en ese campo que podemos llamar afectivo. De hecho, lo más digno de nota en la campaña ha sido la distinta temperatura precisamente emocional que ha tenido en el lado del Leave! y en el lado del Remain! Más allá del déficit de la Unión Europea a la hora de hacerse querer, años y años de quejas contra Europa dejaron a los partidarios de la continuidad sin más arsenal retórico que el voto del miedo, a saber, que el Brexit es malo en términos económicos. Mientras tanto, las gentes del Brexit podían incidir en dos mensajes de hondura. Por un lado, el recurso a paisajes idílicos de recuperación de la soberanía, con la enorme ventaja que presta al efecto el hecho de que la utopía no pueda contrastarse con la imperfección de lo real. Por otro, una llamada al miedo muy suya: el riesgo que representan los inmigrantes para el bienestar –y, por tanto, la economía− de los británicos. Así, si un potente eje intelectivo de la campaña separa la ilusión del Leave! de la resignación del Remain!, otro confirma que el miedo económico del Remain! fue menos movilizador que el miedo económico-identitario propalado por el Leave!

Otras circunstancias han coadyuvado a la causa de los partidarios del adiós. Si los postulantes del Brexit, por ejemplo, han logrado trasladar un mensaje unitario y unívoco, el campo del Remain! ha batallado desunido por las líneas de fractura partidistas y con un concurso notablemente tibio del Partido Laborista. Incluso una importante baza del Remain! logró volverse en su contra: que Obama, las instituciones, los partidos tradicionales, la banca y los organismos internacionales se mostraran unánimemente de su lado no hizo sino reafirmar el voto anti-establishment. Una muestra ejemplar está en lo ocurrido con la economía: no ha faltado think-tank ni organismo internacional que no se pronunciara en contra del Brexit, pero los partidarios del mismo tuvieron la habilidad de trasladar el debate sobre la economía, punto fuerte del Remain!, a territorios más primarios y más halagüeños para ellos, como el coste de la pertenencia a Europa y la citada amenaza para el bienestar que representaría el inmigrante. De nuevo, las cartas volvían a sonreír a los Brexiteers: para qué hacer caso a la verdad, dijéramos, cuando la posverdad que queremos oír, en este caso económica, nos basta.

Tal vez haya abundante verdad en la afirmación de que el referéndum se había perdido mucho tiempo atrás

Junto a ello, un elemento nuclear de la comunicación política –el papel de la prensa− también terminó por hacerle el juego al Brexit. No es sólo que los tabloides más filisteos dieran al Brexit una representación mediática muy superior a su contundencia electoral: un 45% de informaciones partidarias de la ruptura frente a un 27% partidarias de la Unión. Ocurre además que el Brexit se favoreció del juego limpio de la prensa no alineada, notablemente la BBC, que por equilibrar los argumentos del Remain! se veía obligada, con harta frecuencia, a convalidar manipulaciones y mentiras del voto rupturista. A modo de ejemplo, una vez se reporta como verdad que el Reino Unido transfiere trescientos cincuenta millones de libras semanales a la Unión, es muy difícil reescribir la sensación que eso ha causado, y los astutos ideólogos del Leave! sabían que el coste de Europa era, junto con la inmigración, el mayor argumento de movilización de su electorado, punto que recalcamos nosotros con tanta insistencia como Shipman en su libro. De hecho, en el psicodrama de la campaña puede pensarse que –en última instancia− se han hurtado elementos de verdad que resultaban necesarios para la toma de decisiones, y tiene algo de vergüenza democrática que esa realidad de los hechos haya importado poco a la hora de movilizar el voto. Afirmar que la demagogia ha tenido una hora de gloria con el Brexit no es menospreciar a los votantes, sino criticar a sus líderes.

