ARTÍCULO

Globalización: la visión de largo alcance

Barcelona, Crítica, 2015
Trad. de Gonzalo García
1.607 pp. 48 €
 
Oficina Central de Telégrafos, noviembre de 1870 
Oficina Central de Telégrafos, noviembre de 1870 

En 1865, cuatro mil kilómetros de cable submarino conectaron las comunicaciones mundiales. Para enviar un mensaje de Londres a Río de Janeiro se necesitaban varias semanas en un paquebote, si es que lograba llegar finalmente. Hacían falta meses si su destino era la joya de la corona británica, Bombay. Cuatro décadas después, los lechos oceánicos acogían 406.300 kilómetros de cable. Las ciudades del mundo quedaron enlazadas; en un abrir y cerrar de ojos podía enviarse un mensaje de un rincón a otro del planeta. Y llegaba realmente, lo que era extraordinario en términos comerciales. Floreció el periodismo económico, que informaba sobre lugares lejanísimos, oportunidades comerciales y el señuelo de las inversiones de alto riesgo. Luego la telefonía complementó al telégrafo: podían oírse voces a largas distancias. No fue hasta finales del siglo XX cuando el fax, el correo electrónico y el teléfono móvil pusieron fin a la edad de la telegrafía, sumergiéndonos en nuestra revolución digital y eclipsando definitivamente el orden construido por los hombres y las mujeres en el siglo XIX.

En el relato de Jürgen Osterhammel, la instalación de cables submarinos fue una de las muchas sacudidas que moldearon el mundo moderno. Este libro extenso, brillante, fascinante, a ratos serpenteante, nos ofrece un extraordinario retrato de las fuerzas y las personas que construyeron nuestro mundo. Es también un retrato diferente de todos los que teníamos hasta ahora. La globalización no comenzó en la década de 1970, cuando el viejo sistema de Bretton Woods y los antagonismos bipolares dieron paso a la libertad total de los mercados. Ni tampoco empezó en 1945, cuando las superpotencias arramblaron el planeta después de recorrerlo a grandes trancos como dinosaurios y demolieron lo que quedaba del viejo mundo de los imperios europeos. No: para Osterhammel, aquellas convulsiones fueron los productos de una reordenación fundamental que absorbería la totalidad de un «largo siglo XIX» que se extendería desde 1776 hasta 1914.

En casi mil trescientas páginas que transportan a los lectores desde la guerra contra la viruela en Chile y Cantón en la primera década del siglo XIX hasta la salvaje epidemia de gripe de 1918, desde el incremento de la alfabetización en el interior apenas poblado de Nueva Inglaterra hasta la formación de universidades por los misioneros en Japón, Osterhammel nos transporta a un viaje por todo un siglo y a un viaje por todo el mundo. A pesar de la torpe traducción (que induce en ocasiones a error), el suyo es un panorama lleno de ideas y discernimientos que servirán de temas de conversación y de hipótesis sobre cómo se hizo el mundo durante muchos, muchos años.

Osterhammel, un historiador de China alemán, ha despuntado como uno de los grandes historiadores globales de nuestro tiempo. Figuras como Fernand Braudel y Eric Hobsbawm surgieron en su día como sabios que nos ofrecieron la visión de largo alcance sobre Europa. Su fallecimiento (Braudel murió en 1985, Hobsbawm en 2012) marcó el final de una época de investigación histórica que alcanzó la mayoría de edad después de la Segunda Guerra Mundial e incorporó las características de las luchas entre ideologías rivales y grandes teorías enfrentadas: marxismo, liberalismo, estructuralismo, los ismos que forjaron la geografía de la moderna investigación histórica. Al igual que sucedió con la desaparición de las ideologías familiares de izquierda y derecha, el fallecimiento de Braudel y Hobsbawm también marcó el final de la investigación de la historia del mundo como la historia de la civilización europea. Braudel y Hobsbawm fueron grandes generalistas; pero su trabajo siempre situó decididamente a Europa en el centro del relato. Osterhammel, por el contrario, nos ofrece una visión del mundo de largo alcance, una inusual combinación de detalles sutiles y amplitud épica.

La sensación es que somos más interdependientes que nunca, pero también más incapaces que nunca de afrontar los desafíos comunes

Con la caída del Muro de Berlín, y especialmente con la apertura de China en los años noventa, los estudiosos y periodistas se aprestaron a poner de relieve la novedad que representaba el orden surgido tras la Guerra Fría. Para algunos se trataba de un mundo sin precedentes: Francis Fukuyama lo calificó, como es notorio, del fin de la historia. Thomas Friedman, en sus artículos para The New York Times, defendió que este mundo interconectado, descentralizado, era «plano», un campo de juego abierto para la competencia comercial en el que las antiguas líneas divisorias dejaron paso a nuevos jugadores cuya supervivencia dependía del sentido común económico y no de la fuerza bruta. Pero con el auge de los extremismos religiosos, China y Rusia plagadas de resentimientos, una Europa desprevenida y una América paralizada, aquel temprano barniz optimista sobre una integración global ha perdido todo su brillo. Hubo un tiempo en el que la globalización parecía una liberación de lo que Hobsbawm llamó el extremismo del siglo XX. Ahora no está tan claro qué es lo que tenemos. La sensación es que somos más interdependientes que nunca, pero también más incapaces que nunca de afrontar los desafíos comunes, desde las enfermedades globales hasta las migraciones globales.

