Autorretrato de un romántico renegado

Confesiones y memorias

Heinrich Heine

Alba, Madrid

Trad. de Isabel Hernández

184 pp.

12,80 €

A Peter Handke,
seleccionado como ganador del premio Heinrich Heine 2006,
posteriormente denegado por motivos políticos.
 

«Conmigo se cerró la vieja escuela lírica de los alemanes, mientras a un tiempo yo inauguraba la nueva, la moderna lírica alemana». Mediante esta cita, que reproduce con irónica complacencia la opinión de la crítica literaria alemana de su tiempo, Heinrich Heine (1797-1856) se sitúa al principio de su libro Geständnisse (Confesiones) entre la imaginación anhelante del Romanticismo y el compromiso social de los literatos revolucionarios de la Joven Alemania. Hoy por hoy, la imponente popularidad internacional del poeta se basa principalmente en la poesía erótica del Buch der Lieder (Libro de los cantares, 1816-1826), que varía con una melodía inconfundible, entre ironía mordaz y aparente sencillez, el tema del amor infeliz. Un testimonio de su irradiación inmediata –además de los centenares de versiones musicales– son las adaptaciones que Gustavo Adolfo Bécquer realizó de algunos de estos poemas. Heine tiene el mérito de haber ­sacado la poesía alemana de su arcano filosófico poco accesible, reuniendo el sentimiento y la agudeza, la elegancia y el lenguaje coloquial. Sin embargo, quienes ­conocen solamente la vertiente del poeta lírico difícilmente entenderán las circunstancias de su emigración a Francia –un exilio de veinticinco años que, en cuanto a la recepción del escritor político, se extendería más allá de su muerte, ocurrida hace exactamente ciento cincuenta años. Sus últimos escritos autobiográficos, rescatados por la editorial Alba en la nueva y escrupulosamente anotada traducción de Isabel Hernández (a principios del siglo xx se había publicado una primera traducción de Pedro González Blanco en Valencia), ilustran los motivos de su largo des­tierro.

Las Confesiones, una de las últimas pruebas del humor sarcástico del prosistaHeinrich Heine, reúnen todos aquellos elementos de su rebeldía político-intelectual por cuyo motivo tuvo que abandonar su tierra. Por esa rebelde trayectoria, precisamente allí le fue negado un mayor reconocimiento, situación que se prolongó hasta algunos años después de su expatriación póstuma llevada a cabo por el régimen nacionalsocialista. El fragmento de las Memorias, en cambio, narra con ternura humorística la influencia de tres destacados miembros de su dispersa familia en la formación del autor: la madre, un tío abuelo peculiar y, preeminentemente, el padre. El judío convertido al protestantismo vuelve aquí a sus raíces, es decir, al seno de una familia de judíos asimilados. A pesar de revelar numerosos detalles biográficos, se trata en realidad de una elaboración literaria o, como el mismo Heine confiesa a una amada presente, con palabras misteriosamente suprimidas en la edición española, de «la fábula de mi vida», aliñada con algunas lágrimas provocadas por heridas reales. Sin llegar a ser el libro de memorias que Heine deseaba escribir desde hacía muchos años, este opúsculo, podado por consideraciones familiares y por la muerte del autor, comparte con las anteriores Confesiones el mismo enfoque objetivista. Queda patente la convicción, ya puesta en práctica por Goe­the, de que los acontecimientos exteriores y el desarrollo interior se entrelazan. En este sentido, las descripciones rebosantes de crítica social que se hallan en los Cuadros de viaje (1826-1831) o en la gran epopeya Alemania. Un cuento de invierno (1844) constituyen textos tan autobiográficos como lo son los ensayos declaradamente autobiográficos, que abarcan todo el contexto histórico-social de su época. El tradicional género de las confesiones, empleado por pensadores tan ilustres como Agustín de Hipona o Jean-Jacques Rousseau, se ve sometido a un juego irónico por parte de Heine. Dicho modelo del arrepentimiento permite hablar de los actos abjurados. Postrado a causa de una parálisis degenerativa, vejado por el presentimiento de la muerte y enfrentado a una restauración conservadora que estaba pisoteando sus ideales políticos, Heinrich Heine se aprovechó de este recurso dialéctico en el invierno de 1853-1854 para dejar claro de una vez por todas cuáles eran sus convicciones literarias, políticas, filosóficas y religiosas. Con el pretexto de enmendar errores anteriores, el escritor que había entablado amistad con Karl Marx matiza su adhesión a las ideas comunistas para confirmar su solidaridad con una futura revolución en Alemania; reniega de su ateísmo para declarar mediante fuertes invectivas la permanencia de su anticlericalismo, y lamenta su conversión al protestantismo para reivindicar la Biblia y la fe en el dios de Moisés, haciendo honor a sus orígenes judíos que tanto le habían dificultado su trayectoria profesional en Alemania: «Y si el orgullo de la cuna no fuera una alocada contradicción entre los paladines de la revolución y sus principios democráticos, el autor de estas páginas podría estar orgulloso de que sus antepasados pertenecieran a la noble casa de Israel, de ser un descendiente de aquellos mártires que dieron al mundo un dios y una moral, y que lucharon y sufrieron en todos los campos de batalla del pensamiento».

Lejos de profundizar en anécdotas meramente biográficas –«ni con la mejor voluntad de fidelidad puede una persona decir la verdad sobre sí misma»–, las Confesiones pretenden complementar los ensayos previos Acerca de la historia de la religión y filosofía en Alemania,así como La escuela del romanticismo (1833-1834), mediante los cuales Heine se empeñó en explicar a los franceses la historia de las ideas en Alemania. Para acentuar su voluntad de contrarrestar la reaccionaria visión elogiosa que madame de Staël había propagado del ­Romanticismo alemán, el librepensador reunió sus estudios bajo el mismo título: De l’Allemagne. En contra del catolicismo y el conservadurismo de los escritores románticos, el mismo poeta que inicialmente confesó «una nostalgia infinita por la flor azul» –símbolo emblemático del anhelo romántico– iza la bandera del republicanismo francés, con el rey Luis Felipe incluido, si hace falta. La ironía acecha en cualquier momento al lector desprevenido. Sin embargo, el ensayo no carece de momentos amargos. Los últimos párrafos escapan por completo a la tónica satírica. Así como la poesía tardía de Heinrich Heine se aprovechó del efecto sedante de la rima para chocar con intempestivas salidas de tono, el biógrafo se despide mediante el golpe seco de una metáfora melancólica en la que el sol, insignia de la Ilustración y de la libertad, aparece caracterizado de la manera más grotesca: «¡A lo mejor este sol mismo es una vieja broma recalentada que, remendada con nuevos rayos, brilla ahora de manera tan imponente!». Si alguien dudaba de la modernidad de Heinrich Heine, esta última imagen debería convencerle de todo lo contrario.

Ficha técnica

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