ARTÍCULO

Una teología política

 

La transición del Antiguo Régimen a la sociedad burguesa adoptó en España una forma peculiar, que explica nuestra trágica historia contemporánea, jalonada de enfrentamientos. En aquella transición, el derecho sustituyó al privilegio, pero éste a su vez se transmutó en los modernos títulos de la propiedad. La vieja aristocracia de la sangre emparentó con la nueva aristocracia del dinero formando esa oligarquía, vieja y nueva a la vez, que en su día denunció Joaquín Costa. En este contexto, la rigurosa obra del profesor González Cuevas aporta un excelente análisis de cuál era el proyecto político de los intelectuales orgánicos de la oligarquía española más ligados a los patrimonios agrario-latifundistas nobiliarios durante el primer tercio del siglo XX . El proyecto político y las premisas ideológicas culturales desde las cuales reflexionaban intelectuales como Ramiro de Maeztu, Víctor Pradera o José Pemartín, agrupados en torno a la revista Acción Española, cuyo análisis es el núcleo central de este libro.

La tesis central de González Cuevas es que, ante los retos surgidos de la industrialización y el advenimiento de la sociedad de masas, Acción Española fue una manifestación de tradicionalismo ideológico, es decir, de una teología política que intentaba sistematizar el hecho religioso como legitimación de la praxis política. Era la expresión de la posición social de los sectores aristocráticos españoles, que aceptaban los cambios en la esfera económica –capitalismo corporativo– pero rechazaban los demás cambios, pretendiendo mantener incólumes las instituciones tradicionales, como la familia patriarcal, la Monarquía, la Iglesia, la vieja educación y la estratificación clasista. Al partir del hecho de la preponderancia política del factor religioso, el autor subraya el papel básico del dominio de la perspectiva religiosa en la configuración de la derecha española, la conciliación entre liberalismo y tradicionalismo, las concesiones de los conservadores españoles a las concepciones contrarrevolucionarias y la flagrante ausencia de una derecha genuinamente conservadora al modo europeo.

González Cuevas también expone sin ambigüedades que el régimen de la Restauración fue en la práctica la superposición de una fachada liberal y parlamentaria sobre un sistema social y económico atrasado, que permaneció intacto en sus líneas esenciales. Los grupos sociales dirigentes alejaron sistemáticamente a los sectores populares de los centros de decisión política y permanecieron sordos a las consecuencias más negativas de las transformaciones económicas: la denominada «cuestión social». Su control oligárquico del Estado les permitía imponer una legislación tributaria que recaía sobre los que menos tenían; a las guerras coloniales sólo iban los pobres, a morir como carne de cañón y, en fin, la vía reformista en materia económico-social fue torpedeada por los propietarios agrarios e industriales españoles de la época. Así el autor concluye esta parte de su estudio observando con lucidez que lo más visible de dicho Estado para la mayoría de ciudadanos era su aparato coercitivo, teóricamente encargado de la defensa del orden público y en la práctica guardián del orden social. Un Estado del cual podía decirse como en aquel famoso epitafio de la viuda justiciera: «Hizo el bien y el mal; el mal lo hizo bien y el bien lo hizo mal». En palabras del propio autor: la ineficacia del aparato del Estado para administrar y prestar servicios, su incapacidad para asumir nuevas funciones, en especial las asistenciales, que la creciente magnitud del problema social convertía en acuciante demanda, llevaron a la radicalización y a la animosidad contra él de la mayoría de la población.

A todo ello correspondía una creciente agudización de la lucha de clases que estrechaba, día a día, la vía del reformismo como comprobaría, con desesperanza, Azaña. Los hombres de Acción Española analizaron la «cuestión social» desde las premisas del catolicismo político y los parámetros culturales propios de una época que caminaba hacia el fascismo. De ahí que una parte de la obra se dedique a la influencia de Charles Maurras en España o a la recepción de los idearios fascistas en nuestro país. El autor aborda también las diferentes perspectivas de los líderes políticos de la derecha conservadora y/o contrarrevolucionaria del momento (Calvo-Sotelo, Gil Robles, José Antonio Primo de Rivera) y las alternativas políticoideológicas planteadas por el núcleo impulsor y los colaboradores de la revista Acción Española según la coyuntura política (dictadura de Primo de Rivera, Segunda República).

Sin embargo, el mencionado rigor analítico y la claridad expositiva de este libro quedan parcialmente empañados por ciertas valoraciones finales sobre el carácter de la Restauración. Valoraciones vinculadas, de modo casi subliminal, a los problemas políticos de la España actual cuando, por primera vez en nuestra historia, parece que contamos con un partido conservador a la europea. Dicho partido necesita, en su combate ideológico con la izquierda, buscar referentes históricos para legitimar sus alternativas e idearios. Por esa razón se reivindican los aspectos positivos del factótum de la Restauración, Cánovas del Castillo, mencionando sólo de pasada lo que la izquierda ha denunciado reiteradamente: el carácter intrínsecamente autoritario del liberalismo español hegemónico. La oligarquía representada por Cánovas no era liberal en su fondo; lo fue de forma coyuntural, cuando necesitaba de tal corriente de pensamiento. De ahí la debilidad ideológica que arrastrarían las capas dominantes en la España contemporánea y que se proyecta en su falta de capacidad consensual y en su fácil recurso a la represión o al golpe de Estado en los momentos críticos.

Pues bien; respecto a Cánovas, en el libro que reseñamos, se cita la obra de C. Dardé, y no se menciona a E. Yllán Calderón, autor del estudio más exhaustivo y brillante que se haya escrito hasta hoy sobre Cánovas. O se afirma que doctrinalmente el liberalismo español aceptaba las premisas básicas de la modernidad liberal europea, pero que hubo de hacerlo con más dificultades e incoherencias y con menos respaldo social como consecuencia del atraso de la sociedad española en su conjunto. En realidad, los políticos de la Restauración tomaron decisiones que conformaron la realidad. Como la de abandonar la educación de las clases medias y altas a la Iglesia católica, en compensación por las desamortizaciones de bienes eclesiásticos y como instrumento de la «recatolización» necesaria para apuntalar el edificio social.

01/09/1999

 
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