La historia global hace su entrada. Los historiadores siguieron la estela de los expertos para ver que había algo nuevo que estaba cociéndose. La época de las grandes historias nacionales o las epopeyas europeas había pasado y nos encontrábamos ante una nueva serie de preguntas sobre la dinámica de integración y disolución a uno y otro lado de las fronteras y entre ellas. Los historiadores globales llegaron armados con nuevas palabras clave: conexión, divergencia y difusión al otro lado de las líneas divisorias sustituyeron a las narraciones de ascenso y declive de Estados-nación o imperios. Sólo una lente más amplia podía levantar estas alambradas a fin de ofrecer relatos para nuestra época global.

El resultado fue un nuevo campo que ha tenido un enorme éxito dentro de la profesión histórica. La llegada no fue siempre bienvenida. Los historiadores locales y nacionales temieron verse relegados. Como el acicate tendió a llegar de historiadores británicos y estadounidenses, surgió un resentimiento añadido entre los historiadores de otros países, que sintieron que estaba obligándoseles a adaptarse a un gigante anglo-estadounidense sin poder acceder a las bibliotecas y archivos que posibilitaban las perspectivas globales. Algunos lo vieron como una nueva forma de imperialismo historiográfico. Pero con Osterhammel estamos ante un contrapunto alemán y ante un estudioso especializado en la historia de Asia Oriental; no puede ser acusado de imponer un nuevo marco anglo-estadounidense al resto del mundo. La transformación del mundo es la narración más cosmopolita con que contamos de cómo se forjó el mundo.

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Uno de los talentos de Osterhammel consiste en poder sintetizar una enorme variedad de acontecimientos mundiales sin remontarse al viejo y socorrido recurso de describir un mundo que pivotaba en torno a Europa. En lo que constituye un reflejo de nuestra actitud descentralizada posterior a la Guerra Fría, el tratado que nos propone no privilegia ningún lugar concreto. Lo que es más, idéntico proceso puede significar cosas diferentes para personas y posturas diferentes. El «libre comercio» –un eslogan clásico del siglo XIX– supuso una gran ayuda para algunos (especialmente para los comerciantes británicos) y una amenaza para otros (como los emperadores chinos que no disponían de dinero en metálico). «Mano de obra libre» –una campaña gemela– significaba una cosa para los asalariados en las plantas envasadoras de carne de Chicago y otra muy diferente para los campesinos de África Occidental a los que engatusaban para que dejaran sus comunidades y se fueran a trabajar con un contrato a las plantaciones costeras.

Pero si no había ninguna región, o país, que mantuviera el mundo cohesionado, ¿qué es entonces lo que cohesiona la narración? ¿Cómo crear unidad a partir de la diversidad? Algunos historiadores de Estados Unidos en concreto se han lamentado del hecho de que el gran libro de Osterhammel, aun siendo pródigo en detalles, carezca de un argumento grande y claro. Ya no son los indómitos imperios de Europa, ni el ascenso del capitalismo británico, ni la difusión de la máquina de vapor,  lo que impulsó la integración mundial. Y entonces, se quejaron los críticos, la muerte de las grandes teorías, del marxismo a la modernización y sus amarras europeas, supuso sacrificar una gran narración unificadora; como si quisieran reflejar nuestro mundo confuso, historiadores globales como Osterhammel ofrecen relatos confusos. El tamaño del libro, continúa el lamento, no se corresponde con la relevancia del argumento.

Luego están quienes celebran, por su parte, la ausencia de afirmaciones excesivamente simplificadoras. Para los historiadores globales que examinan conexiones,  situaciones complejas y los diversos modos en que las sociedades lucharon para conseguir tener comunicaciones más baratas o impulsaron la construcción de infraestructuras ferroviarias en el interior de los países, simplemente hay demasiadas cosas que embalar dentro de una sola teoría. Además, la integración no produjo los mismos resultados en todas partes. Una alternativa ha sido poner el acento en lo que Shmuel Noah Eisenstadt ha llamado «múltiples modernidades». No hay un único camino que conduzca a la moderna vida de mercado. 

¿Quiere esto decir que volverse global significa renunciar a una gran historia, dejando que un collage de ejemplos rellenen el espacio desalojado por lo que fueron en otro tiempo las grandes teorías? No exactamente. Y un collage, a pesar de lo que han señalado algunos de sus críticos estadounidenses, no es lo que ofrece Osterhammel en La transformación del mundo. Para valorar la importancia de los detalles –y los hay en abundancia–, hay que tomar distancia; leer a Osterhammel requiere algunas de las destrezas que se requieren para valorar el impresionismo, o la gran ópera. Cada pincelada o cada aria es una joya; pero cada parte adquiere un nuevo significado si se presta atención al todo.

Pensemos en un ejemplo. En las profundidades del quinto capítulo de este libro se esconde un relato sobre cómo los médicos e higienistas hicieron frente a las antiguas y las nuevas enfermedades. La transmisión de enfermedades resultó ahora más fácil y rápida, al mismo tiempo que crecía la densidad de nuestro intercambio. Los virus se extendieron más rápidamente; la integración global trajo el fantasma de epidemias incontrolables. Pero la integración también trajo consigo la determinación y la capacidad de controlarlas o destruirlas. Desde que Edward Jenner demostró con éxito en 1796 que las vacunas eran eficaces para inmunizar a las personas de las epidemias, los estragos virales hubieron de competir con sus cruzados dentro de la sanidad pública. De hecho, la lucha para proteger a los cuerpos reforzó y contribuyó a la noción de una causa «pública» y los poderes estatales comprometidos con su protección. La globalización nos hizo de golpe más vulnerables a riesgos que procedían de muy lejos, al mismo tiempo que reclutaba capacidades para afrontarlos. La globalidad emergente de transacciones e intercambios trajo consigo dos impulsos básicos y contradictorios: más riesgo y amenaza que dieron lugar a más determinación y capacidad para darles respuesta.

