ARTÍCULO

Zapatero, al descubierto

 

Libro de aeropuerto: así, con un indisimulado tono despectivo, he oído calificar a algunos amigos, en su mayoría cercanos al Partido Socialista Obrero Español, la obra de Joaquín Leguina que me propongo comentar. Otros, de la misma disciplina partidaria, aunque menos piadosos –o, si se prefiere, más sectarios–, hablan pura y simplemente de ajuste de cuentas para expresar su convicción de que el autor no habría hecho otra cosa que destilar hiel por sus heridas, que serían las de quien se habría visto ninguneado por el dirigente del PSOE, al que convierte en blanco de sus críticas. Comenzaré, pues, por decir que no tengo inconveniente en aceptar como punto de partida lo que resulta claro como el agua. En primer lugar, que el libro de Leguina se vende en los aeropuertos (lo que, sin duda, es una buena noticia parea su editor y para él) y que, para alcanzar ese objetivo de ventas, el autor ha debido renunciar a hacer una obra diferente, más compleja de planteamiento y desarrollo, de la que ha decidido ofrecernos, caracterizada por una mayor ligereza de contenido y por ser muy fácil de leer, al ir dirigida a un público más amplio que aquel –cada vez menor– que opta por los sesudos ensayos, tan necesarios como difíciles, por desgracia, de vender.

Pero, ello admitido, es necesario resaltar, en todo caso, que Historia de un despropósito ni es un libro de cotilleos políticos (aunque, inevitablemente, incluya algunos), ni, mucho menos, una de esas obras inanes que, presentadas bajo la respetable vitola de memorias, constituyen en realidad una mera sucesión, generalmente insufrible, por mortalmente aburrida, de hechos que van encadenándose con el único objetivo de poner de relieve lo brillante que ha sido quien los cuenta y lo importante que ha resultado su labor, generalmente considerada por el protagonista de turno como completamente indispensable para la salvación de su país. Las supuestas memorias de José Luis Rodríguez Zapatero (El dilema. 600 días de vértigo, Barcelona, Planeta, 2013), aparecidas al mismo tiempo que la obra de Leguina, encajan a la perfección en ese modelo de relatos, de tono descaradamente salvífico, que sólo acaban interesando de verdad a quienes salen en sus páginas, que acuden raudos al índice de nombres a comprobar si han resultado bien parados o han hecho brutta figura, como, con expresión inigualable, dicen en Italia. Leguina ha escrito un libro para un público muy amplio, es verdad, pero esto no le resta ni un ápice de interés para entender el profundo significado político de los ocho años durante los cuales Zapatero permaneció al frente del Gobierno del país y, por tanto, para comprender bastantes de las claves de la crisis de caballo que hoy atraviesa el PSOE. La voluntad del autor de llegar a tanta gente se traduce, eso sí, en una narración que opera sobre un eje esencialmente cronológico, lo que obliga al lector a organizar sus propias conclusiones, labor esa que, desde luego, Leguina no le facilita, al ser la suya una obra mucho más descriptiva que analítica. Por decirlo de otro modo, los recurrentes fogonazos de análisis político de fondo que recorren Historia de un despropósito desde su principio a su final permiten al lector sacar conclusiones relevantes, pero ha de ser el lector quien las ordene por su cuenta para reconstruir la tesis central que Leguina pretende demostrar. Esa es la razón por la que en esta reseña intentaremos echarle una mano a ese respecto a quien ya haya leído el libro o a quien, quizás animado por lo que ahora contaré, opte finalmente por hacerlo.

Pero dediquemos antes un par de reflexiones a la acusación de que el texto de Leguina es el (sucio) ajuste de cuentas de un exdirigente del PSOE que no se habría visto favorecido, sino todo lo contrario, por los máximos dirigentes de aquel entre 2004 y 2012. Como quien esto escribe no es amigo del autor, pese a haber coincidido gustosamente con él en varias ocasiones, no estoy en condiciones ni de confirmar ni de negar rotundamente ese juicio de intenciones. Existen, en todo caso, dos hechos que me parece relevante subrayar. Por un lado, que, más allá de la disciplina de partido, el militante socialista Joaquín Leguina lleva muchos años pensando por su cuenta, lo que indica al menos que tiene capacidad para hacerlo y coraje para expresar sus opiniones. Un profesor de la Facultad de Derecho de Santiago, pintoresco en sus juicios, que hoy serían de una incorrección política flagrante, exigía a los alumnos hace años, antes de entrar en sus exámenes, gozar de las cualidades de la bipedestación y de la palabra articulada. Pues bien, aunque no seré yo quien discuta que todos los militantes de partido gozan en España del primero de esos atributos, está lejos de poder demostrarse de un modo incontrovertible que la palabra articulada (o, al menos, la voluntad de ejercerla) adorne a los políticos de forma general, siendo, como son, prácticamente mudos muchos de los que han alcanzado puestos relevantes sin casi tener que decir ni esta boca es mía. El caso del propio Rodríguez Zapatero, que desempeñó muchos años el relevante cargo de diputado en el Congreso sin que casi nadie, fuera de su casa y, ¡seamos generosos!, de su circunscripción electoral, supiera de su existencia, podría servir, de nuevo, como ejemplo inmejorable para dejar constancia de la existencia de ese arte de subir y subir sin abrir jamás la boca.

