RESEÑAS

Viaje sentimental y novela al azar

Charles Nodier
Historia del rey de Bohemia y de sus siete castillos
Oviedo, KRK, 2016
Trad. de Francisco González Fernández

Seguramente Charles Nodier (1780-1844) no es hoy un escritor muy conocido entre nosotros; en realidad, son pocos los títulos suyos en ediciones vivas que podamos leer en español. Pero Nodier (narrador, poeta, investigador, periodista, erudito...) fue una figura destacada en los comienzos del movimiento romántico francés, y en torno suyo, en la Biblioteca del Arsenal (que él mismo dirigía desde 1824), se formó el primer cenáculo romántico, pues en el salón del bibliotecario se reunían en esos años jóvenes artistas y poetas: Hugo, Sainte-Beuve, Balzac, Vigny, Nerval, Delacroix, Gautier, Dumas... También es cierto que Charles Nodier (escritor prolífico, de muy variados intereses: historia, entomología, lexicografía, esoterismo...) no llegó a crear una obra por la que pudiera hoy ser recordado entre los nombres mayores. Y ya sus contemporáneos, aun reconociendo su magisterio, señalaban también esa dispersión, como si en él –decía, por ejemplo, Lamartine– los fragmentos fueran admirables, pero no llegaran a formar un todo completo; de modo que el anfitrión del Arsenal siempre estuvo en segundo plano, por más que –así lo anota Balzac– hubiera merecido otro lugar. Para nosotros, la imagen también es esa y Nodier ha quedado como un autor de relatos fantásticos: El hada de las migajas, Smarra, Trilby, Infernaliana...; un sabio del siglo XVIII con un pie en el movimiento romántico, el precursor que anuncia el vendaval Hugo, que orienta a Nerval hacia el sol negro.

La traducción ahora –por primera vez– al español de Historia del rey de Bohemia y de sus siete castillos (1830) perfila esta imagen, permite una mejor valoración del escritor. Y no sólo porque este libro –sin vampiros, hadas, ni demonios– constituya una sorpresa para quienes sólo conocíamos algunos de sus relatos fantásticos, sino porque, como muy bien señala Francisco González Fernández en una Introducción imprescindible (y ya por sí misma un excelente ensayo), Historia del rey de Bohemia es un texto que, entroncando con la novela cervantina, y siguiendo muy de cerca la senda de Laurence Sterne, nos lleva hasta los movimientos de la vanguardia histórica; de hecho, Breton y Aragon observaron en este libro –son palabras suyas, de aquella época– «un espíritu filosófico próximo al del propio Dadá».

El modelo expreso de Nodier es aquí, en efecto, Laurence Sterne, y el punto exacto del que esta novela arranca es un pasaje de Tristram Shandy en el que alguien va a contarle al tío Toby una historia que no es verídica, tampoco triste ni alegre, una historia que nunca comienza, que no llega a contarse, y de la que sólo conocemos su título: «La historia del rey de Bohemia y de sus siete castillos». En el libro de Nodier, el narrador emprende –dice– un viaje a Bohemia para conocer ese reino, ese castillo, para desentrañar, en definitiva, todo lo que había callado el personaje de Sterne. Naturalmente, tampoco aquí tendremos historia, ni castillos, ni rey de Bohemia. A lo más, un viaje en sueños: una fantasía extravagante, un plagio originalísimo, un juego libre sobre el modelo narrativo. Pues no es sólo ese enganche superficial (Bohemia) lo que une al bibliotecario del Arsenal con Sterne; es una sintonía de sentido estético, el mismo espíritu filosófico.

El escritor francés recrea varios procedimientos empleados en Tristram Shandy, que, como sabemos, se inscriben a su vez en una tradición que viene –el propio Nodier traza esta cadena– de Rabelais, Cervantes y Swift, pero llega hasta Luciano o Apuleyo, y que había tenido en francés el antecedente inmediato de Jacques el fatalista y su amo (1778), donde Diderot sigue expresa y brillantemente al vicario de Sutton; una línea, por otra parte, que los surrealistas podrán entender como propia, como un cauce libre que desembocaba en Dadá y la escritura automática. La misma tradición –no hay tradición sin vanguardia– que recorrerá luego obras de Georges Perec, Julio Cortázar o Italo Calvino, y que perdura en otros escritores de hoy.