En tan solo unas pocas páginas, Osterhammel condensa una parábola que ilustra su estilo. En lugar de una gran teoría o una sola causa de modernización, lo que encontramos es, en cambio, diversas capas de paradojas y tensiones. Cada fuerza produce otra que se le opone. La difusión de las comunicaciones mundiales provocó que las personas se sintieran al mismo tiempo más cercanas y más separadas unas de otras; las naciones trazaron fronteras más firmes con los países vecinos, aunque jamás anteriormente se habían producido semejantes desplazamientos de personas; creció el internacionalismo, a la par que surgían signos inexorables de limpieza étnica. Su estrategia narrativa podría resultar frustrante para quienes busquen el primum mobile o una sola causa. Pero resultará enormemente satisfactoria para quienes admitan que la complejidad de nuestro mundo demanda un pensamiento complejo. No hay nada más exasperante que la obstinada tentación de hacer frente con fórmulas simplistas al intrincamiento del mundo.

Y, sin embargo, al final de La transformación del mundo, los lectores se hallan al borde de un mundo muy diferente del que dejaron al partir. El largo siglo XIX despejó el camino para la violencia y los horrores, además de las maravillas y los avances, del breve siglo XX.

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De todas las fuerzas que han impulsado la integración global, se ha concedido tradicionalmente prioridad a las del mercado. Resulta casi inevitable que la historia global y el ascenso del capitalismo se hallen estrechísimamente conectados; al fin y al cabo, nuestra época global suele pregonarse a los cuatro vientos como la del triunfo del capitalismo sobre sus rivales.

¿Cómo aborda Osterhammel los cambios económicos? Se halla profundamente influido, es cierto,  por Marx y Weber, dos gigantes que dieron forma a las grandes teorías del capitalismo. Pero no convierte a los cambios económicos en la raíz para el resto, aunque resultaría difícil imaginar cómo habría ganado tracción cualquiera de los restantes cambios sin que subyaciera una base económica. Lo que está claro es que a partir de la década de 1790 los humanos pasaron a ser extraordinariamente más capaces de producir más bienes y más novedosos. Si el mundo había vivido por doquier bajo una nube de escasez de alimentos básicos debido al crecimiento de las poblaciones –la ineluctable trampa al progreso del reverendo Thomas Malthus–, esa nube se disipó en el curso del siglo XIX. La riqueza del mundo despegó.

Las espigadoras, de Jean-François Millet

El despegue hacia la prosperidad no llegó desde los lugares acostumbrados: las fábricas y las fundiciones de los primeros industrializadores. Fue más bien una revolución agrícola la que activó los resortes. El simple incremento de la expansión de tierras cultivables fue asombroso: carecía de precedentes y jamás volvería a repetirse. Al mismo tiempo que canales y vías ferroviarias abrían redes de transporte en el interior de los continentes, tierras previamente infrautilizadas, como pastos y bosques, se convertían en hectáreas dedicadas a todo tipo de cultivos. Sucedió, además, casi en todos aquellos lugares en que había tierra disponible y se producían precipitaciones (e incluso en algunos lugares donde no se producían, y donde no venía a cuento intentar convertir desiertos en graneros). En Europa, la frontera rusa incorporó casi doscientos millones de hectáreas de 1860 a 1910. Birmania se abrió. También lo hizo el área en torno al delta del Mekong y su interior. Y, lo que es más conocido, las fronteras de las Américas pasaron de ser paisajes de nómadas y pueblos indígenas escasamente poblados a convertirse en el hogar de millones de colonos. Desde Argentina hasta Canadá, un hemisferio estuvo disponible para producir alimentos como trigo, maíz ycarne de vacuno o fibras como lana y algodón.

Para alcanzar este estallido de productividad rural se produjo una «subyugación del espacio» (p. 463). La creación y expansión de periferias crearon toda una serie de mitos sobre la expansión que fueron igual de esenciales para la formación de nuevas identidades colectivas, especialmente nacionales. Esto fue más pronunciado en Estados Unidos que en ningún otro país. Allí «la frontera» –o «the West»– devino en la expresión de un destino compartido. 

Y luego la bonanza llegó a su fin, marcando el final del ciclo decimonónico. En 1893, uno de los fundadores de la profesión histórica estadounidense, Frederick Jackson Turner, proclamaría en una famosa declaración que la frontera estadounidense estaba «cerrada». Los estadounidenses, en el mito turneriano, eran excepcionales debido a la frontera disponible y a su apertura a la expansión individualista; el cierre suponía no sólo una conmoción física, sino también existencial. La década de 1890 fue testigo de paroxismos de angustia cuando la gente empezó a ver cómo se ocupaba una «naturaleza virgen». A este respecto, los estadounidenses no eran en absoluto excepcionales. Tras la «apertura» se encontraba, por supuesto, la destrucción y la ruina de los pueblos nativos, calificados de «salvajes» para justificar su cuasiexterminio. Vías ferroviarias, rifles y alambradas pondrían fin a los antiguos modos de vida nómadas de los pueblos del interior.

Incorporar fronteras, sin embargo, no fue un proceso idéntico en todas partes. Osterhammel ofrece un brillante contraste con la absorción mayor (y menos brutal) de las estepas interiores de Rusia, permitiendo a los pueblos kazajos que renunciaran al pastoreo y se hicieran granjeros, que pasaran de ser Abel para convertirse en Caín. La alianza de comercio y vapor no trató de igual modo a los pueblos indígenas por todo el planeta.