Leguina lleva hablando bien alto desde hace mucho tiempo, lo que significa que ya lo hacía cuando estaba en el poder orgánico y/o institucional, por lo que probablemente es nada más que una bajeza acusarlo ahora de hacer por motivos innobles lo que lleva haciendo desde hace mucho por razones que no pueden calificarse así de ningún modo. Pero es que hay más: hay más, sí, pues incluso en el caso, que no comparto, de que el expresidente de la Comunidad de Madrid y exsecretario general de la Federación Socialista Madrileña (FSM) no se expresase en su nuevo libro más que por las heridas que le habrían causado la circunstancia de que, pese a una larga experiencia partidista y de gestión, su partido lo hubiese tratado como a un quídam tras la llegada al poder de Zapatero, lo cierto es que nada de ello tendría por qué significar automáticamente que en lo que afirma en Historia de un despropósito carezca Leguina de razón. Fue, como es sabido, Bernard Mandeville quien, ya a principios del siglo XVIII, puso en directa relación los vicios privados con las públicas virtudes. Aunque no seré yo quien diga que los unos se traducen en las otras de forma sistemática, creo que tampoco es sostenible que, con carácter general, los primeros sean de todo punto incompatibles con las segundas.

Leguina lleva hablando bien alto desde hace mucho tiempo

Aclarado, en consecuencia, lo que me parece indispensable constatar desde el principio para no desanimar a los lectores a dedicarle su tiempo a un libro que creo lo merece –pues no es, ni de lejos, un ejemplo de frivolidad intelectual nacido de una venganza personal, como algunos se empeñan en decir–, trataré ahora de explicar el hilo argumental que lo recorre, esencial, a mi juicio, para entender las consecuencias últimas de la desastrosa experiencia política del zapaterismo y para darse cuenta de la situación de extrema gravedad en la que hoy se encuentra el partido al que el dirigente socialista llevó, según recuerda Leguina en el subtítulo de su libro, a una derrota tan clamorosa como merecida. Esto último, claro está, lo afirmó yo.

Historia de un despropósito se presenta, a simple vista, como un recorrido por la historia de la experiencia política que protagonizó José Luis Rodríguez Zapatero desde su llegada, primero a la secretaria general del PSOE y, más tarde, a la presidencia del Gobierno. El libro se organiza, de hecho, con un criterio temporal, en cuatro partes, dedicadas respectivamente al ascenso de Zapatero a la secretaría del PSOE y a su inicial labor de oposición, al primer período de Gobierno del leonés, a su segunda legislatura tras la renovación de la mayoría electoral en 2008 y a la fase final, ya de clara descomposición del ejecutivo y del partido que lo sostenía en el Congreso, con un brevísimo epílogo sobre los problemas pendientes que los socialistas tienen ante sí. Ello no quiere decir, sin embargo, según lo indica Leguina con toda claridad, que el libro constituya un mero «relato cronológico siguiendo el calendario de los acontecimientos y las decisiones que fue tomando el Gobierno de Zapatero y el partido que él lideraba». El objetivo del libro –y son de nuevo palabras de su autor–, es «trasladar al lector una visión crítica de esas decisiones y de sus consecuencias» en la medida en que unas y otras, lejos de ser arbitrarias, «respondían casi siempre a una visión de la política y del mundo; en suma, a una ideología» (p. 67). Es, en realidad, a desvelar los diferentes perfiles de esa ideología, que en la obra se etiqueta como el nuevo socialismo, para dejarla al descubierto mediante una devastadora cirugía, a lo que se apresta, bisturí en mano, el antiguo dirigente socialista, cuya línea argumental puede reconstruirse con arreglo al esquema que trataré de exponer seguidamente de un modo que facilite la comprensión de las tesis de fondo del autor.

I

Leguina parte de un hecho, desde su punto de vista, decisivo: que la llegada de Zapatero y los suyos al puesto de mando del PSOE y, desde ahí, atentado del 11-M por medio, a la dulzura del poder en la Moncloa, significó el inicio de un proceso de ruptura con el pasado inmediato del PSOE (para entendernos, con la experiencia de Gobierno felipista y con los muchos dirigentes socialistas que habían participado en ella sin acabar enfangados en los lodos de la corrupción política) en la que lo nuevo (en las ideas, los mensajes y hasta en ¡«los peinados y los trajes»!) pasaría de inmediato a convertirse en una verdadera religión, lo que dio lugar a que los miembros del «antiguo testamento» fueran objeto de una impía «escabechina». El principal efecto de esa forma apresurada de enfrentarse a una experiencia de poder inesperada iba a consistir en eso que ya entonces sus críticos denominaron adanismo (pp. 27-28 y 42): el convencimiento, tan soberbio y berroqueño como ingenuo, de que nada (o muy poco, en todo caso) de lo hecho en España con anterioridad a la venida de Zapatero merecía una valoración realmente positiva, de modo que la misión histórica de los nuevos inquilinos del poder (que, por definición, acaban considerándolo no como un arriendo, sino como una propiedad) era ponerlo todo del revés, única forma de recolocarlo, a la postre, del derecho.

