Naturalezas angélicas

Dulce compañía

LAURA RESTREPO

Ediciones B, Barcelona, 1997

Mona, una reportera demasiado proclive a implicarse emocionalmente en los temas sobre los que escribe, recibe de su revista el encargo de ir a un barrio marginal de la periferia de Bogotá para hacer un reportaje sobre un supuesto ángel de inusitada belleza que allí ha aparecido y que tiene a los vecinos del barrio divididos en dos bandos: los adeptos, encabezados por la madre de la criatura y por una suerte de monja laica y visionaria llamada María Crucifija, que creen incuestionable que se trata de un ser de naturaleza divina, y aquellos otros, comandados por el párroco del lugar, que a fuerza de negarle esa misma naturaleza acaban presentándolo como una criatura maligna, casi un ángel a la inversa. Como no podía ser de otro modo y se apunta ya desde las primeras líneas del relato, Mona acaba convertida al clan de los adeptos. Desde el primer momento que lo ve, no sólo cree que el ángel es efectivamente un ángel sino que su fe rápidamente se transforma en un amor que va más allá de lo espiritual para desembocar en lo carnal. Las confesiones de Mona, escritas en un estilo que busca la objetividad del relato periodístico, conforman el grueso de esta novela sobre las virtudes y defectos del ser humano que hacen que en determinado momento pueda vérsenos simultáneamente como ángeles y demonios.

Con ese fin, Laura Restrepo (Colombia, 1950) diluye sabiamente lo estrictamente sobrenatural hasta hacerlo depender únicamente de la subjetividad de la mirada. Este ángel sin nombre no vuela ni hace milagros que lo sean de verdad; las pruebas de su ser angélico residen en indicios tan sutiles como su belleza perturbadora, la placidez que refleja, las numerosas lenguas que conoce y, sobre todo, su despego radical hacia el mundo, la introversión de solitario en la que se intuye el peso de una conciencia inescrutable. Todos ellos asuntos, al fin y al cabo, para los que se puede buscar explicaciones más profanas, y que en la novela se nos proporcionan a través del personaje de una doctora a la que Mona en un momento pide ayuda: las lenguas las habría aprendido en su vida viajera anterior, el mutismo sería fruto de una vivencia de esas capaces de dislocar toda una vida y su despego hacia lo exterior consecuencia de una epilepsia mal curada o del autismo. Como para todo hay contrarréplica y a cualquier objeción científica o pretendidamente realista puede seguir oponiéndosele la razón de lo que no se rige por ella, pruebas que lo serían de lo mítico y lo mágico (el hecho de que el ángel, que fue secuestrado y vendido de niño, hubiese sido capaz de reconocer la casa donde nació, o la misma convicción que, sin poner nada en ello, genera en sus partidarios), el efecto de ambigüedad que se persigue está bien logrado y Laura Restrepo consigue que nos preguntemos sobre la verdadera naturaleza de su ángel. Lo cual prácticamente quedaría en nada si de paso no consiguiera apuntar con ello hacia cuestiones de más enjundia que exceden la dinámica interna de la novela. A este respecto destaca, por encima de todo, el espléndido tratamiento de cierta religiosidad fanática, mezcla de caudillismo, magia, desesperanza y superchería popular, que sigue viva en Latinoamérica y que nos remite a obras ya clásicas como Los sertones de Euclides da Cunha.

Es en el terreno de lo estrictamente narrativo donde Dulce compañía adolece de algunos errores que perjudican su calado novelístico. El mayor de ellos se encuentra en el desajuste entre la historia y el tono elegido para contarla, en un estilo realista que en general casa mal con la certeza acrítica que la protagonista manifiesta desde el principio de hallarse ante un verdadero ángel y que es el culpable de que no nos sumerjamos en la novela hasta mediada ésta, que no nos la creamos. Otro tanto cabe decir del escaso uso que se hace de la elipsis, con abundancia de sucesos y descripciones que poco añaden al relato y que cortan su ritmo narrativo.

Ficha técnica

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