Agnosia especular, la treta del karma

Me crié como un fascista

Antonio Maestre

Barcelona, Seix Barral, 2026

234 págs.

El discurso lógico de Aristóteles se fundamenta en el enlace de juicios argumentados que permiten alcanzar conclusiones, a todo lo cual llamamos razonar. Para ordenar y relacionar ideas fijamos conceptos abstractos en signos o términos que los dotan de significado, y esto resulta elemental para saber de qué hablamos. Una vez fijado el término de un concepto podemos contraponerlo a otro y establecer el juicio que sostiene la concordancia o discordancia entre ambos, su verdad o falsedad. Premisas y conclusión tienen que estar vinculadas o el discurso carece de lógica. Solo si de una proposición se desprende una consecuencia hay raciocinio, y cuando una conclusión está mal razonada la lingüística lo denomina falacia. Un tipo determinado de falacia es la falacia ad populum, que consiste en dar algo por cierto porque muchos lo creen. Sobre este modo irracional se fundamenta la propaganda de Joseph Goebbels, encaminada a través de la manipulación o ingeniería de los sentimientos a ganar masa social.

Antonio Maestre comienza Me crie como un fascista diciéndonos que si se encontrase consigo mismo cuando era un adolescente «volcaría todos mis prejuicios sobre él» (9). Es lo que ha hecho, proyectar todos esos reconocidos prejuicios sobre un alter ego substitutivo del adolescente que fue y al que ha decidido llamar fascismo, palabra cuyo significado reinventa, pero no define. Sin exponer el caso, sin citar antecedentes y sin concatenar enunciados que permitan desarrollo, el autor comienza el discurso por la conclusión, es decir, por el tejado, otorgándole a una chimenea flotante la categoría de verdad universal. Debido a esta falta de rigor, Me crie como un fascista está más cerca de ser un manual dogmático que un ensayo, pero tampoco; la tesis es tan brumosa que si intercambiáramos la palabra fascista por antifascista el sentido sustancial no variaría, lo cual nos lleva enseguida, lo anoté en el margen de la página 13, a considerar que Antonio Maestre se mira en el espejo (de su libro) sin reconocerse. Entendemos que no está bien, que imagina en su reflejo a un otro a quien odia porque le hace sufrir. El autor parece tener agnosia especular, aquí convertida en política, sobre la que proyecta sus terrores, creando un monstruo inconsciente que decide llamar: el Fascista. Carl Jung lo denominó la sombra, aquello que nos negamos a reconocer como parte integral nuestra y la achacamos a otros. Como el narrador en El club de la lucha1, Maestre se desdobla en un Tyler Durden que es más fuerte que él, pero, así como en la película el narrador admira a esa creación ficticia de su mente, nuestro autor odia a la suya, lo que nos da una prognosis esperanzada, aunque remota.

En efecto, Antonio Maestre no tarda en informarnos de que está en terapia y, poco a poco, va confesando los problemas psicológicos que se le adivinaban, utilizándolos de sal para su mejunje dialéctico y de azúcar pastelera para el componente emotivo con el que interpela al lector. Son disturbios psíquicos de corte sádico, «los hombres somos violentos» (80), «le dejamos las piernas fuera y le subimos la pernera mientras otro quemaba (…) su pierna desnuda» (90), «ganar puntos significaba humillar a alguien más débil» (92), «la ansiedad me brotó de manera salvaje» (109), «llevo más de un año con depresión y en tratamiento farmacológico y psicológico» (220), «coqueteaba con la autolisis o destierro voluntario» (222). Sin embargo, aún más que en el propio testimonio, sus desajustes quedan evidenciados en el texto. Me crie como un fascista es a menudo tan contradictorio y disparatado como el enfermo que padece el síndrome de la mano alienígena o del Doctor Strangelove2, que tan turbadoramente escenificase Peter Sellers en la película de Kubrick, trastorno neurológico en el que un órgano toma iniciativa propia. Antonio Maestre afirma, por ejemplo, que «los hombres son en sí mismos un ente amenazante» (61), que «son una amenaza para las mujeres» (62), «que todo hombre es un potencial violador» (68) y que «todos los hombres nos criamos como unos putos sádicos», para luego explicarnos que «ser hombre no es malo» (155), o advertirnos de la existencia de cierto tipo de «personajes tóxicos, machistas y misóginos (…) que buscan capitalizar el enfrentamiento» diciéndole a los hombres que «su simple existencia es una amenaza para las mujeres» (127). Esta amnesia e incapacidad de reconocerse vuelve a demostrarla cuando, tras una diatriba contra el victimismo (209-215) en la que reprocha «el próspero negocio de hacerse la víctima», dedique las páginas inmediatamente posteriores a trasladarnos una imagen de su persona bastante paupérrima, conmiserativa y devastada, «soy un despojo que solo siente autocompasión y genera problemas» (222), «llegará un momento en el que baje la dosis, duerma mejor y no me quede mirando al infinito» (225); incluso antes (96) ya se había exculpado de todas las crueldades cometidas en la adolescencia asegurando que, bueno, en fin, «nosotros solo éramos víctimas de una educación que nos enseñaba a ser así». En donde así significa despiadado; «forma de socializar», lo llama. Esta incapacidad de procesar información nos sume en el asombro, la extrañeza, y, también, nos genera esa condescendencia que él le niega a la distorsión psíquica que llama El Fascista. Desde luego, al paciente Antonio Maestre se lo perdonamos o no se lo tenemos en cuenta; al escritor y a sus editores, no podemos menos que señalárselo.

