Huesos antiguos y conflictos contemporáneos

Hombres fósiles

Kermit Pattison

Madrid, Capitán Swing, 2024

Traducción de Mercedes Vaquero Granados

544 págs.

Kermit Pattison ha escrito un magnífico libro de divulgación científica, pero también una crónica de guerra. Hombres fósiles se ha concebido para relatar la extraordinaria historia de cómo unos fósiles encontrados en Etiopía en 1994 por el paleoantropólogo Tim White y su equipo introdujeron algunas ideas en el estudio de la evolución humana que volvieron del revés esta ciencia. Pero, realmente, la obra es, en primer lugar, un relato sobre las luchas de todo tipo, algunas de ellas auténticos conflictos armados, que rodearon la búsqueda, el hallazgo, la catalogación y la conservación de esos fósiles, y la posterior interpretación y publicación de los resultados de su estudio. Esta obra extraordinaria relata cruentos conflictos entre isaas y afares por el control de la depresión Afar o entre el régimen del Derg y los rebeldes de Tigray en las frecuentes guerras civiles de Etiopía. Al mismo tiempo, cuenta con detalle las fricciones y desacuerdos, cargados de un fuerte componente colonialista, entre los científicos occidentales y los cada vez más numerosos investigadores etíopes. El libro también describe los conflictos metodológicos entre los expertos que en sus investigaciones parten de los restos fósiles y el trabajo de campo y los que prefieren iniciar las pesquisas desde las modelizaciones y los despachos. Igualmente son de tipo metodológico las diferencias descritas entre los especialistas que, para llegar a la interpretación correcta de las muestras, las estudian desde los marcos conceptuales previamente aceptados y los que lo hacen desde las características particulares de los propios restos, dispuestos a asumir cualquier conclusión que arrojen. Finalmente, se analizan con detalle los debates y conflictos éticos entre los investigadores que publican lo antes posible las conclusiones de su trabajo y los que dedican años a asegurarse antes de comunicar un solo dato; o entre los científicos que quieren aportar certezas a su campo de conocimiento y los que están más interesados en la fama mundana y la gloria académica. En casi todas estas guerras, Pattison toma partido ―basta con ver cómo se describen los contendientes― aunque eso no le quita valor ni interés a las historias que cuenta.

Pero además de un relato sobre todas estas guerras, y por encima de todo, Hombres fósiles es un libro de divulgación científica exhaustivo, concienzudo y… apasionante, cuyo interés no decae en ningún momento a pesar de su notable extensión. Se trata de una obra que describe la alteración radical de las convicciones sobre la evolución humana que implica la especie Ardipithecus ramidus y las interpretaciones que se han hecho a partir de ella. En el minucioso análisis del equipo de White, Ardi ―el nombre con el que se bautizaron los restos del individuo más completo que se ha encontrado de esta especie― se ha convertido en algo parecido a una piedra de Rosetta con capacidad para explicar la evolución humana… pero por un camino inesperado. En varios momentos del libro se cuenta que la investigación de estos fósiles etíopes fue tildada, casi sarcásticamente, de «El Proyecto Manhattan de la paleoantropología», tanto por los investigadores críticos con White y su falta de transparencia sobre los hallazgos fósiles, como por los periodistas científicos frustrados por el secretismo y el aislamiento que rodearon las investigaciones durante tres lustros.  Y no es casual que, según avanza el relato, Ardi ̶también una hembra y con un esqueleto muy completo ―acabe mostrándose algo así como la antagonista perfecta de la Lucy de Johanson― descubrimiento en el que el propio White participó̶ y que también supuso un cambio de paradigma en la paleontología humana en los años 70 del siglo pasado. Porque, por si alguno estaba despistado, este libro muestra una vez más que si algo tiene un protagonismo fundamental en la búsqueda de los orígenes humanos es el ego de los buscadores.

