RESEÑAS

La hábil Albión 

Ángel Viñas
Sobornos. De cómo Churchill y March compraron a los generales de Franco
Barcelona, Crítica, 2016
590 pp. 24,90 €

El autor es un prolífico y combativo estudioso de la Guerra Civil. Este volumen da fe de una diligente investigación llevada a cabo en diversos archivos y revela numerosos aspectos fascinantes de la operación británica Sobornos, realizada con el máximo secreto y consistente en sobornar a varias docenas de oficiales de alto rango del ejército español, así como al hermano del Caudillo, Nicolás, todos los cuales se comprometieron a mantener a su país fuera de la Segunda Guerra Mundial. A las abrumadoras pruebas el autor añade que el franquismo posterior a la Guerra Civil favoreció o toleró una corrupción generalizada desde las capas más altas hasta las más bajas de la sociedad. Algunos que estuvieron involucrados directa o indirectamente en la operación −como Peter Kemp− habían defendido o combatido con el bando nacionalista durante la Guerra Civil. Sin embargo, su patriotismo y antinazismo les llevaron a adoptar un antifascismo conservador durante la Segunda Guerra Mundial. Uno de los principales personajes del relato −Samuel Hoare− se convertiría en un destacado antifascista contrarrevolucionario al que se asignó la misión de impedir que España entrara a formar parte del Eje. El primer ministro Winston Churchill actuó con brillantez al nombrar embajador en Madrid a este antiguo apaciguador anticomunista y partidario de Neville Chamberlain. Podría añadirse que el antifascista conservador Churchill procedió de forma similar cuando nombró al exapaciguador Lord Halifax embajador en Estados Unidos en enero de 1941. El primer ministro británico desarmó además a una potencial oposición de destacados apaciguadores, entre los que figuraban el filogermano duque de Windsor (que había sido el rey Eduardo VIII antes de su abdicación a finales de 1936), al nombrar al exmonarca gobernador de las Bahamas en julio de 1940.

Hoare era un diplomático experimentado, aunque controvertido. Había sobornado a Mussolini para que mantuviera una postura favorable a los aliados durante la Primera Guerra Mundial y recompensó al Duce con el control de facto sobre Etiopía en 1935. Demostró su eficacia en su misión de mantener a España al menos formalmente como un país neutral o no beligerante. Para su tarea contó con la ayuda del capitán Alan Hillgarth, agregado naval británico en Madrid y confidente de Churchill. Viñas demuestra cómo los británicos supieron manejar a Franco y su régimen de una manera generalmente bien informada y sofisticada. Los diplomáticos británicos distinguieron entre Hitler y Mussolini, contra quienes tuvieron que combatir, y Franco, a quien necesitaban para continuar con la política de apaciguamiento. A pesar de las acciones y la retórica provocadoras del régimen favorables al Eje, triunfó «la frialdad analítica británica» (p. 302). Los británicos convencieron a muchos de los partidarios más destacados del régimen de que ignoraran las acusaciones de los germanófilos en el sentido de que los angloestadounidenses deseaban un cambio de régimen en España, y les aseguraron que los Aliados no tenían ninguna intención de sustituir al Caudillo siempre y cuando se mantuviera neutral. La capacidad británica para resistir el ataque nazi a su isla −registrada con precisión en los informes del «agregado militar en Londres, coronel Alfonso Barra» (p. 307)− convenció a españoles influyentes de que la guerra había pasado a ser de desgaste y que España debía continuar evitando o, al menos, posponiendo su entrada en la facción del Eje. Viñas resume competentemente el contraste entre el tratamiento de España por parte de Alemania y el Reino Unido: «Frente a la letal mezcla de vacilación estratégica, explotación económica y presiones diplomáticas bastante desmañadas que caracterizó el comportamiento nazi, los británicos hicieron gala de todo lo contrario» (p. 267). De forma más metafórica, «los británicos siempre conjugaron medios ortodoxos y heterodoxos para apartar el cáliz envenenado [de la entrada en guerra] que el tándem Franco-Serrano estuvo a punto, en más de una ocasión, de llevarse a los labios» (p. 452). Dada la astucia británica, el autor exculpa a Hoare de la acusación de que, como embajador en España, no hizo otra cosa que proseguir con su preferencia por el apaciguamiento, en este caso con Franco.

