Mañana la víspera
JEAN-MARIE LACLAVETINE
Thassalia, Barcelona, 1997
172 págs.

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Cuando uno comienza a leer esta novela de Jean-Marie Laclavetine, escritor bordelés desconocido hasta ahora entre nosotros, lo primero que le viene a la cabeza es la película franco-canadiense En busca delfuego, dirigida por Jean-Jacques Annaud en 1981: escenarios prehistóricos, poblaciones nómadas en un estado prelingüístico, la lucha por el fuego como elemento necesario para su supervivencia… No muy diferentes, en efecto, son las ambientaciones, los personajes, las historias que encontramos en los primeros capítulos de Mañana la víspera, y el propio Laclavetine parece reconocer esa relación de parentesco cuando, más adelante, hace una breve referencia a la película de Annaud. Referencia que, no obstante, corre el riesgo de pasar inadvertida para el lector español, ya que en esta versión se alude a la película llamándola La guerra del fuego, traducción literal del título original francés, y no En busca del fuego, título por el que fue conocida en nuestro país.

Mañana la víspera no es, sin embargo, una novela prehistórica. O al menos no sólo es eso. Lo que Laclavetine nos propone es una suerte de divertimento borgiano en el que la Prehistoria convive con la actualidad más rabiosa. Dos tiempos, dos épocas separadas por decenas de miles de años, pero unidas por «una grieta del espacio-tiempo» por la que algún personaje puede, sorprendentemente, abandonar su mundo prehistórico y plantarse en el presente, en nuestros días. ¿Cuál es la relación que se establece entre ambos mundos, ambos momentos? Se diría, por un lado, que cada uno de ellos es un sueño del otro. La Prehistoria sueña con la actualidad como la actualidad sueña con aquel tiempo, y no en vano Noah, el personaje que nos sirve de guía e hilo conductor, utiliza los sueños para viajar entre uno y otro mundo. Por otro lado, se diría también que ambas épocas mantienen una relación como de vasos comunicantes, y en el mismo instante en que una mujer prehistórica da a luz a su criatura hay otra mujer en el presente que queda embarazada: un vientre pierde progresivamente su volumen mientras otro vientre, «en un remoto siglo y en otro lugar, comienza a hincharse imperceptiblemente». El fruto de este embarazo será precisamente el viajero de la grieta ya mencionada, un niño peludo que no por casualidad recibirá el nombre de Adán. ¿Propone Laclavetine una versión moderna y personal del Génesis? En cierto modo es así, y los principales hallazgos de su novela residen precisamente en ese propósito digamos fundacional. La comprensión del mundo obliga a su reinvención. Laclavetine decide reinventarlo desde el principio y recurre para ello a la ironía del anacronismo deliberado. Así, por ejemplo, al bueno de Noah le ocurre con frecuencia que quiere pronunciar palabras que aún no han sido inventadas (como si el pensamiento pudiera preceder a la palabra).

Lo mejor de Mañana la víspera tiene que ver con ese viaje del ruido a la palabra, con esa necesidad de crear el mundo por el procedimiento de darle nombre, de dar nombre a todos y cada uno de sus elementos. En algún momento se insinúa el paralelismo entre el progreso de la humanidad y el crecimiento de un niño, pero el optimismo inherente a esta sugerencia se convierte en negro pesimismo cuando el niño en cuestión no es otro que el peludo Adán, que con el tiempo se ha convertido en un peculiar financiero ávido de dinero. Es ésta la parte menos interesante de la novela, donde la anterior ironía ha sido sustituida por una intención satírica que busca, en unos episodios más bien erráticos y previsibles, retratar una modernidad más ridícula que temible.

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