ARTÍCULO

Kafka y la historia

Riopiedras, Barcelona
379 pp. 31 €
 

La verdad es indivisible, no puede
por tanto reconocerse a sí misma; quien la
quiera conocer tiene que mentir.

Kafka, Aforismos (80)

Sultana Wahnón, catedrática de la Universidad de Granada, especialista en Teoría de la literatura y Literatura comparada, ha centrado desde hace años su trabajo en dos vertientes de un mismo tema: por una parte, se ha dedicado a estudiar y a difundir diversos aspectos de la teoría literaria contemporánea (Introducción a la historia de las teorías literarias, Saber literario y hermenéutica, Lenguaje y literatura); por otra, ha realizado numerosas aportaciones sobre la nunca suficientemente explorada conexión entre arte y política, arte e historia en el contexto concreto del totalitarismo nazi.

Kafka y la tragedia judía responde a una nueva aplicación de este interesante esquema de trabajo en el que teoría literaria (y el análisis de textos que se deriva de opciones establecidas sobre un fundamento teórico) e interpretación de la obra de Kafka, en el ámbito de la historia reciente, se funden en un proceso de aproximación al hecho literario y a la realidad histórica.

Este planteamiento hunde sus raíces en una tradición especulativa de largo alcance.Tanto en el ámbito judío como en una parte relevante del cristianismo bajomedieval se ha partido de una dualidad fundamental: la relación irreductible entre el hecho (histórico y salvífico) y la Palabra o el Libro (como principio metafísico). A diferencia del pensamiento griego, de carácter netamente genérico y teórico, el judeocristianismo se ha distinguido por su doble querencia hacia lo particular realmente acontecido y hacia la huella de lo absolutamente otro en lo histórico. «El Verbo tomó la carne» , dice el judío Juan al comienzo de su relato de la vida del Hombre-Dios.

No creo vanas estas consideraciones a la hora de introducir el libro de la profesora Wahnón sobre El proceso de Franz Kafka. La novela del autor de Praga, escrita en 1914, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, comienza con el arresto de Josef K. en su propio dormitorio por parte de unos desconocidos. Desde ese instante el protagonista sufre las consecuencias de un proceso singular y atípico que lo lleva, tras numerosas peripecias, a una muerte tan violenta como absurda e injusta. La razón (o el sinsentido) de dicho proceso configura la trama estructural de un relato que finaliza, antes del asesinato de Josef K., con un largo diálogo entre éste y un sacerdote católico acerca de una leyenda denominada Ante la Ley. En este apólogo –que fue publicado por Kafka de forma independiente– se revela y a la vez se esconde el misterio de la significación completa de la obra. Considerada una cumbre no sólo de la literatura sino de la cultura contemporánea, en su exégesis se han afanado algunos de los mejores espíritus de nuestra época.

A lo largo de cuatrocientas páginas, Sultana Wahnón nos ofrece su interpretación del libro. Presenta una tesis cuidadosamente articulada que, de forma resumida, puede explicarse así: el examen de la profusa reflexión literaria de la segunda mitad del siglo XX, aplicada en concreto a El proceso, muestra hasta qué punto, no obstante, no se ha atendido de modo suficiente a lo único verdaderamente significativo en este y en todos los casos, es decir, a la lectura directa –no alegórica– de la obra, a lo que la profesora Wahnón llama la materialidad del texto; en segundo lugar, cuando se procede del modo propuesto –en aplicación de la convicción del propio Kafka, tal y como la expresa en la exégesis modélica que realiza el protagonista con el cura a propósito del ya mencionado núcleo significativo del libro– se impone una conclusión contraria a la interpretación generalizada según la cual Josef K. sería culpable y, por lo tanto, su arresto y ejecución quedarían justificados; la inocencia de Josef K., en los términos en los que la postula Wahnón, implica lógicamente la iniquidad y el juicio de condena del tribunal y de todos sus ministros, incluido, por supuesto, el citado abate; además, el carácter necesario e indeterminado del mal que padece el personaje kafkiano lo emparenta no con el justo bíblico sino con el héroe trágico, tal y como lo anunció Nietzsche en términos de pesimismo nihilista. Pues bien, partiendo de la radical inocencia y de la condición de víctima trágica de Josef K., puede establecerse por diversas vías confluyentes la condición «profética» del personaje kafkiano que, en el contexto no de una mística religiosa sino de una empatía cultural positiva, se perfila como la imagen admonitoria del judío en la Shoah.

Resulta imposible detenerse en todas las cuestiones sobre las que desciende la autora. Ha realizado un gran trabajo: bien escrito, sostenido a lo largo de muchas páginas con naturalidad, lleno de matices en todo, salvo quizás en lo que se refiere a la dimensión religiosa que subyace a toda cuestión judaica. Se necesitaría un espacio igual o mayor para dialogar con ella de modo convincente y con la atención y el rigor que se merece. Aunque no comparto lo esencial de su planteamiento, no tengo seguridad alguna de estar yo en lo cierto, y acaso sólo un diálogo bien pausado y medido pudiera establecer entre nosotros un horizonte de verdad en la interpretación de esta obra.

