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Biden o las desventuras de la virtud (1)

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8 de octubre 2020: Nature, una de las publicaciones más prestigiosas en el campo de las ciencias naturales difundía un largo trabajo para explicar Cómo Trump ha hundido a la ciencia. El texto ocupaba cinco páginas de aquel número, contaba 3.700 palabras y repasaba los principales asuntos en los que el entonces presidente había rematado con éxito sus aciagos designios.

Ahorraré detalles para centrarme en una de las cuestiones a las que el artículo de Nature dedicaba su atención: las muertes por Covid-19. «Las estadísticas son penosas. Estados Unidos, una gran potencia internacional con vastos recursos científicos y económicos, ha alcanzado los 7 millones de casos Covid-19 y el total de muertos pasa de 200.000 -más que ninguna otra nación y más de un quinto del total global- a pesar de contar con tan sólo un 4% de la población mundial».

A 30 de septiembre 2020 el total de muertes era de 199.080, coincidente con los datos de Nature. Como las estadísticas USA empezaron a contar los casos de virus en 13 de enero 2020, la media diaria de muertes hasta esa fecha -un total de 261 días- estuvo en 765. Si alargamos un poco más la cuenta -hasta 20 de enero 2021 cuando el presidente Biden juró su cargo- el total de fallecidos bajo Trump fue de 396.837, con una media diaria de 1.064. Desde entonces hasta 13 de junio 2022 se han añadido otros 639.010 o 1.255 al día, casi 200 más.

No tengo noticia de que, pese a ello, Nature haya atribuido al nuevo presidente los mismos torvos propósitos para con la investigación científica o cualquier otra cosa que a su antecesor, pero no es menos cierto que Trump ya no es el presidente, que era, al parecer, lo que inquietaba a la dirección de la revista, cuyo alegato concluía con una prudente advertencia. «Si Trump gana en noviembre, los investigadores temen lo peor. “Las huestes de Trump han vertido sobre las instituciones públicas un ácido mucho más poderoso que ninguno de los conocidos anteriormente”, dice Victor». Victor era David Victor, un politólogo de la universidad de California en San Diego cuya opinión en estos asuntos científicos resultaba, al menos para el autor del trabajo de Nature, irrebatible.

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Joseph R. Biden, el nuevo presidente, irradiaba una personalidad virtuosa, incapaz por supuesto de verter ácido en institución alguna. Ésa era, al menos, la imagen que transmitieron y aún transmiten al público los medios de solera americanos y sus traductores al español.

Por alguna razón, sin embargo, la opinión de una mayoría de americanos no coincide con ellos. En 23 de enero 2021, a los tres días de su toma de posesión, Biden suscitaba el apoyo de un 53% de sus compatriotas; a finales de agosto 2021, al tiempo de la retirada de Afganistán, la opinión pública se dividió por mitades y la aprobación del presidente comenzó un persistente descenso que, a 14 de junio, la ha situado en 39,7% de apoyos frente a un 53,7% de críticas. Trump alcanzó los mismos malos resultados en tan sólo los dos primeros meses de su presidencia, es verdad, y nunca en los 48 meses siguientes consiguió alcanzar más de un 50% de aprobación, pero Trump ha sido siempre un recordman.

¿Por qué no sube la aprobación de Biden? Porque su presidencia no fue hija de la abundancia, sino de la penuria. Por más que lo buscaron con candil, los demócratas tuvieron que conformarse con lo malo para evitar que los arrollase lo peor. Hoy, con un Trump vencido limpiamente en las urnas y envilecido por su participación en la revuelta del 6 de enero 2021, es fácil acordarse del arco de la historia o alguna otra de esas bobadas que tanto gustaban a Obama, pero el triunfo electoral de su antiguo vicepresidente en noviembre 2020 no obedeció a ninguna recóndita necesidad histórica.