El otro personaje protagonista, Juan March, demostró ser un astuto y acaudalado hombre de negocios. Al igual que muchos de sus homólogos en América del Norte y del Sur, África y Asia, March se dio cuenta de que los aliados ganarían la guerra y que una victoria del Eje iría en perjuicio de sus intereses. «El banquero mallorquín jugaba a escala cuasi planetaria. Nada que ver con el ombliguismo de la cúpula serrano-falangista», que apostaba y confiaba en una victoria del Eje (p. 378). Así fue como March −cuyas actividades navieras y de contrabando le enseñaron la importancia del control de los mares− se convirtió en el conducto para los sobornos británicosUn tratamiento sucinto e informativo puede encontrarse en Mercedes Cabrera, Juan March (1880-1962), Madrid, Marcial Pons, 2011, pp. 311-346. La perspectiva británica puede encontrarse en Peter Day, Franco’s Friends. How British Intelligence helped bring Franco to Power in Spain, Londres, Biteback Publishing, 2011.. Los sobornados no sabían por regla general nada de los orígenes británicos de los fondos y confiaban en March como un patriota español que había arriesgado su fortuna para apoyar a los nacionalistas durante la Guerra Civil. Viñas sostiene que el Reino Unido no ofreció a ningún otro país neutral incentivos económicos tan grandes como los que destinó a España y que la cantidad de los sobornos fue aproximadamente igual a los subsidios británicos para los Franceses Libres desde 1939 hasta 1941, y que la cifra sobrepasó incluso a los presupuestos conjuntos de los Ministerios de Justicia y Gobernación en 1944: «SOBORNOS se convirtió en la principal operación oculta de índole auténticamente estratégica que los británicos montaron en España» (p. 278). La operación contó con la colaboración del ministro laborista Hugh Dalton, que accedió a aceptar el statu quo y reducir el contacto con lo que aún se consideraba una izquierda revolucionaria en España. Clement Attlee, líder del Partido Laborista y viceprimer ministro, también aprobó el plan. Viñas muestra cómo March prestó su gran fortuna y su considerable influencia para apoyar el antifascismo contrarrevolucionario del Gobierno británico.

Aunque el libro defiende ser «una nueva y más satisfactoria interpretación de lo ocurrido en aquel período» [1940-1943], el método convencional de Viñas −historia política y diplomática «desde arriba»− hace que le resulte difícil ofrecer una interpretación innovadora de la postura de España durante la Segunda Guerra Mundial. Al igual que otros antifranquistas, el autor se dedica a echar por tierra los «mitos» concebidos para asegurar el poder y la reputación del Caudillo. Sin embargo, la mayoría de estos mitos ya habían sido demolidos previamente. Poco novedosa puede ser la afirmación de que Serrano Suñer «mintió como un bellaco» (p. 28), o que el propio Franco era casi igual de mentirosoAdriano Gómez Molina y Joan Maria Thomàs, Ramón Serrano Suñer, Barcelona, Cara y Cruz, 2003, pp. 195-302.. Que el Caudillo estaba convencido de una victoria alemana y la deseaba incluso después de la invasión aliada del norte de África y de la derrota de la Wehrmacht en Stalingrado en el verano de 1942-1943 no es tampoco un nuevo descubrimiento. Como no lo es el hecho de que Hitler no tenía ninguna intención de confiar secretos a los españoles. El autor no abre nuevos caminos cuando resalta el desastre económico y el hambre generalizada de resultas de la Guerra Civil. Aunque se estudian en todo detalle los cambios ministeriales que se sucedieron en Madrid durante la Segunda Guerra Mundial, tiene poco que añadir sobre ellos.

La principal diana de Viñas es quizás el mito más duradero −al menos para quienes han simpatizado con el Generalísimo−, el de la conocida como «hábil prudencia» del Caudillo, que supuestamente mantuvo a España al margen de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el intento del autor de acabar con este mito resulta contradictorio y poco convincente. Al principio de este volumen de casi seiscientas páginas, acusa a Franco de ganar «una guerra [civil] que, deliberadamente, quiso alargar y alargó» (p. 12). Sin embargo, en su conclusión afirma −al igual que casi todos los biógrafos del Caudillo− que el jefe de Estado poseía una «natural cautela […]. La había demostrado en la guerra civil» (p. 479). Tengo la impresión de que un general «cauteloso» con «hábil prudencia» difícilmente demoraría la victoria de sus propias fuerzas en un contexto europeo durante el cual sus aliados, países neutrales y enemigos podrían declararse la guerra entre ellos en cualquier momento. En la Segunda Guerra Mundial, la precaución de Franco volvió a ponerse de manifiesto mientras aguardaba el curso de los acontecimientos y se distanció a regañadientes del Eje cuando la victoria aliada pasó a resultar más probable.

