Un diario romántico

DIARIOS

Lord Byron

Alamut, Madrid

Trad. de Lorenzo Luengo

382 pp.

23 €

Por lo general, los poetas de mayor renombre son más conocidos por el personaje que por la obra. Por no salir de casa, todo el mundo sabe que Federico García Lorca fue fusilado y que Pablo Neruda era comunista; muchos menos leyeron sus versos, y es probable que a algunos de esos lectores les interesen poco las circunstancias personales de quienes los escribieron. El caso de lord Byron, en este sentido, sirve de ejemplo para señalar las distancias existentes entre el poeta y su obra. Byron fue un poeta conocidísimo en su tiempo, y también muy leído, es cierto, pero un buen número de quienes lo conocían e incluso lo admiraban, jamás se propusieron leerlo, como si existiera una barrera entre el personaje y la obra, y el personaje fuera más atractivo que la obra. Con el paso del tiempo y el cambio de las modas literarias, ya no se lee a Byron, pero se sigue recordándolo como personaje atrabiliario, excéntrico, aventurero, revolucionario e, incluso, como cojo. Hace algunos años, una joven escritora ganó un afamado premio literario, y dándoselas de displicente y de estar por encima de cualquier asomo de vulgaridad literaria y de convencionalismos burgueses, en la primera entrevista que le hicieron, no se le ocurrió mejor cosa que citar a lord Byron. De manera que el fantasma del gran poeta romántico acudía en ayuda de una «progre» posmoderna, bastante ignorante (y bastante mala escritora, según he oído decir), por lo demás.

Don Marcelino Menéndez Pelayo, que en ocasiones era muy agudo y habitualmente muy buen crítico, entendió que el personaje creado por Byron se interfería y superaba a su propia obra como poeta, «dejando en pos de sí tal rumor de gloria y escándalo, tal fama de calavera, de “dandy”, de héroe, de carbonario, de pecador público, de personaje satánico, endemoniado y sublime, que es hoy empeño nada fácil reducir a sus justas y humanas proporciones a este grandísimo poeta, cuya leyenda, elaborada en buena parte por él mismo, ha llegado hasta nosotros entre apoeteosis y exageraciones igualmente fantásticas y absurdas». Esta fama personal acabó perjudicando al poeta, hasta el punto de que a veces parece que lord Byron era un personaje muy singular que, además de ser lord Byron, escribía versos de vez en cuando. En consecuencia, el personaje desplaza en este caso al poeta, que es lo peor que puede sucederle a un escritor. Sobre todo si se trata de un buen poeta, como es el caso de Byron.

Edward J. Trelawny, otro personaje aventurero y pintoresco, que fue marino, desertor, pirata, luchador por independencias ajenas y memorialista, conoció a Byron y a Shelley en Italia, y acompañó al lord a Grecia, aventuras sobre las que escribió un libro magnífico, las Memorias de los últimos días de Byron y Shelley, en el que señala, a propósito de Byron, que «conocer de cerca a un escritor supone a menudo la destrucción de la ilusión que sus obras han creado». El propio Byron debió de darse cuenta de esto, porque permitió que su turbulenta autobiografía fuera reducida a cenizas en la chimenea de su editor. Habida cuenta de la vida que Byron llevó y de esa fama de pecador público, de carbonario, de diabólico, etc., que le acompañaba, tenían que ser garantías suficientes para que esa autobiografía fuera una extraordinaria novela de aventuras y libertinaje. Pero, en el fondo, Byron debía de conservar una base puritana o pensó que el personaje tan trabajosamente creado no daba la talla, porque destruyó el manuscrito. Ahora, leyendo sus diarios, traducidos y prologados por Lorenzo Luengo, es posible pensar, sin demasiada malevolencia, que el personaje, en efecto, no daba la talla. Esto es, que lord Byron no era tan diabólico, carbonario, etc., en una palabra, tan tarambana, como lo pintaban o como a él le gustaba presentarse.

