ARTÍCULO

Una historia complicada

 

El libro que han escrito Mercedes Cabrera y Fernando del Rey aborda un tema de gran relevancia para la historia de todas las épocas, como es el de las relaciones mutuas entre política y economía; y verdaderamente crucial para entender si ha habido algo de específico e irreductible en la trayectoria histórica de España comparada con la de otros países europeos.

Los historiadores han aludido a los grandes intereses económicos –con un alto grado de vaguedad e indefinición– como poderes de hecho determinantes del «camino especial» seguido por la política española en el siglo XX, con dos dictaduras militares, una sangrienta guerra civil y un largo apartamiento de las corrientes dominantes en Europa occidental. Era importante investigar a fondo si la explicación tenía consistencia, y Cabrera y Del Rey lo han hecho, en un libro en el que han conseguido integrar una cantidad impresionante de datos procedentes de sus propias investigaciones y de las abundantes monografías recientes sobre la historia de las empresas, los empresarios, las organizaciones patronales, los políticos, las instituciones y el poder.

La principal aportación del nuevo libro de Cabrera y Del Rey radica en contribuir a alejar visiones simplistas, como la de suponer que los empresarios lo han decidido todo en la España del siglo XX, o que haya que remitirse a su influencia para explicar cualquier apartamiento de la modernidad. Es dudoso, sin embargo, que una explicación así haya existido alguna vez, a no ser que el concepto de empresarios –que en el libro no está definido con precisión– se entienda equivalente de otros términos que se han empleado en la historiografía, como los de oligarquía, bloque de poder, élites o clases dominantes (cada uno de los cuales se refiere, en realidad, a grupos sociales diferentes y a un diferente marco teórico de interpretación). Con uno u otro nombre, este tipo de explicaciones generales que remiten a un solo factor o a un solo actor social se baten ya en retirada desde hace décadas; y el libro, en ese sentido, persigue quizá el fantasma de un mito historiográfico que muy pocos sostendrían hoy.

Aún más: la idea de que la historia contemporánea española pueda explicarse como un «camino especial» apartado de la vía normal de la modernización en Occidente está tan desacreditada que resulta redundante cualquier esfuerzo por desmentir los supuestos factores de esa especificidad: los catorce años de gobierno socialista, con todos los fenómenos de modernización y normalización que trajeron (incluidas la consolidación de la democracia y la integración en la Unión Europea), dieron lugar a una reinterpretación del pasado menos obsesionada por explicar las raíces de una diferencia que, en el nuevo consenso historiográfico, parece no existir. El esfuerzo de Cabrera y Del Rey por excluir el «poder patronal» de una posible explicación conspirativa del atraso español o de la especificidad histórica del país puede, por un lado, enmarcarse en ese proceso de revisión historiográfica que tiende a la reconciliación de la España actual con su pasado; pero puede también ser un esfuerzo vano por restar argumentos a explicaciones reduccionistas que estaban ya fuera de la circulación.

En todo caso, bienvenida sea cualquier apelación al sentido común y al recuerdo constante de que la historia es compleja y nunca puede explicarse de manera lineal aludiendo a una única causa. Es saludable el esfuerzo de los historiadores por trazar un relato rico en matices, que restituya la complejidad de la vida política y social. El límite se sitúa allí donde aparece el riesgo de escribir una historia enmarañada, incapaz de explicar los procesos o de señalar causas y consecuencias: una historia en la que cada afirmación vaya seguida de tantas matizaciones, cautelas y posibles excepciones que sólo un profesional muy competente pueda dilucidar si el autor está diciendo una cosa o su contraria.

Empeñados en demostrar su idea principal, los autores acumulan datos y argumentos de calado desigual, dando lugar a un libro un tanto abigarrado. Por momentos, aparecen argumentos sólidos que podrían haber servido para hilar el relato completo, como la idea de que el entramado empresarial español ha sido tan complejo y plural que sus intentos de influir han tendido a anularse mutuamente, más que a sumarse en campañas comunes con un poder eficaz. Pero ese argumento queda enseguida soterrado por otros, quizá menos convincentes, como el que habla de la existencia de múltiples grupos de presión no empresariales con capacidad para influir sobre la política española y, por tanto, para equilibrar una hipotética influencia de los grupos empresariales. Este argumento de la simetría entre la influencia empresarial y la influencia no empresarial (o anti-empresarial, ya que se supone capaz de anular a aquélla) no resulta convincente cuando no se indagan con la misma actitud crítica las explicaciones que atribuyen «poder» e «influencia» a estos otros actores distintos de los empresarios.

