RESEÑAS

Los avatares históricos de Prusia

Christopher Clark
El Reino de Hierro. Auge y caída de Prusia, 1600-1947
Madrid, La Esfera de los Libros, 2016
Trad. de Carlo Caranci
940 pp. 39,90 €

Un libro de éxito, The Sleepwalkers. How Europe Went to War in 1914 (Londres, Allen Lane, 2012), ha hecho posible recuperar un trabajo anterior del historiador australiano Christopher Clark. Aquella contribución y la que informa el libro que ahora reseñamos, un formidable recorrido por la historia de Prusia, revelan perspectivas muy distintas. La del primer libro estaba muy apegada a la dramática coyuntura que desembocó en el primero de los dos grandes conflictos del siglo XX europeo; el libro del que se ocupa esta reseña propone, por el contrario, una visión a muy largo plazo de una dinastía, unos territorios y, finalmente, una entidad política de gran peso en el conjunto alemán y europeo. Ambos trabajos pueden definirse por su gran calidad expositiva y de razonamiento en el más puro estilo Cambridge, el resultado del trabajo de uno de los mejores especialistas del momento sobre Prusia y sobre Alemania. Existe un punto de conexión indudable entre ambos libros y un cierto solapamiento en las cuestiones tratadas. Brevemente: las tensiones en el interior de la Alemania unificada, en la que el complejo prusiano, káiser incluido, desempeñaron un papel de primer orden y fueron un elemento capital en el camino hacia 1914. No es esta una razón para no tomar en consideración, de nuevo y con mayor desarrollo, el largo recorrido temporal que Clark reconstruye con solvencia en este libro sobre Prusia.

En la primera mitad del siglo XVII, Prusia no era más que un pequeño Estado monárquico en el complejo de situaciones que definía el Sacro Imperio Romano Germánico, con centro en Viena y los Habsburgo como dinastía gobernante. Dos siglos después, Prusia se había alzado como un Estado territorialmente importante y figuraba de pleno derecho entre el selecto grupo de las potencias que derrotaron a Napoleón Bonaparte y su diseño imperial para Europa y el mundo. En 1870, tras aplastar militarmente de nuevo a la Francia del Segundo Imperio, se levantaría el Segundo Reich alemán sobre las acrecentadas capacidades prusianas y su dinastía reinante. Estamos, pues, ante una historia de éxito: la de la fabricación de uno de los grandes Estados-nación de la Europa contemporánea hasta el presente, una vez recompuesta la unidad alemana con la defunción de la Unión Soviética y el bloque que esta construyó a su alrededor al terminar la Segunda Guerra Mundial. Estas simples constataciones justifican tomarse muy en serio la transformación de aquella mediocre entidad política posmedieval a lo largo de los tres siglos y medio que aborda el libro. Historia de larga duración ciertamente, un tour de force más que notable, resuelto no sólo con habilidad narrativa, sino con un esfuerzo de reflexión notable acerca de las transformaciones prusiana, alemana y europea en el paso del mundo de las monarquías del Antiguo Régimen a los Estados modernos. Para desenvolver esta historia, el libro se divide en tres partes bien diferenciadas: la construcción de la dinastía; la construcción del Estado y, en tercer lugar, la construcción de la nación alemana hasta las dos catástrofes bélicas europeas del siglo XX.