Kafka es una piedra de toque para todo estudioso de la literatura.A menudo se hace acopio de conocimientos teóricos que serían en principio suficientes, de una base documental impresionante, de larga experiencia en la interpretación de otros textos y, no obstante, se fracasa en el intento de abordarlo; hablo de un fracaso, si no divino, al menos sí quijotesco. Jabès dijo que no se puede leer a Kafka, que lo que realmente ocurre es que él nos lee a nosotros. Cada lectura revela tanto o más del lector que del letrado de Praga. Creo que todos los que hemos dedicado horas, meses y años a escudriñarlo hemos intuido que algo así estaba en efecto ocurriéndonos.

A Wahnón le ha pasado lo que a tantos: hemos entrevisto con una lucidez prestada aspectos parciales del texto, pero no hemos sabido ordenar los materiales de manera satisfactoria. Intentaré explicitar del modo más breve posible cuáles de los caminos ensayados por la autora me parecen erráticos. Me centraré en las dos vías que sostienen de modo principal el argumento de su obra: la exigencia del análisis de la materialidad del texto y su aplicación al caso de la literatura de Kafka y, en conexión con esta noción, en alguno de los elementos sobre los que establece la relación anticipatoria del héroe kafkiano con las víctimas judías del exterminio nazi.

Cuando Sultana Wahnón apela a la materialidad del texto pretende en definitiva ceñirse a lo que Kafka realmente escribió en El proceso: sin negar el valor simbólico de numerosos pasajes de la obra, afirma que el establecimiento de dicho sentido debe respetar la materialidad de lo escrito, tanto en cada una de las partes como en lo que se refiere al conjunto en que éstas se incluyen. No puede obviarse nada, y menos que nada aquello que contradice la propia lectura. Lo contrario reduciría nuestra lectura a mera ideología. Respetar la materialidad del texto exige atenerse al sentido primero del mismo y nunca imponer un sentido segundo (metafórico, simbólico, alegórico) que lo contradiga. De acuerdo, pero resulta indispensable determinar con más rigor aún a qué llamamos el sentido primero de un término. El ejercicio de lectura de la profesora Wahnón, sobre el que descansan sus tesis, pone de manifiesto que se ha limitado a tomar el sentido referencial y argumental del texto.Y me temo que esto resulta insuficiente cuando se parte de una defensa de la materialidad del texto. Haría falta, además, un examen fonético, morfosintáctico, semántico, intertextual y metaliterario.Y por supuesto a partir del original alemán. Esto es la filología: el amor a un logos que es, antes que nada, sonido, lenguaje y relato. En una aplicación estricta del punto de partida teórico de Sultana Wahnón, las conclusiones que se obtienen sin atender a todos esos planos carecerían de un fundamento inmanente sin el cual la literatura se desencarna.

En Kafka y la tragedia judía, el sentido primero resulta acometido, casi exclusivamente, en el plano argumental. El sentido segundo, la correspondencia simbólica con aquél, queda por tanto muy limitado. Brod habló de la dimensión simbólica como el valor supremo de la literatura kafkiana, pero precisó, con sumo acierto, que dicho valor simbólico consistía en la unión del sentido primero con el segundo. El verbo encarnado. Ante la significación como si de Barthes, me quedo con el no separes el no del sí de Celan. Creo que Kafka lo hubiera preferido también.

Un solo ejemplo mínimo pero significativo. En el epígrafe cuarto del tercer capítulo, Sultana Wahnón establece una valoración moral del sacerdote que dialoga con K. antes del fin. Le reprocha al cura, en justa aplicación de su convicción de que K. es inocente, que califique al protagonista de culpable. Considera que esa es la auténtica sentencia cuya consecuencia, inmediatamente posterior, no es otra que la ejecución por parte de ministros inferiores de la pena de muerte. «El sacerdote es, pues, en realidad el juez» (p. 154). Añade: «Él mismo hace saber a K. que así es, precisamente como ocurren las cosas en el tribunal: “La sentencia no viene de repente, poco a poco el procedimiento va transformándose en sentencia” ». En una nota, la profesora Wahnón califica esta afirmación de «delirante». Las palabras del cura carecerían de toda lógica; un exabrupto dictado por su maldad o por su locura. Pero me temo que las cosas se complican si se atiende a la inevitable traslación y condensación del sentido que caracteriza al lenguaje literario. Con dicha afirmación, el sacerdote está manifestando que no es él quien juzga sino que el proceso lleva implícito el juicio mismo. También la etimología enseña que el sacerdote es sólo un mediador con lo sagrado. ¿Por qué insistiría Kafka en poner en su boca, en la misma sede de la cátedra de Praga, semejante proclama? ¿Cómo puede un mediador dictar sentencia? ¿No se estará limitando a proclamarla? Yendo más al fondo del asunto: resulta difícil no advertir que en semejante proclama el sacerdote está resumiendo el libro, lo cual difícilmente puede ser un signo de delirio. La alusión al título de la novela –proceso/procedimiento– resulta significativa de la importancia del término, como lo es también la definición tautológica del mismo. Proceso/procedimiento/transformación/ metamorfosis. Otro título de Kafka que alude, de modo secuencial, a las nociones de tiempo y cambio, de inestabilidad e imperfección, de degradación ontológica, de fuga del ser y de aniquilación. Eso significa todo proceso: no hay nada delirante en la afirmación del cura. Nociones metafísicas que hay que explorar con independencia de que la indagación –no es lo que discuto– nos lleve a descalificar finalmente la posición del sacerdote.