A mediados de 2019, el coronavirus no había salido aún del Instituto de Virología de Wuhan y no estaba nada claro que Trump no pudiera ser reelegido. Recuerdo por aquellas fechas un artículo de Bill Whalen, un analista de la Hoover Foundation, que confesaba no haber tomado en serio a Trump en 2015, cuando anunció su candidatura, por las mismas razones que tantos otros: que no ganaría una sola primaria; que los mandamases republicanos se las ingeniarían para hundirlo; que lo zancadillearían en la convención presidencial del partido y, por supuesto, que era imposible que derrotase a Hillary Clinton en la elección presidencial. «Y aquí estamos […] luego de que Trump haya cambiado las reglas para conseguir la presidencia […]; haya demostrado que un republicano puede abrazarse al conservadurismo en nombramientos judiciales o en cuestiones sociales; o no haya mostrado el menor interés por el equilibrio presupuestario o  la limitación del Estado de Bienestar» .   

Trump tenía sus propios problemas. Su apoyo electoral en los estados decisivos era tenue; los votos en el Colegio Electoral pendían de unos pocos miles de votos. Pero… a su cobertura negativa en los medios de solera la contrapesaba una agridulce opinión popular y, aún más que en 2016, la ausencia de Obama podía servir de ronzal para las aspiraciones de los demócratas. Trump podía volver a ganar y había que impedir esa eventualidad.    

La campaña presidencial 2020 de los demócratas comenzó pronto y osciló de continuo entre un creciente tironeo entre los candidatos por hacerse con una difícilmente definible línea programática y, al tiempo, una dura pelea entre los aspirantes para encontrar un hueco. Harían falta varios libros para seguir sus vericuetos, lógicos en aquellos momentos en que tenían el viento en popa.

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Repasemos un poco el panorama. El triunfo por sorpresa de Trump en las presidenciales de 2016 había ido acompañado por el control de los republicanos en las dos cámaras del Congreso. En 2018, empero, el partido demócrata se hizo con una amplia mayoría en la Cámara de Representantes donde ganó 41 escaños sobre los que había obtenido en 2016; una robusta mayoría (235 votos frente a 194 republicanos); una alentadora distancia en votos populares (en total, 10 millones de diferencia sobre los republicanos); y, por tanto, el control de las iniciativas legislativas en esa cámara, así como amplios poderes de investigación.

Y a los demócratas el triunfo se les subió a la cabeza.

Ya antes de que Trump ganase las elecciones 2016, la campaña de Hillary Clinton había hecho correr el son de que el nuevo presidente había participado en oscuros tratos con el Kremlin y, con esos rumores, había conseguido que el FBI prestase atención al caso. Las pesquisas policiales no llegaron a ninguna parte, pero abrieron el camino para que en mayo 2017 el Departamento de Justicia nombrase a Robert Mueller III, un antiguo director del FBI y prestigioso jurista, como investigador especial -fiscal especializado- para examinar esa acusación, así como eventuales actos de obstrucción de la justicia por parte del presidente y/o su campaña electoral. Dos años más tarde, en marzo 2019, Mueller entregó sus conclusiones y, según el resumen hecho público por William Barr, a la sazón secretario de Justicia, «el investigador especial no halló que la campaña presidencial de Trump o terceros asociados con ella hubieran conspirado o coordinado con Rusia en sus esfuerzos por influir en la elección presidencial 2016».  El texto completo del informe Mueller puede encontrarse en múltiples lugares, por ejemplo, aquí.

Esa decisión contrarió a muchos observadores, especialmente a los dirigentes del partido demócrata, a sus aspirantes a la candidatura presidencial y a los que habían ganado las recientes elecciones legislativas. Todos ellos, así como una amplia parte del público americano, estaban convencidos de lo contrario. No en balde, desde el triunfo de Trump los medios de solera habían ofrecido toda clase de especulaciones sobre su innegable cooperación en aquel delito de traición.

Desde el triunfo electoral 2018 los llamamientos a iniciar un proceso de destitución (impeachment) del presidente fueron continuos y pronto cobraron apoyos inesperados. Al poco de conocerse el informe Mueller, 98 representantes demócratas (42% del grupo demócrata en la Cámara) apoyaban la medida, aunque reconociesen que esa decisión difícilmente podría sostenerse en el texto conocido . Pero la idea estaba en el aire y, como sabemos, se puso en marcha tan pronto como se presentó la ocasión de impulsar el impeachment por calva que ésta fuera.    

