Escritura caleidoscopio

De las pequeñas cosas

ANTÓN ARRUFAT

Pre-Textos, Valencia, 1997

236 págs.

El círculo de los objetos, dice Francis Ponge, constituye el primer deber del escritor, la patria muda a la que él tendrá que adecuar sus palabras. Apenas podrá alabarse de poseer sensibilidad si ésta no es un dúctil instrumento entre los restantes del mundo, capaz de someterse a ellos, de relegarse ante ellos y retratarlos con una nueva humildad.

El problema radica precisamente ahí: eso que es su privilegio y su tarea es también la mayor de sus cuestiones, piedra de toque de su estilo y de sus habilidades. ¿De qué manera hablar de las cosas sin imantarlas, sin sacralizarlas o excederlas, sin permitir que dejen de serlo? Antón Arrufat (1935), poeta, dramaturgo y narrador cubano, relata cómo, interesado en una cuchara, José Martí se preocupará tanto, la mirará tan detenidamente, acabará por manejarla y describirla con tanta minucia y reverencia que la cuchara no lo será por más tiempo. No será ya ese brazo esclavo que nos aproxima los líquidos, el jugo mismo de la vida.

Al contrario, si el texto quiere conservarse fiel a su motivo, a la condición relegada que tienen las cosas, ha de luchar por no entronizarlas y por ejercer con ellas una disposición y una actitud, acerca de la cual un espejo nos lo enseña todo: si lo contemplamos, si observamos su superficie bruñida, no lo estamos de verdad viendo.

Cuando lo vemos, es cuando nos miramos en él, cuando lo usamos, algo que conlleva de inmediato dejar de percibirlo. El espejo es él, cuando se anula y se ciega para darnos a nosotros paso. Un objeto consiste en su función y hablar de él sólo representa un empleo derivado y espurio del objeto mismo.

Así, este libro de Arrufat sobre detalles y enseres mínimos abunda en lateralidades, en una prosa digresiva y como indirecta, que se percata, sin forzarlo, de la esencialidad siempre secundaria y subsidiaria con que las cosas son y nos sirven. Es un libro que se contempla en el espejo. No sustituye esa experiencia real y entrañable por la traición de describirlo. Y avanza dando rodeos para no asustar el segundo plano en el que siempre se sitúa la materia. No ocupa una voz sola ni se adscribe a un único género sino que es múltiple con la variedad de las maquinarias, las vajillas, los cofres, las joyas, las revistas, los carruajes, las flores y jardines, las fotografías, las arañas, los guisos, los aretes, los juegos, los relojes, las lámparas: ese pulular de entes y construcciones, de mecanismos y prótesis que acompañan al hombre y lo configuran.

De hecho, cada cosa conduce indefectiblemente a otras muchas. Es el principio de un laberinto de efectos y engranajes. En este sentido, promueve numerosa literatura informativa. Genera sobre su ubicación, su nomenclatura, sus contraindicaciones o sus virtudes largos párrafos de posología dentro del texto. Es curioso cómo se las apaña para pasar de lo más íntimo a lo más sociológico y cuantificable, quizá porque los instrumentos nos colocan en un ámbito donde lo uno no se produce sin lo otro, dentro de una técnica cordial e interiorizada.

Arrufat combina como nadie ambos códigos. Explica lo que ese objeto determinado significa para él; lo que significó para muchos, dejando claro que las cosas son también su anecdotario, sus alrededores, los rituales de su uso y las manías insistentes de sus usuarios. El hombre, el propietario, receptor y tratante de esa babel silenciosa, aparece igualmente presente en el libro, rey de un territorio que él diseña y puebla y que cambia, infiel, según gustos y modas. Por eso, la escritura de Arrufat se diversifica, se pierde y deambula para conseguirle cabida al caleidoscopio que a su alrededor forma una simple taza o un corsé.

El autor, que colaboró en la revista sucesora de Orígenes, que fue amigo personal de Virgilio Piñera, cuyas memorias él hereda, tiene un poema estremecedor, uno de los primeros, donde recuerda el chasquido que hace, al cerrarse, el broche en el bolso de su madre muerta, otra vez despidiéndose en mitad de la sala. Rilke pudo pedir que rescatáramos los enseres, que los volviéramos propios, que los trasladáramos con nosotros hacia el reino invisible. Pero, en realidad, son ellos los más veraces, los más tangibles, los más duraderos y más ciertos. Acaso nos salven ellos.

Los objetos se mantienen. No poseen un sentido azaroso, sino permanente. De lo que nos rodea son lo más estable y lo menos voluble. Una puerta se cierra con una elocuencia y una constancia que no ofrecen los hechos vivos. Y de la madre se conserva un sonido perenne. Todo funciona más allá de la muerte de quien lo utilizó y le proporcionó consistencia. Espejo, cama, collar de perlas verdaderas, bolso de cierre. Esa duración los transforma en amuletos contra nuestra fragilidad. El libro, nuevo y viejo, de este poeta cubano se perfuma con la nostalgia que transmite cada cosa puesta para persistir frente a nuestro tiempo, al que sólo tejen desapariciones.

A los muchos tonos de estas páginas, se añade ahora uno distinto, el timbre de la sentimentalidad. Arrufat la reclama como un valor en alza, imprescindible tratando con la pura materia. Con las cosas uno no puede, en ocasiones, sino ponerse cursi. Este término surge nombrado sin empacho y sin miedo alguno. En contrapartida, como hoy nos azora, resulta cuando menos subversivo.

Al abrir, por ejemplo, un volumen de segunda mano, podemos encontrar una flor prensada entre las páginas y entonces este fenómeno natural, aunque un poco anticuado, dispara una ráfaga de alusiones que a nosotros, individuos curtidos de la posmodernidad, nos ruborizarían. Arrufat las maneja de un modo honesto. Hay un conjunto alegre de ternuras que son inevitables en el entramado de lo diario.

De las pequeñas cosas es ya desde el título un texto delicado, discreto como exige el asunto que trata, como exige el mundo mínimo, como es su autor mismo, en asombro sabio ante la historia diminuta que convoca.

Ficha técnica

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