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Me viene a la cabeza la imagen de descolgar el teléfono. Me pregunto cuántos jóvenes que ahora tengan 20 años sabrían apañárselas con un teléfono de aquellos que se descolgaban y en los que había que introducir el dedo índice en un marcador giratorio… Los tiempos cambian, aunque el trasfondo sea el mismo: querer hablar con alguien. Lo que quiero decir es que llamé a Inés para hacerle una pregunta: ¿Cómo crees que serán los conciertos dentro de veinte años? Dicen que veinte años no son nada. Poco antes de morir, Carlos Gardel cantaba en aquel tango melancólico, Volver —la letra era del poeta Alfredo Le Pera—, que 20 años no es nada… pero veinte años de ahora no corren igual que 20 años de hace un siglo. Así que la pregunta era, es, pertinente.

—Creo que serán igualitos que ahora —afirma Inés.
—Me estás tomando el pelo
—Sí… y no.

Inés Fernández Arias: Nunca como en esta época en la que vivimos —y desde mediados del siglo XX considero que, de manera casi definitiva, debido a la tecnología— se ha abandonado la costumbre de hacer música en las casas, en familia, con amigos. La música interpretada ha dejado de ser un aglutinador social en cuanto actividad privada de entretenimiento. Pero es, efectivamente, un aglutinador gigantesco para las masas, principalmente la música que no es clásica, aunque también encontramos ejemplos en espacios al aire libre donde suele interpretarse música clásica con cantantes o artistas famosos, con asistencia masiva de espectadores.

Entiendo que ahora —no lo puedo asegurar— en octubre de 2022, ni siquiera los músicos se reúnen, no ya los profesionales, sino los aficionados, para hacer música por diversión. Una cosa es reunirse para ensayar —que puede tener su parte divertida, pero cuyo propósito tiene un claro fin de obtención de resultados— y otra quedar un domingo por la tarde a leer unos cuartetos «que acabo de componer», como leemos que hacían, en 1785, Dittersdorf al primer violín, Haydn al segundo, Mozart a la viola y Wanhal al violonchelo. Haydn tendría unos 50 años; Mozart, alrededor de 28.

El estado «natural» del mundo ha sido el silencio… han sido milenios de silencio musical los que ha vivido la humanidad: en realidad, en cuanto a la música, esto ha sido así hasta principios del s. XX, a no ser que se tocase o cantase, es decir, a no ser que se hiciese música, con las enormes limitaciones que conlleva la interpretación musical presencial.

MT: Efectivamente, el modo de escuchar música ha cambiado sustancialmente en los últimos 100 años. La música se ha escuchado en directo, durante milenios porque no había otra manera. Con la comercialización de los reproductores sonoros, la música se puede escuchar individualmente a través de unos auriculares. Ni siquiera hacen falta ya los CD. Basta un archivo de audio digital y uno elige lo que quiere escuchar. El interés que tiene la radio es relativo, dado que tiene su propia programación. De hecho, en países como Indonesia, el cuarto país más poblado del mundo, a ningún joven se le ocurriría comprar un reproductor de CD. El modo de vivir un concierto de música clásica en ese país es muy distinto al de los países europeos. Para empezar, se permite el uso del móvil y las redes sociales durante el concierto: lo importante es difundir la experiencia que uno tiene. Quienes ya tenemos cierta edad —es decir, quienes hemos vivido la transición de los aparatos analógico-mecánicos a los digital-electrónicos— vemos esta transformación con cierto estupor e incomprensión.

Me aventuro a decirle a Inés, que ha pasado buena parte de su vida tocando el clave y haciendo música en directo a la vieja usanza, que dentro de 20 años, los conciertos de clásica no serán como han venido siendo durante el siglo XX y comienzos del XXI:

—Inés, ese sagrado silencio institucionalizado por Wagner y Mahler pasará a la historia. ¡A ver quién se atrevía a toser o desenvolver un caramelo durante una representación! Es decir, si queremos que la gente joven acuda a los conciertos de clásica, habrá que «popularizarlos». ¡Fuera rituales! ¡Fuera corsés! Nos guste o no nos guste…

IFA: Permíteme comenzar por el final de tu argumento citando a mi profesor de geografía, Eduardo Martínez de Pisón, que nos decía, en clase, que siendo la naturaleza unánimemente -o casi- considerada un bien deseable, si las personas sólo accedían a ella cuando se podía ir en coche y en la cima de la montaña podían encontrar un kiosko de bebidas, entonces no merecía la pena destrozar la naturaleza por ellos. Pues lo mismo sucede con el concierto de música clásica. Si tenemos que dar copas y permitir conversaciones durante la interpretación de la Tercera de Beethoven para que venga la juventud, puedo afirmar que esa juventud no le interesa a la música clásica. Y no pasa nada. Se puede ser muy feliz sin ir a un solo concierto en la vida. Sólo los que estamos en ellos pensamos que los demás quizá se pierdan algo… ¿Hay que tender a lo elevado? Yo creo que hay que ofrecer un acceso razonable a los valores reconocidos como culturales, no solo del arte, en el que incluyo la música, sino también de la ciencia.