Otros argumentos manejados por los autores tienen una evidente consistencia, aunque se podría discutir si conducen a las conclusiones que ellos pretenden. Así, por ejemplo, los autores hablan de una progresiva profesionalización de la política española como proceso histórico que disuelve la identificación entre los dirigentes del Estado y los intereses empresariales. Correspondería a los autores la carga de la prueba de demostrar que tal identificación haya constituido la tesis dominante de toda una época de nuestra historiografía, como parecen sugerir. En todo caso, el argumento de la profesionalización de la política no es baladí: nos lleva a entender cómo, a partir de finales del siglo XIX, las formas de influencia de los empresarios fueron abandonando paulatinamente el ejercicio directo de cargos políticos para pasar a ejercer una defensa corporativa de sus intereses mediante grupos de presión; si bien no es un argumento que, en sí mismo, sirva para abonar la idea de que la influencia política de los empresarios pasó a ser menor en virtud de ese proceso de profesionalización.

Lo que sí resulta improbable es el argumento según el cual los «profesionales de la política mantuvieron un alto grado de independencia con respecto a los grupos de presión» (pág. 101). El aserto, referido a la Restauración, no queda demostrado, lo cual resulta tanto más necesario cuanto que la historiografía reciente ha aportado múltiples ejemplos que indican más bien lo contrario. Son este tipo de afirmaciones las que le restan al libro poder de convicción, ya que pone sus tesis a la misma altura de subjetividad o de prejuicio que aquellas que pretende rebatir.

Otra de las ideas de indudable importancia que se exponen en El poder de los empresarios es que el poder de los grupos de presión «no debe exagerarse», teniendo en cuenta la fragilidad de las finanzas estatales y la escasa capacidad de distribución de recursos que tenía un Estado con presupuestos modestos, deficitarios e hipotecados con gastos ineludibles como los del ejército. El argumento tiene la virtud de subrayar el escaso margen de maniobra que ha tenido históricamente el Estado español para hacer política; pero no nos dice nada sobre la capacidad de los grupos de presión para orientar esa «poca» política en un sentido favorable a sus intereses. Se puede influir sobre la definición de las reglas del juego por muy pobre que sea el encargado de fijar las reglas (quizá más si es muy pobre, por la dependencia que esto le crea respecto al que no lo es).

Por otra parte, la afirmación de la fragilidad de las finanzas públicas españolas se sostiene bien cuando se comparan las cifras de las cuentas generales del Estado con las cifras equivalentes de otros países de Europa occidental. Se sostendría menos bien si se comparara el caso de España con Estados de otras latitudes, como los de América Latina, el ámbito mediterráneo o Europa oriental: ¿se dirá por ello que en tales lugares los empresarios se mostraban menos capaces de influir sobre la política, teniendo en cuenta que los terratenientes aparecen incluidos en este concepto amplísimo de empresarios, en calidad de agricultores? No, sin duda. Y es que el argumento omite un elemento comparativo de enorme importancia, que son los recursos y las oportunidades existentes fuera del ámbito estatal: la importancia de las finanzas públicas no debe medirse en términos absolutos, sino relativos, comparándola con lo que se mueve en el ámbito privado.

La discusión de estos argumentos generales, sin embargo, plantea el tema de la influencia política de los empresarios en un registro muy diferente del que los autores han escogido para su libro, que es el del relato. La fuerza del libro descansa sobre la abundancia de datos históricos engarzados en un relato coherente sobre las formas de influencia ejercidas por los empresarios españoles en diferentes momentos. Esa fuerza sería mayor si viniera acompañada de una mayor precisión teórica y conceptual. El poder de los empresarios responde a una forma clásica de hacer historia, que se desentiende de la aplicación de modelos procedentes de las ciencias sociales. Los conceptos están muy poco definidos y no se enmarcan en modelos que ayuden a interpretar los fenómenos presentados.

A falta de un marco teórico de referencia, los datos aparecen dispersos, permitiendo al lector varias interpretaciones distintas. No quedan claras las preguntas que el libro se propone responder, más allá de desmentir ese supuesto prejuicio colectivo sobre el poder omnímodo de los empresarios en la política española. Llegamos así a la paradoja de fondo de El poder de los empresarios, que es la de que el libro podría convencer a algún lector de lo contrario de lo que sus autores pretenden. En contra de lo que manifiestan expresamente Mercedes Cabrera y Fernando del Rey en varios pasajes de carácter interpretativo, la lectura de las 420 páginas del texto lleva a la convicción de que el «poder de los empresarios» ha sido enorme en la historia contemporánea de España, canalizando de múltiples formas el peso económico y social de los patronos hacia la influencia propiamente política. Son tantos los ejemplos presentados de movilizaciones patronales exitosas, de campañas que lograron sus objetivos, de connivencias entre partidos y grupos de presión..., que la imagen resultante refuerza, más que contrarresta, la idea de que la influencia empresarial ha sido una de las más determinantes en el curso de la política española de los últimos 125 años.

