A los actores
Manuel Gutiérrez Aragón
Barcelona, Anagrama, 2015
168 pp. 16,90 €

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«Esta es mi cara y esta es mi alma: leed». Este verso de Manuel Machado podría ser una buena síntesis del homenaje que ha querido brindar a los actores, a sus actores, el cineasta y escritor Manuel Gutiérrez Aragón. En esta obra a medio camino entre la carta de amor nunca enviada y el diario de un soldado curtido en mil batallas (léase rodajes), el autor retrata la fascinación misma del acto de retratar. Gutiérrez Aragón, flamante silla F de la Real Academia Española, ha publicado tres novelas después de su retirada de la dirección en 2008: La vida antes de marzo (Barcelona, Anagrama, 2009), Gloria mía (Barcelona, Anagrama, 2012) y Cuando el frío llegue al corazón (Barcelona, Anagrama, 2013). Ahora, con A los actores, se lanza por fin a escribir sobre su faceta de director y lo hace sin caer en tópicos, poniendo el foco en los intérpretes, a contracorriente de las poéticas cinematográficas al uso: «Me hice a mí mismo la promesa de que si un día cedía a la tentación de escribir sobre cine en vez de hacer películas, cualquier reflexión al respecto empezaría por los actores en vez de por el lenguaje fílmico o la puesta en escena». Dedica su ensayo a los actores, porque lo que más echa de menos del cine es esa insólita comunicación que le permite reflejarse en cuerpos ajenos y hablar a través de ellos.

Podría decirse, por tanto, que Gutiérrez Aragón establece un diálogo triple: con su obra, con su retrato y con el retrato de su retrato, es decir, con los actores que han encarnado sus invenciones y que por ello son pedazos del retrato del propio director: «Yo soy mi propio símbolo», diría Roland Barthes, y tal vez esta mélange de textos, anécdotas y reflexiones así lo atestigüen. Gutiérrez Aragón cabalga desde los recuerdos de una adolescencia con aire de Amarcord felliniano, Gradisca incluida, hasta sus más acertadas clarividencias en torno al cine, pasando por un catálogo razonado curtido por casi cuarenta años de oficio.

Dicen que los espectadores de una de las primeras proyecciones de los hermanos Lumière, L’arrivée d’un train à La Ciotat (1895), al ver que el tren llegaba por la pantalla, salieron despavoridos de la sala por miedo a ser atropellados. Ahora esta anécdota legendaria puede parecernos de una ingenuidad irrepetible, sobre todo porque estamos acostumbrados a imágenes de todo tipo al alcance de la mano, pero Gutiérrez Aragón nos habla de ese otro cine que en algún momento nos dejó sin aliento, de esa primera película que todos aún recordamos como un paso determinante en nuestra educación sentimental.

Buceando en el nido de la memoria, el autor reflexiona acerca de la relevancia que los actores siempre han tenido en el artefacto del cine. Mantiene que, mucho antes que los planos, o las luces, o las virguerías alcanzadas por el montaje, mucho antes que todo lo demás, están los actores: «El primer conocimiento de una película es un acontecimiento carnal, la cara y el cuerpo del actor o la actriz, vistos ya en otras películas, en otras historias, convertidos poco a poco en amigos». Se olvidan los argumentos, las historias, incluso los mensajes y códigos, pero no se olvida la pose de Marlon Brando en el quicio, ni los guantes de Gilda, ni el baño de Marcello Mastroianni en la Fontana di Trevi: «La arqueología en el cine es una memoria del cuerpo, distinta del mero recuerdo». La potencia de esa imagen que se nos viene encima en la oscuridad de una sala de cine es inconmensurable, «en ese lugar estamos nosotros y ellos, los que miran y los que existen para ser mirados, los que exponen sin vergüenza las interioridades y exterioridades de su ser para los otros, para mí». Afirma Gutiérrez Aragón que trabajar con los actores ha significado compartir los roles fundamentales de la vida y también dar forma a sus propios miedos. Para él, en el fondo no se trataba más que de expresarse sin el suplicio de la timidez: saber pedir un billete de tren sin balbucear, concentrar en una mirada el dolor de una guerra o simplemente tener los arrestos de acercarse a la chica de quien se está enamorado y hacer el papel de galán. En ese ejercicio que es interpretar están las huellas de todos los miedos que cualquiera ha sentido alguna vez, y es el actor quien se atreve a darles cuerpo: «El actor sabe que le están mirando, y eso significa que no está solo» y, por consiguiente, que tampoco lo estamos quienes lo miramos.

