Castillos en el aire

Castillos de cartón

ALMUDENA GRANDES

Tusquets, Barcelona, 208 págs.

Los castillos a los que se alude en el título de la novela de Almudena Grandes, recientemente publicada, Castillos de cartón, deben de ser humanos, a medio camino entre la infinita plasticidad de los castillos de arena, de arena de la playa, y de la considerable dureza de los castillos de verdad, los de piedras sillares, con sus altos baluartes y sus barbacanas. Como tales, como humanos, exhiben estas fortificaciones de cartón toda la transitoriedad y todas las contradicciones y contrariedades de la maltratada especie.

La novela habla de un amor entre una muchacha y dos jóvenes compañeros de estudios. Se trata de un triángulo que, como parece ser el destino habitual de esta figura geométrica, que tanto la diferencia del trapecio, tiene una vida breve pero intensa. La presunta heterodoxia de un trío de estas características se adorna con una supuesta transgresión de la norma social imperante en el decenio español y madrileño de 1980. La transgresión es imaginaria. Quien en aquella época no había leído en Madrid las obras completas de Sade y Sacher-Masoch, había visto todas las películas de Alfredo Landa o ya había visto, al menos, Pepi, Luci, Bom yotras chicas del montón, por lo que las atrevidas relaciones de estos tres personajes de la novela de Almudena Grandes tal vez no habrían inquietado ya en aquella época ni a una mesa de cuestación de la Cruz Roja presidida por jubiladas de la Sección Femenina. Las algo tediosas relaciones amorosas de estos tres personajes le imponen al lector una decisión hermenéutica provisional y tal vez un tanto heroica: la autora ha escrito una alegoría, y debe buscarse en este recurso narrativo algo que dé sentido a lo que de otra forma resulta misteriosamente opaco.

La muchacha se llama María José, pero se hace llamar Jose, y representa al pueblo. Cada uno de sus amantes representa un principio político o un partido político. Jaime es vital, bienintencionado, generoso, con su punta de hedonismo, con una sexualidad poderosa, algo corto de entendimiento, y sencillo en sus gustos y aspiraciones. Marcos, por el contrario, es caviloso, impotente, refinado, inteligente y abriga un deseo de muerte, Todeswunsch, que se hace realidad en el momento de su suicidio, que ocurre años después de haber finalizado la relación amorosa del trío. ¿No son demasiado evidentes los principios políticos que representa cada uno? «Estábamos en 1984, teníamos veinte años, el mundo todavía caminaba hacia adelante, Madrid era el mundo y yo estaba en medio, dispuesta a tragármelo sin tomarme la molestia de masticar antes cada bocado. Diez años antes aquella escena no habría podido suceder. Diez años después, habría sido igual de imposible.» Se trata, bien se ve, del Madrid de la movida. Un Madrid que se idealiza en lo que se refiere a la apoteosis de su intensidad, mientras que se pasa de puntillas por la vacuidad de sus principios políticos: «los tres fumábamos, y bebíamos, y nos reíamos, y la vida era eso, y cualquier otra cosa era un simulacro inaceptable de la vida. No podía ser, pero así era». Ya se sabe: juventud, sexo, porros y alcohol. La reducción del campo de observación a tres personajes restringe el escenario de forma determinante. Difícil es que toda una época aliente tan solo en tres personas. Pero todo tiene más sentido en la interpretación alegórica, pues en ella la ruptura de estas relaciones, estéticamente aceptable, preludia otras rupturas que se llevan a cabo en el campo social y político. Por otra parte, situándose el lector en el terreno de las relaciones personales, tomando a la narradora por su palabra, es notorio que el Madrid de los años cuarenta y cincuenta apenas tenía nada que envidiar a la República de Weimar, mientras que el Madrid de los noventa, ¿tendría algo que envidiar al Hollywood de los años veinte? La fe ingenua que en esta novela se deposita en la historia, con su pizca de añoranza y sus implícitos deseos de regresar al pasado, dirige la atención del lector de forma inequívoca hacia uno de los asuntos más viejos de la literatura, el del ubisunt. ¿Dónde están aquellos jóvenes de antaño, con tanto invento como trajeron?, ¿dónde sus bailes y sus vestidos chapados? Que el principio de exclusión o el de apropiación sellen la condena de unas relaciones que sólo de la pura ingenuidad podían mantenerse no es, al parecer, sino la consecuencia del paso del tiempo. Los tres personajes son el mismo personaje, los tres acaban por obedecer a unos instintos y principios que no son los de la vida ni los del placer, sino los principios más o menos universales de la clase media hegemónica en el mundo, los principios de la vida reducida a sus accidentes administrativos y laborales, la vida sin vida que merezca nombre de tal. El lector no sabe muy bien si la culpa de todo la tiene sólo el tiempo, o si el ser humano, dadas sus presuntamente óptimas condiciones iniciales, podría trascender sus limitaciones, podría, acaso, elevarse por encima de los condicionamientos de la mediocridad y de la convención, podría aspirar a crear algo más valioso, más en consonancia con las leyes o la normativa del deseo, menos asimilable por una sociedad que en el fondo y en la superficie es hostil o indiferente respecto de los valores que dice respetar.

La verdad es que, según se desprende de la lectura de la obra, el momento de esplendor tampoco parece que fuera gran cosa, pues si bien la creatividad no había germinado ni se había frustrado definitivamente en ninguno de los personajes, lo cierto es que el límite del disfrute no parecía ser, después de todo, cosa del otro mundo, ya se sabe, sexo, porros y alcohol. Si la intensidad del compromiso podía abolir las amenazadoras fronteras del principio de realidad, la clase de compromiso de cada uno de los personajes con el mundo en el que vivían preludiaba el desenlace: agotado el interés por el sexo, los porros y el alcohol, no quedaba sino buscar trabajo y aburrirse mientras se chapoteaba en el mundo de lo convencional, y mientras se buscaba a algún culpable, que debe de ser muy difícil de hallar, pues la humanidad lleva miles de años buscándolo sin fruto. La otra posibilidad, en fin, puede considerarse, es el suicidio, pero, de momento, carece de atractivos sociales o incluso personales bien definidos. La novela informa a sus lectores de que aquello, la movida, fue bueno mientras duró, pero también, deliberada o involuntariamente, les informa de que, en fin de cuentas, tampoco fue gran cosa. Sí puede que, al fin y al cabo, sigan siendo preferibles los castillos en el aire.

Ficha técnica

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