En verdad, otras circunstancias concurrieron en auxilio del «no». Shipman las expone al detalle. Por ejemplo, al contrario que en el referéndum escocés, no hubo un pánico previo a la victoria del Leave!, con lo que se retrajo de modo sustantivo la participación en los caladeros londinense y escocés. Por otra parte, el hecho de que el político más popular –Boris Johnson− y uno de los más brillantes –Michael Gove− de Gran Bretaña se pasaran al «no» hizo un daño profundo a la causa del «sí». Y, de viajar en el tiempo, queda claro que tanto la estrategia a largo plazo del Leave! –en el Parlamento, en think-tanks− como su táctica en campaña –segmentación del mensaje, estudio de datos− estuvo siempre mucho más armada que la del Remain! Como leemos en el libro de Shipman, tal vez haya abundante verdad en la afirmación de que el referéndum se había perdido mucho tiempo atrás.

La inmigración, la soberanía y sus paradojas

Si la paradoja es un arte británico, el resultado electoral nos ha dejado varias de rara contundencia. Hay algo pasmoso en ser británico para celebrar el Brexit como nada menos que «el día de la independencia», en pie de igualdad con, pongamos, una vieja colonia como Malaui. No menos sorprendente es que la añoranza por aquella Gran Bretaña que regía las olas se haya sustanciado en un voto que la devuelve a los confines de la Little England. Y ya que acabamos de hablar de independencia, también tiene su ironía que el proceso de independencia más favorecido por el Brexit sea no el de la fiera Gran Bretaña, sino el de Escocia. En este bucle melancólico, otra consecuencia indeseada es votar por restañar el papel de Reino Unido en el mundo y que el prestigio de lo británico esté conociendo sus horas más bajas.

No en vano, los malentendidos han sido el bajo continuo de la campaña. Por ejemplo, desde que, a finales del pasado mayo, y contra las promesas de David Cameron, se hicieron públicos los datos sobre inmigración, esta materia pasó a ocupar la centralidad del debate y constituyó el paso más determinante –así lo refiere Tim Shipman− para la victoria del Out. Y aquí no faltan motivos para la sorpresa: contra las agonías del Leave!, resulta que los inmigrantes –que suelen ser gente joven, trabajadora y sana− pagan más en impuestos de lo que gastan en bienestar. Resulta que el tejido empresarial, incluso después del Brexit, va a necesitar su mano de obra barata para seguir siendo competitivo. Y resulta, por supuesto, que no sólo no «nos quitan los trabajos», porque no existe un número fijo de empleos en una economía, sino que tienden a ejercer los que no quieren para sí los británicos. Pero la cuestión de la inmigración va más allá, y bien podemos preguntarnos si este voto antiinmigrante puede efectivamente comportar algún cambio. Al fin y al cabo, los muchos que han llegado a Gran Bretaña no sólo no se van a ir, sino que, generación tras generación, van a formar parte del tejido vital de un país ya irreductible al purismo. Un punto de Shipman resulta especialmente estimulante, por paradójico: se ha votado contra la inmigración en lugares donde, por comparación, la inmigración está menos presente, lo que nos lleva a subrayar que ese miedo al otro era en esencia económico, aunque esta percepción de riesgo no se cohoneste con la realidad.