Si provocar la espantada de los pueblos fronterizos o exterminarlos era el precio del progreso, existía también un lado positivo. En 1914 había más alimentos y materias primas agrícolas disponibles por persona que en ningún otro momento de la historia humana. No se trataba simplemente del puro aumento cuantitativo en la producción; había también más comida en circulación. Las cosechas, muchas de las cuales se originaron en las Américas, se volvieron globales. La barata e inocente patata andina se convirtió en el alimento básico de las dietas irlandesas bajo sus amos británicos. La mandioca y los cacahuetes pasaron a ser vitales para los consumidores africanos y chinos. Sociedades enteras se convirtieron en «graneros» para otras sociedades. Un proceso que había comenzado en el Caribe con la producción especializada de azúcar para los europeos se convirtió en una característica de paisajes rurales orientados al mercado, desde Nebraska hasta Java, con destino a los urbanitas de todo el mundo.

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Las consecuencias fueron los primeros excedentes mantenidos a nivel mundial. Estos excedentes eran lo bastante grandes y estaban lo bastante extendidos como para que las sociedades pudieran permitirse contar con un número cada vez mayor de poblaciones no rurales. El mundo se sintió así libre para dar un gran salto adelante en crecimiento urbano, ya que los urbanitas podían contar con entregas de alimentos más baratas y más regulares, no sólo de regiones cercanas, sino de fronteras lejanas. Los humanos no han mirado hacia atrás. Las ciudades se convirtieron en los nodos de un mundo cada vez más próspero e interconectado, reordenando los mundos rurales que les rodeaban y conformando redes comerciales, estructuras administrativas y asociaciones entre ellos.

Las poblaciones urbanas no eclipsaron finalmente a las poblaciones rurales hasta fechas recientes. Pero la tendencia pasó a ser imparable hacia 1900, y se produjo en todo el mundo. Lo que generaba la transformación no era simplemente que las personas se trasladaran a las ciudades, sino que las ciudades cambiaran el discurso básico de lo que significaba vivir en el mundo moderno. Ser una persona de ciudad era algo que llevaba aparejado un cierto peso de modernidad: se había dejado de ser hacendado o campesino. Fueron imaginados como modelos para las sociedades. Cuando el escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento invocó la idea de una línea divisoria esencial entre civilización y barbarie, no había ninguna duda de que la primera pertenecía a la ciudad y la segunda al campo. Las elites latinoamericanas fueron sólo extremas en su imitación de los estilos urbanos europeos, y especialmente parisienses, como un esfuerzo de carácter más amplio para «civilizar» a sus países. Nahouchi Magoichi y Hidala Yitaka, dos arquitectos de Japón, se aseguraron de que los diseños más actuales para Osaka incluyeran los más novedosos estilos art nouveau. Y todos, como muestra Osterhammel, anhelaban contar con un obelisco, o algo que se le pareciera, como un símbolo integrador, para comparar a las nuevas ciudades con el antiguo pedigrí de la hegemonía de Alejandría sobre el Nilo.

La moderna vida urbana fue cosa del siglo XIX. Los urbanistas no han vuelto al tablero de dibujo en busca de nuevos modelos hasta fechas recientes. Cuando los gobernantes dieron la espalda a las maneras más antiguas, feudales y rurales de resultas de las revoluciones y guerras de finales del siglo XVIII, las ciudades se volvieron de piedra. Las ciudades fueron cada vez menos unos conglomerados de madera destartalados, carentes de toda planificación, y barrios enteros construidos con arcilla. Pasaron a ser monumentales, reinventadas para transmitir los valores de circulación, movilidad social, poder estatal y riqueza privada.

Al mismo tiempo, cuando las ciudades se consolidaron como nodos y focos de poder y dinero, también pasaron a diversificarse cada vez más en las distintas partes del mundo. Las antiguas ciudades se reconvirtieron en modernas capitales imperiales, como Londres; pero pocas se remozaron tan radicalmente como Edo en Tokio. Los príncipes más ricos de India optaron por vivir en la magnífica capital persianizada de Lucknow, esto es, hasta 1857, cuando los invasores británicos vieron la ciudad como un símbolo de sedición, por lo que la sitiaron, destruyeron y reconstruyeron: «A Lucknow se la privó, radicalmente, de su carácter exótico» (p. 450). Algunas ciudades se convirtieron en monstruosas criaturas llenas de chimeneas, como Chicago. Algunas se especializaron en funciones concretas, como lugares religiosos de peregrinación (lo que hizo La Meca) o centros mineros (lo que caracterizó a la región ucraniana de Dombás o a las localidades carboníferas de Manchuria). Las ciudades más dinámicas, sin embargo, fueron los puertos costeros en auge, que se erigieron en focos del comercio global y en florecientes centros financieros, como fue el caso de Shanghái, Buenos Aires y Nueva York. Lo que resultó notable fue la globalización del fenómeno urbano y la proliferación de tipos de ciudades y las funciones que desempeñaron en la reordenación de las sociedades más amplias de las que constituían una parte, y que pasaron a dominar cada vez más.