Clark empieza con la historia de los Hohenzollern, la dinastía que con sus capacidades y ambiciones articuló desde el siglo XV un conjunto de entidades aledañas, expandiéndolas contra viento y marea hasta convertirlas en un complejo dinástico de primer orden. Una de las particularidades del mundo articulado en torno la dinastía citada era que, por grandes que fuesen sus ambiciones, formaban parte de un mundo mayor que, de algún modo, subordinaba y limitaba su horizonte expansivo. Hasta el siglo XIX, todos los Estados alemanes, grandes y pequeños, formaron parte del Sacro Imperio Romano Germánico. Construir un espacio propio en el seno de aquella federación sui generis nunca fue sencillo para nadie, tampoco para Estados de cierta dimensión como Baviera o Prusia. En este segundo caso, los territorios de los Hohenzollern que identificamos con facilidad en el mapa presentaban dos dificultades que entorpecían particularmente la operación de dotar de consistencia a sus dominios. La primera consistía en la dispersión y variedad de los mismos. Territorios adquiridos y forjados por las órdenes militares y reforzados a raíz de la crisis de la confederación lituano-polaca (la ciudad universitaria de Königsberg, actual Kaliningrado, es el caso más conocido), territorios de las llamadas marcas teutónicas que configuran la Prusia Oriental y Masuria y, finalmente, Brandeburgo, la parte que constituyó realmente el corazón político y cultural, donde se encuentran las capitales históricas de Potsdam y Berlín. En contra de la presunción infundada de una dinastía germanocéntrica, los Hohenzollern tuvieron que lidiar desde el principio con espacios muy diversos en todos los sentidos. Por si aquella diversidad no fuese poca, la crisis del catolicismo romano en el siglo XVI aumentó hasta lo indecible las tensiones en los territorios sobre los que los reyes prusianos ejercían la soberanía. Si en algún lugar no podía funcionar la máxima Cuius regio reius, eius religio, era en tierras prusianas. Luteranos, calvinistas y católicos poblaron sus dominios, en un reino subordinado, además, a la tutela vienesa, católica y papista. En este contexto de enorme diversidad social y cultural, la habilidad de la dinastía para sobrevivir y fortalecer su posición resultaba crucial. Lo demostró en el siglo XVII, reforzándose todavía más en el Setecientos, cuando, además de actuar y sobrevivir eficazmente en el marco de la convulsa Europa de la Guerra de los Treinta Años, logró introducir un cambio administrativo y militar que convertiría su reino, de verdad, en el llamado «Reino de Hierro».

El cambio tiene nombre propio: Federico II el Grande, monarca que imprime y permite que una cohorte de grandes reformadores imponga reformas que fortalecen el reino en el espacio alemán y en el contexto de la política internacional del momento. El reinado de Federico domina el segundo momento antes citado, cuando a la solidez del designio dinástico se añade el poder de un Estado en proceso de refundación desde su misma raíz, suficiente para sobrevivir a la muerte del gran reformador en la década de los ochenta, después de varias en el trono. Las reformas de aquel monarca de cultura francesa, menos amante del protocolo que de la música, siguieron de manera implacable los patrones de lo que los historiadores conocen como la formación del «Estado fiscal-militar». Al principio se tratará sobre todo de la formación de una burocracia de nuevo cuño, un cuerpo de funcionarios que, gracias a su dedicación, eficacia e identificación con el poder prusiano, fuese capaz de asegurar la transformación del ejército, garantía de independencia del reino, de su peso específico en el conjunto alemán y de su expansión fronteriza. Dos momentos señalan este camino nada rectilíneo. El primero son las tres guerras de Silesia, que terminan con la sumisión de esta a la soberanía prusiana. El segundo, y mucho más importante, se refiere al papel de primera potencia militar que Prusia desempeña por primera vez durante la Guerra de los Siete Años (1757-1763), a pesar de las derrotas que los ejércitos del imperio habsbúrgico, aliado con los franceses, infligen a los prusianos más de una vez. Aliado de Gran Bretaña en aquel conflicto, Federico II concentra sus tropas y sus ambiciones políticas y territoriales en objetivos en apariencia limitados. De este modo será capaz de contrarrestar la obsesión de María Teresa de Austria y su ministro, Wenzel Anton Kaunitz, de devolver a Prusia a la condición de Estado satélite, esto es, la de Brandeburgo cien años atrás. Como señala Clark con ironía, la ventaja de los prusianos radicaba en su aislamiento, en el medido alcance de sus ambiciones. Esta relativa modestia no impedirá que la Revolución en Francia y el ascenso de Napoleón pongan a prueba la solidez de la construcción que Federico el Grande y su hijo Federico Guillermo habían pugnado por imponer.