De los recuerdos, el cansancio y las dudas de los rodajes a las reflexiones teóricas en torno al realismo o a los tipos de intérpretes que ha dado el cine español: Gutiérrez Aragón transforma sus vivencias en poética, con argumentos lúcidos y bien expresados gracias al peso del oficio y a la falta de pretensiones. Desde Torrelavega hasta el inmenso corazón del bosque nos conduce una prosa con afición al discurso telegráfico, sin tiempo ni ánimo para el alambicamiento, un poco al modo del montaje en paralelo. Los saltos temporales resultan a veces algo desconcertantes y acrecientan de algún modo su cariz de apunte disperso. Claro, la memoria no conoce de tiempo lógico y esto, más que nada, es un texto sobre lo que la memoria no ha perdido. Se cuela de vez en cuando un humor de vocación sincera, norteño, sutil, sarcástico y políticamente incorrecto. Se enfrenta especialmente con la televisión, con la que libra una pequeña e ilustrada batalla. Acusa a la producción televisiva de provocar la mediocrización de la industria cinematográfica española de los últimos años, transición que ha desembocado en la profunda crisis en que el sector se ve actualmente sumergido y que, a título personal, le ha animado a retirarse antes de ser despedido del todo. Debido al calado del formato televisivo, según las palabras firmes aunque nada incendiarias de Gutiérrez Aragón, los personajes producidos han venido a sustituir a los construidos, hasta el punto de desvincular de la creación audiovisual todo aquello que no pueda ser comprendido por una mayoría estadística. A causa de ello, los personajes han perdido por decreto lo enigmático, lo ambivalente, lo poroso, lo imprevisible. Haciendo suyas las palabras de Robert Bresson acerca de los actores, nos dice que «lo importante no es lo que me muestran, sino lo que me esconden, y, más que nada, lo que no sospechan que está en ellos». Precisamente porque es en el trabajo artesano y enigmático de la interpretación donde se tienden las velas del barco y se propulsa la obra en toda su energía.

Cuando el autor se mira como personaje comprende que en realidad nunca ha dejado de ser «un escritor que hacía cine». Fue un espectador cinematográfico muy tardío debido a su enfermiza infancia, tan hermosamente reflejada en esa despensa de estraperlo y mimos que es Demonios en el jardín (1982). Sus primeras referencias del cine fueron, por tanto, los resúmenes que las tías o las cuidadoras hacían de la sesión semanal, por lo que conocía las películas primero «de oídas», como una más de las andanzas del fin de semana. Mientras tanto, el mundo invisible que proporcionaban los libros era su único y obligado entretenimiento, un ingrediente más del purgatorio de las fiebres: «Para mí, la realidad eran las películas, la literatura era la enfermedad», «las películas no eran irreales, simplemente ofrecían una realidad que existía en otra parte». Una realidad siempre enigmática y compleja que aquel niño que escapaba de la cama como quien escapa de la muerte trataría siempre de ir a buscar para retratarla sin descanso y, así, perderle miedo a la vida: «El niño está solo en el bosque. El niño teme que el bosque se lo trague y lo devore. Y entonces manipula el miedo y lo convierte en historia. El niño se come las historias». En este incesante ir y venir de pasado remoto y reciente, entre los mundos imaginarios del escritor y los mundos carnales del retratista, parece que siempre está ese niño que buscaba comerse las historias y que ahora se las regala a quien espera tras las páginas.

Es este un libro de lectura placentera que va mucho más allá del territorio de la cinefilia para adentrarse en el género de la autobiografía con minúscula, donde el autor se describe a través de sus creaciones, en los recodos de la memoria y de los imprevistos, detrás de las maravillas de Fernando Fernán Gómez, bajo la mitad del cielo de Ángela Molina y ante la sabiduría de Sancho Panza encarnado en Alfredo Landa. Porque todos sus actores, los más fieles y los más deseados, los más inocentes e incluso los más insoportables, la cara de todos y cada uno de los actores que se han puesto a las órdenes de Manuel Gutiérrez Aragón, fabrican el gran fresco de su filmografía y, con ello, la cara de su retrato.

Manuela Partearroyo es licenciada en Filología Hispánica. Acaba de doctorarse en Estudios Literarios por la Universidad Complutense, donde colabora impartiendo seminarios sobre literatura y cine.

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