Estresado por la imagen que detesta pero no identifica, la ansiedad resquebraja al autor. Por una parte, se autorretrata como un hombre sensible, vulnerable y defensor de las niñas, que come bollos de chocolate; por otra, nos aturde torturando colegas, nos deja perplejos participando en grupos de WhatsApp en los que se habla de violaciones como fantasías grupales, «todos lo hemos hecho en alguna ocasión» se justifica (68), nos desconcierta riéndose cuando le disparan a un amigo en el pie y alardeando de la marca Guinness de lanzamiento de micrófonos, «a más de cincuenta metros» (109), que él puso de moda. Es evidente que tiene una brecha psicoemocional; quizás, una trinchera. El clímax de la sesión terapéutica a la que asistimos estupefactos sucede entre las páginas 101 y 111, cuando el autor se autoinculpa, dice palabrotas, llora, admite sufrir dependencia emocional del like y explica cómo esto modifica su comportamiento, «uno no se disculpa ante los fascistas» (109) porque resta me gusta en las redes sociales. Por desgracia para la coherencia del texto, en vez de centrarse en la cegadora lucidez de las tensiones psíquicas que le afectan y escribir para hurgar en la herida probando suerte en el género de suspense, Maestre pretende demostrarnos que es sociólogo. Lo grave del asunto es que, en el intento, participa, promueve y arenga un logos mainstream que, como sugerí en el primer párrafo de la reseña, al carecer de lógica, se convierte en una falacia al servicio del reclutamiento de una causa cuyo efecto final es la impiedad. Calificar favorablemente («un hombre bueno que la atendía con cariño», pág. 65) a un individuo que considera que las violaciones a Gisèle Pelicot eran consentidas, solo porque dicho individuo es un migrante argelino en París resulta, cuando menos, osado; considerar que los cincuenta viciosos envilecidos que participaron del crimen convierten al resto de los cuatro mil millones de la población mundial masculina en una amenaza para las mujeres, es una aberración matemática; sostener que existe una «conspiración para apuntar contra un grupo social» refiriéndose a lo que él describe como el moro o los árabes, pero obviar la ola mundial de ira y odio contra lo judío, destruye su presunción de objetividad; traer a colación los casos de la masacre del Circeo en 1975 y de la japonesa Junko Furuta en 1988, realizados por dementes psicópatas, así como la violación grupal de La Manada en España y el atentado de Oklahoma en 1995 como ejemplos de terror, ultraje y oprobio supremacista, pero excluir del listado el asesinato, tortura, secuestro y violaciones perpetrados por Hamás en Israel el 7 de octubre de 2023, excluir los atentados del Estado Islámico en Londres y Manchester en junio y mayo de 2017; Barcelona y Cambrils en agosto de 2017; Bruselas en marzo de 2016; y París y Saint-Denis en noviembre de 2015, masacres cometidas con el fin de someter, humillar y aterrorizar a la civilización en aras y honor de la muy explícitamente supremacista y machista ley de la sharía, es un ejercicio de parcialidad, una manipulación de la evidencia y un acto de cobardía. La misma cobardía que Antonio Maestre reconoce en el adolescente que fue, ese mismo «terror que tenía al grupo» (98), ahora islámico, y, como bien dice en el capítulo «ACOJONADOS», «el miedo es un arma de destrucción masiva de las voluntades democráticas» (163). Bingo. Esto es lo grave del discurso de Me crie como un fascista que estamos dilucidando, y lo que obliga a pensar que la prognosis esperanzada de la disociación cognitiva del autor sea más bien remota. Sigue preso del pánico al grupo dominante, del que se hace gregario.