Esta ambigüedad última del libro procede del método expositivo seguido por los autores, que es el del más puro positivismo historiográfico: engarzar cronológicamente narraciones de acontecimientos, descripción de situaciones o presentación de personajes, renunciando a desarrollar una explicación. Algunas de las tesis más relevantes del planteamiento de los autores se presentan de hecho bajo la forma de silencios. Silencios clamorosos, como los que rodean la responsabilidad de los grupos empresariales en los golpes de estado de 1923 y 1936, asuntos ventilados de forma más rápida que la que merecerían por su importancia para el argumento general, sin más que enlazar varios hechos relacionados con los matices de la colaboración o de las reticencias mostradas en aquellas coyunturas por organizaciones patronales y por empresarios concretos. No hay nada parecido a una tesis propia sobre el alcance de los compromisos empresariales con los golpistas ni con la legalidad constitucional.

Lo mismo ocurre al hablar del giro de la política económica del franquismo en los años cincuenta y sesenta, fenómeno que se atribuye a un conglomerado de múltiples razones y factores, de los que sólo queda excluida una posible demanda de los empresarios. Más en general, la cuestión de las relaciones empresariales con las dos dictaduras, la de Primo de Rivera y la de Franco, no da lugar a interpretaciones de conjunto, sino a un mosaico de situaciones y de acontecimientos, un relato muy atento a la pluralidad de matices y a la fugacidad de las coyunturas. Queda claro, cuando se mira el mosaico desde lejos, que la intención de los autores era ésta, la de alertar contra todo reduccionismo; subrayando, por ejemplo, las reticencias que halló entre el empresariado el estatismo económico de los dos dictadores, o la diferencia de trato recibida de las dictaduras por unos y otros sectores empresariales (incidiendo en el favoritismo y la corrupción de este tipo de regímenes, y en la desigual capacidad de influencia de los grandes empresarios y los pequeños).

Este procedimiento de exponer detalladamente los hechos documentados, con la esperanza de que hablen por sí mismos, priva al lector de la ayuda que podría prestarle la inteligencia de los autores para dar sentido a esos datos (ya que, en realidad, no hablan por sí solos). La obsesión por exponer sólo los hechos avalados por la documentación, por ejemplo, deja fuera del foco de la historia todo lo que los protagonistas quisieron –y consiguieron– ocultar en su momento. Hablando de una influencia política de grupos económicos, que frecuentemente es considerada ilegítima, o al menos poco elegante, es obvio que muchas de las acciones encaminadas a tal fin se realizan con el menor grado de publicidad: en conversaciones particulares, sin documentos escritos, sin testigos incómodos, sin levantar acta de las presiones ejercidas (en conversaciones como las aludidas en el libro, por ejemplo, al suponer que los conflictos entre mineros y siderúrgicos en el primer franquismo «se resolvieron probablemente en conversaciones privadas», supuesto que no se aplica cuando se trata de dilucidar el origen de decisiones de más alcance). Dejar todo esto al margen, so pretexto de que no está documentado, nos aboca a una imagen parcial, y seguramente distorsionada, de la realidad.

Lo que sí queda descartado por el trabajo de Cabrera y Del Rey es la interpretación conspirativa de la historia basada en la suposición de una incidencia automática, permanente y decisiva de los poderes económicos sobre el gobierno del Estado. El detallado relato del libro muestra que esa influencia se ha ejercido recurriendo a esfuerzos ímprobos de organización y de movilización, sin los cuales no habrían logrado la influencia que se les supone. La influencia empresarial ha tenido altibajos, éxitos y fracasos, como resultado de un proceso de lucha comparable al de otros movimientos sociales. Esfuerzo y lucha que han sido sentidos como una necesidad por los grupos empresariales en la medida en que existían resistencias y obstáculos muy fuertes a las opciones políticas que defendían.

En fin, El poder de los empresarios será un libro de referencia en estas materias durante mucho tiempo. Funciona tanto como un ensayo de historia (que será fuente de polémica a poco que la comunidad historiográfica se tome la molestia), como en calidad de exhaustivo estado de la cuestión de un campo de investigación especialmente dinámico y rico, como es el de la historia empresarial.

01/06/2003

 
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