Casablanca la bella
Fernando Vallejo
Madrid, Alfaguara, 2013
192 pp. 18 €

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En Casablanca la bella, Fernando Vallejo aviva la fumata negra de su odio contra la Iglesia católica al poner en marcha su invectiva contra el papa Francisco. Como no podía ser de otra manera, en su primera novela poscónclave, el escritor colombiano prosigue la serie iniciada en El desbarrancadero (2001), donde a su anticlericalismo de base se sumaba el encarnizamiento contra la figura del Papa, en aquel entonces Juan Pablo II (o «Wojtyla», como prefiere llamarlo), cuyas pomposas exequias narraría en una escena memorable de La Rambla paralela (2002), novela que publicó tres años antes de la muerte del pontífice. Luego le llegó el turno a Benedicto XVI, cuya abdicación es motivo de burla y escarnio en Casablanca la bella, al igual que la elección de Francisco, a quien el narrador no vacila en tildar de impostor, por creerse él destinado al trono de Pedro.

¿Y por qué este personaje que no se cansa de arremeter contra la Iglesia, Dios, la religión, los pobres, las embarazadas, las mujeres, Colombia, el idioma, la democracia, el nacionalismo y el mandamás de cada país –y que Vallejo ha compuesto como una entelequia autobiográfica, espejo deformante de su propia vida, con una coherencia espeluznante desde su primer libro–, reclama ahora, para sí, el papado «usurpado» por Bergoglio? Su objetivo, declara, no es otro que hundir el barco: «Voy a feriar al Vaticano y a repartir lo que me den entre los pobres», se mofa.

Un antipapa, uno llamado «Luzbel», uno que bendiga a la feligresía con «aspersiones de gas sarín», un Anticristo bueno, un paladín escatológico: eso es lo que parece querer encarnar, en el culmen del sacrilegio, el narrador de Casablanca al autosantificarse y trastocar las caras de la moneda del maniqueísmo. «Dios es Malo. Es la Maldad Absoluta, ontológicamente hablando», sentencia. Y sigue: «Wojtyla es lo más malo que ha parido la Tierra. Más que Hitler. Más que Stalin. Más que Pol Pot. Más que Atila. Más que Gengis Khan».

Puesto que el miedo a la muerte es el origen de Dios, «si puedo morir contra ese miedo, habré liberado a la muerte y derrocado a Dios», apunta Maurice Blanchot con respecto a Kafka; y tal es la formidable empresa a la que también se halla abocado, a su modo, Fernando Vallejo. Basta leer su «libro negro» (negrísimo) sobre la historia de la Iglesia, La puta de Babilonia (2004), para advertir hasta qué punto el autor radicaliza la idea –formulada por Marx– de que la crítica de la religión es el presupuesto de toda crítica. Puesto a teologizar (ateologizar sería el verbo, siguiendo el ejemplo de Georges Bataille), Vallejo busca liberar las ficciones religiosas de sus depósitos míticos, en la perspectiva de un futuro en el que el Vaticano funcionase como un «museo» de la Iglesia donde los cadáveres embalsamados de los papas fueran observados por los visitantes con la misma curiosidad con que uno se enfrenta a la momia de un faraón egipcio.

Valiéndose a su antojo de la tradición iniciada en el siglo XVI por Martín Lutero, cuya animadversión por el «papa-asno» –como le gustaba llamarlo– lo incentivó a verter su fobia por escrito en todos los tonos y registros posibles («Durante mi vida fui tu peste, Papa; con mi muerte seré tu muerte», cinceló el reformador en su epitafio), Vallejo convierte el antipapismo no sólo en pilar de su diatriba contra la religión cristiana, sino también en una de sus principales fuentes hemorrágicas de humor negro. En Casablanca la bella, sin ir más lejos, la casa que el narrador dice haber comprado a ciegas, y que está ubicada justo enfrente de donde él vivía de niño (la saga familiar de Vallejo continúa, claro), le pertenecía a un canónigo que dejó por herencia «un altar florecido de fotos suyas con los sucesivos papas desde el pérfido Pío XII de los tiempos de Hitler hasta la estulta Benedicta de hoy»: esto, por supuesto, antes de la proclamación de Francisco.

Suerte de mansión embrujada (su fachada impoluta contrasta con el caos de cañerías rotas, paredes derruidas, mugre, escombros y alimañas que reina puertas adentro), Casablanca es un lugar alucinado, metáfora de la oscuridad del alma de su antiguo morador, pero también de lo que para el narrador significa la Iglesia. A la accidentada tarea de reconstruirla se abocará rodeado de una hueste de treinta y tres albañiles, y un simpático coro de ratas, a falta de paredes que hablen como en La casa, de Manuel Mujica Láinez (uno de los pocos escritores que Vallejo recupera), lo visitará y charlará con él, contribuyendo así a que el hilo conductor se deshilvane en constantes digresiones.