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Pero no se trataba tan sólo de descabalgar al presidente. Tan pronto como comenzó la nueva legislatura lo que apareció fue una repentina oleada radical que sumergió al conjunto del partido. Poco a poco se fueron juntando en un amplio programa una serie de propuestas a lo largo de tres ejes: ampliación de beneficios sociales (sistema público de sanidad universal); Green New Deal (un esquema de política industrial para combatir el cambio climático y dar la vuelta a la estructura de la economía americana antes de 2030; nuevos medios de transporte, especialmente trenes de alta velocidad; eliminación de emisiones de gases-invernadero); y lo que sin cortarse sus defensores llamaban otras medidas infraestructurales (subsidios para asegurar salarios adecuados a todas las familias trabajadoras; educación pública y gratuita desde pre-primaria hasta las licenciaturas universitarias; vacaciones pagadas), financiadas por el erario público y, por supuesto, por nuevos impuestos sobre la renta, los patrimonios y los beneficios de las compañías.

Una primera estimación de costes, incluyendo tan sólo los dos primeros ejes del programa, subía a US$42,6 billones (1012) durante los diez años siguientes a su aprobación por el Congreso. Otras propuestas más radicales lo empujarían hasta US$90 billones. Junto a eso, los candidatos demócratas entraron en una subasta de medidas adicionales como la abolición del sistema impositivo introducido en los tiempos de Reagan; las reparaciones a los negros americanos por la esclavitud que sufrieron sus antepasados, el único grupo étnico que no emigró voluntariamente a Estados Unidos; la reducción de gastos militares; o las denuncias de la ayuda USA a Israel. En valor contable eran poco más que la pacotilla del sobrecargo, pero, entre todas, esas propuestas componían una letanía que difícilmente podría excitar a la mayoría del pueblo norteamericano.

Y Trump seguía aún por enterrar.

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La hazaña que catapultó a la fama a Alexandria Ocasio-Cortez no había sido pequeña. En 2018, a los 29 años se convirtió en una de las congresistas demócratas más jóvenes tras derrotar en las primarias a Joe Crowley, un histórico del partido, que había representado a su distrito electoral en los 20 años anteriores. Con ese éxito saltó al estrellato donde para nombrarla bastan sus siglas: AOC. AOC era joven, de origen hispano, inteligente, bonita y tenía facilidad para comunicar su mensaje. Pero 2020 hubiera sido demasiado pronto para lanzar una apuesta más ambiciosa.

Estaba aún en agraz…

«Hace poco, por ejemplo, largó que “el mundo se acabará en 12 años si no terminamos con el cambio climático”. Ha dicho que con “los errores contables del Pentágono” se podrían pagar los US$21 billones que costaría su masivo plan de sanidad universal […] O ha mantenido que “el paro es bajo porque todo el mundo tiene dos trabajos”, algo a todas luces falso», señalaba un comentarista conservador al principio de su carrera.  

… Y se iba a pasar pronto de sazón. Hoy, la revista The Jacobin, ardiente defensora de cuanto suene remotamente a socialismo en Estados Unidos considera que la «luna de miel se ha terminado»Natalie Shure. AOC. The End of the Honeymoon. The Jacobin, n. 44, p. 21 ss.).

Mucho más coriáceo ha resultado ser Bernard Sanders con 78 años a cuestas ya en 2019. A esa edad –Bernie o The Bern (como en la consigna Feel The Bern) para sus admiradores- Sanders tenía una larga carrera de político profesional tras de sí. Fue elegido congresista hace 31 años por el estado de Vermont y pasó a senador en 2007. A diferencia de la mayoría de sus colegas demócratas, Sanders prefiere autodefinirse como un socialista democrático y no como un liberal (socialdemócrata en la jerga política USA). No suele aclarar a qué clase de socialismo pertenece el suyo, aunque a menudo apunta al de los países escandinavos.

Sanders no está afiliado a ningún partido, pero acepta la disciplina de voto de los demócratas. Su salto a la fama se inició en 2008-2009 cuando, en medio de la Gran Recesión, se opuso al programa federal de ayuda a las empresas y a los bancos defendido por el presidente ObamaEn 2010 pronunció un discurso de 8 horas y media para denunciarlo, recogido más tarde en un libro: Bernie Sanders. The Speech: A Historic Filibuster on Corporate Greed and the Decline of Our Middle Class. Bold Type Books: Nueva York 2015 (edición con un nuevo prólogo).. Sus posiciones políticas domésticas e internacionales le colocan claramente a la vanguardia de las opciones progresistas que desde 2018 se han convertido en las preferidas por la mayoría de los militantes del partido demócrata.  Una detalladísima exposición apologética puede verse aquí. En 2016 y 2020 aspiró a ganar las primarias para convertirse en su candidato presidencial. No ganó, pero obtuvo un sólido número de apoyos en ambas ocasiones.