Asociados a ese espíritu filosófico, los procedimientos estéticos de Nodier («plagiario de los plagiarios de Sterne», asegura la Historia) irrumpen tanto en el terreno visual y tipográfico (caligramas, dibujos, tipos de letra: un tratamiento de la página que la editorial KRK ha respetado cuidadosamente, con un resultado espléndido) como penetran en la concepción misma del relato, pues la esencia de éste consiste en que no hay historia como tal, por lo que todo el discurso resulta parentético, una digresión continua: intentos fallidos de entrar en materia, de contar una historia que no existe, meramente imaginaria, tan fantástica como ese rey de Bohemia y sus siete castillos o –evitemos el plagio– como la historia de las ocho fortalezas del rey de Hungría. «¡Oiga, caballero, ya veo de qué trata esto! Otra vez un penoso pastiche de entre los innumerables pastiches de Sterne y Rabelais».

Nos encontramos, pues, ante un libro fragmentario (hasta el narrador se desdobla en tres facultades o facetas), dividido en capítulos más bien breves, donde los temas se yuxtaponen, cortan y enlazan, y donde la erudición o la referencia libresca constituyen una excusa para desviarse del propósito primero (ir a Bohemia), pues el viaje no consiste en llegar al destino, a esa Ítaca inventada, sino en contar, escribir, buscar lo imposible sin salir de la habitación. En fin, una novela extravagante como aquellas que hojeaban y ya podían clasificar Bouvard y Pécuchet: «Luego probaron con las novelas de humor, como el Viaje alrededor de mi habitación de Xavier de Maistre [...]. Se trata del tipo de libros en los que la narración se ve interrumpida para hablar del propio perro, de las pantuflas o de la amante».

Erudición, humor, pastiche, son, en efecto, los fundamentos –corrosivos fundamentos– sobre los que se construye esta Historia cargada de ironía. Se ensartan así las listas rabelaisianas con las referencias grecolatinas, la autocrítica con la parodia, las onomatopeyas con los insectos, las yeguas con Tombuctú, el paratexto con Polichinela, las momias con las pantuflas, las pantuflas con el símbolo, la etimología disparatada y las babuchas. Saltos, interrupciones, enumeraciones, afluentes, citas. Resulta imprescindible la ayuda del traductor-editor, las ajustadas Notas que figuran al final de cada capítulo: un trabajo riguroso, de verdadero mérito, que nos permite seguir más de cerca al plagiario de Sterne, disfrutar de esta espléndida versión al castellano.

No obstante, el pastiche responde a su propia lógica, se apoya en algunos campos temáticos que se pierden y recuperan luego; aun así –más allá de ese espíritu general que sustenta la Historia–, sólo un motivo parece cobrar cierto carácter articulador del conjunto. Este tema, del que se entra y sale en al menos cinco ocasiones, es una historia lacrimosa, muy sentimental, la desgracia de un joven ciego abandonado por su enamorada una vez que ésta, también ciega, recupera la vista. El narrador, en ese viaje imaginario que ha de llevarlo a Bohemia, pasa por el valle de Chamonix y es ahí, al pie de los Alpes, en ese territorio idílico (pastoral, romántico, sublime: tan literario) donde se encuentra con Gervais, el joven ciego abandonado por la ingrata Eulalie. Es muy posible –las Notas así lo indican– que este relato alpino remita a un pasaje del Viaje sentimental de Sterne, a un personaje (Marie) que ya habíamos conocido en la novela del caballero Tristram, aunque lo que allí parecía un episodio secundario alcanza en la Historia un notable peso. Ahora bien, ¿cuál es la sustancia de los desgraciados amores de Gervais y Eulalie? ¿A qué viene la insistencia en este cuento lacrimoso, con perro, desmayo sentimental y suicidio? ¿Hemos dicho que Gervais escribe versos, que leía (inicios del sistema Braille) al lado de Eulalie, que ambos amaban la literatura?