En una sociedad polarizada, lo imperativo es convertir al miedo en prudencia. La posibilidad de integrar la sombra requiere valor, humildad y moral, por tanto, sobre todo, requiere una Ley que establezca un orden claro y encauce las propias pulsiones, ese Gran Otro que nos explicó Jacques Lacan, lo substrato, lo incontrovertible, una sólida base unificadora que está en contraposición al pequeño otro que, nos enseña el psiquiatra francés, es solo una proyección del yo con la que sí me identifico y a la cual llamo semejante. Este pequeño otro político, en el caso de Maestre, lo conforman migrantes, colectivos LGBTIQ+, feministas y Gaza; la Justicia, sería epítome del Gran Otro. Asistimos a una escena mundial en la que la mitad de la raza humana encañona con una Smith & Wesson calibre 9 mm a un espejo que resulta ser su propia cabeza. La de todos. Se rechaza la totalidad de la imagen psicológica convirtiendo a lo parcial en un credo laico que asume la infalibilidad del líder, vuelca su fe en un Estado ad hoc y genera las fatalidades que profetiza. La consecuencia inmediata es la cancelación de todo lo que considera inadmisible porque no refleja su pequeño otro. Es lo que en la modernidad pospandémica ha venido a llamarse cancel culture, término de origen alemán utilizado para designar la eliminación de leyes, símbolos y personas que se opusieron al nacionalsocialismo de Adolf Hitler. Al tratarse de una actitud visceral y reactiva carece de raciocinio, es una suerte de eisoptrofobia; simplemente, me niego a ver y aceptar lo que me causa rechazo. La cultura de la cancelación aboca a la disolución sin límite, a una demolición estructural de las identidades, incluida la de uno mismo2, porque «hay que desaprender todo lo que nos enseñaron (…) y todo lo que creímos ser (…) iniciar un camino que provoca una quiebra tan profunda que implica no reconocerse» (20). Como parte de la ejecución de esta idea disruptiva y lisérgica entra en juego la teoría del reemplazo social, intelectualmente expropiada al filósofo y geopolítico Coudenhove-Kalergi3, tachada de conspiración paranoica por Antonio Maestre y, sin embargo, promocionada por Irene Montero durante un mitin el 31 de enero de 2026 en Zaragoza: «¡Ojalá, teoría del reemplazo, ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante!». Al contrario de Coudenhove-Kalergi, que creía en el gobierno de una élite espiritual, Maestre, en cambio, sintoniza la onda del anarquismo colectivista de Bakunin4, y ejemplifica el sueño disolutivo del cuerpo social en la desaparición de clases. «Lo que debe ser destruido es la estructura de clase» (147). Definitivamente, el rostro de Occidente ha de ser arrasado si anhelamos un nuevo principio.

La atracción hacia este tipo de actitudes destructivas, individual y socialmente suicidas, está basado en el rencor hacia la autoridad que defraudó, cuando no traicionó, nuestras expectativas, llevándose la inocencia y dejándonos el trauma. Si nos hiciéramos cargo de ello, si asumiéramos la responsabilidad de nuestras reacciones, que es lo único que siempre está en nuestras manos; si tratásemos de entender, si apartáramos la rabia, la frustración y el deseo de venganza, si fuéramos capaces de integrar la experiencia emocional como parte de la inteligencia y definir el tránsito hacia una mejor versión de nosotros; entonces, el estruendo del caos que hoy impregna la actualidad política cedería a una dinámica moderada de diálogo. No será así, nunca lo ha sido y tal vez solo se logre al final de la Historia, cuando el Hombre, por fin, sea dado a luz. Mientras tanto, los extremos avanzan a velocidad vertiginosa y creciente en direcciones opuestas con los motores a tope de revoluciones y el alternador a punto de saltar por los aires porque, como Maestre acusa a su alter ego, hemos optado por capitalizar el odio, embrutecernos, escoger los casos y ejemplos que refuerzan nuestra visión y desestimar, obviar y despreciar aquellos que no concuerdan con nuestra teoría, de modo que pueda criminalizar al diferente y me sea posible eliminarlo. A Maestre le repugna el «asqueroso comportamiento» (124) de quienes han erosionado los pechos de las estatuas de bronce de Molly Malone en Suffolk Street, Dublín, y de la estudiante Julia en Malasaña, pero se calla ante el lustroso desgaste de los glúteos masculinos de la escultura del vecino curioso en la calle de la Almudena, en el barrio de Palacio; achaca la infiltración del fascismo a un discurso «superficial e infantilizado por las redes sociales» (17), pero descarta los TikTok del presidente y alguno de los ministros de su gabinete; denuncia el acoso sufrido por Valeria Castro tras la gala de Operación Triunfo, pero salta por encima del bullying a Melody en RTVE5 por negarse a repetir consignas políticas tras su paso por Eurovisión; informa de energúmenos gritando insultos racistas a los refugiados africanos, pero no menciona al judío madrileño al que se hostiga en la calle al grito de «asesino», escupiendo a su paso y exigiéndole que se marche del país. La discriminación selectiva, el elogio de la emotividad sobre el intelecto, las flagrantes contradicciones y la carencia de un argumentario basado en la ecuanimidad, no solo prueban que Antonio Maestre es el fascista que obsesivamente conjura, invoca y descubre a cada vuelta de la esquina, sino que son manifestación y síntoma, en tanto y cuanto insista en ellas, de su desequilibrio.

