Prodigios del azar

AUNQUE SEAMOS MALDITAS

Eugenia Rico

Suma de Letras, Madrid

480 pp.

18 €

El azar o la casualidad propicia que las vidas de Selene (una sanadora quemada en la hoguera inquisitorial de la España del siglo XVII, tras ser acusada de brujería) y Ainur (joven licenciada en Historia, que investigará el mencionado proceso), cuyos orígenes y primeros años son también muy similares (ambas, hijas de madres solteras, y con una infancia que transcurrió en un pueblo costero astur-galaico, si esto es posible) sigan un riguroso paralelismo (que se extiende hasta los más menudos detalles), factor que, en vez de entusiasmar o maravillar al lector, más bien lo predispone hacia la incredulidad. Porque viene acto seguido un elemento que podríamos etiquetar como «la rabiosa o candente actualidad», y que asimismo incomoda o perturba la lectura: la constatación de la escasa distancia que media entre realidad y ficción a la hora de manejar materiales que proceden de algún suceso real muy mediático y que aún pervive en la memoria de cualquier ciudadano. ¿Recuerdan a aquel alcalde de Ponferrada acusado de practicar el mobbing (acoso moral-sexual) con una concejala de su mismo partido, Nevenka Fernández? Pues lo mismo le sucede a nuestra Ainur, víctima de idéntico abuso de poder, seguido a continuación del abusivo tratamiento que de la noticia hicieron los diversos medios. Y que conste que, de entrada, pienso que una gran proximidad de la ficción respecto de su posible referente real no genera, de entrada, ningún tipo de objeción, como tampoco es garantía de excelencia literaria el alejamiento o la deformación que pueda mediar entre uno y otro. En última instancia, todo va a depender del modo en que se manipule ese material que procede de la realidad más inmediata y reconocible, del modo en que se trama, selecciona y organiza y, sobre todo, de la verbalización, que es, en definitiva, con lo que acaba encontrándose el lector.

Naturalmente, una intriga de estas características favorece las frecuentes parrafadas de sesgo feminista criticando la condición de la mujer en el pasado y el presente, casi todas ellas del mismo tono: «Sin embargo, curar a los enfermos y salvar a las mujeres de morir de parto nos está vedado, es sólo para ellos como todo lo que trae consigo dinero y prestigio»; «Como aún no se había inventado la ropa del poder, vestirse para triunfar significaba llevar la versión femenina del traje masculino, pues esto es lo que se esperaba de nosotras: que fuésemos versiones femeninas del hombre». El mencionado mobbing y sus repercusiones mediáticas determina que nuestra joven Ainur se recluya en la casa de la abuela donde había pasado parte de su infancia para sumergirse en su investigación, regreso que da pie a los habituales flashbacks propios de estas situaciones, todos ellos de corte étnico-costumbrista o truculento: historias de hombres desaparecidos en la niebla, un parricidio o el aprendizaje del arte de espantar. Y es que una vez allí, en ese peculiar pueblo, entramos en el reino de lo fantástico-prodigioso (por llamarlo de alguna manera), aderezado con todo tipo de elixires, pues en este trasiego de sucesos improbables protagonizados por personajes raros no se escatima nada, ni se discrimina entre lo grotesco, el absurdo, la superstición, el arabesco barroco, la reflexión metafísica elemental, el ocultismo, las sagas escandinavas, el viaje-huida-persecución, la intriga criminal, y más cosas, pues todo tiene cabida en este grueso volumen repleto de efectismos.

Al igual que las dos protagonistas, la mayoría de los personajes tiene nombre simbólico. Selene es la luna, y de Ainur se nos dice que «significa luz de luna» (aunque Tolkien nos había contado que Eru, el Único, hizo a los Ainur, los sagrados, vástagos de su pensamiento). Hay también un Señor Oscuro que ejerce de párroco porque de joven fue misionero en el Amazonas (historia que, por supuesto, también tiene cabida aquí); un joven físico que, decepcionado por la mentira del primer viaje a la Luna, se refugia en el faro abandonado; la tuerta Consuelo, dueña de la única tienda y, por ello, guardiana del pueblo; dos gigantes rubios; una mujer maltratada, y así. Aparte de sus peculiares rarezas, todos los personajes tienen en común el padecer alguna tara física, predominando la cojera. Acorde con estos personajes está el escenario, de topografía abrupta, misteriosa e inquietante, un pueblo que aparece y desaparece en la bruma, y en el que se prodigan tormentas y adversidades varias (incluido un eclipse solar contemplado desde el cementerio), pues la acción transcurre por los acantilados que bordean el mar, o en criptas subterráneas, con gatos negros y cuervos y serpientes.

Y dado que Ainur lleva a cabo una investigación acerca de la vida y la muerte de Selene se aprovecha también para incluir la correspondiente dosis de metaficción. Así, la joven historiadora recuerda a una amiga que se hizo escritora, Eugenia Rico (es decir, la autora de Aunque seamos malditas), y evoca y analiza sus novelas anteriores, incluyendo la visita que le hizo en la madrileña Feria del Libro: «Me costó encontrar a Eugenia, escondida entre los guardias de seguridad que protegían a un famoso locutor y las colas inmensas de un futbolista de éxito que había escrito una novela de templarios con varios enigmas, tres sectas secretas y las últimas teorías sobre la genealogía de Jesucristo». En la contraportada se le dice al lector que esta novela «ajusta las cuentas a la literatura de consumo». Supongo que a cuenta de las citadas líneas, lo que resulta incomprensible porque una de dos: o se nos toma por lerdos, o desconocen que hubo una novela redonda sobre este asunto, Mercado de espejismos, de Felipe Benítez Reyes.

Sobre lo anunciado en la contraportada no entraré en detalles porque es sencillamente sonrojante, pero sí voy a revisar la anunciada originalidad de Aunque seamos malditas, a partir del lenguaje. A cada rato tropezamos con redundancias y repeticiones que, sumadas al paralelismo de la intriga, fatigan bastante: «La madre le enseñó la magia de los negros, la magia que ella misma había empleado, porque la chica era de piel blanca, de piel blanca, pero de alma negra». «¿Cómo puede ser que ser bruja sea para una mujer […]?» (ejemplos que proceden de párrafos muy breves, aclaro). Esta parece ser la pauta estilística constante en este abultado libro de páginas cuajadas de símiles simples y llanos («entonces me di cuenta de que estaba frío como una cerveza en la nevera»; de imágenes manidas y prosaicas («Es una noche con la luna cortada a dentelladas y colgada del cielo como un melón que se ha dejado para luego») y de pareados: «Los ojos cerrados. Su boca en mi mano. Los ojos cerrados. Su boca en mi mano. Su labio en mi labio. Su mano en mi mano. Los ojos cerrados. Su sexo en mi boca, su boca en mi mano, su sexo en mi sexo, los labios cerrados. Su grito en mi grito, su labio en mi labio, su mano en mis ojos, los ojos cerrados». Se nos asegura que Aunque seamos malditas ofrece «una insólita aventura literaria». Ustedes dirán.

Ficha técnica

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