Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

El laberinto sin centro (y II)

Orson Welles –veníamos diciendo– es el cineasta romántico por excelencia. Y Ciudadano Kane, la gran película americana: no es casualidad que su título provisional fuera American. Sin duda, esta última categoría podría discutirse, en la medida en que Estados Unidos ha sido el objeto de otras obras mayores –de Avaricia Nashville– y el tema de Kane es también la inasible vida de un hombre. Pero hay algo en ella, a pesar de los defectos que el propio Welles le encontraba –sobre todo el carácter forzado, exhibicionista, de sus innovaciones formales– que la convierte en la obra fundacional del cine moderno. 

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El del sexo no es un sistema binario

Había oído antes el rumor y ahora alguien me lo confirma dándome a leer una columna aparecida en un periódico digital provinciano dando cuenta de que un prominente político ha salido del armario, se ha divorciado y formado nueva pareja con alguien de su propio sexo, abandonando por ello la política. Dejando aparte mi convicción de que a estas alturas el mencionado abandono es y debería ser innecesario, el tono de la noticia sugiere que no está de más señalar que el del sexo no es un sistema binario, aunque este hecho no acabe de ser asimilado por los legisladores y por la sociedad en general.

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