Ese adanismo tuvo, claro, diversas traducciones y variadas consecuencias (por ejemplo, el revisionismo de la idea de la Transición como un éxito del conjunto del país y el comienzo de su visión como un triste ejemplo de entreguismo de las fuerzas democráticas a la derecha franquista y a los poderes fácticos: p. 81), pero la que merece a mi juicio destacarse de cuantas subraya Leguina en su Historia de un despropósito es la que iba a concretarse finalmente en la formulación de una nueva estrategia socialista «con la cual se pretendía hacer de la necesidad virtud» (p. 65). ¿De dónde nacía tal necesidad? Es evidente: del hecho de que, tras las elecciones de 2004, Zapatero había obtenido una mayoría parlamentaria muy insuficiente para gobernar en solitario (164 diputados), lo que lo forzó a buscar apoyos externos en la Cámara con los que poder garantizar la estabilidad de su Gobierno. Aunque siempre que, antes de 2004, se había dado esa misma circunstancia (en el segundo mandato de Adolfo Suárez, el último de Felipe González y el primero de José María Aznar) los presidentes en minoría habían dirigido de inmediato su cortejo hacia lo que entonces se denominaba el nacionalismo moderado (CiU y PNV), Zapatero no miró a su derecha, sino a su izquierda y buscó apoyos en ERC e IU, grupos a los que se sumaron después coyunturalmente otras minorías. Esa opción, muy pronto presentada como una parte esencial de la política de la supuesta nueva izquierda que estaba construyéndose, fue la consecuencia, en realidad, de lo que creo que podría denominarse el condicionante catalán. En efecto, pocos meses antes de la victoria del PSOE, se habían celebrado elecciones en Cataluña (el 16 de noviembre de 2003), con un resultado que iba a influir de un modo decisivo –y profundamente negativo en opinión del autor, que comparto plenamente– en el futuro desarrollo de la política española. Artur Mas ganó las autonómicas de 2003 con una corta mayoría parlamentaria de cuarenta y seis escaños, pero un acuerdo entre PSC (42), ERC (23) e ICV-EUiA (9) dio lugar a la formación de un gobierno tripartito, tras la firma de un pacto, el del Tinell, en el que, entre otras cosas, se acordó establecer en Cataluña un auténtico cordón sanitario frente al Partido Popular: «Un gobierno que nunca existió –escribe Leguina sobre él–, pues el tripartito no se dedicó a gobernar, sino a otras cosas, empezando por impulsar aquel nuevo Estatuto de Cataluña que se mostró como un arma de destrucción masiva, pues dejó tras de sí sólo ruinas personales y políticas, problemas sin resolver y frustraciones de todo tipo» (p. 38). Así las cosas, el pacto de gobierno cerrado en 2003 en Cataluña, primero, y el que sería después su derivación directa –el que acordaba Zapatero con partidos que no sólo estaban situados a la izquierda del PSOE, sino que rechazaban con toda claridad el modelo descentralizado de organización autonómica nacido de la Constitución, al estar a favor del derecho de autodeterminación–, tuvieron, según Leguina, tres consecuencias fundamentales, todas muy relacionadas entre sí y todas profundamente negativas para el futuro, no sólo del proyecto socialista, sino de España entera.

Carod Rovira anuncia el pacto de gobierno para Cataluña

La principal fue, sin duda, el creciente apoyo del nuevo socialismo a la ideología (en materia de normalización lingüística, por ejemplo) y las reivindicaciones de los nacionalistas, entre las que acabaría por destacar el impulso a la segunda descentralización, impulso que iba a encontrar su principal manifestación en el apoyo al nuevo Estatuto catalán. En cuanto a lo primero, los socialistas aceptaron en Cataluña «tratar al castellano como si fuera una lengua impuesta por la fuerza» (p.112), lo que se repetiría también en otros territorios, como Galicia (donde en 2005 se formó un gobierno bipartito con los nacionalistas) o las Islas Baleares (donde se hizo lo propio a partir de 2007). Por lo que se refiere a lo segundo, es decir, a esa llamada segunda descentralización, que se convirtió en bandera compartida entre el nuevo socialismo y los nacionalistas, Zapatero acabó asumiendo con una soberbia digna en verdad de mejor causa que «España no estaba “cuajada” [por lo que] él se dispuso a “cuajarla”» (p. 113). Esa confluencia con los nacionalistas, puramente táctica, en la medida en que aparecía como la forma de alcanzar el Gobierno en los territorios autonómicos donde otros habían ganado las elecciones sin mayoría absoluta (CiU en Cataluña en 2003 o el PP en Galicia y Baleares en 2005 y 2007, respectivamente), pronto se teorizó como una línea estratégica esencial del nuevo socialismo, lo que estuvo en el origen de una segunda consecuencia de la decisión de Zapatero de gobernar con el apoyo externo de ERC e Izquierda Unida: el PSOE y sus federaciones territoriales renunciaron, sin pensarlo, a su vocación como fuerzas políticas que aspiraban a gobernar en solitario con una mayoría suficiente para hacerlo, convirtiendo de nuevo en virtud (la confluencia supuestamente progresista con los nacionalistas) lo que no era sino efecto de la necesidad de buscar apoyos ante la imposibilidad de ganar con amplias mayorías, imposibilidad que se derivaba de la renuncia socialista a competir en el espacio electoral de centroizquierda en el que los socialistas habían sido hegemónicos durante el período previo a la debacle final del felipismo. Es lo que el autor califica, ya en las páginas finales de la obra, al analizar el desastre electoral socialista en las generales del año 2011, como «la fábula de que los votos del PSOE se dispersan entre la abstención y otras opciones de la izquierda, pero nunca van a la derecha» (p. 200).

