ARTÍCULO

Verdades falibles

Trotta, Madrid
Trad. de José Manuel Lozano y Juan Antonio Conde
76 pp. 42 €
 

Este volumen de las memorias de Hans Küng es el segundo de una proyectada trilogía y cubre el período que va de 1968 a 1980. Ya en su novena década de vida, el autor sigue proponiéndose añadir el tercero. Estamos ante la historia de un teólogo increíblemente vitalista y admirado, que ha difundido y analizado el mensaje cristiano a través de un programa increíblemente denso de publicaciones y conferencias impartidas en salas atestadas por todos los rincones del mundo. Raramente hay tiempo, ya sea en la vida del autor o en este libro, para la relajación o las visitas turísticas a lugares de interés en el curso de sus giras mundiales: tan solo un vistazo rápido a la Gran Muralla en China o unas breves e idílicas vacaciones (aunque se llevó su portátil) en una isla cercana a Nueva Zelanda. Aun sus esparcimientos habituales de nadar, esquiar y, si es posible, bucear, son tensos y, significativamente, solitarios. La verdadera emoción que se desprende del relato del autor, lo que lo hace apasionante, radica en la lucha épica de un inflexible teólogo cristiano contra la fuerza, el poder y la majestuosidad de la misma Iglesia católica romana a la que ha dedicado todas sus energías. Aquí aparece presentada como la historia de una lealtad valerosa e inquebrantable a los principios cristianos de una Iglesia que no respeta sus propios principios de justicia.
La lucha se divide en tres etapas. En primer lugar, está la lucha para reformar diversas prácticas católicas romanas. Las principales son la disciplina del celibato sacerdotal, la prohibición de los métodos anticonceptivos artificiales, el papel de las mujeres en el ministerio y el sistema centralizado de nombramiento de obispos y otras dignidades eclesiásticas. Küng piensa que se trata de decisiones injustificadas sin aval en los documentos normativos del cristianismo. En su opinión, por debajo de todos ellos se encuentra el afán de dominio y de control absoluto característicos de una camarilla intimidatoria de altos cargos sedientos de poder en el Vaticano. Esta conducta muestra la victoria de esta camarilla de funcionarios sobre la directriz básica del Concilio Vaticano II de abrir las ventanas de la Iglesia para dejar entrar aire fresco. Fue presagiada incluso por la nota praevia agregada por Pablo VI a la Constitución sobre la Iglesia, concebida para frustrar la descentralización de poder inherente a toda la estructura de la Constitución.
En la segunda etapa la atención se concentra en la doctrina de la infalibilidad papal, puesta en entredicho por el libro ¿Infalible?, publicado provocadoramente en el centenario de la definición de la infalibilidad papal, esto es, el 18 de julio de 1970. Las investigaciones de Küng lo han convencido de que la verdadera doctrina de la orientación de la Iglesia es la indefectibilidad y no la infalibilidad proposicional. La Iglesia puede cometer y ha cometido infinidad de errores. ¡El propio Pedro constituye el principal ejemplo! La idea de la infalibilidad papal fue propuesta por primera vez, mantiene Küng, a finales del siglo XIII; luego fue rechazada por el papa de entonces, Juan XXII, sobre la base de que no habría podido anular las decisiones de sus predecesores. La definición de infalibilidad papal se abordó precipitadamente por la amenaza inminente de la guerra franco-prusiana en los últimos días críticos del Vaticano I, y fue rechazada en aquel momento por teólogos tan destacados como Döllinger. Para avivar aún más el debate, Küng sugiere irresponsablemente que se ha invocado en temas como el celibato sacerdotal y la ordenación de mujeres sacerdotes. Ni las Memorias ni esta recensión son lugares para una discusión seria de los temas implicados, pero un punto de partida útil para avanzar podría haber sido la propuesta del cardenal Kasper, citada por Küng en términos aprobatorios: que la infalibilidad debería entenderse dinámica y no estáticamente.
El primer tiro disparado en el curso de las larguísimas indagaciones romanas sobre el libro se produjo casi un año después. Küng fue llamado a Roma para ofrecer «clarificaciones» horas antes de que emprendiera una gira mundial de seis meses. Un impedimento mucho mayor para una resolución, sin embargo, fue la petición más que razonable de Küng de que la investigación se desarrollara de acuerdo con los cánones de la justicia moderna, que él pudiera ver su informe completo y que pudiera elegir a sus defensores. Su exposición de la demanda de Roma contra él está llena de quejas, algunas justificadas, y otras absolutamente injustificadas, de secretismo e intimidación. No llegó a alcanzarse ninguna resolución, pero fue advertido enérgicamente de que no siguiera escribiendo sobre el tema de la infalibilidad. Se trataba de una tregua precaria.
