Archivo Revista de Libros

Nuestras Geronas

Gerona será siempre para mí un episodio del pasado. De cuando se llamaba Gerona y la llamaban indistintamente Girona o Gerona, según la lengua del hablante. Hablo de los años sesenta del siglo XX. Yo era, por entonces, un niño barcelonés que pasaba cortas temporadas en la ciudad inmortal, donde residía gran parte de mi familia materna. Allí fui feliz y aprendí algunas cosas. Por ejemplo, que en las Fires —las fiestas patronales que se celebran con ocasión de San Narciso— había unas atracciones llamadas tómbolas en las que, comprando un boleto por un precio módico, se podía obtener —fue mi caso— una cafetera italiana. O que a las mujeres de la edad de mis tías, que andarían entonces por los cuarenta, les encantaba manosear a un niño como yo, pródigo en carnes.

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Una vida trabajada

Nunca he entendido muy bien por qué la preceptiva literaria se empeña en distinguir entre memorias y autobiografía. Más allá

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El achique

Es muy probable que, de no mediar el periodismo, Arcadi Espada jamás hubiera aceptado el encargo de escribir una biografía

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Gaziel, también en castellano

Van a permitirme que empiece con algo particular, algo de lo que soy arte y parte. Me refiero a la edición en castellano de la obra de Josep Pla. Cuando la editorial Espasa, siguiendo los consejos de mi amigo Arcadi Espada, me propuso traducir los cuatro libros de notas del escritor ampurdanés –encargo que luego quedó en tres libros (Notas dispersas, Notas para Sílvia y Notas del crepúsculo), dado que Espasa, al final, optó por reeditar la versión que de El cuaderno gris hicieran en 1975 Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros–, me sorprendió que nadie hubiera tenido antes la idea.

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