¿Cuál fue el corolario final de todo ello? Leguina no parece tener duda, como no la tiene, tampoco, quien firma esta reseña: la decisión de expulsar al PP del espacio de los partidos democráticos, insistiendo en que los populares se situaban en el ámbito político-ideológico de la derecha extrema de la que tanto le gustaba hablar a la entonces vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega. Fue lo que, citando palabras textuales del escritor Muñoz Molina («Notas escépticas de un republicano»), recogidas por el historiador José Varela Ortega (Los señores del poder, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2013), nuestro autor caracteriza como la «insensata voluntad de expulsar al adversario de la Comunidad democrática» (p. 121): «El “virtuoso” objetivo estratégico –con el cual nunca pude comulgar– consistía en aislar y echar a las tinieblas exteriores al PP, partido en torno al cual se pretendió construir un “cinturón sanitario” mediante una imagen virtual, según la cual sus miembros no representaban a ninguna derecha democrática, sino que eran los restos del franquismo; por eso era necesario oponer al PP un “bloque de progreso”, en el que se incluyó, aparte de IU, a todos los nacionalismos que se prestaron a ello, desde el Bloque Nacionalista Galego (BNG) a Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Esta fue a mi juicio –concluye Leguina– una decisión de grandes efectos perversos, pues no hay que ser un lince para comprobar que los posibles socios nacionalistas estaban –y están– muy lejos de cualesquiera proyecto de Estado». La conclusión del autor respecto de los efectos finales de esa estrategia socialista no es menos clara que su duro juicio sobre ella: «Con tales mimbres sólo se podía hacer un recipiente lleno de agujeros, y por esos agujeros se fue buena parte del crédito político del PSOE» (pp. 65-66).

Como no podía ser de otra manera, esta revolucionaria estrategia del nuevo socialismo (confluencia con los nacionalistas, renuncia a un proyecto partidista autónomo y mayoritario y exclusión del PP del campo democrático) condicionó de una manera decisiva la agenda del Gobierno socialista durante su primera legislatura y una parte de la segunda, hasta que las duras réplicas de la crisis económica hicieron que el presidente se cayera literalmente del caballo camino de la renovación de su poder. Ciertamente, «los mismos que venían sosteniendo que el PP era el franquismo» optaron por diseñar «toda una estrategia para “aislar a la derechona” (pacto del Tinell, gobiernos de progreso con independentistas, ley de la memoria histórica y un largo etcétera). Una estrategia sectaria –concluye Leguina– que no ha traído sino desgracias al país y al PSOE» (p. 201).

Buena parte del libro la dedica su autor, precisamente, a criticar esa agenda del nuevo socialismo, que, además de los temas ya apuntados y otros más (la modificación de la ley del aborto y el cambio en la política hidráulica, por ejemplo), incluyó dos asuntos esenciales: la negociación con ETA y el decidido apoyo al nuevo Estatuto catalán. El giro en la política antiterrorista, que llevó a Zapatero a «repudiar una de las mejores cosas que había hecho» estando todavía en la oposición (la Ley de Partidos, norma que «fue el principio del fin de la matanza»: pp. 44 y 46), se tradujo no sólo en un acercamiento al discurso ideológico de los nacionalistas vascos sobre la existencia del célebre conflicto, sino también en el convencimiento de Zapatero de que podría pasar a la historia como «el pacificador de Euskadi». De este modo, escribe Leguina, «durante su última legislatura, Zapatero escenificó un auténtico baile de disfraces, con la ayuda impagable del Tribunal Constitucional y de su presidente, Pascual Sala, quien acabó legalizando a los proetarras y asistiendo a su entrada triunfal, primero en los municipios vascos y más tarde en el parlamento de Vitoria» (p. 158). Ello fue la consecuencia –y el autor no deja de apuntarlo, sumándose a una tesis que entonces muchos compartimos– de una política del Gobierno que consistió en jugar con dos barajas, asumiendo como cierto el craso error de que su llamada política de paz, consistente en negociar de política con ETA, podría conducir al final de la banda terrorista: por eso «el fallo del Tribunal Constitucional a favor de Bildu dejó al PSOE –y en vísperas electorales– rodeado de algo más que sospechas, según las cuales sus dirigentes y el Gobierno habían estado jugando esa partida, desde el inicio, con cartas marcadas: por un lado, apoyando y usando los informes de las Fuerzas de Seguridad del Estado para que la Abogacía del Estado y la Fiscalía argumentaran en contra de la ilegalización de los batasunos y, por otro, reservándose unos ases en la manga (los magistrados del Tribunal Constitucional que votaron en contra de la resolución del Tribunal Supremo) para hacer entrar por esa vía del Tribunal Constitucional a los independentistas radicales en las instituciones» (p. 159).

Era necesario oponer al PP un “bloque de progreso”, en el que se incluyó, aparte de IU, a todos los nacionalismos que se prestaron a ello