Hace cinco libros que el narrador-personaje lleva una vida póstuma (en la escena final de El don de la vida aparece sentado en un parque, conversando con la Muerte). Esta vez Vallejo lo ubica en algún lugar del cielo, flotando entre nubes, rodeado de un coro de angelitos que le canta. Desde allí divisa la casa del título («allá abajo chiquitica, chiquitica»), cuya historia contará con la equívoca convicción del fantasma que se cree dueño del lugar que embruja. Esta relación anticipada con la muerte, que también marca a fuego el mito personal del escritor –quien tiempo atrás comunicó, a viva voz, su propio fallecimiento–, reviste su ficción de una pátina de sarcasmo metafísico, como cuando se obsesiona con la idea de que ha estado muerto antes de venir al mundo o califica como «crimen máximo» a todo nacimiento.

Mucho se ha dicho de la prédica antinatalista de Vallejo y de su horror frente a la superpoblación del planeta, principal leitmotiv de su obra. Pero algo que la crítica ha pasado por alto –además de que esto nada tiene que ver con una provocación eugenésico-higienista, ni con una apología del suicidio o la eutanasia– es el origen gnóstico de su pensamiento. Si bien la tesis antinatalista aparece ya en Voltaire y en Schopenhauer, dos autores que también hacen alarde de su ateísmo y defienden a los animales, fue entre las sectas que surgieron en los primeros siglos de nuestra era, en las riberas orientales del Mediterráneo, cuando el cristianismo aún buscaba su razón de ser, donde muchas de las ideas-fuerza de Vallejo tomaron forma originariamente. En La puta de Babilonia, él desliza una pista al respecto: «Ese Cristo vegetariano de los ebionitas y ese Marción fantástico que se opone a la reproducción me reconcilian con el cristianismo primitivo». Una frase llamativa, viniendo de un anticristiano furibundo.

Estigmatizados como herejes por la Iglesia, los gnósticos solían execrar el parto, responsable del primer «encarcelamiento» de las almas –según creían–; alentaban la continencia a fin de evitar la procreación y se resistían a concebir el matrimonio como un sacramento; sufrían por el hecho de haber sido arrojados a un mundo cruel y absurdo, y veían la creación como una obra fallida, funesta y criminal; hablaban con desprecio de los poderosos y de las instituciones del poder, predicando la desobediencia y la insumisión, y juzgaban la matanza de animales que propicia la alimentación de los humanos como parte del mecanismo maléfico que hace funcionar al mundo.

En este sentido, «el hombre es una plaga –dice Vallejo en Casablanca la bella–. No sólo para el hombre mismo, lo cual está bien, sino para los pobres animales, que a los que no destruye se come». Y luego: «La pesadilla de Kafka era despertarse convertido en un insecto. La mía es haber despertado convertido en un ser humano». Y más adelante: «¡Qué más antiecológico que una madre pariendo!» Y luego: «Los políticos, los bribones de la democracia, la última plaga que lloviendo sobre mojado nos mandó Dios. El caraeculo de David Cameron, el espantajo de Angela Merkel, el payaso eléctrico de Sarkozy, el calvo lujurioso de Berlusconi, el barbudo putrefacto de Rajoy, el calvo caprino de Rubalcaba». Al ser argentino el papa Francisco, también Argentina se vuelve tema («Cristina viuda de Kirchner» no se salva de sus dardos), aunque no tanto como España, contra la que Vallejo embiste con la fuerza de un toro («España estafadora que produjiste a Picasso, el Stravinsky de la pintura, más falso que la doble ese de ese apellido horroroso, ¿hasta cuándo vas a seguir estafando? ¿Vas a acabar de hundir a Europa?»).

La poética de disco rayado de Vallejo, su extremismo de la redundancia y las variaciones que ensaya, una y otra vez, para deslizar las consignas que él considera primordiales (quienes digan que su proyecto se agota a fuerza de repetirse, deberían tener en cuenta que se trata justamente de eso: de ir liquidándose gota a gota, hasta que la salmodia del «muerto» coincida con la cadencia de sus estertores), tienen un correlato formal en el hecho de que sea siempre la misma voz la que se hace oír en sus textos, lo que no define tanto un estilo como la singularidad de un tono.

Pensando en Vallejo, la ensayista argentina Graciela Speranza ha dicho que los grandes escritores crean adicción por medio de la lengua más que por las tramas. Esto se comprueba reconociendo la enorme riqueza léxica de Vallejo (que por momentos parece traducir, a la manera del gramático Rufino José Cuervo, a quien le dedicó una biografía, el despropósito de querer nombrar todas las palabras del idioma), la orfebrería de su sintaxis, la inigualable musicalidad de su prosa, la grandilocuencia de su blasfemografía y de su arte de la injuria, el don de la risa y su crítica implacable del estado del mundo, su compromiso con la idea de que en literatura se tiene el derecho a decirlo todo, el simulacro de estar escribiendo un único Libro desde siempre, su asombrosa erudición y la búsqueda permanente de una apoteosis artística, su singular primera persona, su irrenunciable yo, el yo de él, Fernando Vallejo, virtuoso de la lengua castellana.

Patricio Lenard es secretario de redacción de la revista Otra Parte y editor general del sitio de reseñas Otra Parte Semanal.

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