Otro mundo imprevisible


Compañía
CRISTINA CERRADA
II Premio de Narrativa Caja Madrid Lengua de Trapo, Madrid
160 págs 14,50 €

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En unos tiempos en que la novela sigue manteniendo su autoridad y crédito, su prestigio literario y su proyección social y comercial, algunos autores, sin embargo, persisten en la dedicación exclusiva al cuento, acaso por vocación o por simple tenacidad. Gran mérito el suyo, cuando aún, por desgracia, el género corto es contemplado en la mayoría de los casos, si no con desdén, con indiferencia, y soporta un habitual olvido en los tratados y manuales de historia literaria y en las monografías sobre narrativa.

Tal vez sea prematuro considerar a Cristina Cerrada (Madrid, 1970) como una narradora exclusiva de cuentos, pues cabe la posibilidad de que, como se dice a veces, lo publicado hasta ahora constituya un proceso creativo destinado a futuras obras de más larga extensión, pero sus dos volúmenes de relatos, el que comentamos y Noctámbulos (2003), galardonados con justo merecimiento con los premios «Caja Madrid» y «Casa de América», certifican que Cristina Cerrada maneja con maestría los resortes de un género que, ante todo, debe sustentarse en la concisión de la historia y en las connotaciones enunciativas.

Los trece cuentos recogidos en Compañía contienen estas características. Organizados como fotografías cotidianas, como estampas familiares o pinturas realistas, en su mayor parte presentan una anécdota muy delimitada y relatan un argumento muy escueto que se centra en tres o cuatro motivos recurrentes y habituales en la sociedad actual, en especial, el empeño en la singularidad personal, con las consiguientes obsesiones subjetivas, y las relaciones y los conflictos existenciales y sentimentales, sobre todo en el seno de la pareja y el matrimonio.

Esas obsesiones, que pueden observarse por ejemplo en los cuentos titulados «Alguien me sigue», «La laguna interior» o «Amnesia», y esos conflictos, que igualmente pueden ejemplificarse en los titulados «Naturaleza muerta», «Mentiras, relojes y minusválidos», «Cerdos» o «El efecto Coriolis», no se enuncian de modo explícito, sino que por debajo de la anécdota circula una trama subterránea que, en veladas sugerencias, trasciende los motivos concretos y da pie a significados más complejos.

No le interesa a la autora, por tanto, contar la crónica detallada de unos desajustes emocionales o de unas rupturas matrimoniales con el fin de buscar la cercanía y la aquiescencia del lector. Si así fuera, los relatos resultarían demasiado planos, y no lo son. Se trata, y aquí es donde se significa la habilidad literaria de Cristina Cerrada, de trasladar esas fricciones individuales o colectivas que recrean las anécdotas al terreno interior de los personajes, un terreno inestable y movedizo, y nada estático, que obliga al lector a indagar en el envés de las historias con el fin de descubrir el mayor número de perspectivas e implicaciones posibles.

En consonancia con esto, los argumentos pasan a un segundo plano, pues las tramas se construyen desde la propia caracterización de los personajes, los cuales se convierten en emblemas o formas dispares de ver y de enfrentarse a la realidad. Ellos son los que proporcionan la complejidad necesaria para que la normalidad de las circunstancias cotidianas que ofrecen los relatos quede suplantada por unas connotaciones o unas soluciones imprevisibles, por lo que, aun formando parte del mundo y hasta cierto punto integrándose en él forzados por la norma o la costumbre, acaban enfrentándose a él o constituyendo un mundo aparte.

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