ARTÍCULO

Un libro desmitificador

 

Ha pasado ya algún tiempo desde la publicación de este libro y ya las aguas se han calmado, la polémica que suscitara en su día remitido, las amargas críticas pasado y, acaso, las molestias y heridas que causara o abriera cicatrizado y, así, tal vez nos hallemos en disposición de realizar un juicio crítico menos apasionado y menos beligerante, aún a sabiendas de la beligerancia que en sí mismo –y a partir del título– la obra encierra.

Tal vez, en primer lugar, hemos de felicitarnos por el hecho de que el gran escritor peruano Mario Vargas Llosa siga conservando, acaso desde una etapa de juventud más o menos progresista o revolucionaria, el peso ético del compromiso del intelectual. Probablemente, hallan cambiado los contenidos de sus propuestas, pero el empeño ardoroso que pone en su defensa, sin duda alguna, sigue manteniéndose incólume. El prólogo que Vargas Llosa (padre) ha escrito a los capítulos elaborados por Plinio Mendoza, Carlos Alberto Montaner y su propio hijo, posee la misma fuerza que los prefacios que Sartre y Albert Camus firmaron en los libros de Albert Memmi.

Ya pues, en el prólogo, podemos apreciar los fines y el sentido del opúsculo, un alegato a favor del triunfo en América Latina de la modernidad tal como hoy, a finales del siglo XX, es comprendida, es decir, una proclama a favor del liberalismo económico y de la democracia política y, por ende, una llamada a superar los, según los autores, grandes vicios del desarrollo histórico, político, cultural, en suma, de la mentalidad latinoamericana. Para ello, los autores de este libro centran sus esfuerzos en el trazado del itinerario vital, en la definición del sustrato histórico y cultural que ha originado un sujeto autóctono denominado por ellos «idiota latinoamericano» (en realidad, el apéndice que en el mismo libro se dedica al «idiota español» me parece sumamente forzado).

Ahora bien, ¿quién es este sujeto en cuestión? Las páginas del libro van a ir poco a poco definiendo sus contornos en lo personal y en lo histórico y político. Según podemos leer, el idiota latinoamericano ha sido y es un sujeto que ha sabido conducir sus sueños: revolucionarios, edificados a patir de la vulgata marxista, divulgados en forma de la clásica demagogia populista, hacia una posición de poder santificada por el clientelismo político y un sentido de patrimonialización del estado o de la cosa pública. En sí mismo, tal personaje no es un fruto baldío, al contrario, es sustentado por toda una tradición cultural que culpa de sus males a lo ajeno (la herencia española, primero, el imperialismo yanqui después). Al mismo tiempo, nuestro querido protagonista se ve fortalecido por toda una tradición política que apela al victimismo, a la explotación, y que, dando pábulo al caudillismo político, bien conservador, bien revolucionario, se refugia siempre en el almíbar de la mitología para eludir sus responsabilidades en la realidad. Puede afirmarse que los capítulos que tratan esta orientación («El árbol genealógico» y «Qué linda es mi bandera») son lo más logrado de este volumen.

El libro, siendo tan refrescante como escasamente profundo, en todo caso sumamente desmitificador, está escrito con gracia y gran ironía, pero dista mucho de ser una obra importante. Su enfoque es tan absoluto, su negatividad tan completa que, en muchas ocasiones, a duras penas parece ir más allá del ajuste de cuentas público. Tampoco, por otra parte, aporta proposiciones novedosas. Nada se aventura, por ejemplo, sobre lo que podría ocurrir en Cuba el día después o, en cualquier caso, cómo llegar a ese día. Y, respecto a las invectivas lanzadas contra el asesinado padre Ellacuría y la Compañía de Jesús en general, so capa de apología del evangelio de los pobres y de la teología de la liberación, cabe decir que, observado en la larga duración, este fenómeno no resulta novedoso: ya hace algunos siglos Pascal y los jansenistas referíanse a ellos como golfos y asilvestrados. Sin embargo, pasan los siglos y los jesuitas siguen siendo la multinacional más sólida que tenemos.

En el fondo, sospecho que El manual del perfecto idiota... terminará siendo pasto del infortunio y el maleficio, pues no será leído por quienes deberían leerlo y será degustado por aquellos a quienes menos falta les hace. Tal manjar no caerá en manos de los «progres-revolucionistas», que tanto lo necesitan, y sí, en cambio, será postre apetecible de todos aquellos que creen que los idiotas son los demás sintiéndose ellos, aun si cabe, más inteligentes y lúcidos.

01/03/1997

 
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