Bartleby y compañía
ENRIQUE VILA-MATAS
Anagrama, Barcelona
179 págs. 1.900 ptas.

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En nuestra narrativa actual sólo Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) puede principiar una obra con estas palabras: «Nunca tuve suerte con las mujeres, soporto con resignación una penosa joroba, todos mis familiares más cercanos han muerto, soy un pobre solitario que trabaja en una oficina pavorosa. Por lo demás, soy feliz». Es la voz de Marcelo, narrador de Bartleby y compañía, quien, sobreponiéndose a las contingencias de su vida física, proclama su felicidad: una extraña forma de dicha que reside en haber vuelto a la escritura tras veinticinco años de silencio. No por azar, el tema de su escrito será una indagación acerca del mutismo literario, la quietud creadora, el abandono de la pluma. Si en Historia abreviada de la literatura portátil (1985) Vila-Matas teorizaba sobre los escritores shandy, ahora recurre a los bartlebys para definir a esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. La propuesta innovadora de Sterne se transforma así en una opción más trágica y radical, la que encarnó aquel oscuro oficinista de Melville que eludía toda responsabilidad escudándose en la memorable frase: «Preferiría no hacerlo».

Marcelo es, por tanto, camarada espiritual de Bartleby y decide indagar en la génesis de la pasividad como única vía para curarse a sí mismo del síndrome descrito por el autor de Moby Dick. Con este objetivo, simula una depresión, obtiene una baja en la Seguridad Social y se encierra durante un mes en su apartamento. Cautivo de la neurosis literaria, Marcelo se convierte entonces en una voz conductora, un torso parlante similar a los héroes de Beckett, que adopta enseguida el nombre de «CasiWatt». Todo su esfuerzo se centra en resolver un dilema cada vez más acuciante, algo que él considera el mal endémico de las letras contemporáneas: «La pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha una obra, queden, un día, literalmente paralizados». El solitario «CasiWatt» lee, recuerda, inventa, consulta con eruditos, pregunta en la calle, lleva un diario y avanza en sus investigaciones. El resultado importará menos que el análisis digresivo del fenómeno bartleby y sus consecuencias para la historia de la literatura.

Vila-Matas emplea su talento narrativo y su gran intuición lectora para componer un texto híbrido e inclasificable. La tenue línea argumental le basta para erigir un discurso que se nutre tanto de la propia inventiva como de los argumentos de Borges, Zweig, Camus, Sontag, Deleuze, Magris, Del Giudice o Blanchot sobre el misterioso adiós a la palabra escrita. El lector descubre así que la etiología es muy diversa: la droga en De Quincey, la bancarrota de la palabra en Hofmannsthal, la defunción de un pariente en Rulfo, el hallazgo de una identidad en Gil de Biedma, la aspiración al olvido en Walser, la búsqueda de condiciones ideales en Joubert, etc. Difícil saber si son simples pretextos o causas reales. La clave está en que «los escritores del no» recurren a ellas para justificarse. Vila-Matas alcanza los mejores momentos en las literaturas que le son afines: francesa, centroeuropea y latinoamericana. Sus dardos hacia el Nouveau Roman o los postulados de Tel Quel son maliciosos y certeros. También consigue pasajes excelentes en el encuentro neoyorquino con Salinger o la cena entre Gombrowicz y un joven admirador, que alcanzan la categoría de notables cuentos. La interpretación del silencio wildeano, en cambio, sólo se sustenta en el discutible testimonio de Frank Harris y no se ajusta al desdichado final de Wilde. También sorprende la ausencia de Un poema no escrito de Auden, aguda reflexión sobre la imposibilidad de escribir poesía amorosa, o de Jack Torrance, el bartleby más inquietante de nuestra época, obra de Stephen King. Pero Bartleby ycompañía no persigue la exhaustividad ni está movido por un afán enciclopédico. Como su propio autor, recurre a lo brillante, ingenioso y excéntrico para ahondar en un debate central de la literatura moderna. Bajo la sombra de Melville, sí, pero también a la estela de Celan, Vila-Matas nos recuerda con oportuna inteligencia que sólo desde la lucidez del NO la literatura del futuro podrá ser instrumento afirmativo de comunicación.

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