El desarrollo de un Estado burocrático y militarizado desembocó en resultados inesperados para la propia aristocracia asociada a la monarquía prusiana, una parte de cuyos efectivos estaba constituida por la nobleza terrateniente al este del Elba: los conocidos como junkers. El principal: la emergencia en la escena berlinesa ‒y no sólo berlinesa‒ de un conspicuo grupo de funcionarios decididos a seguir reforzando el poder del Estado, aunque no a cualquier precio. Admiradores muchos de ellos de la enemiga Francia, adversarios decididos del designio imperial de Napoleón en tanto que patriotas prusianos y alemanes, no desdeñarán imitar los logros igualadores (más que igualitarios) de este, promoviendo reformas en la educación a todos los niveles e incorporando a estratos de la población de origen modesto al servicio del Estado. De este modo empezó a formarse una casta funcionarial que puede considerarse la primera de aquel estilo en el continente. La promueven Karl Freiherr vom Stein y Karl August von Hardenberg desde la cúspide del Estado, al tiempo que los hermanos Humboldt aprovechan la mejora de la instrucción primaria para establecer un estilo universitario desembarazado de la tutela de la Iglesia, incentivador de la investigación y el seminario crítico, ambas cosas piedras angulares de un cambio irreversible. Las ventajas para la monarquía eran indudables, siempre y cuando estuviese ella misma dispuesta a situarse como vanguardia del cambio y como garantía última del patriotismo alemán de nuevo cuño que asciende con el cambio de siglo y en la lucha contra las tropas francesas que habían derrotado a los Habsburgo y ocupado una parte significativa de tierra alemana. Tampoco faltaban inconvenientes. El orden y equilibrio tradicional se había visto seriamente alterado, empezando por el papel arbitral de los Habsburgo vieneses, el imperio barrido por las tropas francesas y por la amenaza rusa que se proyecta desde entonces sobre parte de su territorio.

Lo que vino a suceder mientras se ahondaba el ciclo revolucionario era fácilmente previsible. En síntesis, entre la derrota napoleónica, la fantasía de una reconstrucción del viejo orden en el Congreso de Viena de 1815 y la «primavera de los pueblos» del marzo prusiano y alemán de 1848, emergerá un potente movimiento nacional que condicionará tanto el comportamiento de la dinastía que sigue gobernando desde Berlín como el horizonte de las burguesías ascendentes en muchas ciudades que ven en Prusia el garante del proyecto mismo de una nación alemana. Con dos disidentes declarados, que no aceptarán que los destinos alemanes comunes se fundan desde arriba a impulsos de una de sus partes. El primer disidente es obvio: la recuperada Austria de Klemens von Metternich no puede claudicar ante un desplazamiento tan brutal del viejo orden sin decir algo al respecto. Con esta pugna de fondo, Francisco José I de Austria caerá en la trampa que le tiende el canciller Otto von Bismarck en 1864, cuando la pugna con los piamonteses es más grande que nunca: una guerra con Dinamarca por los ducados de Schleswig y Holstein, con la derrota de los daneses y la cesión del segundo a los austríacos. El segundo y emblemático caso es el de Baviera, reino sólido con una capital potente, que jamás disolvió su identidad separada y su independencia en el proyecto que, desde el norte, se perfila como la viga maestra de una Alemania unificada. A partir de 1815 Prusia se convierte, por todo ello, en una ambigua potencia: el gendarme alemán y al mismo tiempo el espacio de una tensa transformación económica y social. Un cambio histórico que permite, de una parte, sostener el poder de los junkers o terratenientes de la Prusia Real y Pomerania y, por otra, el lugar (aquella Silesia que tanto había costado asimilar) de una transformación industrial y minera que deriva en conflictos sociales (reflejados en Los tejedores (1892), el célebre drama social de Gerhart Hauptmann), al tiempo que permite la construcción de una pionera red de ferrocarriles y encauza y facilita una segunda transformación tecnológica del ejército (el fusil de aguja) en una agresiva carrera frente a las innovaciones francesas.