Similares equívocos afectan al voto favorable a la soberanía. Desde el punto de vista interno, el voto, lejos de afianzar unívocamente la voz del pueblo, ha conocido una atomización según las distintas naciones que conforman el Reino Unido, con unas urnas que han expresado el deseo de los ingleses y de los escoceses, y no de los británicos considerados globalmente. Por tanto, el Reino Unido que se separa de Europa también ahonda en su separación interior. Y no sólo entre las naciones que lo constituyen, sino a través de líneas divisorias hasta ahora soterradas, pero que han aflorado con dramatismo: la Inglaterra profunda que clama lo mismo contra Londres que contra Bruselas, por ejemplo. Desde el punto de vista internacional, parece claro que la apelación a algo en principio tan abstracto como la soberanía se ha vivido con toda visceralidad. Pero es legítimo que nos preguntemos sobre su efectividad práctica: por mucho que uno vote contra la globalización, la globalización va a seguir desplegando sus efectos. Y por mucho que uno estime su propia independencia, no va a ser grato que –a partir de ahora− tu mayor socio comercial vaya a decidir sin ti cuando hasta ahora tú podías influir en sus decisiones. No en vano, el pacto que ofrecía la Unión Europea parecía razonable: a cambio de que los demás tengan un mínimo poder sobre ti, tú –y más con tu liderazgo, tu economía y tu demografía− puedes ejercer una gran influencia sobre ellos. Por otra parte, se realiza una aproximación muy sesgada a los mecanismos de la Unión cuando dejamos de apreciar que sigue estando formada por un pool de Estados-nación muy distintos que luchan por defender sus distintos intereses. Aquí, irónicamente, el estatuto privilegiado –con tantas exenciones y excepciones− de Gran Bretaña en la Unión permitía a los británicos capitalizar su diferencia y jugar con ella para extraer ventajas tanto identitarias como económicas. Era una suerte de Europa a la carta de la que no gozaban los demás y de la que ya tampoco van a gozar ellos.

Nacionalismo inglés versus globalización

De conformidad con lo dicho, creo que tal vez quepa juzgar el Brexit, ante todo, como una manifestación del nacionalismo inglés –quizá la mayor desde la Reforma− ante la vivencia de la globalización como amenaza. De ahí que el voto negativo haya tenido un especial eco entre quienes se consideran en una posición especialmente vulnerable: por ejemplo, las personas que por edad tienen menos capacidad para redefinir su futuro o van a entrar en situación de dependencia. O, por ejemplo, los habitantes de zonas posindustriales que están perdiendo la batalla de la competitividad que impone la globalización y que, para mayor agravio, han experimentado con la crisis una caída en la capacidad adquisitiva que no se había visto desde la Gran Depresión.

El atractivo de este nacionalismo resuena a izquierda y derecha, y tiene especial acogida entre un público inglés por tradición celoso de su tierra y que ahora se siente acechado en sus señas constitutivas: por una parte, por la melancolía tras la pérdida de su preeminencia global; por otra, por la anemia identitaria que ha supuesto la devolución de los parlamentos a las naciones que constituyen el Reino Unido. A la izquierda, ese nacionalismo se ve matizado por la tendencia antineoliberal, pero, en todo caso, ha sido tan intenso como para que un tercio de los votantes del partido laborista hicieran caso omiso a las posiciones de su partido y un astuto Nigel Farage ciñera su campaña, con buen instinto, a los bastiones laboristas. A la derecha, el peso de la soberanía es concluyente, a veces con matices libertarios anti-Bruselas, a veces con un cariz más xenófobo, que deja entrever hasta qué punto la inmigración no es sino la globalización hecha persona.

Pese a los rasgos populistas del voto del Brexit, seguramente sea un error pensar en masas de desheredados, en muchedumbres de «humillados y ofendidos». El populismo también necesita –y esto lo estamos viendo en otros países europeos, por ejemplo en Francia− del concurso de franjas de la clase media y media-baja. Me refiero a un estamento conservador crítico lo bastante próspero para pensar que a uno le roban (por ejemplo, con el envío de dinero a los países vagos y manirrotos del sur), y también lo bastante instalado para que la soberanía pueda preocuparle más que la economía.

Es cierto que, entre los partidarios del Brexit, hay quien quiere reforzar los intercambios con China o con la India, o incluso convertir a Gran Bretaña en un super-Singapur a las puertas de Europa. Pero el voto anticosmopolita y antimulticultural –nativista, suele llamarse− del Brexit va a ser un caso de estudio dentro de la desglobalización. Una revuelta de aislacionistas que también tendrá, sin duda, su repercusión conjunta con esa internacional del populismo que hoy vemos formarse a uno y otro lado del Atlántico. Y que, pese a su voluntad de sustituir el futuro por el pasado, va a tener que enfrentarse a un Brexit en nada parecido a las promesas de la campaña electoral.