Al asunto del Estatuto catalán, en gran medida causa y, al tiempo, consecuencia de los desvaríos populistas y filonacionalistas de un PSOE que acabaría por renunciar a elementos esenciales de su trayectoria entre 1977 y 2004, dedica el autor gran parte de su obra, con consideraciones que salpican sus páginas desde el principio hasta el final. Pero las ideas esenciales de Leguina a ese respecto (que este comentarista, por haberlas expresado de una u otra forma en diversas ocasiones, no puede más que compartir) son fácilmente resumibles. Empezando por la constatación de que fue Maragall quien impulsó inicialmente la elaboración de un nuevo Estatuto que «nadie reclamaba salvo él» (p. 36), Estatuto que acabaría por contradecir lo aprobado por el PSOE en su documento de Santillana del Mar en materia de política territorial (p. 37); siguiendo por el hecho de que el proyecto de la llamada España plural, que encontró en el Estatuto de Cataluña su piedra fundadora, y que suponía un cambio sustancial de la ordenación autonómica de España, no figuró para nada en el programa electoral con que el PSOE se presentó a las elecciones del año 2004 (pp. 51-52); y acabando con la constatación de que, desde el primer momento, la elaboración de una nueva norma estatutaria para Cataluña representó «un camino hacia ninguna parte» (p. 62), «una desgraciada aventura» y «la mayor locura política acometida por el PSOE, al menos, desde 1934» (p.117) por ser aquella norma «una monstruosidad jurídica y política» (p. 240) que no tenía más objetivo, según lo proclamaría en su día el propio Maragall, que «la desaparición del Estado central en Cataluña» (p. 119).

Pero las críticas de Leguina no se detienen en la irresponsabilidad que supuso impulsar una norma que nadie exigía ni se había ofrecido en el programa y que acabó siendo un dislate, sino en la delirante estrategia que, por meros intereses partidistas, llevó a Zapatero a favorecer su aprobación en las Cortes Generales cuando aquella había ya encallado en el Parlamento catalán, momento en el cual «Rodríguez Zapatero llamó a Mas a la Moncloa y consiguió desatascar el asunto» (p. 118). Con ser malo, lo peor de todo, sin embargo, no residirá, según Leguina –con quien vuelve a ser difícil discrepar en este punto–, en lo que acaba de apuntarse, sino en que esa política insensata en relación con el Estatuto catalán, expresión de un giro histórico respecto de los nacionalismos, no sólo redujo a cenizas al PSC desde el punto de vista electoral (los socialistas catalanes perderían votos y escaños en todas y cada de las elecciones autonómicas celebradas desde 1999: las de ese año y las de 2003, 2006, 2010 y 2012: p. 128), sino que terminó por dar lugar a «un gran malentendido, una grave confusión, que afectó y sigue afectando sobre todo a los socialistas» (p. 119). ¿De qué se trata? Pues de que la apuesta a favor de un Estatuto jurídicamente inconstitucional y políticamente descabellado iba a estar en el origen de una creciente confusión del PSOE en una materia tan esencial para el futuro del país como es la política en materia de organización territorial. De los polvos de esa confusión surgirían luego los lodos de la apuesta en favor del llamado derecho a decidir (metáfora pretendidamente tranquilizadora con la que los nacionalistas se refieren al derecho de autodeterminación) que mantuvo el PSC durante buena parte del año 2013 (pp. 264-271), una apuesta a la que los socialistas catalanes acabarían al fin por renunciar, no sin que antes aquella hubiera provocado un gravísimo desencuentro con el PSOE y una ruptura interna del socialismo catalán, cuyos últimos ecos pueden sentirse todavía cuando se escriben estas líneas.

El PSOE y el PSC no encontraron, en tal contexto, otra forma de superar ambos conflictos que formular una alternativa territorial que Leguina califica con la claridad que a mi juicio se merece: que «en lugar de dejar clara la posición del PSOE ante las disparatadas demandas nacionalistas, la dirección del PSOE ha preferido acogerse a dos entelequias: el melifluo documento “federalista” aprobado en Granada y una confusa “reforma” constitucional que, en palabras de Ramón Jáuregui, pretende “dar carta de naturaleza a las singularidades o hechos diferenciales que explican la España plural”, anunciando así un calvario parecido al que el tándem Zapatero-Maragall impuso a todos los españoles con el nuevo Estatuto catalán… Y todo eso, ¿sólo para encajar al PSC dentro del PSOE?» (pp. 269-270). ¿Conclusión final? La de Leguina en esta esfera es evidente: que lejos de solucionar para dos o tres generaciones el problema territorial, objetivo que un soberbio Zapatero afirmaba perseguir, la política desarrollada desde el Gobierno y el PSOE entre 2004 y 2011 no hizo sino agravarlo hasta los extremos que pueden comprobarse con sólo leer cualquier día cualquier periódico de España (p. 212).

II

Llegados a este punto, la pregunta que muchos lectores se habrán quizá formulado es elemental: ¿cómo fue posible que la nueva dirección socialista pudiera dejar fuera de juego a la elite más veterana y preparada del PSOE y fuese capaz de imprimir tal giro histórico en la posición política e ideológica del partido en relación con algunas de las cuestiones esenciales que conformaban su ideario y la estrategia política que se había mantenido hasta 2004 en coherencia con aquel? A responder esta pregunta dedica Leguina la otra parte más interesante de su libro, que no es tal, como ya en su momento se apuntó, pero que puede reconstruirse con diferentes reflexiones que aparecen en él desperdigadas. La tesis del autor es que la consolidación del nuevo socialismo fue posible por una combinación fatal entre la profesionalización política de los nuevos dirigentes, la falta de democracia interna en el partido y la baja calidad de quienes conformaron la nueva elite de mando, tanto en el PSOE como entre los altos cargos del Gobierno y el propio Consejo de Ministros.