Hace ya más de un cuarto de siglo se publicó en una editorial periférica, con el título de Diario de Cefalonia, una selección de su prosa, principalmente la epistolar, precedida de unas breves anotaciones de su diario durante su estancia en Cefalonia que dan título al libro. Al leer entonces este brevísimo diario quedé un poco confuso y decepcionado. El poeta que se proponía hacer épica no con su verso, sino con su vida, y que había desembarcado en una costa del Mediterráneo oriental (en el que se desarrollaron algunos de sus poemas más conocidos) para restituir la libertad y la patria a la oscura tierra de los griegos, no anotaba nada sublime, ni siquiera especialmente interesante. Tan solo trifulcas, suspicacias, preocupaciones familiares y una noticia curiosa, de carácter económico: que sus ingresos constituían una cantidad considerable en cualquier país, excepto Inglaterra, ya que eran semejantes a los del presidente de Estados Unidos, del secretario de Estado inglés y del embajador francés en Viena. Nada heroico ni especialmente poético o de singular valor histórico se advertía en aquellas escasas páginas. Ni siquiera se trataba de un diario llevado con regularidad. Por lo tanto, estas prosas finales no auguraban nada bueno y, en efecto, el poeta parecía decepcionarse por no estar liberando a contemporáneos de Pericles, sino a aldeanos más bien bárbaros que procuraban sacarle el dinero como mejor podían; al cabo, no murió heroicamente en el campo de batalla, empuñando la espada, en la otra mano la lira y coronado de laurel, sino de unas fiebres en Missolonghi, lugar pantanoso, según parece.

Por este motivo, la presente edición, más amplia, de sus Diarios, tiene, al menos para mí, una curiosidad especial, ya que confirma la impresión producida por el Diario de Cefalonia. Todos los diarios son irregulares, a no ser que se escriban, como hacen algunos poetas de ahora, con el único objeto de hacer literatura periodística sin atarse a los convencionalismos de un artículo o de un ensayo. Los Diarios de Byron, cuando menos, resultan espontáneos. A veces se manifiesta grandilocuente: «Los tiempos de los reyes están tocando a su fin. Habrá sangre derramada como agua y lágrimas como niebla; pero al final será el pueblo quien venza. No viviré para verlo, pero puedo preverlo». Otras tiene ocurrencias sorprendentes: «Hoy leí a Burns. ¿Qué habría sido de él de ser un aristócrata? Nos habría deparado la misma cantidad de versos, si bien más pulcros, menos vigorosos, pero ninguna inmortalidad, un divorcio y un duelo o dos, de haber sobrevivido a lo cual, y de haber sido sus libaciones menos alcohólicas, podría haber vivido tanto como Sheridan, y malvivido tanto como el pobre Brinsley».

Otras, en fin, anota lo que anotaría una persona corriente que llevara un diario (lo que, por otra parte, tal vez no sea síntoma de normalidad): «Vine a casa a las once, o quizás antes. Si el camino y el tiempo acompañan, mi intención es salir mañana a cabalgar. Ya es hora – casi una semana de esta guisa – nieve, siroco, un día – escarcha y nieve el otro – un clima muy triste para Italia. Pero esas dos estaciones, la pasada y la presente son extraordinarias. Leí una Vida de Leonardo da Vinci por Rossi – cavilé – no escribí más que esto y me fui a la cama». Por cierto, la puntualización meteorológica es recurso de gran efecto entre los diaristas.

Lord Byron llevaba sus diarios de manera irregular. Se conoce que había épocas en las que le daba por registrar sus cosas y otras que no lo hacía, y es que verdaderamente hay días que no está uno para nada, como le sucedió a él el 25 de febrero de 1821: «Llegué a casa – me duele la cabeza – montones de noticias, pero demasiado cansado para apuntarlas. No he leído, ni escrito, ni pensado en nada, sólo he llevado una auténtica vida de perro todo el día. Pretendo escribir una página o dos antes de ir a la cama. Pero como dice Squire Sullen: “Mi cabeza me duele a rabiar. ¡Scrub, tráeme una copita!”. Bebí un poco de vino de Imola y un poco de ponche».

Esperemos que el vino le haya proporcionado dulces sueños. Además, irse a la cama siempre es buena solución; por ejemplo, el 5 de enero de 1821: «Me iré a la cama, que me doy cuenta de que me estoy volviendo un cínico». Ese mismo día se maravilla, después de haber leído algunos aforismos de Bacon, de haber sido capaz de detectar «tales meteduras de pata que hasta un niño las detectaría en lugar de cometerlas. ¡Así son los sabios!»

O bien confiesa que su primera incursión en la poesía fue muy temprana, en 1800, resultado de la «ebullición» de su pasión por su prima Margaret Parker, hija y nieta de los dos almirantes Parker, o que desde los cinco años leía mientras comía, en la cama, «cuando nadie leía», y toda clase de lecturas, y sin embargo, «nunca me topé con una crítica». No obstante, reconoce que publicó algunos artículos críticos en Monthly Review. La opinión sobre las mujeres expresada el 6 de enero de 1821 tal vez incomode a las feministas. ¡Qué le vamos a hacer!

Ficha técnica

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