Hacia un «Brexit duro» y áspero

Los resultados de junio dieron paso a un largo semestre de aparente desorientación –con episodios de congoja− tanto en Gran Bretaña como en la Unión Europea. Los primeros pánicos se sustanciaron en la mayor caída de la libra en treinta años y, ante todo, en la constatación de que el Gobierno entrante de Theresa May no tenía previsto ningún itinerario para la desconexión e incluso carecía de personal especializado para despejar un camino exitoso a la ruptura. Durante un buen tiempo, en efecto, la doctrina oficial emanada de Downing Street se limitaba al enunciado «Brexit es Brexit», lo que abría no pocos campos para la cábala. Mientras tanto, los Estados miembros, con un equipo coordinado por Michel Barnier, hombre de experiencia en asuntos europeos, cumplían poco a poco con sus deberes hasta acordar la arquitectura de la negociación: no negociar hasta el inicio de las conversaciones formales –tras la activación por parte del Reino Unido del célebre artículo 50 de los Tratados antes de final de marzo−, y reafirmar la incondicionalidad de las cuatro libertades de circulación del mercado único, a saber, bienes, servicios, capitales y personas. En enero de 2017, Theresa May por fin desveló las dudas sobre el planteamiento básico del Reino Unido: la apuesta por un «Brexit duro», ahora reconvertido en «Brexit limpio», y –en paralelo− el compromiso de su Gobierno con una Gran Bretaña «auténticamente global».

Theresa May

El anuncio del «Brexit duro» está suponiendo ya un extra de aspereza en el momento político previo a las negociaciones: Theresa May no ha estado en exceso diplomática al afirmar cautelarmente que «no tener ningún acuerdo es mejor que tener un mal acuerdo», y tampoco ha constituido un mensaje de simpatía el afirmar que la Unión se haría a sí misma un daño «calamitoso» si prescindiera de los mercados financieros londinenses o del acceso a una inteligencia británica «que ya ha salvado incontables vidas». Irónicamente, es muy posible que el Gobierno de May se viera en la práctica obligado al «Brexit duro» por una mezcla de presiones internas, necesidad de formular un proyecto político propio y, ante todo, la anticipación de la imposibilidad de acceso al Mercado Único. Y cabe pensar que –pese a los alardes de May sobre la inteligencia o las finanzas− la fuerza negociadora sigue residiendo en la Unión. Sin embargo, la actual coyuntura no deja de mostrar un viento a su favor, con la política nacionalista y proteccionista de Trump como apoyo intangible de singular fuerza moral. No sólo moral, por cierto: tan poco afecto a la Unión Europea, el nuevo presidente de Estados Unidos –según los analistas− querrá dar un trato comercial preferente a Reino Unido para mostrar a otros países que el camino de salida de Europa no es tan arduo.

Cierto: el itinerario procesal de la desconexión permanece inmutable. La Unión y el Reino Unido tendrán que consensuar un Acuerdo de Retirada antes de marzo de 2019, y –a petición de los británicos, como se insiste desde Bruselas− también deberán negociar un acuerdo de nuevas relaciones. Sin embargo, si el margen para el Acuerdo de Retirada se consideraba en un principio insuperablemente angosto, ahora las tornas han cambiado. No en vano, los anuncios de May pasan por una salida completa y rápida, para centrar las energías negociadoras en un acuerdo comercial fortalecido y «lo más libre posible». Mediante este acuerdo, Gran Bretaña mantendría –según las intenciones de May− un acceso condicionado al Mercado Único en sectores como el automovilístico o el financiero, si bien la primera ministra ya ha comentado que su país no pagará «grandes sumas» para asegurarlo. Asimismo, desde Downing Street se buscará participar de algunos de los beneficios de la unión aduanera. Lo más relevante, sin embargo, es que el Gobierno británico ya se ha mostrado dispuesto a que sus peticiones de máximos se vean desatendidas. Así, puede pensarse que May ha entendido el Brexit como un voto a favor del control de la inmigración antes que como un voto a favor de una mayor prosperidad: en ningún caso ha discutido que vaya a aflojar en su premisa de restringir la circulación de trabajadores extranjeros. De este modo, las promesas más ideales de los Brexiteers se topan con una realidad: en efecto, podrán ejercer mayor control sobre la inmigración, se verán –al menos en muy buena parte− libres de contribuciones a la Unión y de la jurisdicción de sus tribunales. Pero no podrán seguir comerciando con la libertad con que comerciaban hasta ahora.

