Pensar y no caer: la escritura apátrida de Ramón Andrés
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El pensamiento precede a la caída del hombre en el mítico jardín del Edén. El anhelo de conocimiento, que alberga la fantasía de ser como dioses, precipita el inicio de la historia, destruyendo la ensoñación del paraíso. La expulsión de Adán y Eva marca el principio de un devenir intelectual caracterizado por la desdicha y la culpabilidad. Durante mucho tiempo, pensar significaba caer en la necesidad de expiación. Sólo la conciencia de pecado y la penitencia podían restaurar una naturaleza herida y abocada al caos. El poeta, ensayista y musicólogo Ramón Andrés (Pamplona, 1955) afirma que el pensamiento no es una caída, sino un ejercicio de libertad que nos pone en movimiento. Su propuesta es no sucumbir a la servidumbre del miedo, impuesta por el terror a la muerte: «Pensar y no caer significa pensar y no cejar, perseverar en la pregunta, no consolidarse, no quedarse ahí, no abonar lo estático, no poner el oído a la totalidad de la complacencia, no darse por concluido, porque nunca se llega a ser».
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Calabuch: utopía en el istmo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Las únicas utopías que no resultan dañinas acontecen en el arte. Si alguien intentara trasladarlas a la realidad, fracasaría estrepitosamente, pues jamás pretendieron trascender lo imaginario. Muchas de esas utopías son ficciones cinematográficas, como es el caso de Calabuch, la entrañable película de Luis García Berlanga rodada en 1956. Calabuch es el nombre ficticio de Peñíscola (Castellón), una localidad de unos ocho mil habitantes que compone una península rocosa comunicada con el interior por un estrecho istmo de arena. En esas fechas, el turismo aún no había transformado la costa mediterránea y los pueblos vivían en una quietud reacia a cualquier forma de cambio. Calabuch es una especie de Arcadia donde «cada persona puede ser ella misma», según el físico nuclear Jorge Serra Hamilton, un adorable Edmund Gwenn que interpreta con solvencia un papel que siempre me ha recordado al Clarence Odbody (Henry Travers) de ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946), pues revela a los habitantes del pueblo el carácter edénico de su aparentemente monótono estilo de vida. 
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Un día en la Transición, según Pablo Martín Sánchez
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

A veces compro un libro por la portada. Es una vieja costumbre que procede de mi adolescencia, cuando me gastaba mi escasa paga semanal en adquirir un vinilo o un libro. Esa forma de actuar me costó más de un disgusto, pues en ocasiones descubría que había dilapidado mis recursos, adquiriendo un tostón monumental. Cuando hace unas semanas descubrí la portada de Tuyo es el mañana sobre el expositor de una librería, experimenté un flechazo. La imagen en blanco y negro de un galgo corriendo sobre la pista de un canódromo me hizo sonreír con melancolía, pues conviví durante diez años con un galgo presuntamente abandonado al acabar la temporada de caza. Siempre pensé que lo habían maltratado, pues temblaba de miedo ante los desconocidos, pero cuando paseábamos por el campo parecía feliz, especialmente si surgía una liebre y podía perseguirla durante un trecho. 
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Muerte de un ciclista, o las cunetas del franquismo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La España de 1955 mantenía abiertas las heridas de la Guerra Civil, explotando la retórica de la victoria, que condenaba a los perdedores de la contienda a vivir entre el miedo, la humillación y la precariedad. Muerte de un ciclista, estrenada ese año, sorteó los obstáculos de la censura mediante un relato plagado de alusiones, elipsis y sobreentendidos, que no escondían tanto una alternativa ideológica como una visión trágica de las relaciones humanas, marcadas por el desigual reparto del poder, el atractivo sexual y la riqueza. Es indiscutible que la película era un alegato encubierto contra el régimen, pero un fuerte pesimismo existencial cuestionaba la posibilidad de una sociedad sin oprimidos, satisfechos y humillados. Juan Antonio Bardem trabajó estrechamente con Alfredo Fraile (fotografía), Luis Fernando de Igoa (guión) y Margaría de Ochoa (montaje) para alumbrar una película en la que se aprecia la influencia del neorrealismo y se anticipan algunos aspectos de la nouvelle vague.
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Un yanqui en Innisfree
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Cuando fantaseamos con el paraíso, solemos caracterizarlo como un espacio –casi siempre, un jardín y, en algunos casos, una isla− en el que los ríos corren bulliciosamente entre todos los matices del verde, celebrando el triunfo de la vida sobre la muerte. En The Quiet Man (Un hombre tranquilo, 1952), John Ford sitúa el paraíso en Innisfree, un pueblecito irlandés con un pequeño río de aguas verdes, un viejo puente de piedra, una alegre taberna con barriles repletos de cerveza negra y una iglesia antigua, con vitrales policromados y una torre puntiaguda. El río atraviesa la población –levantada sobre un istmo−, comunicado con dos lagos rodeados de llanuras verdes, con infinidad de muros de piedra semiderruidos, que dividen laderas, colinas y planicies en cuadrados y rectángulos. La naturaleza convive con una imprecisa geometría que recuerda a cada paso la acción del hombre. 