El elemento determinante del círculo vicioso reside, claro está, en la baja calidad de los nuevos dirigentes –ya se situasen en el partido, en cargos políticos o en ambos lugares a la vez–, derivada de su falta de cualificación profesional, hecho que tiene como consecuencia principal (en el PSOE y en todos los demás partidos en que ese hecho se produce) una ciega obediencia de quienes no están dispuestos a jugarse el puesto que desempeñan, a la vista de la circunstancia cierta de que no tienen una alternativa profesional para el caso de que se vean obligados a salir de la política. «Pero, ¿quiénes eran aquellas gentes tan sumisas antaño y tan agresivas hogaño?», se pregunta Leguina con referencia a los impulsores del nuevo socialismo. «Eran –responde el autor– nuestros alevines, muchos de ellos formados (o quizá debería decirse deformados) en las filas de las Juventudes Socialistas, que no se habían preocupado de iniciar carrera profesional alguna y que, la mayoría, sólo había cotizado a la Seguridad Social a través del partido, ocupados como habían estado –casi desde la Primera Comunión– en cargos políticos o burocráticos» (pp. 27-28). Del poder y protagonismo creciente que fue adquiriendo esa nueva masa de militantes socialistas «se derivaron consecuencias muy negativas, pues la calidad profesional y humana de los elegidos para muy altos cargos cayó en picado», lo que dio lugar a que se produjesen «nombramientos “sorprendentes” que transcurrido un tiempo se revelaron chuscos» (p.90). Esa situación, por virtud de la cual cualquiera podía valer para cualquier cargo (p. 208), vino a gravar un mal que el Partido Socialista comparte con todos los demás que existen en España y, con muy escasas excepciones, en el resto del mundo democrático: la falta de democracia interna en el partido. Leguina reconoce sin ambages que ese mal no nace con la llegada de Zapatero a la dirección del PSOE (p. 29), pero afirma con la misma claridad que la elección del leonés como secretario general supuso que el pelotilleo y «los elogios se dispararon hasta el sonrojo» (pp. 30-31). Del mismo modo, Zapatero no inventó la intervención de la dirección del partido para manipular las listas electorales a su antojo, «pero con él la omnipotencia del aparato llegó al paroxismo» (p. 33).

Todo ello se tradujo, como no podía ser de otra manera, en la eclosión de lo que el propio autor denomina el mangoneo y el amiguismo, tanto dentro del partido como en lo relativo a la influencia que aquel acabará por tener en la conformación de determinadas instituciones del Estado (p. 91) en un ambiente en el que el presidente del Gobierno y secretario general del Partido combinó hábilmente esa doble condición para convertir su voluntad en imparable: «El estilo de gobernar de Zapatero cambió con el tiempo, pero cambió a peor. Su voluntad se hizo ley, y sus caprichos, órdenes. Cualquiera que viviera de cerca la evolución del PSOE durante aquellos años avalaría este aserto. También cualquier observador atento lo hubiera detectado» (p. 89). El efectivo sistema del caramelo para mantener la obediencia ciega al mando y un patriotismo de partido sin fisuras, muy efectivo en una situación en la que los aficionados al dulce no están en condiciones de procurárselo fuera de la organización a la que pertenecen, se combinó, en cualquier caso, y como ocurre en todas las latitudes partidistas, con una rígida utilización del palo, palo que caía de inmediato sobre la espalda de cualquiera que, desde dentro o desde fuera del PSOE, se atreviera a discrepar de la ejecutoria del partido y del Gobierno. Leguina argumenta aquí tomando prestadas sus palabras de un artículo de Félix de Azúa que no tiene desperdicio («Un descalabro»): «[Durante la etapa de Zapatero] argumentar no estaba bien visto. En cuanto te apartabas un poco de la ortodoxia comenzabas a ser mirado de soslayo como un posible submarino del PP. Y si la diferencia era de gran tamaño, como era inevitable en Cataluña, no había conversación posible y uno era tachado de facha sin transición» (pp. 214-215). Así fue, por desgracia: y pueden creerme que sé bien de lo que hablo.

III

¿Qué hacer con un partido ideológicamente confuso y sin rumbo, roto internamente tras la inmensa debacle electoral de las locales, autonómicas y generales celebradas en el año 2011, con un grave conflicto interno con su representación en Cataluña y que ha venido practicando desde entonces una oposición que, en el ámbito de la lucha contra la crisis, contradice abiertamente las medidas de ajuste adoptadas por Zapatero desde su giro de mediados de 2010? La obra de Leguina, cuyo objetivo primordial es, como ya he dicho, someter a crítica política la experiencia histórica del zapaterismo y de su nuevo socialismo, sólo dedica expresamente seis de sus 278 páginas a los «problemas pendientes» del socialismo español, por más que, de nuevo, sea posible reconstruir una línea de reflexión al respecto, cuyo punto de partida no es otro que la constatación de la extrema gravedad de la situación actual del PSOE, cuyos males, según el expresidente madrileño, «no se curan con un par de fotos, tres eslóganes o seis paños calientes, sino que necesitarán de una larga y tenaz terapia, empezando por el “examen de conciencia” (análisis de lo ocurrido), siguiendo con el “dolor de corazón” (autocrítica) y, por fin, con el “propósito de la enmienda” (abandonar las ocurrencias y volver al redil de la seriedad y el rigor que le es exigible a un partido de Gobierno» (p. 217).

¿Qué hacer con un partido ideológicamente confuso y sin rumbo, roto internamente tras la debacle electoral de 2011?

