Pasiones edulcoradas

Cuerpos sucesivos

MANUEL VICENT

Alfaguara, Madrid

208 págs.

17,50 €


El sugerente título y la excelente fotografía de Man Ray que sirven de antesala a la última novela del prolífico Manuel Vicent no son sino dos de los múltiples señuelos espigados a lo largo de la obra con el objetivo de hacer creer al lector que lo que tiene ante sus ojos –un pseudofolletín– no es precisamente lo que parece. Sirva como afirmación preliminar que Vicent está muy lejos de conseguirlo, máxime cuando el dicho juego de fingimientos queda pergeñado, en más de una ocasión, de forma poco hábil, lo que sin duda sorprende cuando su creador no es, en rigor, ningún novato en este otro juego que es la literatura, y cuando de su pluma han nacido muchos mejores frutos, en especial relatos breves (Los mejores relatos, 1997).

Sea como fuere, toca ahora analizar esa red de ingredientes que adentran Cuerpos sucesivos en el campo del folletín; en primer lugar, la elección de los personajes. Vicent invita para la ocasión a un catedrático de Literatura y a una violonchelista especializada en la sutil interpretación de las piezas de Schubert. El valor de la siempre caprichosa Fortuna ––consustancial al género rosa– propicia un encuentro de ambos seres en un marco de sabor incomparable: la Residencia de Estudiantes de Madrid. Uno y otra interpretan, bajo los acordes de La muerte y la doncella, una atracción súbita, adornada con múltiples aderezos de cuño manierista: lágrima perlada que surca el rostro de la intérprete hasta encontrarse con su carmín, para convertirse, entonces, en una gota de sangre que estalla contra las baldosas níveas de la vetusta residencia.

En segunda instancia, el acontecer novelesco. A partir del fugaz encuentro entre el profesor –David– y la intérprete –Ana–, Manuel Vicent teje un relato inconexo y tópico en el que participan, en proporciones equivalentes, la imaginería truculenta y apasionada propia del género, junto a sabias dosis de erotismo, terreno este en que tampoco faltan rasgos de una exageración morbosa –abundan las escenas sadomasoquistas– que pretenden justificar la pasión enfermiza que une a los diversos personajes, eso sí, desde instancias externas al propio texto, pues que el autor no profundiza en sus turbulentas mentes. Con todo, es precisamente en los momentos en que el relato se inserta en el erotismo más explícito cuando reconocemos, siquiera a retazos, al Vicent de otras ocasiones y su capacidad para adentrarnos en atmósferas sugerentes y de sensual belleza.

Pero, en esta ocasión, nuestro autor está muy lejos de querer mostrar a las claras los terrenos por los que transita, de forma tal que la narración se ve adornada con continuas citas literarias, extraídas, en su mayoría, de diversos poemarios de la Generación del 27, en lo que quiere ser un baño culturalista al que tanto la condición del protagonista principal como el marco en que se inicia la novela pretenden dar carta de naturaleza. Esta pátina obtiene, sin embargo, el efecto contrario al que busca, ya que las continuas referencias a Salinas, Cernuda, Rimbaud, San Juan de la Cruz… no hacen sino dispersar un relato ya de por sí caracterizado por su escasa contención.

Son muchos más los elementos que hablan de esos mecanismos de despiste a los que me refería con anterioridad. Cuando la historia de pasión protagonizada por David y Ana languidece, Vicent se ve obligado a aderezar la novela con mil y un ingredientes supletorios que la soporten y la lleven hasta su desenlace. Es en este punto donde el relato se dispersa de forma definitiva, pues nos vemos obligados a participar del pasado amoroso de los protagonistas, cuando, en ningún caso, esta mirada retrospectiva sirve para completar sus retratos psicológicos ni, en consecuencia, para explicar las motivaciones que guían sus comportamientos.

Así las cosas, el desenlace de la novela se yergue en testimonio palpable de esa tendencia hacia lo truculento que la caracteriza: la insana pasión que une a David y Ana es cercenada, de cuajo, por la navaja de un amante despechado. El dramático hecho nos lleva, sin pausa, a la previsible unión, entre la vida y la muerte, del profesor y la violonchelista. El arma blanca, en suma, pone fin también a algunas líneas que, apenas esbozadas, constituyen los ingredientes más interesantes de estos Cuerpos sucesivos; así es el caso del juego de desdoblamientos que teje la cabeza de Ana como medio de búsqueda de ese hombre completo con que ella sueña o, en otro orden de cosas, la concepción del amor como una necesidad vital que anhela satisfacción en esos mismos cuerpos que se suceden sin pausa.

Ficha técnica

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