El texto nos enseña también que la ciencia, y mucho más en el siglo XXI, no puede ser otra cosa que un trabajo polifónico en el que colaboran decenas de especialistas ―antropólogos, paleontólogos, anatomistas, geólogos, genetistas…― que son presentados por Pattison con breves e interesantes biografías que aportan al texto gran frescura y dinamismo. Entre los investigadores occidentales destaca claramente Owen Lovejoy, cuyo trabajo con unos minúsculos huesos del pie se revela en el capítulo 22 como la clave del libro. Pero en este grupo son también importantes Don Johanson, Richard Leakey, Bruce Latimer o Desmond Clark, que son tratados con mayor o menor misericordia en las descripciones de Pattison según su grado de cercanía a los principios que rigen el modo de entender el trabajo científico por parte de White. Sin embargo, resulta especialmente significativo que los científicos protagonistas de un libro de estas características no sean exclusivamente occidentales. Y así tenemos la oportunidad de conocer al geólogo Giday Wolde-Gabriel, que nació en una familia campesina, casi murió de hambre, fue escolarizado por misioneros, estudió con una beca en la universidad de Addis Abeba, hizo su doctorado en Cleveland, trabajó en Los Álamos… y volvió a trabajar a Etiopía poniendo su vida en peligro. Otro científico local destacado es Berhane Asfaw, que durante el gobierno socialista del Derg estuvo escondido trabajando de maestro rural y sufrió terribles torturas durante meses para acabar doctorándose en Berkeley, donde conoció a White y se convirtió en su mano derecha en las excavaciones de Etiopía. También merece mención especial Yohannes Haile-Selassie, «el hombre que encontró a Ardi», que comenzó su carrera como un joven chófer del Museo Nacional en la capital etíope y acabó convertido en investigador principal de diversos proyectos tras multitud de peripecias personales. No puede acabar este breve repaso por los dramatis personae de la obra sin una mención del protagonista: Tim White ―que desde 2019 colabora y desde 2022 trabaja para el Museo de la Evolución Humana de Burgos― aparece descrito como un prodigio en su infancia, como brillante e impertinente en su juventud y como un científico excepcional en su madurez. Pero a cualquier edad se muestra incansable y minucioso en el trabajo, dispuesto a desafiar cualquier convencionalismo humano o científico, inmune a la fama, en disposición a enemistarse con cualquiera con tal de llevar hasta el final sus investigaciones, y que parece necesitar «estar en permanente lucha con alguien». Tanto es así, que Pattison confiesa en la introducción que su interés por escribir esta obra surgió cuando alguien le habló de White como «el-que-no-debe-ser-nombrado».

 El autor es un periodista pero, en el proceso de escribir el libro ―una obra extraordinariamente documentada, con una enorme bibliografía, excelentes dibujos anatómicos, mapas orientativos y reconstrucciones de imágenes por ordenador―, se convierte en un conocedor profundo de la evolución humana. Nos muestra los puntos oscuros y los conflictos abiertos que esta presenta, y nos relata cómo los fósiles encontrados por Tim White y su equipo en Etiopía pueden contribuir a iluminar unos y cerrar otros… pero también a abrir nuevos problemas. Porque no es esta una obra para zanjar un debate ni para encumbrar unas ideas arrastrando otras al vertedero de la historia de la ciencia. La paleontología humana se presenta, con acierto, como un caso permanentemente abierto en canal y para ello basta con leer el último capítulo y el debate que se plantea entre el arbusto, el árbol y la red como modelos de la evolución biológica en general y la humana en particular.

Hombres fósiles es, finalmente, en cierta manera y porque así lo ha querido su autor, una obra de intriga. Pattison ha decidido replicar el misterio que rodeó los fósiles de Ardipithecus ramidus escribiendo una obra en la que las revelaciones científicas se van desplegando lentamente, como quien desenvuelve un regalo. Y aunque no sería justo arruinar los descubrimientos a los lectores, sí que es legítimo apuntar algunas hipótesis que el libro plantea a partir de los descubrimientos relatados, sobre todo porque, más que anular el misterio, incentivan la lectura de la obra. Valgan como ejemplos que la clave de la evolución humana podría estar más en los pies que en las manos, que la llamada «hipótesis de la sabana» podría haber quedado definitivamente atrás, que los humanos podríamos tener rasgos mucho más primitivos que los póngidos ―considerados tradicionalmente los seres más parecidos a nuestros antepasados― o que el bipedismo y la monogamia podrían tener una relación causa-efecto no tan improbable como, de entrada, pudiera pensarse.

El periodista pasó ocho años escribiendo este libro, e incluso realizó dos viajes a los campamentos del Awash medio (la zona del cauce del río Awash en la que se encontraron los fósiles clave) y Tim White pasó quince estudiando los huesos fósiles antes de publicar sus resultados. Así que no es extraña la evidente corriente de simpatía y admiración que se detecta desde el escritor hacia el científico; ambos se han asegurado de hacer un trabajo concienzudo antes de mostrarlo al mundo.

Pablo Pardo Santano es profesor del Centro Universitario Cardenal Cisneros, y doctor por la Universidad de Alcalá.

Cráneo de Australopithecus afarensis en el Naturmuseum Ausburg. Wikimedia
Cráneo de Australopithecus afarensis en el Naturmuseum Ausburg. Wikimedia

Ficha técnica

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