Las transferencias psicológicas selectivas se relacionan con los vínculos más tempranos de la persona. El Antonio niño, ese muchacho sobre el que Maestre escupiría sus prejuicios, estaba integrado en una pandilla de sádicos, tenía un padre ausente o desaparecido, al menos de las páginas que nos ha escrito desde el diván, y una madre abnegada que, citando a Wallace Stevens en Las auroras de otoño, parece ser el propósito del poema6. Él, y no el fascismo, es responsable de su desgracia individual; de las decisiones tomadas ante un problema que se nos plantee, ya sea una infancia terrible o unas instituciones políticas y religiosas deficitarias, pueden brotar el esclarecimiento y la cultura, o la barbarie y la insania; de nosotros depende, es competencia nuestra. Wittgenstein incidió en la importancia del término para delimitar forma y contenido7; sin límites, solo queda la disolución. Sin embargo, sobre el lienzo de esta cancelación de la Historia y su nomenclatura, de este borrado, The Great Reset8, no serían sus ejecutores quienes volvieran a trazar las líneas; atrapados en el espejo, alcanzados por las consecuencias de sus actos ―el karma― no serían el nihilismo ni alguno de sus socios quienes trazaran las nuevas pautas, profecías y designios, sino la razón subyacente, el logos, el hoy anónimo principio racional del orden cósmico, la discreta inteligencia intocable a la que ninguna cancelación afecta. Por así decir, el anarquismo ateo trabaja en última instancia para Dios.

Jaim Royo es autor de las novelas Eden City (Ediciones del Viento, 2019), Mala Yerba (Tolstoievski, 2017), Gran Océano (Plataforma Editorial, 2012), Malvania (Ediciones del Viento, 2007) y Almodóvar mon amour (Temas de Hoy, 2007). Colabora con Revista de Libros, La Gaceta de los Negocios y El Mundo digital.

  1. Fight club, David Fincher, 1999. Edward Norton da vida a un hombre apocado con Trastorno de Identidad Disociativo que convive con Tyler Durden [Brad Pitt] un alter ego que venga sus carencias y ejecuta sus deseos. ↩︎
  2. Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Stanley Kubrick, 1964. Comedia satírica sobre el pánico a un holocausto nuclear que el Dr. Strangelove, sin embargo, anhela. En la famosa escena, su brazo derecho se levanta realizando el saludo nazi mientras con la izquierda trata de impedirlo. ↩︎
  3. Creo que la proclama «traiciona a tu blanquitud», escuchada en Lavapiés durante las manifestaciones de apoyo a Serigne Mbayé tras su salida del calabozo el 27 de marzo de 2026, es un claro ejemplo. ↩︎
  4. La controvertida postulación de Richard Coudenhove-Kalergi [Tokio, Japón, 1894 – Schruns, Austria, 1972], padre del Pan Europeísmo, auguraba la desaparición de los pueblos en favor de la diversidad de una raza mundial de individuos euroasiáticos y negros o racializados. Enemigo de Hitler, consideraba la objetividad el principio básico de la moral. Su personalidad histórica, no por desconocida, deja de ser tan polémica como imprescindible para comprender las bambalinas de la U.E. actual. ↩︎
  5. El álbum Turboviolencia del grupo neo punk VVV [Trippin´you], Flexidiscos 2021, encaja como banda sonora de Me crie como un fascista. El primer tema se llama «Nadie es leal»: «Hay cuatro tiros en la mesa del apartamento / Hoy vamos a cambiar el mundo, seguro». ↩︎
  6. La familia de la tele, La Revuelta y Futuro imperfecto marranearon su actuación de forma despiadada. ↩︎
  7. «Desprenderse de una idea… el rostro de la madre, / el sentido del poema inunda el cuarto, / están juntos aquí, y se siente el fervor, / sin revelación alguna de los sueños por venir. / Anochece. La casa se disuelve en la oscuridad, / solo la mitad que nunca podrán tener permanece / en la estrellada quietud. Es la madre que poseen / la que da transparencia a su presente paz». ↩︎
  8. Tractatus Logico-Philosophicus 3.31. ↩︎
  9. Titular de la revista Time en su especial de noviembre de 2020, número editado en sociedad con el Foro Económico Mundial, entonces dirigido por Klaus Schwab. ↩︎
Ejercicio de defensa antiaérea de las Juventudes Hitlerianas, 1933. German Federal Archives
Ejercicio de defensa antiaérea de las Juventudes Hitlerianas, 1933. German Federal Archives

Ficha técnica

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