Joaquín Leguina no deja de reconocer, en todo caso, las extremas dificultades a que habrá de enfrentarse el PSOE para poner en marcha la confesión de errores que propone a su partido: entre otras, y además de las ya citadas al comienzo de este párrafo, la ausencia de una cultura partidista basada en el espíritu crítico y la democracia interna (p.218) y la existencia de un partido profundamente ruralizado (p. 192), en buena medida entregado a los nacionalistas (p. 196), y que desarrolló durante sus ocho años de gobierno una política económica que en muchos ámbitos difícilmente puede enmarcarse en la esfera de la socialdemocracia (pp. 51, 78-80, 87, 176-177, 210-211). De un partido, en suma, que el propio autor califica, citando al gran historiador Henry Kamen («El crepúsculo del socialismo español», en El Mundo, el 3 de diciembre de 2013), como una mera sombra de lo que fue. Tantos y tan complejos son todos esos desafíos, que, a la postre, sabe a poco la medicina que Leguina sugiere a sus correligionarios: apenas recuperar la democracia interna mediante una nueva Ley de Partidos (pp. 246-273) y retomar la construcción de un proyecto autónomo y mayoritario, volviendo, para ello, a colocar en el justo lugar que le correspondería la mejor parte del pasado felipista del PSOE (p. 276).

Termino ya. Tras leer con calma el libro de Leguina, sabemos que, por fin, alguien desde dentro de las líneas del PSOE ha tenido el coraje intelectual y el valor político de poner, negro sobre blanco, muchas de las cosas que piensan millones de españoles –muchos de ellos adscritos a eso que, para entendernos, seguimos llamado el progresismo– sobre Zapatero y su, en términos globales, nefasta experiencia de Gobierno. Desde esa perspectiva, el libro constituye, en cierto sentido, un justo y esperado desagravio para todos los que, con mucha antelación, formulamos en medio de una dolorosa soledad gran parte de las críticas que sostiene ahora el autor de Historia de un despropósito. Porque, y no parece irrelevante subrayarlo, lo cierto es que los elementos esenciales que conforman esta causa política contra el zapaterismo (pues en eso consiste, al fin y al cabo, el libro) es posible encontrarlos en cientos de artículos de prensa publicados entre 2004 y 2008, cuando manifestar desde la izquierda bastantes de las críticas que hoy expresa el exdirigente socialista suponía un motivo directo de expulsión a las tinieblas del derechismo más extremo. A mantener vivo ese círculo de tiza contribuyeron, para decir toda la verdad, no sólo los dirigentes del PSOE, sino también la inmensa mayoría de una militancia y, si se me permite el palabro, de una simpatizancia, que, más papista que el papa y obsesionada con aparecer útil y servil con el mando, en cada crítico veían y denunciaban a un traidor, y en cada duda o desautorización, una verdadera felonía. Fue así, en ese ambiente de persecución contra quien, negándose a comulgar con ruedas de molino, no cantaba, con la fe del carbonero, las alabanzas del zapaterismo y sus manifiestos disparates, como un partido básico para nuestro sistema democrático iba a convertirse poco a poco en lo que es hoy: una fuerza política que sólo saldrá del agujero en que tan felizmente se metió –en medio de los aplausos de miles y miles de personas, socialistas o no de carné, que esperaban recibir de ese modo la prebenda a que aspiraban– si es capaz de asumir que ya sólo le queda la alternativa de la reconstrucción. Así de claro. Así de duro.

Roberto L. Blanco Valdés es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Santiago. Algunos de sus últimos libros son La Constitución de 1978 (Madrid, Alianza, 2003), Nacionalidades históricas y regiones sin historia (Madrid, Alianza, 2005), La aflicción de los patriotas (Madrid, Alianza, 2008), La construcción de la libertad: apuntes para una historia del constitucionalismo europeo (Madrid, Alianza, 2010), Los rostros del federalismo (Madrid, Alianza, 2012) y El laberinto territorial español. Del Cantón de Cartagena al secesionismo catalán (Madrid, Alianza, 2014).

05/05/2014

 
COMENTARIOS

JOSÉ MARÍA PORTILLO 14/05/14 20:31
Estimado Roberto. He leído con mucho interés tu texto, así como hice con el libro de Leguina. Hay muchos puntos que me distancian de su análisis y del tuyo (como esa idea pertinaz de que el único PSOE bueno es el del felipismo, casualmente coincidente con el discurso del conservadurismo), pero lo que no creo que deba dejar pasar es algo con lo que Leguina hace toda la sangre que puede y que tu comentario parece validar. Me refiero a la política antiterrorista de los gobiernos de Zapatero. Con el mejor estilo Mayor Oreja (lo que yo hago está bien pero si viene otro y lo hace es un traidor y un proetarra), Leguina da la vuelta a los hechos de modo que le encaje la pieza de un PSOE radicalizado, vendido a los nacionalismos, traidor a las víctimas y demás. Permíteme una muestra solamente que tú, además, reproduces sin punto de crítica: que los socialistas, jugando con cartas marcadas, facilitaron la entrada de los proetarras en ayuntamientos y más tarde en el parlamento vasco. Pues bien, en las primeras elecciones al parlamento vasco con gobierno Zapatero, en 2005, se tuvo que presentar un tal PCTV del que no se acuerda ni Leguina y en las de 2009, es decir, ya con tiempo de gobierno de ese PSOE radical y filonacionalista, que estaba supuestamente negociando la presencia de proetarras en el parlamento vasco... ¡ninguno!, no hubo representación alguna de proetarras en el parlamento vasco. Esto por primera vez (y única) pues anteriormente, en 1998, gobernando el PP, cuando eran en boca de Aznar el MLNV, allí estuvieron, entre otros, Josu Ternera y han vuelto en 2012, gobernando de nuevo el PP.
Ahora, con los datos, de nuevo la pregunta: ¿quién metió a los proetarras en el parlamento? ¿Con qué gobierno un etarra como Josu Ternera se sentó en el parlamento vasco junto al socialista Fernando Buesa, asesinado en febrero de 2000?
Creo que es importante decir esto porque si no estaremos dando por bueno todo el discurso fabricado en los mentideros que identifican arbitrariamente el gobierno de la izquierda con la desintegración de España.

