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Partamos de un par de ejemplos. Un ciudadano aprovecha que su reunión ha sido milagrosamente corta, y que está aparcado frente a una librería, para encargar cierto libro que anda persiguiendo desde hace mucho tiempo. Otro ciudadano, a su vez, sale de casa diez minutos antes que de costumbre para poder comprar en una mercería unas coderas azules antes de recoger en el colegio al responsable de esa gestión. Hasta aquí, todo es normal: es la vida misma. Pero, a partir de aquí, la cosa se complica y la vida cotidiana se llena de misterios.

Dejamos para otro día el espinoso asunto de por qué los españoles perseguimos siempre a los libros tanto tiempo –muchísimo más que a las camisas o a las gambas, por ejemplo, y eso que las gambas tienen patas–, de manera que parece que el libro huyera de nosotros como los mozos de los toros en los sanfermines. También se aparta aquí el misterio de que las coderas abaraten la ropa de los pobres y encarezcan la de los ricos, y nos centramos en un tercer enigma que es nuestro problema de hoy.

Y este problema consiste en que la probabilidad de fracasar en su misión que tienen los dos ciudadanos de nuestros dos ejemplos es muy alta. ¿Por qué? Porque hete aquí que esa librería que abre a las diez resulta que abre siempre a las diez y veinte, y que esa mercería que abre a las cinco abre a las cinco y media de toda la vida. Yo creo que todos los españoles tenemos grabado en la memoria el recuerdo persistente de esta situación que, a diferencia del sabor de los tomates o el color de los taxis, se ha mantenido inalterada desde nuestra más temprana infancia. Ser español es penar ante una puerta cerrada en la que se lee que está abierta.

Sería un grave error atribuir a la pereza la explicación de este enigma cotidiano. Es verdad que, aquí y en todas partes, la pereza –que tantas cosas explica, como señalaba don Julián Marías– es un factor incomprendido e infravalorado en la marcha de la historia, como se ha comentado en este blog alguna vez. Pero aquí no se trata de eso. Tampoco acierta la escuela de negocios si enfoca el tema desde el incentivo o control laboral. Quienes no hemos estudiado en escuelas de negocios, pero sí hemos buscado muchos libros y alguna codera, sabemos que, en la inmensa mayoría de los casos, es el propietario del comercio quien más libertades se toma con el horario de todos.

Nuestro problema no es, pues, sencillo y merece alguna atención, porque podría no ser tampoco trivial. Para empezar, es un problema mal planteado. Como en tantos problemas importantes de la ciencia, la pregunta clave no es la primera que nos sale al paso: la de cómo es posible que un comercio en cuya puerta se lee «Abrimos a las cinco» abra a las cinco y media durante todo un año. La pregunta clave es, más bien, cómo es posible que un comercio que abre siempre a las cinco y media mantenga en la puerta todo un año un cartel en que se lee «Abrimos a las cinco».

Y esta inversión copernicana en el análisis del asunto alumbra perspectivas sorprendentes sobre la sociología nacional. Perspectivas que van mucho más allá, como vamos barruntándonos, del debate sobre la competitividad del pequeño comercio o del grave problema cultural que España tiene –y lo tiene– con sus horarios laborales y alimenticios. Porque, tras este cambio de enfoque, empezamos a encontrar multitud de fenómenos afines en todos los ámbitos de nuestra sociedad.

En educación, sin ir más lejos. Reforma educativa tras reforma educativa –incluida la presente–, los temarios de las asignaturas de nuestros estudiantes de cualquier edad son inabarcables. Es un dato que constatan los estudios más rigurosos y que, incluso así, es verdad. Por esta razón, lo primero que hace cada subgremio académico por toda España, desde la primaria hasta la universidad, es fijar consensos cualificados –y a veces más venerables y estables que la fugaz normativa vigente– sobre qué partes de los temarios oficiales presentes, pasados o futuros es razonable pedir y, por tanto, «entran» y cuáles no.