Es significativo del despecho que han provocado los anuncios británicos en Bruselas que destacados representantes de la Unión enfaticen que lo prioritario ahora no es la negociación del Brexit, sino el futuro del proyecto europeo. La voluntad de May de convertir al Reino Unido en un enclave de fiscalidad privilegiada para atraer inversiones –motivo de alarma en Bruselas− en nada suaviza los pasos previos a la negociación formal. Así, los Estados miembros pueden caer en la tentación de castigar al Gobierno británico: el libre comercio va en beneficio de todos, pero de esta manera se enviaría un mensaje de disciplina a los países más díscolos de la Unión. Por otra parte, no pocos Estados miembros pueden aprovechar la coyuntura para activar alguna ventaja competitiva: hablamos, ante todo, de la retirada del «pasaporte financiero» para que las entidades de la City –núcleo del 50% de las firmas de inversión europeas− no puedan operar en el mercado de la Unión. Por otra parte, si Theresa May ha puesto de ejemplo positivo los acuerdos comerciales entre la Unión Europea y Canadá, no pocos se han apresurado a subrayar que dichos acuerdos tardaron en fraguarse siete años. Así las cosas, se antoja difícil la rápida conclusión de un nuevo Acuerdo comercial entre la Unión y Reino Unido, también por la nula voluntad europea, proclamada una y otra vez, de confeccionar «un traje a medida» para el acceso condicionado de Gran Bretaña al mercado interior. Todo ello sin contar con factores potencialmente desestabilizadores de la negociación: la liquidación del «cheque de salida» británico, por ejemplo.

Voluntariosa como es, cabe aventurar que la actual sonrisa de los Brexiteers pueda congelarse en un plazo no tan largo. Tras culminar su proceso de salida, Gran Bretaña se verá obligada a reformular los más de cincuenta acuerdos comerciales que la Unión Europea mantiene en vigor, reducida a la condición de miembro de la Organización Mundial de Comercio. Ese es un obstáculo de cara a la consecución de la Gran Bretaña «auténticamente global» de May. Y, del recrudecimiento de la cuestión escocesa hasta el nuevo alzado de fronteras con Irlanda en el Ulster, otros problemas internos pueden avivarse. La mayor inquietud, sin embargo, procede de la colisión de los postulados contradictorios de May: la misma primera ministra que busca ahora una Gran Bretaña abierta ha mantenido un discurso que atenta directamente contra esta idea. Pensemos que, en una reciente visita a la India, May prefirió un mayor control sobre los visados a estudiantes de aquel país antes que facilidades bilaterales en el ámbito comercial. Y su retórica, lejos de convertirla en paladín del liberalismo internacionalista, ha tenido desde el primer día un aroma chocante a los gobiernos intervencionistas, ya fueran de izquierda o de derecha, de la posguerra británica: más Estado, más protección, más nacionalismo y más orden. No extraña que –como leemos en Shipman− ya la hayan llamado «Enoch Powell con faldas». Pero eso es incompatible con ser un abogado del laissez-faire a escala globalizada. En realidad, su voluntad de «retomar el control» sobre la inmigración ya lo anunciaba: la carta oculta de May está menos en la apertura que en la resistencia nacionalista.