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Paul Celan, herido de realidad 
La visión de Fidel Martínez
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Paul Antschel nació en 1920 en Czernowitz (Bucovina), cuando la región pertenecía al imperio austrohúngaro. Judío de nacimiento, soportó el totalitarismo soviético, que deshizo la ensoñación socialista de su juventud, y el totalitarismo nazi, que diezmó a su familia. Se suicidó en París en 1970, agotado por una depresión que le hizo perder transitoriamente la razón. Cuando se arrojó al Sena desde un puente, huía de un creciente malestar interior, alimentado por dolorosas pérdidas (sus padres no lograron sobrevivir a la deportación al Lager) e irresolubles paradojas (escribía su poesía en alemán, la lengua de los verdugos). Fidel Martínez ha recreado una vida marcada por la crueldad del poder totalitario, cuyo fin último es destruir al individuo, convertirlo en masa y procesarlo como un objeto, invocando la necesidad de crear un «hombre nuevo», presunta llave de un paraíso que pondrá fin a las imperfecciones y turbulencias del devenir histórico.
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El humanismo desencantado de Primo Levi (y II)
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El Evangelio de Juan atribuye a la Palabra la creación del mundo. Dios es el Verbo, el Logos, y separó la luz de las tinieblas, impidiendo que prevaleciera la oscuridad. En Auschwitz, impera la oscuridad porque no hay palabras para expresar la ofensa que representa «la destrucción del hombre». Su lógica es puramente negativa, pues despoja a los deportados de todo, reduciéndolos a la pura animalidad de la res confinada en un matadero, sin otra perspectiva que ser sacrificada: «En un instante –escribe Primo Levi−, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro». La forma de proceder de los verdugos no obedece sólo a la crueldad, sino al propósito de liquidar la identidad de los prisioneros, su ser íntimo y personal. 
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El humanismo desencantado de Primo Levi (I)
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

«¿Qué es el hombre?», se pregunta Immanuel Kant cuando el optimismo ilustrado aún llamea como una antorcha, proclamando la perfectibilidad indefinida de nuestra especie. «Un fin en sí mismo, nunca un medio», contesta el filósofo, homenajeando implícitamente al humanismo renacentista. Kant no es un ingenuo. Es imposible que no conociera los estragos de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que causó la muerte de casi cinco millones de europeos, reduciendo la población alemana a la mitad. Es probable que desconociera las cifras, pero los casi ochenta años transcurridos entre el final del conflicto y su nacimiento no habían borrado de la memoria colectiva el espanto de una guerra que se ensañó con la población civil. Sólo una quinta parte de las víctimas pertenecían a los ejércitos en litigio. ¿Puede aventurarse que esta catástrofe moral preludia el furor exterminador de los nazis y los escasos escrúpulos de los aliados para acabar con ellos, bombardeando salvajemente ciudades de escaso interés militar, como Dresde y Hamburgo?
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Mozart según Karl Böhm
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Por qué nos apasionan algunos directores de orquesta y otros nos dejan indiferentes, particularmente cuando nuestra formación musical es escasa y sólo podemos justificar tibiamente nuestras preferencias? Mi madre me regaló mi primer vinilo de música clásica a los nueve o diez años. Quizá pensó que Mozart sería una buena forma de ayudarme a penetrar en el mundo de la música, mostrándome la dicha que puede reportar una experiencia de esta naturaleza. O, mejor dicho, una vivencia, pues la verdadera escucha no es un simple estar, sino un proceso activo, que se incorpora a nuestra biografía, dejando una huella duradera, un largo eco. Mi madre escogió la Sinfonías núm. 40 en Sol menor, K. 550, y núm. 41 en Do mayor, «Júpiter», interpretadas por la Orquesta Filarmónica de Berlín bajo la batuta de Karl Böhm. Era una grabación de 1970 del sello Deutsche Grammophon, con su característico encabezamiento amarillo. ¿Es posible definir la música? 
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El cardenal Cisneros, o el reformismo insuficiente
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El cardenal Cisneros pudo agilizar la modernización de España, pero su impulso reformista desapareció con su muerte, sin dejar otro legado que la Universidad de Alcalá de Henares y la Biblia políglota. No sabemos casi nada de los años anteriores a su decisiva intervención en las cuestiones de Estado. Se desconoce el año de su nacimiento. Se especula que vino al mundo en 1436, pero no hay ningún documento que mencione su nombre hasta 1471, cuando el papa Pablo II le concede el arciprestazgo de Uceda. Viajó a Roma, pero se ignoran las fechas y lo que hizo durante su estancia. En 1484 ingresa en la orden franciscana. Aún se discute si la ceremonia se celebró en una modesta ermita –quizás en la del Castañar o en la de Salceda− o en el monasterio de San Juan de los Reyes de Toledo. En 1492, la reina Isabel lo nombró su confesor. En 1495 se convierte en arzobispo de Toledo y comienza su carrera política, que incluyó dos breves regencias. Dado que muere en 1517, su peripecia como líder político y religioso es relativamente breve y acontece en su vejez.
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