El mundo se enriqueció; también pasó a ser más desigual. Los excedentes no acabaron con la miseria. Si acaso, la escasez se agudizó

El mundo se enriqueció; también pasó a ser más desigual. Los excedentes no acabaron con la miseria. Si acaso, la escasez se agudizó, se volvió más la consecuencia de la actividad humana y se hizo más letal. Las hambrunas en Bengala e Irlanda fueron los ejemplos más notorios de plagas inducidas por unas políticas determinadas. La escasez no es la única cosa que pasó a ser global. La otra cara de la moneda era la opulencia. Florecieron las dinastías de mercaderes asiáticas. Los grandes almacenes pasaron a ser el elemento esencial de un nuevo pasatiempo –comprar–, que puso en movimiento la estandarización del consumo burgués en todo el mundo. El escritor estadounidense Mark Twain acuñó el término «la Edad Chapada en Oro» para denotar el hermanamiento de una pobreza generalizada y riquezas increíbles al mismo tiempo, con un dominio ejercido por los que se conocieron por entonces en Estados Unidos como los Robber Barons (Barones Ladrones). Lo que muestra Osterhammel es hasta qué punto esto fue algo más que un fenómeno estadounidense. Las últimas décadas del siglo XIX produjeron una Edad Chapada en Oro global.

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Una importante conclusión que extraer de La transformación del mundo es que el proceso de integración global también dio lugar a disparidades globales. En un cierto sentido, la globalización del largo siglo XIX presagió lo que hemos visto en el último medio siglo. Al tiempo que las nuevas tecnologías, el comercio y la urbanización integraban el mundo, también crearon nuevas líneas divisorias o ampliaron las antiguas. Incluso las propias ciudades fueron las incubadoras de civilización. Coexistían barrios miserables y zonas residenciales; unos facilitaron las otras cuando, hacia 1900, los tranvías y los automóviles permitieron a los urbanitas más ricos huir de los núcleos poblados e infestados. En la década de 1890 emergió una «ciencia social» casi en todas partes, animada por la circulación de noticias, la formación de organizaciones profesionales globales y las editoriales académicas para examinar la «cuestión social» a fin de remediar la miseria urbana, las enfermedades y la amenaza de una degeneración colectiva.

La diferencia entre la globalización del siglo XIX y la nuestra es que la primera Edad Chapada en Oro lo fue de un crecimiento sostenido y excepcional que vino acompañado de integración. Por contraste, nuestra Edad Chapada en Oro no lo ha hecho. El récord del pasado reciente lo ha sido, en su mayor parte, de un crecimiento modesto. Si prescindimos en las cuentas de las extraordinarias tasas de crecimiento de China desde 1990, el crecimiento a partir de 1970 presenta un aspecto lánguido. Vista retrospectivamente, la primera Edad Chapada en Oro parece excepcional: integración, alto crecimiento y desigualdad sin que se impidiera el progreso de los desposeídos.

¿Por qué fue el siglo XIX capaz de lograr esta escurridiza mezcla de integración con crecimiento, desigualdad con elevación, una combinación por la que suspiran los responsables de las políticas actuales? A pesar de los contrastes y conexiones, Osterhammel retrata un cambio fundamental que fue produciéndose junto a la capacidad humana para integrar fronteras, movilizar recursos, disciplinar, crear derechos de propiedad y, en 1914, regular la vida de mercado por medio de instrumentos que iban desde los bancos centrales hasta las leyes reguladoras de la mano de obra infantil. Nada de esto era imaginable en 1789.

Hay una controversia: ¿qué surgió primero? ¿Fue la solidez de la economía la que creó los recursos que permitieron a los poderes estatales crecer al gravar la riqueza circulante, o fue el cambio en la naturaleza de los Estados –más responsables, más transparentes, incluso más democráticos– lo que sentó las condiciones institucionales para la integración y prosperidad económicas? Los estudiosos han estado debatiendo este problema del huevo y la gallina durante años. Osterhammel lo elude. Pero La transformación del mundo deja muy claro que no puede explicarse la gran integración sin ver también el siglo XIX como la época de la formación de los Estados.

Esto se ve con la máxima claridad cuando se aborda el papel que desempeñaron los Estados en la educación, la alfabetización y el ascenso y la difusión de la moderna universidad. Por supuesto, dentro de este ciclo había un lado oscuro: tan extendida estaba la alfabetización en 1914 que permitía que los soldados de todas partes pudieran seguir «las instrucciones de uso de sus armas, recibieran la propaganda de sus superiores militares y transmitieran a sus familias las nociones del frente» (p. 1.105). Esta difusión, defiende Osterhammel, tiene mucho que ver con la llegada de la escuela pública y la lucha por monopolizar la educación por parte de las autoridades públicas, relegando a menudo a un segundo lugar a las instituciones religiosas. La competencia desencadenó, de hecho, esfuerzos contrapuestos por captar nuevos estudiantes procedentes de estratos sociales más bajos, democratizando, por tanto, el acceso a las aulas.

Como sucede con muchas otras características del siglo XIX, la difusión de la escolarización fue desigual. Alemania se convirtió, en palabras de un historiador, en un «Estado escolar». Japón, después de la Restauración Meiji en 1868, dio el salto desde la educación feudal hasta la alfabetización masculina casi universal en dos generaciones. Incluso los regímenes coloniales, como India, vieron cómo proliferaban colegios, facultades y universidades. Conseguir la difusión de la educación requería concebirla como un bien público respaldado por Estados reformistas y que se inmiscuían en la vida de los ciudadanos. Donde los Estados eran relativamente débiles, las reformas educativas fueron a la zaga con respecto a otros países. Y lo mismo pasó con la alfabetización. Las causas de la debilidad podrían haber sido internas (el poder de las autoridades religiosas) o externas (que fueran depredados por parte de los imperios). La historia de China y del imperio otomano nos muestra un progreso titubeante. En Irán, el segundo país musulmán no colonial más grande del mundo, los ulemas conservaron su control absoluto sobre las escuelas. Los tres se mostraron incapaces de superar los obstáculos para la formación de un Estado, y hacia 1900 quedó claro el efecto adverso que ello tuvo en los colegios.

