KOSME DE BARAÑANO

Dentro de un par de semanas, cuando está prevista la aparición de este número de la revista, la Fuente de Cibeles, la Pedrera y el Museo Guggenheim, pongo por caso, pueden estar reducidos a un montón de humeantes escombros, de manera que tengo muy presente que lo que sigue, que ojalá me coma con patatas, está inevitablemente impregnado de esa cualidad obscena y prescindible que adquiere casi todo lo que se escribe mientras, no muy lejos, caen las bombas con su redundante carga de muerte, destrucción y fracaso. Es posible que mis temores se deban a mi natural cenizo. Pero miro alrededor y se diría que, en torno a la tragedia de Kosovo, las piezas van encajando casual, lejana y lentamente –como pretende la teoría de las catástrofes– mientras el planeta se recalienta, y esta vez no precisamente por el efecto invernadero. Y, no nos engañemos, en 1938 una guerra de las proporciones de la que se desencadenó también era inconcebible: sólo hay que leer muchas de las memorias –y no sólo de los políticos– de sus contemporáneos. Rusia, por ejemplo, un país todavía a la deriva, permanece excluida del club europeo mientras las actas de sesiones de la Duma manifiestan día a día el sentido de humillada frustración de buena parte de los representantes de un pueblo que se siente literalmente estafado. La solidaridad paneslava –que, evidentemente, no se ejercía en la época de las «democracias populares» más que cuando le interesaba a la raison d´État del régimen soviético– es agitada ahora como una bandera por quienes pretenden rentabilizar el descontento y galvanizar a la población en torno a una «unión sagrada»: allí también puede surgir un Milosevic que ponga orden en lo que queda de imperio soviético a base de blandir agravios y tronar vejaciones hasta conseguir que una presunta amenaza exterior mande definitivamente a la mar los pelillos políticos interiores. Otrosí: mientras Zhu Rongji, el primer ministro chino, visitaba Estados Unidos, las relaciones entre las dos potencias –hasta hace unos meses idílicas– experimentaban un deterioro que se reflejaba en las acusaciones de espionaje nuclear o «hegemonismo agresivo». La propuesta de Washington a sus aliados japoneses y surcoreanos de crear un sistema de «defensa antimisiles» con el fin de disuadir a los norcoreanos, no ha gustado demasiado en Pekín. Para los dirigentes chinos, la OTAN se ha convertido en los últimos meses en la rama occidental de un Imperio gendarme del que el eje Washington-Tokio-Taipeh es la rama oriental. Quizás por eso, y según el Pentágono, el ejército chino está sembrando de misiles la costa frontera a Taiwan. Y no quiero seguir enumerando puntos calientes, pero me reconocerán ustedes que, dejando aparte otras consideraciones, no podemos ser demasiado panglossianos con la situación. Es más, a mí hay días que no me llega la camisa al cuerpo. La lógica de la guerra ha sido siempre la lógica del tercero excluido. Se diría que no se puede estar contra un criminal de guerra que lleva una década imponiendo a sangre y fuego una política genocida y, a la vez, contra unos bombardeos que, con toda seguridad, están contribuyendo a agravar la situación de las víctimas y, desde luego, a afianzar la posición del tirano. No se puede estar contra los dos porque uno corre el peligro de, cuando menos, convertirse en lo que León Trotsky llamaba «tocador de balalaika», es decir, una especie de estúpido –y en relación directa al aumento de la temperatura ambiente, un traidor– que no acaba de comprender que hay guerras justas e injustas, conflictos en los que hay que participar «para acabar con todos los conflictos». Había que intervenir en Kosovo para proteger a los kosovares: de acuerdo. Lo que ya no se dice es cuándo había que haber intervenido, y de qué modo, para evitar lo que ahora sucede. Y quiénes son los responsables de la demora en la intervención. Y firmeza no tiene por qué significar siempre violencia y, mucho menos, terror. Y por qué Kosovo es sólo un problema europeo cuando sus ecos estremecen a todo el mundo. Y por qué se ha agigantado la figura de Javier Solana mientras se ha empequeñecido la de Kofi Annan. El maestro Brossa expresaba en un catalán que todos podemos entender lo que para los políticos es una ingenuidad, pero para muchos sigue siendo lo mínimo que deberíamos pedirnos mientras abrimos la puerta del próximo milenio: O es diu: No es produirà una guerra total, però sempre hi haurà guerres. O es diu finalment: S´aboliran totes les guerres. Y trabajar en serio por ello. En todo caso, y como parece preceptivo para todos los estados que nacen, la Unión Europea tiene ya su guerra fundacional servida. E n el parque municipal de Chester, una pequeña ciudad de Illinois (EE.UU.) con una población de 8.403 habitantes, se levanta una estatua en bronce de Popeye, uno de los más conocidos iconos de la cultura popular del siglo XX . No es el único monumento al célebre marino que puede contemplarse en su país de origen, pero sí el más significativo: incluso ha tenido el raro privilegio de ser vandalizado en alguna ocasión por fans deseosos de apropiarse de la pipa (piiip, piiip) del héroe. En Chester nació su creador, Elzie Crisler Segar, que confiesa haberse inspirado en algunos de sus vecinos. Y este año se conmemora el 70 aniversario del nacimiento de Popeye, que apareció por primera vez, y como personaje muy secundario, en un tebeo en el que ya vivían todos los parientes de Olive Oil, su eterna y casquivana novia, que tan bien quedó en la gran pantalla (Robert Altman, 1980) interpretada por Shelley Duval. Me llena de estupor comprobar que, según el último ejemplar de la revista británica Book Collector los primeros álbumes en los que apareció se cotizan entre 200 y 300 libras (50.000 o 60.000 pesetas) y, por algunas rarezas, los coleccionista pagan hasta 2.000 (medio millón). Tres o cuatro generaciones, y no sólo norteamericanas –los dibujos animados amplificaron su influencia a partir de los años treinta– aprendieron de Popeye la importancia de introducir espinacas en la dieta y su filosofía pequeñoburguesa y comodona del vivir y dejar vivir, lo que sistemáticamente era puesto en cuestión por el canalla de Brutus, Olive, el bebé reptante Cocoliso, o los cuatro clónicos sobrinitos.Y, desde luego, por Wimpy (que aquí se llamó Pilón), el impenitente gargantúa de hamburguesas que dio nombre a una célebre cadena de comida rápida anterior a la macdonalización planetaria. Me he acordado de ellos absurda y culposamente, mientras las imágenes de guerra y de desesperación se adueñan de la pantalla de la televisión vitrificando, como ha dicho Pierre Georges en Le Monde, todas las demás informaciones. No he sido capaz de averiguar quién fue el autor de la fotografía que ilustra esta página y que conseguí hace algunos años en un mercadillo londinense. Al dorso de la foto se lee sólo A.R.P. Squad, 1940. Hasta hace muy pocos días me resultaba simpática. Como Popeye.

REFERENCIAS JOAN BROSSA, Poemes Civils. Editorial RM. Barcelona, 1961. Book Collector, nº 181. April 1999. London. Pagina web oficial de Popeye: www.midwest.net/org/ace1

Ficha técnica

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Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

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