La historia de los jóvenes ciegos, tan próxima a algunas convenciones de la moda romántica, se pone en relación con otro breve cuento, muy sencillo, cargado de buenos sentimientos («El perro de Brisquet»), en el que siempre se ha visto un homenaje a Perrault, y que viene a cerrar la triste historia de Gervais y Eulalie a modo de contrapunto o reflexión última sobre los componentes que configuran cualquier relato, sobre la imposibilidad, en suma, de una novela original. En realidad, todo el libro de Nodier puede entenderse como una pregunta –más bien escéptica– sobre la escritura.

En Historia del rey de Bohemia y de sus siete castillos tenemos perro y pantuflas (como tenemos al autócrata Popocambou, las citas de Teócrito, el Judío errante atacado por un cocodrilo o una sátira de la Academia); sin embargo –para bien y para mal–, carecemos de amante. Es verdad que el narrador –un yo omnipresente en su condición trinitaria– se acuerda de Fanny o está al lado de Victorine, que en el texto no escasean alusiones y dobles sentidos (sin llegar, eso sí, a la altura libidinosa del vicario inglés), pero falta esa dimensión del relato, la llama sentimental de un yo o hacedor narrativo que parece escudarse siempre tras el libro raro, la letra griega, ocho fortalezas húngaras. Y tal vez sea esta carencia –o intencionado planteamiento– lo que, en definitiva, obstruye la historia, lo que a su vez hace de una ciega infiel la alegoría del habla, de una palabra engañosa y esquiva; y lo que igualmente convierte a la palabra misma, a la Historia, en signo del deambular existencial, la pasión inútil del poeta Gervais. Busquemos un nombre para este anhelo negado: «¡Oh! Si vuestra Caecilia fuera ciega» [...]. «¿Y si se llamase Eulalie?». Habla perdida, obra inalcanzable, romántico destino. Añadamos únicamente un dicho o moraleja al modo de Perrault: «Desdichado como el perro de Brisquet, que para una vez que fue al bosque le comió el lobo».

La novela de Charles Nodier, que incluye aprobación, introducción, índice, más de cincuenta ilustraciones, dos portadas, múltiples curiosidades tipográficas y todo aquello que en un libro pueda caber, contiene también la transcripción de su crítica: Historia del rey de Bohemia y de sus siete castillos se compara ahí abiertamente con el modelo inglés y se le otorga la condición de mera copia. Pero, entre el humor y la ironía, ese supuesto crítico señala una cualidad presente en Sterne («había sin embargo en el fondo de la ingeniosa sátira de éste un interés, una familia, una acción, una novela») que es justamente lo que el lector podría echar de menos en el libro de Nodier. Y sigue así la transcripción de una crítica tan burlona como perspicaz: «En el esbozo insignificante del copista, no veo más que la pesada pereza de un hacedor de frases profesional, que cubre el papel con palabras sacadas al azar de la inagotable lotería de los diccionarios, arrojadas con estrépito por medio de un libro al igual que los dados en las tablas reales». Es decir: Sterne, Nodier, Mallarmé, Tzara... No hay vanguardia sin tradición.

Moisés Mori es profesor de Lengua y Literatura, crítico literario y escritor. Sus últimos libros son Voces de Albania. Lectura en falso de Ismail Kadaré (Madrid, Losada, 2006), De Büchner a Basarov (Oviedo, KRK, 2007), Estampas rusas. Un álbum de Iván Turgueniev (Oviedo, KRK, 2007), Escenas de la vida de Annie Ernaux (Diario de lecturas, 2005-2008) (Oviedo, KRK, 2011), Arte y romance (Oviedo, KRK, 2013) y No te conozcas a ti mismo (Nerval, Schwob, Roussel) (Oviedo, KRK, 2015).

15/05/2017

 
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