ARTÍCULO

Valverde: el poeta y sus interlocutores

Edición de David Medina y Coordinación de Rafael Argullol
Prólogo de Cintio Vitier
768 págs.
Trotta, Madrid, 1998.
Prólogo de Jordi Llovet
848 págs 5.500 ptas.
 

La publicación de las Obras completas de José María Valverde es una notable aportación al panorama cultural –no sólo literario– de la España del fin de siglo. La obra, coordinada por Rafael Argullol y de cuya edición es responsable David Medina, ordena la producción de Valverde en cinco volúmenes, de los que acaban de aparecer los dos primeros: Poesía, con prólogo de Cintio Vitier, e Interlocutores, recopilación de ensayos, introducciones y otros trabajos sobre la obra de autores esenciales en la conformación de la conciencia literaria contemporánea y del propio Valverde, que prologa Jordi Llovet. Conviene resaltar, asimismo, el valor de la larga entrevista de David Medina a Rafael Argullol con que se abre el primer volumen, una entrevista en la que éste nos acerca a las claves filosóficas, éticas y estéticas de su evolución existencial, docente y creadora.

La irrupción de Valverde en el panorama poético de la España de los años cuarenta supuso una novedad de largo alcance. Su extrema juventud (publicó su primer libro, Hombre de Dios, a los diecinueve años), su relación con los poetas de la generación de 1936 y de la revista Garcilaso (especialmente con Rosales, Panero y Vivanco) y la temática esencialmente religiosa en que se sustentaba su poesía, posibilitaron que sus primeras obras tuvieran una notoria repercusión en los medios literarios de la época. Esa poesía, en la que prevalecía un tono angustiado derivado de una conciencia de soledad cósmica frente a Dios («Estás allá, entre nubes, donde mi voz no alcanza»), se prolongará en su libro posterior, La espera (1949), poemario en el que su escritura se beneficia de una mayor proyección temática sobre los espacios terrenales y próximos: el poeta comienza a vislumbrar un ámbito de conciliación entre la fe, que se aleja de la invocación angustiada, la realidad, la memoria y la pulsión amorosa. Hay en esa poesía una impregnación sutil de la percepción de lo cotidiano y entrañable que respiraba en la lírica más intimista de Vivanco y de Panero y la conciencia de que el Dios cristiano no es un ser por encima de las cosas y de los hombres («eres, al fin, el centro a donde va la vida»). Sin romper del todo con el lenguaje, una mezcla de modernismo y dicción machadiana no desprovista de cierto patetismo, dominante en Hombre de Dios, Valverde incorpora cierta experiencia de lectura de algunos poetas hispanoamericanos como César Vallejo, Gabriela Mistral, Pablo Neruda o José Coronel Urtecho, proceso al que no fue ajena su amistad con el poeta y crítico cubano Cintio Vitier. Sin embargo, no será sino en su estancia en Roma entre 1950 y 1952 cuando se producirá lo que el propio Valverde explicitó como la definitiva «superación del miedo a la realidad» y el «descubrimiento de la multitud». Esa experiencia fructificará en Versos deldomingo (1954), libro en el que la preocupación social confluye con la fe y con lo íntimo/cotidiano, impregnándose, a la vez, de una pulsión épica procedente de poetas como Ernesto Cardenal o Pablo Antonio Cuadra. Esa transformación se produce casi en paralelo con intensas experiencias lectoras de poetas europeos como Rilke o Hölderlin, o el norteamericano Thomas Merton, a quienes, por aquellas fechas, ya había traducido y a cuya influencia tampoco pudo sustraerse. A partir de Versos del domingo, Valverde decide «salir del eterno manojito de poemas líricos» para apostar por una poesía «de cuerpo entero» que, partiendo de una mirada irónica, descanse en la narratividad y en estructuras complejas (Eliot o Whitman al fondo). De esa concepción participarán sus libros posteriores: Voces y acompañamiento para San Mateo (1959), La conquista de este mundo (1960), Años inciertos (1971), fruto de su autoexilio en Estados Unidos y Canadá, y Ser de palabra (1976). Sin desprenderse del trasfondo religioso, la voz de Valverde en estos libros es deudora de una visión del mundo impregnada por el marxismo e identificada con los desheredados o, como, parafraseando a José Martí, afirma Cintio Vitier en el prólogo, «con los pobres de la tierra».