¿No podría haber sido Sanders el candidato demócrata para enfrentarse con Trump en 2018? Rotundamente no. El partido estaba dispuesto a dar cancha a una amplia panoplia de aspirantes, pero de ninguna manera a aceptar una nominación opuesta a los intereses de sus dirigentes y a los de sus apoyos económicos y financieros. Ni a la de la previsible mayoría de votantes.

La campaña de las primarias en 2020 https://www.cnbc.com/2020/04/09/2020-democratic-primary-heres-a-look-back-at-the-historic-race.html atrajo a 28 aspirantes, seis de ellos mujeres. El número de debates entre los aspirantes subió a once donde se incluyeron toda clase de asuntos desde propuestas de sanidad universal hasta el cambio climático, el control de armas y un largo etcétera. El interés de los medios por encontrar un candidato o candidata idóneos fue creciendo a lo largo de los debates, a menudo con sorpresas nunca vistas. Pete Buttigieg, que había sido el primer candidato en declararse gay, se retrató ante las cámaras con un encendido beso a Chasten Glezman, su reciente esposo.

Pronto, sin embargo, fue Sanders quien se puso en cabeza de campaña con su propuesta estrella de una sanidad pública y universal. También, en una campaña donde todos los candidatos tuvieron que hacer frente a altos gastos, por su renuncia a las contribuciones opacas y su confianza en los donativos individuales. Por esa vía su campaña consiguió el apoyo de más de un millón de donantes y recaudó US$34,5 millones. A mediados de febrero 2020 Sanders se colocaba a la cabeza de la carrera por la nominación demócrata.

Poco antes -noviembre 2020- Michael Bloomberg había anunciado su candidatura. El multimillonario fundador (patrimonio personal estimado: 50 millardos de dólares) de la compañía de noticias que lleva su nombre justificó su aparición por considerarse el candidato en mejores condiciones para derrotar a Trump. Su aparición, empero, fue ante todo un golpe en la mesa para llamar la atención del resto de contendientes, escorados cada día más hacia programas radicales. Le costó, dicen, alrededor de US$500 millones, pero es de imaginar que Bloomberg dio por bien empleada la pérdida: las pretensiones de reducción del poder de las grandes empresas que defendía Sanders y los impuestos para parar su codicia de Elizabeth Warren, la senadora por Massachussets,  no iban a arrastrar a los votantes necesarios, por mucho que despertaran el entusiasmo de un número considerable de partidarios acérrimos.  

La reacción de Trump fue, una vez más, torpe. «Mini Mike Bloomberg acaba de “renunciar” a la carrera presidencial. Yo podría haberle dicho hace tiempo que no tiene lo que hay que tener y así se hubiera ahorrado un millardo de dólares, que es lo que le ha costado la broma. Ahora meterá su dinero en la campaña del adormilado Biden esperando salvar así la cara. No va a servirle de nada»Tweet (@realDonaldTrump March 4, 2020.. Trump, empero, no se hacía idea del rejonazo que Bloomberg le acababa de propinar, fuera o no ésa su intención. Su derrota en el Supermartes (3 de marzo 2020) también iba a mostrar a los demócratas patricios la necesidad de cerrar la puerta a Sanders y propiciar la inesperada victoria de Joe Biden.

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El virus de Wuhan acababa de llegar. Y Trump, cómo no, iba a terminar con él en cinco minutos. Un congresista demócrata por Texas ha reunido la sarta de declaraciones del expresidente sobre el asunto. Vale la pena leerlas, pero aquí sólo puedo quedarme con unas pocas. «Me gusta la cosa ésta. Sé muy bien de qué va. La gente se sorprende de que lo entienda… Los médicos se preguntaban: “cómo puede saber tanto de eso”. Tal vez tengo un don natural. Tal vez debería haberlo seguido en vez de dedicarme a ser presidente» (6 de marzo 2020); «los números son mucho mejores. Están bajando casi en todas partes. Grandes progresos» (11 de mayo; el número de muertos sobrepasaba los 80.000); «las muertes por coronavirus han bajado mucho. La mortalidad es una de las menores del mundo» (20 de junio) Y así llegamos a las cifras de Nature recordadas al principio de este blog.