La exposición española al Brexit

¿Y qué pasa con España? A la hora de negociar el Brexit, cada Estado ha de compatibilizar las directrices acordadas en las instituciones europeas con la defensa de los intereses de su relación bilateral con Gran Bretaña. Pues bien, de acuerdo con este postulado, los españoles tal vez seamos los europeos, como hemos dicho al principio, con más intereses en juego con relación al Brexit. No en vano, con Gibraltar convenientemente encapsulado, la relación hispano-británica vive el que tal vez sea el mejor momento de su historia. Es una relación de beneficio mutuo tan intenso que sólo podemos anticipar que ambas partes mostrarán su voluntad de evitar el daño.

Hay algunos datos que nos pueden ayudar a cuantificar esta relación. España recibe, cada año, cerca de dieciséis millones de turistas británicos: con un 22% de la cuota total en 2015, es nuestro principal mercado turístico. Más de doscientos cincuenta mil británicos están registrados en España, pero la cifra real ronda el medio millón. En lo que respecta a españoles en Gran Bretaña, nuestra presencia tampoco es menor: hablamos casi de doscientas mil personas.

Los españoles, tal vez, seamos los europeos con más intereses en juego con relación al Brexit

Si el «factor humano» es importante, las implicaciones económicas no lo son menos. No se trata de aburrir con cifras, pero baste decir que Inglaterra es nuestro tercer socio comercial, el quinto inversor en España, el segundo país receptor de inversión española y nuestro cuarto destino exportador. No es exagerado, por tanto, afirmar que –por volumen y repercusión humana y económica− España es de los países, si no el país, con el que Gran Bretaña mantiene una relación más cercana. Consolidar esas relaciones bilaterales es estratégico, por tanto, para ambas partes. Y cuando el Banco de Inglaterra y el Fondo Monetario Internacional han publicado, a propósito del caso británico, la mayor revisión a la baja de sus previsiones de crecimiento, existen motivos para la preocupación por parte española.

Junto a la posible desaceleración británica, hay otros temas que tienen su interés en las relaciones bilaterales. Por ejemplo, el Gobierno de May no ha explicado qué tipo de tratamiento –permisos de trabajo, residencia, acceso a prestaciones sociales− piensa dar a los trabajadores españoles y europeos que lleguen a su país antes de la consumación del Brexit. Asimismo, con sus tensiones secesionistas propias, España no puede menos de estar interesada en que el Brexit afecte, como dijo May, al Reino Unido en su conjunto: la permanencia de Escocia en la Unión, por más que esté descartada en la práctica y España pudiera vetarla, sentaría un mal precedente desde el punto de vista de la política española.

Y, por supuesto, para terminar con el repaso a las relaciones bilaterales, está Gibraltar: un eterno retorno. Por principio, la salida de Reino Unido debe comportar, de modo automático, la salida de Gibraltar. En todo caso, el interés español es que la regulación de las relaciones entre Reino Unido y las instituciones europeas no contemple el caso gibraltareño, asunto del que –conforme a la jurisprudencia− sólo debieran tratar Gran Bretaña y España, si bien esto aún debe verificarse para tranquilidad de la parte española. El Leave!, desde luego, puede afectar muy negativamente tanto a Gibraltar como a su Campo. Pero, con mayor sustancia política, España querría que el Peñón mantuviera su acceso a Europa, posiblemente con la oferta de un pacto de cosoberanía negociado con los británicos, y con los propios gibraltareños insertos en la legación de Gran Bretaña y no como parte autónoma. Aquí se especula con la oferta de un estatuto ad hoc, con posibilidad de adoptar la doble nacionalidad, con la garantía de la conservación del autogobierno gibraltareño y su régimen fiscal propio, un plan de copiosas inversiones en la zona y –por fin− el adiós a la Verja y sus controles. Por supuesto, la voluntad de recuperar Gibraltar puede dar lugar a no pocas miradas escépticas: parece algo impensable. Pero también acabamos de ver que sucesos impensables –como el propio Brexit o la victoria de Trump− hoy son una realidad.