Pienso que la música clásica no es para todo el mundo, como tampoco lo son la alta matemática, la meditación, los agujeros negros, la física cuántica, la filosofía…. Pero centrándonos en el concierto de música clásica, las expresiones «corsé» y «rituales», o rígido, o decimonónico… son términos repetidos entre los desconocedores populistas de lo que se cuece en una sala de conciertos. Si para que venga «la juventud» dentro de 20 años hay que permitir copas y estar activamente conectados, y ni hablar de que se constriña la libertad de pasearnos por donde nos apetezca durante el concierto y que los músicos puedan actuar en camiseta si están más cómodos, diré que eso no funciona. Y lo puedo decir porque eso ya se ha hecho. Se llamó, y se llama, The Yellow Lounge y se creó hace unos veinte años en Berlín. Lo conocí por vídeo y tenía su gracia. Sin embargo, la edición en Madrid fue un desastre. Los que acudimos al local con copas y sin sillas para escuchar un recital de violín y piano, a los diez minutos, entre gente sentada en el suelo con sus móviles y cervezas, solo oíamos un creciente rumor de conversaciones y de choques de vasos.

Actualmente, The Yellow Lounge, en la última edición en Japón, sigue organizando conciertos de música clásica en clubs, con intérpretes clásicos. Por ejemplo, vemos a Anne Sophie Mutter, vestida de calle, tocando unas piezas de salón y hablando informalmente por el micrófono…. pero hay sillas o butacas donde el público, con bastantes canas, se sienta de cualquier manera. Y los refrigerios no suceden durante la actuación. El picoteo se comparte con los artistas después del concierto cuando intervienen Dj’s. Nada que objetar: pero ni eso es la continuación natural moderna de los conciertos, ni eso ha acabado con el concierto, en auditorio, en iglesia, en la universidad, en un salón del ayuntamiento, en los que reina el silencio y la inmovilidad. Ni con la ópera, ni con las orquestas, ni con los miles de estudiantes de conservatorios. Y, por cierto, querido Michael, no hay que irse a Indonesia para tener un público conectado que mira el móvil de vez en cuando y que ha bajado la intensidad de la luz para no molestar. Y es tan inútil tratar de conseguir que la prohibición de tener el móvil encendido se respete, como prohibir tener pensamientos impuros durante el concierto. Lo malo es que el móvil suene durante el acto, pero yo confío en que dentro de 20 años, incluso antes, esos temas estarán solucionados, y además habremos desaparecido la generación que no manejamos el móvil con soltura y las personas que no se atreven a apagar el móvil durante el concierto, porque luego no saben encenderlo o se les ha olvidado la clave.

No sé cómo serán los conciertos clásicos dentro de veinte años, ni en Indonesia, ni en ninguna parte, pero la gente joven de 20 años de ahora, dentro de 20 tendrá 40, en Indonesia y aquí. Y hay mucha gente joven en los conciertos actuales, y mucha preparándose en los conservatorios en todo el mundo, y mucha tocando en orquestas numerosas y ganando concursos, y mucha componiendo y estrenando con mayor o menor fortuna y, lo más significativo, mucha, muchíííísima gente cantando en coros de aficionados, personas que ni siquiera tienen formación musical, pero que a la salida del trabajo o en su tiempo libre se reúnen periódicamente, dentro de un horario fijado, en un encuentro colectivo que exige una disciplina y un esfuerzo. Y que no es remunerado.

MT: Eso es cierto, Inés. Y además cantar mejora la calidad de vida y ayuda en enfermedades, como el Parkinson, a fortalecer la voz y la deglución. El ritmo de la música puede ayudar a caminar y a la estabilidad. Sin embargo, insisto, el concierto tal y como lo conocemos cambiará, ya ha cambiado, de hecho.