De no haberse precipitado con ésas y otras absurdas declaraciones, Trump hubiera podido obtener su porción de agradecimiento por la lucha contra Covid-19 recordando la rapidez con la que algunas compañías farmacéuticas americanas pusieron en el mercado varias vacunas que efectivamente redujeron el número de fallecimientos. Pero eso no le hubiera permitido pasar por ser el Fleming de la pandemia tal y como parecía dejarlo caer en sus frecuentes arrebatos orgiásticos.

La economía del país se había expandido con escasa velocidad de crucero durante los ocho años de Obama. En los tres primeros de Trump -en el cuarto, la pandemia creó unas condiciones incomparables con cualquier referente anterior- creció a un ritmo ligeramente superior al de los últimos cuatro de Obama; el desempleo cayó al 3,5% en 2019, la cifra más baja de los últimos cincuenta años; el de los negros a 5,4%, aquí también la cifra más baja desde que empezó a contabilizarse en 1972; mientras que los ingresos de las clases medias habían crecido en los dos últimos años de Obama, sólo en 2018 recuperaron su nivel de 1999; la bolsa, sin embargo, dio un brusco salto adelante sobre los tiempos de Obama entre 2017-2019. Esos y otros indicadores que sería largo enumerar muestran que, sin ser un cohete como el Space X de Elon Musk, la economía bajo Trump se había comportado razonablemente bien. La irrupción del coronavirus causó, indudablemente, una brutal caída de actividad que comenzó a recuperarse con rapidez a lo largo de 2020. La polémica sobre las políticas económicas y sanitarias del presidente seguía abierta en el momento en que perdió las elecciones, pero es indudable que hubiera sido más productiva de no empecinarse Trump en demostrar la sabiduría de sus decisiones y sus detractores en arrastrar su herencia.

Finalmente, el presidente había superado con soltura y con el apoyo inequívoco de su partido la maniobra política de los demócratas en su primer impeachment, fruto antes del deseo de venganza que de sus méritos procesales.

Por todas esas razones, Trump seguía siendo un hueso duro de roer para los demócratas.

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Lo que nos lleva de nuevo a las primarias de 2020.

Pocos días antes del hundimiento de Bloomberg en el Supermartes mentado, el panorama había empezado a cambiar decisivamente con las primarias de Carolina del Sur. A finales de febrero, James Clyburn dio su apoyo a la candidatura d Biden. Clyburn no era un cualquiera. En aquel momento era el número tres del grupo demócrata en la Cámara de Representantes a la que había pertenecido desde 1993. En su juventud había sido un activo participante en el movimiento de defensa de los derechos civiles. En 1961fue detenido y encarcelado en una manifestación ante la Casa de Gobierno del estado. Por currículo y posición, Clyburn representaba la visión de la dirección del partido demócrata.

La victoria de Biden en Carolina del Sur fue convincente: 48% de los votos emitidos, 2,4 veces superior a los de Sanders. Pero, más allá de los resultados en votos, como señalaba Politico, la victoria le marcaba a Biden la estrategia adecuada para llegar a la nominación y a la presidencia: «ganar a los votantes blancos moderados y, con gran amplitud, en las circunscripciones afroamericanas de California a Texas y a lo largo del Sudeste. Por su parte, Sanders contaría con buenos resultados entre los votantes latinos y entre los progresistas».  Esos últimos votos acabarían por caer en manos del antiguo vicepresidente de Obama.

Y así fue. Al mes del triunfo de Biden, Sanders anunciaba su retirada de la carrera y se ponía a sus órdenes.  A finales de agosto 2020 la convención del partido que se celebró en Milwaukee designó a Joseph R. Biden como su candidato a la presidencia USA y, a su vez, a su designada vicepresidenta Kamala Harris, una mujer de color que iba a ser la en ocupar ese cargo en la historia de Estados Unidos. Había triunfado una candidatura virtuosa.

¿Qué podía salir mal?  Esa pregunta merece otro capítulo.

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