La tercera etapa empezó poco después de la publicación de su libro superventas Ser cristiano (una rara excepción a su predilección por títulos enmarcados por signos de interrogación), y su intensidad no dejó de crecer como una espiral hasta la retirada de su autorización para enseñar en nombre de la Iglesia católica. El Concordato firmado entre Alemania y el Vaticano en tiempos de Hitler incluía la disposición de que todos los profesores de las facultades de Teología Católica de las universidades alemanas debían contar con una autorización de la Iglesia, concedida por el obispo local; esta norma sigue estando vigente. En su libro, Küng sugiere que el motivo de que le retiraran su permiso para enseñar como católico fueron sus puntos de vista sobre cristología defendidos en este libro. Cristo aparece descrito como «abogado y vicario de Dios, representante y delegado» (p. 463). No puede decirse, ciertamente, que se trate de una afirmación clara de la divinidad de Cristo. Las relaciones con Roma tampoco podían mejorar mucho con la publicación en octubre de 1979, en periódicos de todo el mundo, de una valoración extraordinariamente crítica del primer año de papado de Juan Pablo II. Sin embargo, estos artículos no aparecen citados por ningún lado como parte del procedimiento. La documentación aportada por las Memorias deja muy claro que el motivo para la retirada del permiso para enseñar fueron los nuevos ataques a la infalibilidad papal en dos nuevas publicaciones. Fue esto lo que indujo a las autoridades romanas a salir del impasse.
El relato detallado de las maniobras y negociaciones que dieron lugar a este paso definitivo resulta a la vez estimulante y desesperante. Küng insistió con toda justicia en su derecho humano a la moderna administración de justicia. El Vaticano sigue siendo la última de las monarquías absolutas y cuenta con sus propias convenciones, emplazando a los delincuentes sin apenas antelación a un colloquium que se convierte con demasiada frecuencia en una condena. Küng no aceptó la negativa del Vaticano a hacer público su informe completo o que rehusara acceder en los términos en que él la había planteado a su demanda de un abogado defensor. Küng resulta estimulante cuando defiende su postura de una investigación justa y transparente. Desde el primer ataque, lanzado en el período navideño de buena voluntad, hasta la ruptura final, su manera de contar la presión ejercida por el Vaticano sobre muchos partidarios entre sus amigos, entre la jerarquía alemana y entre sus compañeros de facultad transmite la idea de una apisonadora inmisericorde aplastando a un oponente tras otro. Las amargas y detalladas denuncias como cobardes y traidores que Küng dedica, por otro lado, a todos aquellos que no lo apoyaron deja un sabor amargo en la boca. Colegas con los que ha trabajado codo con codo durante años se transforman en malvados demonios a los que no tiene escrúpulos en obsequiar con diversos insultos. Veteranas figuras eclesiásticas son acusadas una y otra vez de actuar animadas por motivos indignos, a menudo para medrar en sus carreras, o son castigados por su inadecuada formación teológica. Nos enteramos de cómo un teólogo y sacerdote muere en brazos de una danseuse parisiense, las cartas de amor de otro se publican póstumamente y un tercero es castigado con la muerte justo antes de recibir su capelo cardenalicio.
Todo el volumen está dominado por la determinación de denigrar al papa actual. El índice muestra que aparece mencionado en un centenar y medio de las más de setecientas páginas del libro. Las repetidas andanadas apuntan a una fijación casi patológica. Küng no siente por Ratzinger más que una especie de lástima condescendiente. El pobre Ratzinger no estuvo nunca realmente en contacto con las fuentes de la revelación cristiana, apartándose de las verdaderas bases del Nuevo Testamento y del primer cristianismo por su obsesión por el pensamiento helenístico de los siglos IV y V, y especialmente por san Agustín. En nada debe sorprender que a Ratzinger le hubiera «golpeado un rayo en el oscurantista “rincón de Dios” que, a mis ojos, era su corazón bávaro» (p. 483). ¿Qué más podía esperarse del hijo de un policía local, criado en la atmósfera limitada de un seminario menor? ¡Compárese esto con la amplitud de la educación de Küng! Mientras que a Küng le pidieron que ocupara una cátedra antes incluso de que hubiera cumplido con los requisitos normales, Ratzinger ya tuvo dificultades con su tesis doctoral. Cuando eran colegas en la misma facultad, para evitar a Ratzinger su fatigoso trayecto en bicicleta hasta el trabajo, Küng se ofrecía generalmente a llevarlo en su coche deportivo. Incluso al referirse a la comida de reconciliación a que lo invitó Ratzinger, Küng se esfuerza en subrayar (y rompe con ello su marco cronológico temporal) que no se llegó a ningún consenso.
No hay duda de que un criticón tan tenaz presta un importante servicio a una institución tan gigantesca y segura de sí misma como la Iglesia católica romana. Küng plantea repetidamente preguntas que demandan una respuesta. Pero tantas preguntas resultarían más eficaces –y también más atractivas– si Küng estuviera un poco menos seguro de su propia infalibilidad.

Traducción de Luis Gago

01/09/2009

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
1 + 4  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE HENRY WANSBROUGH
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL