Ansiedad y éxtasis de la influencia

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Sin duda, uno de los temas principales de la escritura es la escritura misma: el proceso mediante el cual llega a escribirse algo y cómo ese proceso determina el contenido y la forma de lo así escrito. Esto atañe a la creación literaria tanto como a la filosofía y el ensayismo. ¡Ya dijo Borges que la filosofía es una de las ramas de la literatura fantástica! Más ampliamente, podemos entender la palabra literatura en el sentido que le da Richard Rorty: cualquier libro susceptible de ser moralmente relevante. A lo que habríamos de añadir, probablemente, las otras artes narrativas: el cine y el teatro.

En ese terreno, pocos asuntos más interesantes que la influencia de unas obras sobre otras, que a veces es la influencia de unos autores sobre otros. O incluso, aquella que ejerce su imagen estereotipada sobre los autores que tratan de forjarse una identidad: el macho Hemingway, el atormentado Kafka, el sagaz Foucault. Esta influencia puede adoptar muchas formas, desde la contaminación irremediable a la recepción fructífera. Y ser motivo de angustia o regocijo.

En 1973, el crítico literario norteamericano Harold Bloom publicó una influyente obra titulada La ansiedad de la influenciaHarold Bloom, The Anxiety of Influence. A Theory of Poetry, 2ª ed., Oxford, Oxford University Press, 1997. Hay edición española: La ansiedad de la influencia. Una teoría de la poesía, trad. de Javier Alcoriza y Antonio Lastra, Madrid, Trotta, 2013.. Su tesis es que la creación poética está condicionada por la ambigua relación que los autores establecen con la tradición de la que necesariamente han de arrancar. Además de su experiencia extraliteraria, el poeta –sostiene Bloom– desea escribir porque ha leído a los demás. Pero si la obra resultante es una simple derivación de sus lecturas, será débil y, por tanto, irrelevante. Eso convierte la influencia ajena en una fuente de ansiedad. Y si bien el deseo de pasar a la posteridad obliga al poeta a desarrollar una obra original, la presión ejercida por sus precursores convierte el proceso creativo en una agonía en sentido propio: una lucha por la supervivencia. De alguna manera, esta ansiedad encontraría su expresión más desnuda en aquel momento de El desencanto, la película de Jaime Chávarri, en que nuestro Leopoldo María Panero cita a Antonin Artaud: «Me autodestruyo para saber que soy yo y no todos ellos». Más que la obra, aquí es la vida; la vida como obra.

Sucede que llegó la posmodernidad y mandó parar. Desde finales de la década de los setenta en adelante, la influencia dejó de verse como una rémora para la originalidad, para considerarse un elemento más de todo acto creativo. Más aún, la crítica posmoderna desmanteló cualquier pretensión de jerarquía y abogó por reconocer la intertextualidad –el préstamo, el contagio, el plagio– como una parte de la creación, si no como un acto creativo en sí mismo. Desde este punto de vista, no es más original Shakespeare que quien glosa a Shakespeare o se apropia de él. ¡Y ello porque Shakespeare himself debió de hacer lo mismo! La literatura se convierte así en un juego, serio como todos los verdaderos juegos, donde la verdadera habilidad consiste en elegir los propios precursores para producir con ellos un mashup más logrado que los ofrecidos por los demás.

Es así como la ansiedad de la influencia se convierte en el éxtasis de la influencia. Así títulaba el novelista norteamericano Jonathan Lethem un ensayo publicado en Harper’s en 2007, donde proclamaba que la apropiación está orgánicamente conectada a la creatividad. Tras acumular ejemplos que van de Nabokov a Bob Dylan, pasando por el jazz y los cubistas, Lethem sugiere que el collage es la forma artística dominante del siglo pasado, algo que pondría de manifiesto «que la apropiación, la imitación, la cita, la alusión y la colaboración sublimada son una suerte de sine qua non del acto creativo, que atraviesa toda clase de formas y géneros en el ámbito de la producción cultural». Desde este ángulo, concluye en una feliz formulación, el posmodernismo no es otra cosa que un modernismo sin ansiedad.

Fair enough. Sin embargo, hay una tercera forma de acercarse al problema de la influencia. Esta puede ser vista también como una ansiedad susceptible de desembocar en el éxtasis. Pero tanto la ansiedad como el éxtasis serían aquí de naturaleza distinta: ni Bloom ni Lethem.

Asistiendo a un reciente congreso que reunía a politólogos en la cautivadora ciudad de Seattle, se me hizo evidente la medida en que la teoría y la filosofía política contemporáneas –es decir, sus practicantes– incurren en lo que podríamos llamar falacia fundacional. Se trata del intento por inaugurar una tendencia, con el propósito de alentar el estudio de aquello que uno estudia y de convertirse en una celebridad menor, por haber sido quien identificara, bautizándolo, el correspondiente desplazamiento teórico.

¿Ejemplos? Allí mismo topé con un «giro digestivo» que llamaba la atención sobre la creciente prominencia de los food studies que analizan la relación de nuestros cuerpos con lo que comemos y el modo en que se produce lo que comemos; con un «giro interespecieísta» que alude a la mayor atención que se presta en el terreno de los estudios medioambientales a la relación del ser humano con los animales; con un «giro estético» de la teoría política, que trata de integrar en esta el mundo de los sentidos y las emociones. Y a estos giros hay que sumar muchos otros que los preceden: el giro lingüístico, el giro cultural, el giro dialógico, el giro hermenéutico, el giro digital. ¡Ya estoy mareándome!

Algunos de estos giros identifican retrospectivamente movimientos teóricos o cambios sociales ya producidos, debido a la acción más o menos ciega de un sinnúmero de pensadores o una serie de fenómenos que avanzan en una dirección que sólo cobra sentido cuando uno se detiene a observar sus resultados. Pero en la mayoría de las ocasiones, su anuncio hace otra cosa: tratar de instituirlo. Estaríamos ante un acto de marketing que se sirve de los instrumentos del profeta, que, según Ernst Jünger, es aquel que instaura las fechas en lugar de regirse por ellasErnst Jünger, La tijera, trad. de Andrés Sánchez Pascual, Barcelona, Tusquets, 1997, p. 21.. En fin de cuentas, en un mercado de ideas ferozmente competitivo, triunfa aquel que consigue dar vida a un movimiento, tendencia o moda que será objeto de seguimiento y comentario. No es que haya un giro digestivo: es que yo quiero que lo haya. Y como quiero que lo haya, digo que lo hay.

Naturalmente, hay otras formas de perseguir abiertamente esa influencia. Pensemos en los manifiestos literarios, filosóficos, cinematográficos e incluso políticos: de Dadá a Dogma, del comunismo al aceleracionismoSobre el manifiesto aceleracionista se ha hablado ya en este mismo blog.. Más que señalar un giro ajeno, se ejecuta aquí una suerte de autogiro, con éxito variable. Y cabe pensar que la velocidad a la que se mueven hoy las ideas –sean buenas o malas– merced a las tecnologías que nos permiten hacerlas públicas y difundirlas instantáneamente, multiplicará esas maniobras fundacionales que buscan llamar la atención del público en un mundo lleno de estímulos y centros de atención. Si bien se mira, la misma función cumple en el periodismo contemporáneo la alusión a los momentos históricos señalados ya durante el tiempo mismo en que un suceso se produce: semejante prisa sólo puede tener una función propagandística.

En definitiva, la ansiedad de la influencia resulta ser también una ansiedad por influir. Y si se logra el objetivo, si se adquiere la capacidad de influir sobre los demás, esa ansiedad se convierte en éxtasis.

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