La suma de todos estos cambios se resolverá en un modelo que, nuevamente, no puede encajarse en la idea francesa de la Grande Nation, la trituradora de provinciales, patois y «arabes» entre 1830 y el cambio de siglo. No era una cuestión de sentimientos: era cuestión de realidades. ¿Cómo definir la complejidad de identificaciones superpuestas en un patriotismo alemán de nuevo cuño, al mismo tiempo prusiano, bávaro, alemán e imperial? ¿Un patriotismo que unía a los alemanes luteranos y calvinistas del norte con los alemanes de obediencia católica y, algunos de ellos, habsbúrgica? Clark da buena cuenta de esta complejidad con sobrado conocimiento en los capítulos dedicados al siglo XIX, a las guerras, a los proyectos nacionales y la competencia entre Estados en suelo culturalmente alemán. Con todo, Prusia es el centro de la gran paradoja: el reino garante del nacionalismo alemán que sigue siendo al mismo tiempo un diseño dinástico y, como tal, acabará asumiendo el doble papel de fundamento, freno y, en cierto modo, víctima del diseño político del Kaiserreich tras la gran victoria sobre Francia dene 1871.

En efecto, la unificación alemana se resolvió integrando a la monarquía prusiana en un modelo federal, y sublimado como un genuino imperio en construcción. Este modelo era una condición obligada por la dificultad de integración de entidades políticas de distinto signo que, de otro modo, no se hubiesen sentido cómodas en el seno de una mera dinámica expansiva de la Prusia victoriosa. Las identidades en cuestión eran de distinto signo. El reino de Baviera había jugado hábilmente sus bazas entre Berlín y Viena, recreando el prestigio de su propia dinastía y capital con indudable éxito. Estaban, además, otras entidades menores también independientes hasta entonces, como Wittemberg, por ejemplo. A aquel rompecabezas de Estados de tamaño diverso se les sumaron las ciudades hanseáticas, irrelevantes territorialmente, pero muy importantes como bazas económicas y que garantizaban una más convincente salida al mar de un imperio volcado hasta entonces hacia Europa Oriental y Central. Hamburgo era además el centro de una sólida tradición burguesa y liberal, una capital en sí misma y un centro de relación con el mundo. El Reich alemán, en consecuencia, debe verse más como una suma de piezas muy diversas que como una unidad teleológicamente ordenada. Sólo con un diseño de orden federal y descentralizado, más una cobertura imperial pangermana, aquel conjunto diverso de piezas podía prosperar en la ardua competencia internacional de la época. Un imperio, además, que en su fundamento precisó temperar el conflicto, suscitado por el propio canciller Bismarck, de una hegemonía luterana abusiva. Por esta razón, por el riesgo de desestabilización de un gran Estado-nación en su infancia, la política laicista y anticatólica de la llamada Kulturkampf (lucha cultural, en sentido literal), tuvo que abandonarse en beneficio de otras formas de integración de un conjunto de unidades políticas y sociedades diversas.

En este punto, quizás el único, se echa en falta una consideración más atenta a uno de los aspectos clave de la integración del segundo Reich. En síntesis: la presentación de su carta de admisión en el club de las grandes naciones de la época, el de las naciones con imperio. No es que Clark no se refiera a esta dimensión en absoluto. Lo hace de forma interesante pero tangencial, a propósito, por ejemplo, del genocidio por hambre de los Herero de Namibia, pueblo guerrero que obstaculizaba la penetración alemana en África Suroccidental (la actual Namibia). El designio imperial alemán se adaptó muy rápidamente a los imperativos de las naciones imperiales. En el orden interno, integró eficazmente entidades políticas muy diversas, desde monarquías enteras hasta la federación de ciudades marítimas del Mar del Norte, concediendo poco espacio a una hipotética y arriesgada prusianización del conjunto. La complejidad y habilidad del acomodo panalemán fue generoso con los pequeños Estados que se integraban en el Reich; los perdedores hay que buscarlos en otros lugares, dentro y fuera de Europa. En definitiva, no todo el mundo podía formar parte de un grupo tan exigente y exclusivo. A España, por ejemplo, viejo imperio donde los hubiere, no se la admite en la Conferencia Colonial de Berlín auspiciada por Bismarck en 1884-1885. Se le reserva el papel de víctima seleccionada, junto a otras, para que proporcionen los pedazos de pastel que los demás se repartirán cual aves de rapiña. Aquella fórmula de reconocimiento entre los grandes ‒la capacidad de colonización efectiva sobre otros pueblos‒ se volverá contra los propios alemanes en 1918, cuando las naciones ganadoras de la Gran Guerra, Francia y Gran Bretaña, se repartan las posesiones tan rápidamente conquistadas por ellos en África y Oceanía para redondear así sus imperios mundiales.