Valverde es un poeta generacionalmente desubicado. Si no pocos antólogos y críticos –comenzando por Francisco Ribes, promotor de la Antología consultada (1952)– lo han considerado como el más joven de la generación del 36 en razón de las fechas de publicación de sus primeros libros, biológicamente pertenecería a la promoción del 50 (nació en 1926, el mismo año en que lo hicieron Caballero Bonald y Costafreda, y un año más tarde que Ángel González), tal y como lo señaló Juan García Hortelano en su antología El grupo poético de los años 50 (1978). Al margen de consideraciones cronológicas, su opción de lenguaje, sobre todo a partir de La conquista de este mundo, revela una gradual sintonía con los poetas catalanes del medio siglo, proceso no ajeno a la relación que durante su dilatada etapa como catedrático de Estética de la Universidad de Barcelona mantuvo con ellos y que se formalizó en una poesía de tono conversacional, muy cercano a la prosa. El propio Valverde llegó a justificar la supuesta dificultad del lector para acceder a su poesía en razón de una creciente tendencia a usar el verso «como medio general para cualquier tema, tono y punto de vista en que me sienta movido a hablar, sin miedo a que el resultado se considere más bien "ensayístico", "teórico", "didáctico"». El volumen Poesía incorpora, junto a una amplia colección de poemas sueltos, no publicados en libro, y diversas poéticas, cuatro poemas inéditos (objeto, en estos días, de una controversia jurídica) y una amplia muestra de su labor como traductor de poesía (Eliot, Whitman, Merton, Goethe, Rilke), además de sendas traducciones «inéditas» de poemas de Brecht y Frost.

Interlocutores es un compendio de una de las vertientes más fructíferas e innovadoras de su extensa obra: su labor ensayística. Pese a que, tal y como advierte Jordi Llovet en el prólogo, José María Valverde siempre prefirió dialogar con «interlocutores vivos» («existencialmente, si así puede decirse, fue un hablador y un profesor», afirma Llovet), no es menos cierto que su tenaz voluntad de explicarse el sentido último de la creación literaria lo llevó a establecer un permanente diálogo con otros interlocutores. Un diálogo profundo e integral cuya principal aportación crítica es la indagación en la obra a través de un enfoque poliédrico y complejo. Partiendo de la premisa de que toda creación literaria es, ante todo y sobre todo, una obra de arte construida con la materia lenguaje, Valverde nunca renunció a buscar el origen y el sentido último de ésta en su relación dialéctica con la Historia, con la peripecia existencial del autor (como ser individual y como ser social) y, más allá, con una «otredad» constituida por un sistema de valores de hondo y firme contenido moral. De ahí que en todos sus ensayos combine el rigor intelectual con la mirada del creador, de ahí que en ellos se aleje del planteamiento academicista derribando las fronteras que la crítica convencional suele establecer entre obra de arte y sociedad. Este volumen muestra, además, la universalidad –no el cosmopolitismo– de las fuentes que alimentan tanto su reflexión como su obra poética: Hölderlin, Merton, Goethe, Rilke, Eliot [su introducción a la Poesías reunidas (1978) es un clásico del género], Unamuno o Whitman son los protagonistas del apartado que, con el título «Los poetas», lo abre. Bajo el epígrafe «Los buenos maestros» se recogen, en la segunda parte del volumen, sus libros Azorín (1971), Antonio Machado (1975), James Joyce (1978) y Cervantes (1991), textos imprescindibles para profundizar en la obra de cada uno de ellos en su relación/conflicto con el tiempo histórico. Pero Valverde fue también, tal y como afirma Jordi Llovet, «un ser de lenguaje y un ciudadano de vasto y vario –y uno– territorio del lenguaje». Y un ser de fe, cabe añadir. En coherencia con ello, los responsables de la obra cierran el volumen Interlocutores con el apartado «Fe y lenguaje». En él incorporan los trabajos más relevantes de Valverde en torno a esas obsesiones. «W. Von Humboldt», texto introductorio de su libro W. Von Humboldt. Escritos sobre el lenguaje (1991), y «Sören Kierkegaard: la dificultad del cristianismo», un trabajo publicado como contribución a la obra colectiva Filosofía de la religión que, al cuidado de M. Fraijó, publicó en 1994 la misma editorial en que ahora aparecen sus Obras completas.

Estamos, sin duda, ante el comienzo de un proyecto ambicioso y necesario. Sin embargo, es obligado reseñar que difícilmente pueden conciliarse tan altos fines con la presencia de no pocas llamativas erratas en el volumen Poesía. Un defecto que debe ser corregido en posteriores ediciones y que, lamentablemente, empaña el rigor con que ha sido abordado el proyecto.

01/04/1999

 
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