Roberto L. Blanco Valdes 21/05/14 14:21
Querido José María: preguntas en tu comentario ¿quien metió a los proetarras en el parlamento?, después de haber dado tu mismo respuesta a esa pregunta, respuesta que, siento decirlo, creo que está errada, quizá por que no has repasado con precisión el desarrollo de los acontecimientos. Antes de 2004 fueron impugnadas con éxito todas las tentativas de Batasuna de burlar su ilegalización, que tuvo lugar en marzo de 2003: AuB, marca blanca de Batasuna, no pudo concurrir a las elecciones municipales y navarras de 25 de mayo de 2003 por haber sido impugnadas y luego anuladas la práctica totalidad de sus candidaturas; poco después, Herritarren Zerrenda (HZ), otra marca fraudulenta de Batasuna, no pudo concurrir a las elecciones europeas de 2004, como tampoco pudieron hacerlo los proetarras a las generales de ese mismo año, por indéntico motivo: el Gobierno impugnó con éxito las candidaturas fraudulentas. Así las cosas, la vuelta de la ilegalizada Batasuna a las instituciones se produjo tras la llegada al poder de Zapatero: primero en las elecciones al parlamento vasco de 2005, a través de las candidaturas del Partido Comunista de las Tierras Vascas, que el Gobierno no impugnó; y después en las elecciones municipales de 2007, a través de las candidaturas ANV, que sólo fueron impungnadas por el Gobierno parcialmente. Ese fue el desarrollo de los acontecimientos y el lector podrá sacar a partir de ellos sus propias conclusiones.
Una breve consideración adicional sobre mi supuesta idea de que el PSOE "bueno" fue el del felipismo: creo, sinceramente, que lo único que se deduce de mi comentario al libro de Jesús Leguina es que el PSOE dirigido por Felipe González hizo, sobre todo en su primera y segunda legislaturas, contribuciones esenciales a la construcción y asentamiento del sistema democrático español , lo que contrasta, a mi juicio, con la experiencia zapaterista, que supuso en algunos ámbitos esenciales, y sobre todo en el de la política territorial, echar por tierra de una manera irresponsable y dramática la previa contribución de sus antiguos compañeros de partido, algo en lo que hasta donde se me alcanza están de acuerdo docenas de miles de militantes socialistas. Un saludo cordial

JOSE MARIA PORTILLO 06/06/14 10:45
Querido Roberto,

En efecto, he ahí los datos. Ha sido solamente con gobierno socialista que los partidos que apoyaban a ETA, con las siglas que sean, no han estado en el parlamento vasco. Esto se produjo en 2009. Nada más lejos de mi intención que acusar al Partido Popular de connivencia con el mundo proetarra, faltaría más. Pero de ahí a afirmar, como hace Leguina, que fue de la mano de los gobiernos de Zapatero que ETA volvió a las instituciones hay exactamente el paso de la mezquindad. Y, además, es falso. Tampoco afirmo ni sostengo que el PSOE dirigido por Felipe González no contribuyera a la consolidación democrática. Pero de ahí a sostener que el PSOE de Zapatero "echó por tierra" el modelo territorial creo que es fruto del entusiasmo más que de la reflexión. Y entusiasmo le sobra a raudales al libro de Leguina y le falta, a mi juicio, mucha reflexión sobre datos contrastados.

Te mando un abrazo,

txema

Roberto L. Blanco Valdes 13/06/14 11:57
Querido José María: ante la contumacia en negarse a reconocer la verdad, sólo queda la paciencia. Pero intentaré poner las cosas en su sitio una vez más. Sencillamente no es verdad lo que dices: la primera ocasión en que, tras su ilegalización en 2003, ETA logró entrar en las instituciones, a través de candidaturas fraudulentas, fue en las elecciones al parlamento vasco de 2005, siendo Zapatero presidente del Gobierno, a través del fantasmal Partido Comunista de las Tierras Vascas. Por tanto es completamente falsa tu afirmación de que "ha sido solamente con gobierno socialista que los partidos que apoyaban a ETA, con las siglas que sean, no han estado en el parlamento vasco". La verdad, toda la verdad y nada más que verdad es la contraria: que la primera vez en que, ya ilegales, los etarras entran en las instituciones lo hacen en el parlamento vasco, gobernando Zapatero, cuyo Gobierno, que estaba ya tanteando la negociación con ETA, decidió no impugnar las candidaturas del Partido Comunista de la Tierras Vascas, para no interferir en esa negociación. Por mi parte, doy por zanjado el asunto. Un saludo. Roberto

Jc 15/06/14 08:57
Lo he leído y es un libro extraordinario. Sorprende y asusta un poco constatar que el personaje en cuestión, y todo su séquito eran aún peores, aún más banales, de lo que sospechábamos.

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