El cambio que trajo consigo el siglo XIX resulta especialmente claro cuando nos ocupamos de la educación superior, donde la ruptura con la universidad medieval en Europa y la difusión de su forma moderna por ciudades de todo el mundo dio lugar a inversiones en capacidad científica –incluso de «ciencia imperial» (p. 1.122) en universidades coloniales– y un nuevo modelo para preparar elites gobernantes, que empujaba discretamente a las sociedades desde las maneras aristocráticas hacia los ideales de meritocracia. La idea de la universidad fue una de las grandes «exportaciones culturales» de Europa (p. 1119).

Partida de ajedrez entre Oxford y Cambrige, S. XIX

Aunque Osterhammel no especula sobre las consecuencias a largo plazo del desarrollo de la capacidad estatal para crear y ofrecer bienes públicos como educación, sobrevuelan su prosa como una nube. Las sociedades que no recibieron educación pública en el siglo XIX estaban condenadas a experimentar más tarde grandes dificultades.

Existe una gran confusión sobre el liberalismo y el Estado. Es importante señalar, sin embargo, que aunque muchos liberales (entonces y ahora) tratarían la época como un tiempo en el que el Estado empezó a dejar atrás su costumbre de entrometerse en las vidas de sus ciudadanos, esto no quería decir que las aboliera por completo. Las revoluciones plantaron cara, es cierto, a los absolutistas. Pero acabar con reyes no significaba debilitar el Estado. Era justo lo contrario. Incluso los miembros de las dinastías Ming hubieron de tener en cuenta algo llamado «sociedad» para conseguir que las políticas funcionaran. Los reinos se embarcaron en reformas por todas partes: Tanzimat en el ámbito otomano, las grandes reformas tras la Guerra de Crimea en Rusia, y la Reforma en México que comenzó en la década de 1850. Los gobernantes pasaron a estar cada vez más controlados por una gran variedad de Constituciones, que tuvieron el efecto colateral (pretendido por sólo unos pocos visionarios) de darles rienda suelta para desempeñar un papel diferente en la sociedad.

¿Existe también confusión sobre cuál es el tipo de Estados de que estamos hablando? El orden mundial del siglo XIX estaba integrado por imperios. Fue la forma imperial, no tanto la forma nacional, del Estado la que más creció. Incluso naciones nacidas de las revoluciones hacia 1820 adoptaron con frecuencia rasgos imperiales, como Estados Unidos y Brasil, especialmente cuando se trataba de domesticar fronteras internas. Excepción hecha de un espasmo de violencia entre 1855 y 1871, en su mayor parte fue un orden interimperial el que mantuvo tapados los conflictos, esto es, hasta que las rivalidades estallaron finalmente en 1914. Pero el «siglo de imperios» (p. 600) sólo perpetuó los viejos imperios de un modo muy superficial. Fue más un siglo de renovación y reinvención imperial, envalentonado por las nuevas ciencias, las nuevas tecnologías y por herramientas de gobierno que dejarían a los viejos absolutistas muertos de envidia. Estos modernos imperios apenas presentaban ningún parecido con los predecesores mercantilistas de los que fueron pioneros los ibéricos a partir de 1492. Fueron imperios propulsados por cables telegráficos, ferrocarriles, capital financiero y lenguas imperiales. De hecho, existía todo un nuevo vocabulario de poder imperial, que descansaba en la capacidad para organizar y categorizar a los gobernantes y que dio lugar a nuevas jerarquías científicas, racializadas, que legitimaban el control y justificaban la brutal represión de cualquier resistencia.

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Aunque el retrato que hace Osterhammel del siglo XIX es de integración y diferenciación, también lo es de gran divergencia. Para todos y cada uno de sus grandes temas, de la producción a la educación, lo que revela La transformación del mundo es un ensanchamiento fundamental de la brecha entre los ricos y los desposeídos. La Edad Chapada en Oro también puso de relieve cuántas sociedades se habían quedado rezagadas. La idea misma de estar «atrasado» fue una invención decimonónica. La integración global no beneficiaba a todo el mundo de igual manera y extendió sus beneficios a su alrededor de forma muy irregular.

Los mayores perdedores fueron sin duda las poblaciones que estaban asentadas en lugares y en territorios que serían poseídos para la exportación de las revolucionadas cosechas comerciales. Los bantúfonos de Sudáfrica y los indios araucanos en las Pampas se vieron apartados en el gran saqueo de tierras, y nunca se recuperaron. Algunas de estas poblaciones «nativas» quedaron completamente aniquiladas.

Se produjo también un proceso de especialización y división global del trabajo que pasó a adjudicar a muchas sociedades papeles subalternos. El desposeimiento en las fronteras globales convirtió a algunas partes del mundo en productoras fundamentales de exportaciones esenciales para las sociedades más urbanizadas e industriales. Los africanos occidentales produjeron aceite de palma; los javaneses, arroz; Cuba, azúcar. Quedaron atrapados en una producción monocultural y en formas de trabajo que ofrecían escasas oportunidades para una movilidad social ascendente. Por contraste, las sociedades urbanas e industriales sí que lo hacían. Todas estaban comercializadas, pero hacia 1900 no era difícil ver que la división global del trabajo había provocado la existencia de una marcada jerarquización. Las divergencias fueron manifiestas en lo que Osterhammel llama «regímenes energéticos» (p. 917): cómo algunas sociedades se emanciparon de la vieja propulsión animal y humana, o de fuentes inorgánicas como el viento o el agua. El grado en que una sociedad dependía del carbón y, más tarde, del petróleo –y los comienzos de nuestras adicciones a los combustibles fósiles pueden verse ya en el siglo XIX– se convirtió en un indicador de adelanto y de atraso. Surgió un déficit de carbono. Aunque la creación de energía se comprende mejor como un «leitmotiv cultural» (p. 917), como el triunfo de las ideas sobre los recursos y la naturaleza, se erigió, sin embargo, en un índice de desigualdad global.

