Como es habitual, RdL suspende la publicación de novedades durante las fiestas navideñas. El siguiente boletín se recibirá el 12 de enero de 2022

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¿Qué hacemos con la democracia de partidos?

Tiene un mérito notable reunir una amplia variedad de cuestiones jurídico-políticas de plena actualidad en un libro breve (apenas ciento treinta y tantas páginas), compuesto con un diseño que facilita mucho el manejo de la obra al lector no especializado.

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Alfonso Guerra y los dos Partidos Socialistas

Cientos de miles de españoles podrían acreditar idéntica experiencia: en su círculo más cercano de amigos y familiares –aquel en el que uno tiene confianza para hablar con los demás sobre el sentido de su voto–, muchas personas que antes votaban al PSOE han dejado de hacerlo en la actualidad. Estoy hablando de quienes José Ignacio Torreblanca ha denominado, con razón, votantes fantasma del PSOE, o, también votantes huérfanos, «los de toda la vida, los de centroizquierda moderado, los progresistas sin estridencias y los pragmáticos que abjuran de los radicalismos y las exageraciones ideológicas, los que prefieren que su partido haga mucho y diga poco a que diga mucho y haga poco. [Los que] no tienen problemas con la Constitución de 1978 y se sienten moderadamente patriotas, más por orgullo por lo logrado por este país en los últimos cuarenta años que por un fervor identitario y esencialista», aquellos a los que, entre otras cosas, les provoca escalofríos que el PSOE recurra a «silencios, omisiones y sobreentendidos» para «ganarse los votos de los independentistas». Aquellos, en fin, que no entienden ni pueden aceptar que «partidos autocalificados de izquierdas encuentren razonable la compañía de partidos que apelan a la identidad para justificar desigualdades».

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Juicio a la justicia

Enseñaba en la Universidad de Santiago hace ya años un profesor víctima el pobre en grado sumo de un pecado –el de inmodestia– que, además de a muchos universitarios, suele atribuirse con carácter general a un cierto pueblo de América del Sur. Y ello hasta el punto de que al tal profesor podría aplicársele la conocida jerigonza que se ha generalizado para definir a esos nuestros fantasiosos hermanos del otro lado del Atlántico: que si hubiera sido posible comprarlo por lo que valía y venderlo por lo que él estaba convencido de valer, el negocio habría resultado sin duda macanudo. Era así que entre las muchas ocurrencias de aquel hombre realmente singular figuraba su convencimiento berroqueño sobre la utilidad indudable de las máquinas como instrumento sustitutivo del trabajo de los jueces. ¡Pobres Jueces! Pero permítanme explicarme: según el conspicuo profesor compostelano, que lo mismo escrutaba las estrellas con un pintoresco telescopio de factura manual que pintarrajeaba un encerado con fórmulas incomprensibles muy probablemente para él mismo, era posible diseñar una maquina prodigiosa capaz de sentenciar con precisión científica perfecta una vez se le hubieran suministrado al artilugio los datos necesarios para la realización de su labor: primero, las particulares circunstancias del caso objeto de litigio; luego, las normas aplicables al pleito para darle solución. 

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Otro fantasma recorre Europa

Hagan la prueba, si les place, ustedes mismos. Tras ver cualquier telediario –da igual que sea de una cadena pública o privada, pues a estos efectos es lo mismo–, traten de hacer balance del tiempo que, en el espacio informativo que hayan escogido, se ha dedicado a dar noticias y del que, en contraste, se ha aplicado a hacer apología de la corrección política desde un enfoque puramente emocional. Si el lector me permite la intromisión, le recomiendo que se fije ahora, de forma muy especial, en la atroz guerra de Siria o en la terrible tragedia de la inmigración, sobre todo en la que procede ?no sólo, pero de forma destacada? de esa zona de conflicto. Hace mucho que en los programas de televisión dedicados a informar –no únicamente en ellos, desde luego, aunque en ellos de un modo sobresaliente y, por tanto, llamativo– las crónicas sobre esos temas suelen ser una sucesión de admoniciones sobre lo mucho que sufren las personas –los niños, ante todo– que se han visto obligadas a huir de la guerra, el hambre o la miseria o están forzados a padecer las calamidades de un conflicto en el que, como en todos los existentes desde hace mucho tiempo, las bombas no distinguen entre población civil y combatientes. 

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La Constitución y la vida

En noviembre de 2014 participé en Santo Domingo –la primera ciudad que los conquistadores españoles fundaron del otro lado del Océano– en un congreso internacional de constitucionalistas titulado «Los derechos económicos y sociales y su exigibilidad en el Estado social y democrático de derecho». Aunque allí se dijeron muchas cosas y muy interesantes, algunas resultaron, ciertamente, llamativas: por ejemplo, fue sorprendente para mí la insistencia con que varios colegas pusieron de relieve que la Constitución de la República Dominicana era una de las mas avanzadas del planeta en materia de derechos sociales y económicos, hecho que no seré yo quien ponga en duda, desde luego, pero que contrastaba vivamente con lo que podía observar cualquier persona con solo darse un simple paseo por los alrededores del lujoso hotel donde nuestros anfitriones tuvieron la gentileza de alojarnos. 

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¿Nos acercamos al fin de la democracia?