Aunque la modestia no es una virtud destacada de este historiador (ni tampoco, debería decirse, algunas otras), ha eliminado, sin embargo, muchas de las referencias autopromocionales que abundaban en sus anteriores trabajos. Pero su deseo de refutar, ridiculizar y burlarse de sus adversarios ideológicos −calificados diversamente de «neofranquistas», «profranquistas», «bio(hagió)grafos» o «escribidores»− vuelve a manifestarse de forma compulsiva. Distrae del avance de la narración y alarga innecesariamente este libro. De hecho, admite en su conclusión que «sobre [el historiador Luis] Suárez [Fernández] correremos un tupido velo. Lo hemos citado más de lo que en puridad merece» (p. 478). Sin embargo, Viñas no puede resistirse a levantar rápidamente el velo y pocas páginas más adelante acusa a Suárez de ignorar las pruebas «olímpicamente». También lanza la acusación de que «ni [Stanley] Payne ni [Jesús] Palacios ni Suárez han descubierto nada nuevo sobre la cautela de Franco»Los principales libros examinados son Luis Suárez Fernández, Franco y el III Reich. Las relaciones de España con Alemania de Hitler, Madrid, La Esfera de los Libros, 2015; Stanley G. Payne, Franco y Hitler. España, Alemania, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, Madrid, La Esfera de los Libros, 2008; Stanley G. Payne y Jesús Palacios, Franco. Una biografía personal y política, Madrid, La Esfera de los Libros, 2014. (p. 53). Como ya se ha mencionado, resulta igual de cuestionable que Viñas haya conseguido que avance realmente nuestro conocimiento sobre este y otros temas. Su análisis de la decisión de Hitler de favorecer a la Francia de Vichy en vez de apoyar las demandas expansionistas de España es muy conocido y no añade nada significativo. Tampoco ofrece una interpretación innovadora de la conversión del régimen en 1944 −tal como lo formuló una fuente confidencial británica− de «seudototalitar[ismo]» a «socialcristan[ismo]» (p. 469). 

Viñas comete errores tanto menores como de bulto. Escribe incorrectamente el nombre del alto diplomático y antiapaciguador gaullista, René Massigli. Confunde a Roy Campbell, el poeta surafricano, partidario de Franco y antinazi, con el habilidoso embajador británico en Portugal, Ronald Campbell. Lo que es más importante, el autor hace gala de su eurocentrismo o, expresado con más precisión, su iberocentrismo, al afirmar que a comienzos de 1942 Gibraltar y el norte de África constituían «el único teatro de la guerra terrestre en el que los británicos llevaban combatiendo contra el Eje desde la rendición de Francia» (p. 347). Esto ignora la exitosa guerra anglo-iraquí de mayo de 1941 y la campaña en África Oriental de 1941, que devolvió el trono al emperador Haile Selassie. La primera restauración antifascista marcó un precedente para varias más en Europa Occidental en 1945. De manera más significativa, Viñas parece equiparar la Ley de Préstamo y Arriendo estadounidense de marzo de 1941 (Lend-Lease Act) y la ayuda que la Unión Soviética prestó a la Segunda República durante la Guerra Civil: «Los suministros adquiridos allende el océano [Préstamo y Arriendo] habían ido pagándose poco más o menos como les republicanos habían pagado la ayuda militar soviética durante la guerra civil» (p. 317). Aunque el autor es un experto en temas comerciales y, especialmente, en el traslado de metales preciosos a la Unión Soviética durante el conflicto español, a mi juicio, la Ley de Préstamo y Arriendo estadounidense fue mucho más generosa y, por supuesto, de una entidad inconmensurablemente mayor que la ayuda soviética a la República. Esta última pagó un precio muy alto −el cuarto depósito de oro más grande del mundo− por unos suministros limitados y armas a veces desfasadasGerald Howson, Arms for Spain. The Untold Story of the Spanish Civil War, Nueva York, St. Martin’s Press, 1999.. Por contraste, Estados Unidos facilitó ayuda masiva sin grandes garantías no sólo al Reino Unido, sino también a la Unión Soviética, los Franceses Libres, la República de China y a otras naciones aliadas. Además, esos países devolvieron parcialmente los préstamos transfiriendo de vuelta a Estados Unidos materias primas, equipamiento y sofisticada tecnología (como investigaciones sobre radares, sónares y armas atómicas).

