El laberinto sin centro (y II)
Orson Welles –veníamos diciendo– es el cineasta romántico por excelencia. Y Ciudadano Kane, la gran película americana: no es casualidad que su título provisional fuera American. Sin duda, esta última categoría podría discutirse, en la medida en que Estados Unidos ha sido el objeto de otras obras mayores –de Avaricia a Nashville– y el tema de Kane es también la inasible vida de un hombre. Pero hay algo en ella, a pesar de los defectos que el propio Welles le encontraba –sobre todo el carácter forzado, exhibicionista, de sus innovaciones formales– que la convierte en la obra fundacional del cine moderno.