Mientras partes de Europa del Norte, Norteamérica y las neo-Europas como Australia y Argentina tomaban la delantera, países que habían sido coetáneos en otro tiempo se esforzaron por seguirles el ritmo. El esfuerzo por recuperar el terreno perdido alentó las reformas en España, Rusia y Prusia. Algunos lo hicieron mejor que otros. Rusia y Prusia hicieron progresos; España, en parte porque estaba atrapada en medio de guerras internas e imperiales, menos.

El mayor reincidente fue China. Otrora objeto de la envidia occidental, China tuvo un siglo difícil. La Guerra del Opio (1839-1842) y los tratados que obligaron a la «apertura» (p. 239) al Reino del Medio la dejaron tambaleándose, sustituyendo sus exportaciones de sedas por mano de obra culí para trabajar desde África Oriental hasta California. El abrazo dubitativo de las reformas por parte de la dinastía se tradujo en que se apoyó únicamente en medias medidas. Entretanto, rivales como Rusia y Japón empezaron a ejercer presión sobre el territorio chino, mientras que las potencias marítimas de Europa y Estados Unidos comenzaron a explotar los beneficios que les brindaba el uso de los puertos regulados por los tratados. La resistencia, en forma de los violentos levantamientos de la Rebelión de Taiping (la guerra civil más letal de la historia humana) y la Rebelión de los Bóxers, dejaron a China lisiada: su sistema educativo, antaño fuente de estabilidad de la dinastía, pasó a ser un caos controlado por las decrépitas elites confucianas. Para cuando las reformas educativas empezaron a implementarse en 1904, era demasiado poco, era un país demasiado empobrecido y ya era demasiado tarde. China se vio abocada a la guerra civil y la revolución. Sólo resurgiría en la década de 1980, a tiempo para un ciclo más de integración global. Esta vez, los dirigentes chinos no dejarían de aprender la lección de no dejar de estar en sintonía con respecto a las corrientes globales.

La humillación de China, que los actuales nacionalistas chinos presentan como las injusticias históricas que ellos están pretendiendo ahora corregir, contrastaba con los otros dos relatos de carácter excepcional: los de Estados Unidos y Japón, los dos países que surgieron desde la periferia y que realizaron un tránsito por medio de guerras civiles en la década de 1860 para acabar emergiendo como centros neurálgicos regionales, industrializados y en expansión, y que terminarían compitiendo entre sí por la hegemonía en el Pacífico en el siglo XX. Lo que ilustra con gran claridad el libro de Osterhammel es el papel comparativo de los Estados, y sus reacciones ante las conmociones externas, llegado el momento de determinar sus caminos futuros.

* * *

¿Y qué hay del islam? Los ejemplos del mundo musulmán se encuentras esparcidos a lo largo de la narración de Osterhammel. Parece no contar con un lugar claro en la saga. Uno se siente tentado de concluir que los historiadores globales están aún cavilando sobre cómo conectar el islam con el resto, evitando tener que desplomarse sobre marcadas dicotomías que fueron recicladas por el famoso «choque de civilizaciones» de Samuel Huntington, con el islam como el cartel de todo aquello que es antioccidental. Como deja claro Osterhammel, también este punto de vista tenía orígenes decimonónicos: el «orientalismo» y sus diversos hijos pasaron a ser características del mundo global de conocimiento, popularizado en novelas, diarios de viaje y la emergente ciencia social. 

Así, si las relaciones entre el islam y el resto no pueden describirse en los términos que han pasado a ser tan populares desde los ataques en Nueva York y Madrid, ¿qué hacer con ellas? En mi segunda lectura del recorrido absolutamente absorbente de Osterhammel (es uno de esos libros únicos que pueden leerse de punta a punta, con diferentes preguntas en mente, y extraer siempre de él nuevas lecciones), decidí seguir el tratamiento del islam por parte del autor. Esta es la impresión con la que me quedé al final.

El mundo árabe estaba más cerca de Europa que China, pero «se hallaba más lejos en cuanto a la historia de los libros»

Al contrario que China, el islam no era un régimen unificado aplastado por las presiones y los competidores externos. Tampoco fue colonizado, como India y el África subsahariana después de la década de 1880 (Egipto fue más una suerte de cuasicolonia). Tampoco estaba intentando emerger después de los desmembramientos de la época revolucionaria, como sucedió en las Américas. Lo cierto es que el islam era en parte europeo: «la Turquie en Europe». Aunque Osterhammel nunca acaba de afirmar esto directamente, la impresión bastante clara que se saca es que el mundo islámico se caracterizaba por poseer poderes estatales débiles, pero sí que contaba con un clero fuerte. Las autoridades religiosas mantenían un control de las instituciones que determinaría qué camino tomar a lo largo del siglo XIX.  Fue el único rasgo que unificó al islam desde los Balcanes hasta el suroeste de Asia.

