RESEÑAS

Infancia en Sidi Ifni

Miguel Sáenz
Territorio
Madrid, Funambulista, 2017
240 pp. 16 €

La filatelia es una pasión incomprensible, pues no nace del amor a la belleza, sino a lo raro e insólito. Nunca entendí que un pequeño sello marrón con la imagen de Manuel de Falla y un matasellos que conmemoraba la visita del general Franco a las Islas Canarias constituyera una pieza particularmente codiciada, con un precio escandalosamente alto. Por el contrario, los sellos del territorio de Ifni poseen un escaso valor material, pese a su enorme belleza: costas con palmeras, nativos tocando instrumentos exóticos, solemnes camellos recortados contra el cielo, pastores oteando un horizonte infinito, artesanos trabajando en la pequeña casba. Al escribir esta nota, mi imaginación rescata una imagen que probablemente no se corresponda con ningún sello, pero que flota en mi recuerdo como una invitación permanente a la aventura: una hilera de indígenas armados con espingardas cabalgando sobre una nube de polvo. La verdad casi nunca coincide con nuestros mejores sueños, pero nuestra memoria no miente: sólo destaca lo esencial, reinventando o deformando los aspectos de la realidad que arrojan sombras sobre nuestros arrebatos de nostalgia.

El territorio de Ifni fue una provincia española de ultramar entre 1860 y 1969. La infancia y primera juventud del traductor, académico y escritor Miguel Sáenz transcurrieron en ese espacio, que siempre estará asociado –al menos, para quienes crecimos con las proezas de los hermanos Geste en la imaginaria Zinderneff− al romanticismo exasperado de los aventureros europeos que huían de sí mismos, internándose en el bullicio de los zocos o el silencio de los desiertos. Nacido en 1932 en Larache, Sáenz no ha pretendido realizar un ejercicio de exactitud histórica, geográfica o biográfica, sino rescatar las vivencias de ese período de su vida, reproduciendo emociones que aún perduran en su memoria, con independencia de su grado de objetividad. La verdadera fidelidad no consiste en ser escrupuloso con el dato, sino con lo que ha sobrevivido a la criba del tiempo. De niño, Sáenz no apreciaba nada exótico en el Territorio, pese a la escasez de agua, las plagas de langosta y el azote del siroco. Sólo «era un trocito de España como cualquier otro», pero habitado por bereberes, cuyas mujeres vestían de un azul casi negro y los hombres –por lo general, espigados− de blanco o cualquier otro color. Los legendarios Ju 52 sorteaban el Atlántico, tendiendo un puente sobre las Islas Canarias. Los cárabos, pequeñas embarcaciones de vela y remo, acercaban a los viajeros a la costa. Aunque la Real Academia establece un acento esdrújulo para el término, Sáenz señala que todo el mundo hablaba de «cárabos», desafiando a las misteriosas leyes de la ortografía.

Miguel Sáenz señala que el gran protagonista de su infancia fue el mar. Sus temerarios baños en piscinas naturales que aparecían y desaparecían con el feroz movimiento de la marea producían la embriaguez de los espacios ilimitados, de la libertad salvaje, indiferente a cualquier riesgo. Los prodigios de la naturaleza convivían con las construcciones del ingenio humano, a veces tan inverosímiles como la Factoría «Sáhara», una fortaleza levantada en un gigantesco barranco habitualmente ignorado por las aguas. La Factoría era un lugar fantasmal, casi de ciencia ficción, que albergaba motores de energía eléctrica, talleres, almacenes, serrerías, cuadras, una fábrica de hielo… Unas lluvias tenaces y abundantes inundaron el barranco, dejando sin electricidad a Sidi Ifni durante dos años. Las velas y los quinqués aliviaron la catástrofe, pero su luz nunca logró aplacar la desolación que produjo a la familia Sáenz la suspensión de las sesiones de cine, verdadero alimento para el espíritu. El cine era un lujo en un enclave que apenas merecía el nombre de ciudad, con sus alcazabas, sus torres almenadas y sus edificios coloniales flotando sobre un acantilado frecuentemente sumido en la niebla. Miguel Sáenz admite que tuvo pocos amigos musulmanes, no tanto por cuestiones religiosas como sociales, pues sólo una pequeña minoría podía costearse los estudios de bachillerato, pero siempre experimentó «una simpatía inquebrantable» hacia ellos y «un deseo siempre insatisfecho de aprender el árabe». Esta confesión produce asombro si se tiene en cuenta su extraordinaria labor como traductor de distintas lenguas. Quizás −al margen de las dificultades formales− intervino una resistencia interna a reemplazar el dialecto «lleno de tacos» asimilado en las calles por un conocimiento más adulto de la materia. A veces, la inteligencia actúa silenciosamente para malograr los proyectos que conspiran contra los mitos de nuestra infancia.