Conviene añadir algo más. Hoy somos más conscientes que unas décadas atrás de la estrecha relación entre los hábitos imperiales en casa y lejos de casa. Y una nueva generación de historiadores alemanes (me remito sin más a Sebastian Conrad como ejemplo de este esfuerzo) han reintroducido el factor imperial y colonial con fuerza en el pasado reciente de su país. Sin necesidad de confundir factores con fundamentos y lógicas distintas, reconocemos en el ascenso del antisemitismo, en la continuada acción colonial en las llamadas «marcas» y en el trato y los arquetipos que en la Prusia Oriental se otorgaron a los campesinos polacos, el contrapunto de la expansión germánica fuera de Europa. Frente a las viejas ideas de un camino alemán siniestro y solitario, el germen del proyecto del Kaiserreich y su materialización, sellando un nuevo horizonte para un nacionalismo supraestatal, no es excepcional. Todo lo contrario: el esquema que sigue la Alemania recién unificada se encontraba plenamente inserto en las corrientes ideológicas y culturales de la época. El autor es taxativo, con razón, a la hora de evitar teleologías que acaban sosteniéndose en el uso y abuso del anacronismo y en el recurso fácil a la idea de un carácter nacional que jamás existió como algo inmutable.

Si los territorios por los que avanza la construcción de la nación unitaria alemana no son excepcionales, algunas de las piezas con que ésta se construyó llaman poderosamente la atención. En efecto, aquel viejo reino tan trabajosamente construido aportó a la etapa republicana de Weimar una tensión de primer orden una vez que el último monarca se exilió al reino vecino de Holanda tras el fiasco de 1918. Reclamar de nuevo a George Grosz para ilustrar aquella violencia contenida es relevante, sin duda, pero no es suficiente. Por el abismo de aquel conflicto, Europa avanzará con paso seguro y rápido hacia la mayor catástrofe del siglo. Llegó a través de un proceso de lucha descarnada de proyectos políticos, de lucha de clases igual de descarnada, que hará embarrancar el proyecto reformista y republicano de Weimar. No por casualidad, el espacio de soberanía prusiana constituyó la cuna del socialismo alemán y el mayor bastión socialdemócrata y será, al mismo tiempo, el lugar donde emerja uno de los más potentes movimientos reaccionarios del siglo XX europeo, el nacionalsocialismo, un revolucionarismo derechista que sintetiza la entera tradición contrarrevolucionaria prusiana y alemana del siglo XIX. Las claves que El Reino de Hierro proporciona son vitales para entender tanto la catástrofe final como los factores que podrían haberla evitado de no mediar el sonambulismo de toda una generación de alemanes y europeos.

Josep M. Fradera es catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat Pompeu Fabra. Sus últimos libros son Colonias para después de un imperio (Barcelona, Bellaterra, 2005), La pàtria dels catalans. Història, política, cultura (Barcelona, La Magrana, 2009) y La nación imperial (1750-1918). Derechos, representación y ciudadanía en los imperios de Gran Bretaña, Francia, España y Estados Unidos (Barcelona, Edhasa, 2015).

25/09/2017

 
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