Aunque sé que a algunos lectores quizá les extrañe que un ensayo que aspira a ser riguroso escrito a propósito de un libro que lo es sin ningún genero de dudas se abra trayendo a colación una copla popular, les pido un voto de confianza para comenzar justamente por ahí. Dice la copla, que a buen seguro conoce todo el mundo: «Ni contigo ni sin ti / tienen mis males remedio / contigo, porque me matas / y sin ti, porque me muero». A poco que reflexionen ustedes sobre ello convendrán conmigo en la dificultad de encontrar un resumen más preciso de la paradójica relación que hoy existe entre la democracia y los partidos. Ciertamente, el generalizado desprestigio de estos últimos como instituciones de construcción y representación de los intereses colectivos ha acabado por afectar directamente a la propia percepción que sobre la calidad de los Estados democráticos tienen los ciudadanos que viven en los países más avanzados de Occidente.

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Fuerzas emergentes y fuerzas tradicionales en la democracia española

Los comicios de 1982 marcaron el inicio de un profundo proceso de recomposición del sistema de partidos español nacido en 1977 y dieron lugar, por tanto, a la configuración de los grandes ejes del que habría de estar vigente desde entonces hasta la aparición de los partidos emergentes de los cuales se tratará aquí. Un sistema de bipartidismo imperfecto, caracterizado por tres elementos esenciales, que veremos a continuación.

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Derecho en mano

Si la única crisis que tiene a España atenazada desde hace un lustro largo fuera la económica, la situación del país, con ser muy grave, permitiría albergar un razonable grado de esperanza en el futuro. Pues si hay algo que enseña la historia del capitalismo es que los períodos de contracción de la producción y la demanda, por terribles que sean, acaban dando paso a etapas de expansión que permiten corregir los desequilibrios sociales y económicos derivados de las fases recesivas.

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Zapatero, al descubierto

Libro de aeropuerto: así, con un indisimulado tono despectivo, he oído calificar a algunos amigos, en su mayoría cercanos al Partido Socialista Obrero Español, la obra de Joaquín Leguina que me propongo comentar. Otros, de la misma disciplina partidaria, aunque menos piadosos –o, si se prefiere, más sectarios–, hablan pura y simplemente de ajuste de cuentas para expresar su convicción de que el autor no habría hecho otra cosa que destilar hiel por sus heridas, que serían las de quien se habría visto ninguneado por el dirigente del PSOE, al que convierte en blanco de sus críticas. 

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Viento del norte

Mi madre, que nació en 1923 en la bellísima ciudad cacereña de Plasencia, no vio el mar hasta después de haber cumplido veinte años. Lo había adivinado en fotos y en películas, es cierto, pero cuando se enfrentó de cerca a su rumor, a sus colores y a su absoluta inmensidad, el mar iba a dejarla impresionada para siempre. Se lo oí contar de niño muchas veces, con esa ilusión especial que ponen los pequeños en las historias que oyen narrar a los mayores: el mar de verdad no era como ella se lo había imaginado. No es que fuera mejor o peor: era distinto. Completamente diferente.

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Autonomías: y ahora, ¿qué?

Uno de los varios efectos colaterales que está teniendo la grave crisis política que atraviesa España desde hace más de un lustro ha sido el de sacar a los profesores universitarios a la calle, si se me permite expresarlo de ese modo. Y no estoy refiriéndome, desde luego, aunque el lector haya podido suponerlo de inmediato, al numeroso grupo de docentes que participan en la vía pública en actos de protesta contra esto o contra aquello, bien en su calidad profesional, bien en la de simples ciudadanos. No, cuando hablo de salir a la calle utilizo una metáfora, pues pienso ahora en otra cosa muy distinta: en el impulso, creciente a medida que ha ido agravándose nuestra crisis, que ha llevado a algunos profesores universitarios –muchísimos menos de los que asisten a manifestaciones, por supuesto– a verter sus reflexiones en libros o revistas no dirigidos sólo, como acontece siempre o casi siempre, a sus colegas, sino a un público más amplio con el propósito expresar ante él un compromiso –ese que caracteriza a los intelectuales– con la realidad que nos circunda. Un compromiso, huelga decirlo, que se manifiesta de modo primordial a través de la elaboración de análisis críticos de esa realidad.

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Parece mentira

Temeroso de que la política de ajustes del ejecutivo de Mariano Rajoy pudiese afectar negativamente a sus expectativas de voto, el Partido Popular no se cansó de repetir durante la campaña para los comicios autonómicos celebrados el 21 de octubre en Galicia que el objeto de la consulta electoral no era refrendar o rechazar la gestión del presidente del Gobierno, sino decidir quién sería el futuro presidente de la Xunta. Contradiciendo abiertamente esa visión, Alfredo Pérez Rubalcaba se pateó Galicia de norte a sur y de este a oeste proclamando todo lo contrario: que si los gallegos no votaban a Feijoo convertirían las elecciones autonómicas en un plebiscito contra Rajoy y sus recortes. Pues bien, tras la apertura de las urnas, de las que salió para el PP una victoria arrolladora y para el PSOE una derrota clamorosa, Rajoy no tardó en decir que la victoria de Núñez Feijóo suponía un apoyo indiscutible a su política y Rubalcaba se aprestó a poner de manifiesto que en las elecciones gallegas se había votado en clave exclusivamente regional, por lo que sus resultados no le afectaban personalmente para nada.

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