Sáenz pasa de puntillas por la muerte de una de sus hermanas y descarta hablar de su madre. El pudor y el dolor se conciertan para eludir vivencias especialmente emotivas. El amor a la madre puede desembocar en un sentimentalismo insufrible para el espectador ajeno. La evocación de una terrible pérdida puede revivir el duelo. Es preferible eludir esos riesgos. Por el contrario, hablar de un padre afectuoso, con aire de galán y un elegante sentido del humor suele resultar gratificante. El prejuicio sale al paso cuando el autor recuerda que su padre era un general franquista, un caballero mutilado, que se quedó cojo a consecuencia de una herida de guerra. Ser un militar africanista no es una buena carta de presentación, pero en este caso todo indica que se trataba de un hombre inteligente, compasivo e ingenioso, perfectamente consciente de los cambios políticos y sociales que lo desplazaban hacia una posición marginal –y maldita− en los manuales de historia. Su hijo lo compara con el capitán Louis Renault, de la mítica Casablanca, pero aclarando que era bastante más corpulento, más apuesto y nada cínico. La fotografía que se incluye en el libro lo sitúa a medio camino entre Ernest Hemingway y Victor Hugo, pero sin neurosis ni mesianismo. Su frustrada participación en un duelo corrobora su estirpe de personaje de otro tiempo, donde el coraje no se exhibía gratuitamente, sino que se probaba con actos.

Sáenz reconoce que en su juventud el sexo era un territorio utópico. Algo que se deseaba ardientemente, pero que nunca llegaba a consumarse. Ser virgen a los veinte años no era una anomalía, sino lo previsible en una época que privilegiaba la seducción sobre la pasión, el flirteo sobre el conocimiento carnal. El autor recuerda con afecto a sus profesores de enseñanza media, que le proporcionaron unos fundamentos sólidos. Sus siete años de latín lo ayudaron a pasar por la universidad con la frescura del nadador acostumbrado a las largas travesías. Sus amigos le inspiran el mismo cariño. Sólo lamenta haber olvidado muchas anécdotas. «La memoria es una furcia redomada», escribe con sinceridad de viejo lobo de mar reacio a los eufemismos. A pesar de todo, siente que en muchos aspectos no ha salido del Territorio, de ese emplazamiento donde se gestó una forma de contemplar e interpretar el mundo. Aficionado al dibujo y a la acuarela, Sáenz captaba en sus obras la magia primordial de ese paisaje, que desempeñó un papel fundamental en su educación moral, estética y sentimental. Años más tarde le reprocharían su tendencia a idealizar y estilizar, el aire de ensoñación y fantasía de sus creaciones pictóricas. Sus disculpas son inobjetables: «Mis ojos veían aquellos paisajes así. Todo el Territorio era, al fin y al cabo, un país de cuento de hadas». Es completamente normal que, con esa perspectiva, el personaje de Wendy se convirtiera en su amor imposible. Admite, en cambio, que Peter Pan le parecía un cretino sin remedio, pero reconoce que compartía su hostilidad hacia el mundo adulto: «la realidad es que, ya entonces, yo no quería crecer. Nunca quise crecer».

Discreto filatélico, Sáenz reconoce que en esos años su libro de cabecera era un viejo catálogo de sellos. Su escaso poder adquisitivo recortó su ambición de coleccionista, obligándole a limitar sus adquisiciones a los sellos emitidos por el Territorio. Ilustrados por el pintor Mariano Bertuchi, su valor reside en su calidad artística, no en su precio. «Me atrevería a decir –escribe Sáenz− que nadie, nunca, ha hecho tanto por el paisaje y la gente de un país». Ser hijo del administrador del Territorio le permitía acceder a los sobres matasellados el primer día de emisión (pero no comprarse una bicicleta, pues el sueldo del padre prohibía esos dispendios, lo cual aún produce incredulidad). Poco a poco, su colección de sellos del Marruecos «español» creció hasta adquirir cierta importancia. Sáenz afirma que, cuando observa los sellos de Mariano Bertuchi, siente que el Territorio entero vuelve a él: «Siempre he pensado que, cuando sea mayor (no digo por vergüenza cuántos años tengo), podré pasarme horas viendo sellos de Marruecos, Cabo Juby y el Sáhara, dibujados por Bertuchi. No pido más. Toda mi infancia, es decir, toda mi vida, está recogida allí. Y un día mis herederos venderán mi modestísima colección. No me importa: poder vender la vida a posteriori es un privilegio del que solo algunos disfrutan».

Como apunta Eduardo Gallarza en su postfacio, «en temas de infancia, la verdad no existe: importa que el recuerdo sea sincero, no veraz». Territorio rebosa sinceridad, poesía, verdad. Es un libro de admirable belleza, como los sellos de Mariano Bertuchi. No hay concesiones a la retórica ni al sentimentalismo, pero sí sentimientos limpios y veraces elegantemente expresados. De lectura ágil y gratificante, despierta nostalgia por la infancia y cierta melancolía ante el imparable avance de la vejez. En mi caso, ha provocado que sacara de los cajones de un aparador mis álbumes de sellos, aceptando por primera vez que su predecible dispersión no constituye un hecho trágico, sino una segunda navegación para unos pequeños trozos de papel que tal vez ya no despertarán las mismas ilusiones que a los niños de mi generación, pero que quizás alumbrarán nuevas y sencillas formas de felicidad.

Rafael Narbona es escritor y crítico literario. Es autor de Miedo de ser dos (Madrid, Minobitia, 2013) y El sueño de Ares (Madrid, Minobitia, 2015).

12/06/2017

 
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