Encontramos un análisis fascinante de las divergencias de «las antiguas culturas literarias de Asia» (p. 1.110) y que compara a Egipto con Japón. Los gobernantes de Japón no temían a los súbditos alfabetizados; en 1912 el país era uno de los primeros del mundo en tasa de alfabetización. En Egipto, menos de un 1% de la población podía leer en 1800. Ascendió al 3-4% en 1880; con un empujón reformista, llegó al 6% a finales de siglo. Si se quería una medida para saber quién había quedado rezagado, aquí podía encontrarse una muy clara, y fue lo que provocó la desesperación de los reformistas egipcios. Y, sin embargo, esto no tenía nada que ver con el aislamiento. El mundo árabe estaba más cerca de Europa que China, pero «se hallaba más lejos en cuanto a la historia de los libros» (p. 32). Las bibliotecas públicas quedaron muy por detrás en contraste con su crecimiento en Asia Oriental. No es ninguna sorpresa: el suministro de libros se producía a cuentagotas. Entre 1728 y 1928 (cuando la República Turca adoptó el alfabeto latino) se publicaron únicamente veinte mil libros –la mayoría de ellos ediciones diminutas– en todo el ámbito otomano. Entretanto, el sultán conservaba un pequeño ejército de censores; los periódicos discrepantes y los panfletos tenían que imprimirse en París, Ginebra y Londres. Los reformistas que clamaron por el cambio a partir de la década de 1870 mezclaban dosis de asombro, envidia y alarma por hasta qué punto el mundo islámico estaba quedándose rezagado. Pero sus luchas contra gobernantes renuentes, por un lado, y ulemas inflexibles, por otro, fomentaron una frustración cada vez mayor en un momento crucial de integración global.

* * *

El siglo XIX fue una época de paradojas y yuxtaposiciones fundamentales. Gran riqueza mezclada con miseria. La integración trajo consigo nuevas formas de diversidad. Redes cada vez más tupidas de intercambio y de mezcla cultural revelaron la existencia de líneas divisorias y divergencias sin precedentes.

No obstante, a pesar de toda su complejidad y de sus maravillas, el relato de Osterhammel contiene algunas lecciones para nosotros. La primera es que la interdependencia global no engendró convergencia. Es posible que circulación, difusión y migración hayan hecho que partes lejanas resultaran más visibles para otras. Pero las distancias entre sociedades no se desplomaron necesariamente. ¿Significa esto que el «choque de civilizaciones» es un subproducto necesario de la civilización? ¿La conexión tiene que engendrar estereotipos? No exactamente. Pero si el siglo XIX tiene algo que enseñar a generaciones posteriores es que no deberíamos dar por hecho que el entendimiento mutuo fluye a partir de la interdependencia.

La segunda es que los apóstoles de nuestra globalización pueden ensalzar el modo en que el comercio y las comunicaciones demolieron las barreras entre países y redujeron el Estado regulatorio a una reliquia de los sueños de bienestar de antaño. Es una lástima que no se supieran al dedillo La transformación del mundo cuando se embarcaron en sus juicios de expertos. Podrían haber aprendido de los modos en que algunas elites reaccionaron ante las innovaciones y los desarreglos mundiales, engordando Estados para proporcionar bienes públicos: desde unos colegios decentes y cada vez más universales hasta agua limpia. No dejaron al Estado desvalijado.

Es seguro que hicieron esto para legitimar sus pretensiones de poder en un mundo cada vez más peligroso. Pero esas elites que dieron su espalda al poder estatal y que fracasaron en su reforma provocarían que ponerse al día resultara incluso más arduo para sus sucesores.

Y en esa carrera seguimos estando.

Jeremy Adelman es catedrático de Historia y director del Laboratorio de Historia Global en la Universidad de Princeton. Sus últimos libros son Sovereignty and Revolution in the Iberian Atlantic (Princeton, Princeton University Press, 2009), Worldly Philosopher. The Odyssey of Albert O. Hirschman (Chapel Hill, The University of North Carolina Press, 2012) y, como coautor, Worlds Together, Worlds Apart (Nueva York, Norton, 2013).

Traducción de Luis Gago
Este artículo ha sido escrito por Jeremy Adelman
especialmente para Revista de Libros

15/03/2016

 
COMENTARIOS

Jorge Miguel Villalobos Gálvez 17/03/16 01:29
Estimados amigos de RdL: Muy interesante e ilustrador. Un gran aporte, sobre todo a los que somos profesores de Historia. Conocer, entender el mundo; cómo nos relacionamos entre sí y con este hogar, que parece único, implica generar sujetos debidamente informados en el aula; única condición que permite abrigar la esperanza de tomar determinaciones con menos riesgo de perder de vida a los otros. Es cierto, nos sentimos más cerca, el mundo se nos ha hecho chico; pero a la vez nos sentimos cada vez más distantes; más desconfiados y en la indefensión. El mercado global; con la promesa de la felicidad nos ha hecho olvidar el sentido de la conservación. El mercado, el placer y goce de lo nuevo ha aumentado el miedo a lo inevitable; la muerte. El mercado global, no puede ocultar los horrores y la violencia; jamás visto en lo que llevamos del siglo XXI. ¿Cuáles son los costos que nos queda por pagar?, a causas de nuestras codicias irrefrenables de “tener”; individualismo; egoísmo y poder. ¿Mayor destrucción del medio ambiente? ¿Más y mortíferas armas para los caines? Un llamado a la conciencia de nuestros educando; cultos, con una voluntad real de cambio; hoy y no mañana, porque podría ser demasiado tarde. El mundo tiene más, es verdad; pero, también son más los que tienen menos.
Desde Chile, un fraternal saludo Jorge M. Villalobos Gálvez Profesor de Historia
Puente Alto, Santiago, 16 de marzo de 2016

Jesús 26/03/16 13:39
El autor del ensayo no habla bien de la traducción del libro. ¿Alguien podría aclarar si se refiere a la traducción inglesa o a la española?

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