Aunque el método de la historia desde arriba de Viñas asume la eficacia de los sobornos, resulta difícil en última instancia evaluar cuán relevantes fueron aquellos para mantener a España formalmente como un país neutral o no beligeranteSobre la eficacia cuestionable de los sobornos, véase Denis Smyth, «Les Chevaliers de Saint-George. La Grande Bretagne et la corruption des généraux espagnoles (1940-1942)», Guerres mondiales et conflits contemporains, núm. 162 (abril de 1991), pp. 29-54.. Tengo la sensación de que los sobornos fueron menos importantes para mantener a España al margen de la guerra que la precaución del Caudillo (muy exagerada, sin embargo, por sus incondicionales); sus desmesuradas exigencias en pos de un imperio, que Hitler se negó a satisfacer a expensas de la Francia de Vichy; y, lo más importante, el poder económico y el control anglo-estadounidense de los mares. El autor está en lo cierto cuando afirma que los británicos superaron en inteligencia a los partidarios de los nazis en España. Podría haber añadido que la capacidad anglo-estadounidense −que contrastaba marcadamente con las potencias fascistas, España incluida− para construir una coalición antifascista doméstica e internacional inclusiva de derecha e izquierda creó una guerra de desgaste que el Eje estaba destinado a perder. La victoria del antifascismo contrarrevolucionario en Europa Occidental dio paso a una tolerancia continuada del régimen anticomunista de Franco.

Traducción de Luis Gago
Este artículo ha sido escrito por Michael Seidman
especialmente para Revista de Libros

Michael Seidman es catedrático de Historia en la Universidad de Carolina del Norte. Es autor de The Imaginary Revolution. Parisian Students and Workers in 1968 (Oxford y Nueva York, Berghahn Books, 2004) y sus últimos libros son La victoria nacional. La eficacia contrarrevolucionaria en la Guerra Civil (Madrid, Alianza, 2012), Los obreros contra el trabajo. Barcelona y París contra el Frente Popular (Logroño, Pepitas de calabaza, 2014) y Antifascismos. 1936-1945 (Madrid, Alianza, 2017).

13/03/2017

 
COMENTARIOS

Juanjo 15/03/17 16:24
La tesis de Viñas es falsa. De nada sirve sobornar a determinados generales o personajes destacados, cuando ninguno de ellos poseía capacidad de decisión. Franco era el único con ese poder y no era persona que se dejase influir con facilidad.
Franco hubiera entrado en guerra con mucho gusto si Hitler le hubiera prometido territorios en el Norte de África. De nada hubieran servido los sobornos. Como esas demandas chocaban con las de potencias mucho más poderosas, (Italia y la Francia de Vichi) Hitler le dio largas y entonces Franco dio largas también.
El informe que si ejerció influencia sobre Franco (sin sobornos de por medio) fue el de un capitán de fragata que analizaba con mucha lucidez las consecutivas navales de la entrada de España en la guerra. España perdería inmediatamente las Canarias y su comercio marítimo quedaría bloqueado sin remedio, si se luchaba, el desastre sería peor que Santiago de Cuba. El autor del informe era Carrero Blanco.
Samuel Hoare había sido partidario de la paz con Hitler y una vez "desterrado" a la embajada en España, se hace el mártir y el héroe para acumular méritos y hacerse perdonar viejos errores. No es fuente digna de confianza, ni Juan March.

Ramon Salvat Guarque 15/03/17 14:39
Con todo respeto, el comentario anónimo de "Pedro", no me parece de recibo en una revista como esta. RdL, tiene el merito de ser útil para personas que pensamos de muy diversa manera, pero sabemos guardar respeto a las obras serias, a pesar de que las creen personas de diferente ideología a la propia.

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