Por no quedarnos en un solo ministerio, pensemos ahora, también, de cuántas leyes de este reino hemos escuchado comentar: «Es una ley excelente, pero no tiene presupuesto para aplicarse». Comentario, por cierto, que refleja una alarmante incultura política en la ciudadanía que valora y que vota, porque, en una democracia madura, la capacidad para implementar eficazmente las leyes aprobadas es la principal función del Gobierno, mientras que la de establecer leyes efectivamente aplicables la principal función del legislador.

Va cobrando cuerpo así un sorprendente rasgo nacional que tiene mucho que ver con el voluntarismo y el brindis al sol, y bastante menos con la pereza o con la picaresca. No estamos ante un problema de pequeños comercios y funcionarios. Estamos ante cierto componente patológico de nuestra idiosincrasia colectiva que nos impide hacernos cargo con plena lucidez de lo que podemos y de lo que no podemos hacer. Sin ir más lejos ya, y por no aburrir, basta constatar que la semana de cualquier español medio contiene media docena de compromisos irrealizables de quedar en serio con alguien. Naturalmente, son tantos compromisos que, a partir de los treinta años, deberíamos estar todos jubilados para poder atenderlos.

Tras haber incurrido personalmente hace poco en este castizo error, un buen amigo australiano, que todavía espera la cena conmigo como espera en la puerta el personaje de nuestra mercería –y al que aprovecho para pedir disculpas–, me escribió por correo: «Como buen español, siempre dices que vas a hacer cosas que ya se sabe que no podrás hacer». Y es que la apreciación de que es realmente preciso hacer algo que es realmente imposible hacer es una hermosa y trágica disfunción estimativa que ha marcado nuestra cultura e historia nacional durante siglos.

El caso es, por ponernos filosóficos, que en algunas ocasiones esta apreciación puede ser objetivamente correcta, y es realmente menester hacer lo imposible. La carga metafísica y poética de esta vivencia resuena en Europa desde la tragedia griega, pero alcanza en nuestra literatura e idiosincrasia unas cotas sin precedentes que hicieron a Schopenhauer aprender español. No en vano anticipa Don Quijote esta singular epojé hispánica en el discurso ante los duques (capítulo XXXII de la segunda parte) cuando, cuestionada la existencia de Dulcinea, concluye con «husserliana» lucidez a la manchega que esa no es la cuestión y que lo que él deba hacer o no con su dama no depende de tal existencia pues «éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo».

La inmensa mayoría de las veces, sin embargo –y en política, todas–, la averiguación de lo que es posible hacer y lo que no sí es cosa que conviene llevar hasta el cabo, y no hacerlo así nos aboca a un ejercicio de imprudencia personal, profesional y política que recorre trágicamente nuestra historia.

Quien mucho abarca, poco aprieta, dice el sabio refrán, y en España el abarcar demasiado –por no decir el abarcarlo todo por si acaso– es defecto y grandeza nacional. Yo creo que es un rasgo propio de un pueblo que ha pasado mucha hambre o mucha vergüenza. Sea como fuere, ello explica por qué en nuestra historia han pesado tanto personas imprudentes y han valido tanto –y hacen tanta falta– personas con sentido de la mesura y de la realidad.

En esta hora de nuestra patria, en que acabamos de descubrir, entre otras cosas, que La Mancha es mucho más grande de lo pensábamos, además de una crisis ética muy grave –y no hablo de la corrupción o, mejor dicho, sí, pero de la de las inteligencias y los corazones de mucha buena gente–, se hace patente una crisis dianoética que tiene muy poco de coyuntural y que es, más que crisis, dolencia crónica.

Aquí nos ponemos el mundo por montera o las bacinas por yelmo a la mínima de cambio, y ha llegado el momento de plantearnos en serio una cuestión nada trivial: ¿qué podemos hacer para abrir cuando decimos que abrimos y quedar cuando decimos que quedamos, entiéndase: para decir que abrimos y que quedamos cuando realmente podemos abrir y quedar? ¿Habrá que hacer de nuestro país otro país y de nosotros mismos otras gentes?

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