La segunda cuestión a la que me gustaría aludir tiene que ver con la tesis central del libro: Kafka anuncia, en su obra, la Shoah. Pero, según la autora, no hay que ver en esto ninguna clase de profetismo en el sentido religioso del concepto. Aquí no hay visiones como en Ezequiel. Sólo la perspicacia de un judío laico –curioso oxímoron– conocedor de la historia de su pueblo y observador atento del presente que le tocó vivir. A la metáfora del profeta,Wahnón opone la kafkiana y no menos inquietante del «reloj adelantado». El reloj interior de Kafka iba por delante del tiempo real, incluido el del propio Franz. Lo esencial es que el escritor ofreció una imagen del abuso del poder que los nazis ejercieron contra los judíos. Qué distinto pudo haber sido todo si entonces hubiésemos leído bien a Kafka.

Es esta una cuestión sobre la que hay que precisar algunos extremos. Quisiera saber si, como imagen del poder sumamente injusto, la literatura kafkiana ilustra sólo la Shoah o en realidad cualquier experiencia de terror totalitario. Bastaría que se ejerciese en esa forma contra un solo hombre. Para afirmar que predijo en concreto el exterminio judío habría que precisar en qué consistió éste, desde el punto de vista de la aniquilación de un pueblo concreto por el hecho de ser tal o cual cosa, en este caso el hecho de ser judío.Y después ver si eso era lo que Kafka tenía en mente y tradujo al papel.

Sabemos que los nazis cargaron contra aquellos que tuvieran abuelos judíos. Niños, ancianos, mujeres y hombres, de toda clase social, procedencia geográfica, creyentes o no, ortodoxos, místicos o laicos, todos aquellos cuyos bisabuelos no hubieran optado por la asimilación. Claro que en el nazismo hay un componente inquisitorial. Más que la raza, en nombre de una ideología totalizante, se persigue la raíz de la creencia judía hasta tres generaciones hacia atrás. Hubo europeos de estirpe judía que, asimilados uno o más siglos atrás, ejercieron el terror.

Pero Sultana Wahnón sugiere que Kafka anunció la Shoah, más o menos conscientemente. Pero no como parte de la historia religiosa de un pueblo. No hay nada del novum al que se refirió Hans Jonas o de la cábala tal y como la vio Walter Benjamin. No es un profeta sino alguien que entrevé que una porción de los europeos va a ser arrancada salvajemente de las raíces del viejo continente. E insisto, ¿en qué sentido puede afirmarse que lo predijo Kafka? ¿Para qué usa en su obra, de modo sistemático, nociones jurídicas y teológicas que remiten a la estructura religiosa de un pueblo? La ley, el juicio, la condena, la llamada, la transformación, el matrimonio religioso, la escritura. ¿No cabría pensar, sobre todo quien atribuye a las imágenes kafkianas un poder representativo de lo judaico, que si en algo refleja a su pueblo es en esos conceptos? ¿Por qué esa obsesión por vaciar de sentido dichos términos? ¿Acaso no resisten –en la dirección final que sea– la compatibilidad entre el uso primero y segundo de las palabras?

En una carta a Benjamin, Gershom Scholem comenta un artículo de Horkheimer sobre los judíos y Europa. En el tono coloquial propio del epistolario entre dos grandes amigos, dice que el filósofo «no tiene ni idea del problema judío ni le interesa ». Me llama la atención que personas como la autora de Kafka y la tragedia judía, que sí conocen el problema, y a quienes les importa de manera muy radical, no sean capaces de enfrentarse con la dimensión religiosa que constituye la esencia de lo judaico. No comparto la idea de Fackenheim de que en eso consiste la verdadera victoria póstuma de Hitler, pero sí creo que todos los intentos –políticos, literarios o filantrópicos– de sustituir esa ratio han resultado inútiles y forzados.

George Steiner señala en Tolstói o Dostoievski que toda crítica es un acto de amor. Quisiera dejar claro de un modo explícito que todo lo señalado por mi parte surge del interés que me ha suscitado este gran libro. Pretende mi escrito ser un diálogo agradecido con alguien que, como he señalado antes, sabe más que yo y cuya obra me ha revelado un sinfín de aspectos de El proceso que permanecían ocultos. Leer a Sultana Wahnón merece profundamente la pena.  

01/11/2005

 
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