IFA: Siempre ha habido una actitud ligeramente hostil desde los que no participan, y se sienten falsamente excluidos, hacia el círculo -acusado de elitista- de aquellos a los que nos gusta la música clásica y nos reunimos, al lado de otros cientos de desconocidos, para escuchar, quietos y callados, durante casi dos horas, a unos músicos que llevan estudiando toda su vida para ofrecernos su arte en ese preciso momento, en directo. Y eso a pesar de que los «excluidos» pueden comprar y acceder al concierto por una cantidad más que módica, más barata que un concierto de rock o que una copa o discoteca… Quietos y callados… y sin imágenes, en una cultura predominantemente visual… aunque el concierto sea ya un espectáculo para los ojos en sí. Seguramente exige cierto entrenamiento. Pero recordando a George Steiner, en realidad lo que palpita detrás de la palabra «elitista» y que provoca esa irritación es que es «lo bueno». Y lo bueno, es superior, por definición, a lo que no es bueno.

MT: Es verdad, Inés, que la formación técnica de los intérpretes de música clásica requiere de un virtuosismo y dedicación que, en muchos casos, roza lo sobrehumano. Te digo que eso cambiará, porque no deja de ser algo artificial. Siempre habrá virtuosos, por supuesto. Pero serán una minoría. Terminará imponiéndose el modelo del mercadeo: imagen llamativa, pelos llamativos, ropa llamativa… todo llamativo. Los repertorios mayoritarios serán aquellos fáciles de escuchar, amables al oído de las masas.

IFA: Bueno, ahora también los repertorios de masas son los fáciles de escuchar. En realidad, entendemos por fáciles aquellos en los que se ejecuta música tonal: lo mismo la Quinta Sinfonía de Chaikovski, que un concierto para piano de Mozart, que Carmina Burana… Si entramos en el concierto para viola de Bela Bartok ya el público interesado disminuye. Pero te digo que la imagen llamativa no hará desaparecer el concierto en directo, al revés: atraerá nuevos públicos. ¿Que el virtuosismo en alto grado es artificial? Es algo buscado, inherente a la autoexigencia del intérprete y conseguido en diferentes grados. Que yo sepa nadie ha pensado que desaparezcan las olimpíadas, en las que van uniformados, por cierto, porque se fuercen los cuerpos hasta un grado sobrehumano para batir marcas, así que… Y de la misma manera que toda España en 1960 vendió sus sillas de paja y madera torneada para ponerlas de formica, ahora, el que puede, compra cosas realizadas por artesanos, con técnicas tradicionales, no solo aplicadas a objetos, sino también a quesos, vinos, etc. Quizá no se compren CD, pero se siguen grabando, porque es la vía que tienen los intérpretes de lograr un producto que combina la actuación real en directo con los sofisticados medios de grabación. El CD es una carta de presentación en una entrevista. Y en este momento, en el que la utilización de la app de citas Tinder ha descendido porque sus usuarios están volviendo a tener primeros encuentros presenciales, y cuando se ha vuelto a grabar en casete -un objeto que mis nietos no han visto nunca- créeme, que habrá tortas por estar entre el público que va a ver actuar a una cantante famosa en directo, en un escenario, sin trampa ni cartón, para ti… en un momento único e irrepetible. Aquí y en Indonesia.
¡Pero hombre, si han vuelto hasta los reproductores de discos de vinilo!

MT: Insisto, Inés. Estoy por decirte que veinte años lo son todo. Gardel andaba equivocado. Me atrevo a decir que dentro de veinte años la música de Vivaldi, de Bach, de Mozart, de Beethoven no se escuchará en los conciertos como se hace hoy. Todo aquello que requiera esfuerzo intelectual, ¡fuera! ¡Se acabó el culto a lo viejo! En cualquier caso, el rumbo de la música clásica —por cierto, mal llamada «clásica», pero, bueno, así nos entendemos— lo marcarán esos países tan poblados como Indonesia. Dicho de otro modo, el destino de la música culta occidental, paradójicamente, dependerá de cómo ésta se desarrolle en esos países y, sobre todo, dependerá de la formación musical de los jóvenes asiáticos. ¿Y todo eso lo veremos en veinte años? ¡Te digo que sí! Nosotros vivimos en Europa y nos creemos el ombligo del mundo. El ombligo del mundo hace muchos años ya que está en Asia…

IFA: Mira… no voy a discutir. Pásame el gin tonic, anda.

Inés Fernández Arias es la presentadora del programa Ecos y consonancias de Radio Clásica en Radiotelevisión Española

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