Una coda por la entente cordial

Además de su capacidad potencial para reordenar el mundo como un 11-S o una caída del Muro, el Brexit –según decía al principio− es algo que va a afectarnos casi casa por casa. Eso es algo notable en un país como España, de vínculos tan estrechos con Gran Bretaña en todo lo que va de la historia heroica al acelerado intercambio económico y humano de hoy. Esos lazos son significativos y valiosos. Los más anglófilos de entre nosotros recordarán cómo un súbdito británico, Robert Boyd, vino a morir junto a un buen tropel de españoles en una intentona antiabsolutista en Málaga allá por los años treinta del siglo XIX. Espronceda cantó en verso el episodio y Antonio Gisbert le dedicó un cuadro célebre, en el que no es difícil reconocer al propio Boyd, entre otros mártires de la «libertad constitucional». Es posible que aquellos liberales de antaño pecaran de utopistas, pero no es menos cierto que Boyd sigue siendo, para nosotros, imagen del pueblo británico según lo codificó Josep Pla: «Un pueblo que ha hecho lo que ha podido [...] para hacer sentir a todo el mundo el sabor de la libertad». Ojalá que, pese al Brexit, siga viva una ambición tan noble y seamos capaces de forjar nuevas «ententes cordiales» para una convivencia rica entre Reino Unido y Europa.

Ignacio Peyró es periodista, traductor y escritor. Es autor de Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (Madrid, Fórcola, 2014).

08/02/2017

 
COMENTARIOS

Juanjo Sánchez Arreseigor 18/02/17 00:14
Es mejor perder a los británicos que mantener les como socios en una situación de privilegio. Los británicos se han pasado 43 años esforzándose a tope en demostrar que De Gaulle tenía razón. Nunca se debió permitir que esos tipos entrasen en la organización.
Es la vanidad uno de los tres pilares del Brexit. Los votantes de a pie británicos sencillamente no se creen que la salida de la UE les vaya a perjudicar. Se perciben a si mismos como los más fuertes ¡y con diferencia! Por lo tanto dan por sentado que la UE se someterá a las exigencias británicas. Y si eso no sucede ¡no pasa nada! Con la Commonwealth, EEUU y otros países como China, se compensa de sobras.
Eso nos lleva a la otra base del Brexit: la ignorancia. Las exportaciones británicas a la UE suponen el 45% de todas sus exportaciones. Las exportaciones británicas a EEUU son el 15% del total, aunque ambas economías (EEUU y UE) son de tamaño semejante. La cercanía geográfica importa y la libertad absoluta de comercio, también. ¿Pero cuenta gente conoce estas estadísticas elementales?
Por último, el miedo. La prensa publica fotos de columnas de emigrantes avanzando en masa hacia la UE. En el encuadre aparecen unas pocas decenas de individuos, pero la impresión psicológica en el espectador es que son millones y millones. Debería haberse transmitido con firmeza a toda Europa el mensaje de que esas "hordas" no iban a entrar. En vez de ello Merkel habla admitirlos y repartirlos por países mediante cuotas obligatorias. Pero ya se ha visto que las poblaciones de Europa no están dispuestas a aceptarlo, y que las opiniones favorables a permitir la entrada masiva de emigrantes son muy minoritarias.
En cuanto a las promesas de Trump, sin duda les ofrecerá a los británicos un tratado realmente estupendo... para el propio Trump y para EEUU. Trump es un empresario corrupto que ha actuado siempre al borde de la ley y es conocido por usar el soborno, la intimidación y la coacción para conseguir trato de favor e imponer acuerdos desiguales y también por no cumplir su parte de los tratos, dejando tras de si una estela de socios rencorosos, acreedores impagados y pleitos judiciales a decenas. También es un nacionalista económico. Da igual lo que prometa a los británicos; no lo cumplirá.
A España le puede venir muy bien el Brexit por el tema catalán. Gran Bretaña equivale a diez veces Cataluña. Cuando los catalanes vean lo que les pasa a los británicos fuera de la UE, cuando ya no sea un tema de debate, opiniones, suposiciones, futuribles, sino de ver la realidad, se les caerá la venda de los ojos a más de uno.

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