ARTÍCULO

Visita guiada a las ruinas

Taurus, Madrid
Trad. de Juan Ramón Azaola
250 pp. 19 €
 

Les propongo empezar con un breve texto, que podemos titular «Tony»: «Nunca conocí a Tony Judt. Él nació en febrero de 1948 en Londres, pero se mudó de un lugar a otro. No teníamos más vínculo que el hecho de que yo fuera lector suyo y que mi formación original fuera en historia francesa. Me acuerdo bien de aquellos de entre sus muchos libros que yo he leído. Pero hasta hace poco hacía tiempo que había perdido contacto con su obra, lo que resultaba una lástima».
Estas líneas son una parodia, no malintencionada, de uno de los ensayos o recuerdos –el XXIV, precisamente titulado «Toni» (se refiere a otra persona, como en su momento explicaremos)– de las memorias de Tony Judt, un capítulo de su último libro, The Memory Chalet, aparecido no hace mucho, y traducido entre nosotros como El refugio de la memoria. Por supuesto, el párrafo refleja algo de mis sentimientos cruzados. Como historiador, puedo añadir que, en general, la compañía viva de los historiadores me desagrada, pues –supongo que como tantas otras corporaciones académicas– hablan casi exclusivamente de chismorrería profesional, tema que me desinteresa por completo, y muy raras veces de Historia, que me apasiona. En cambio, gusto mucho de dialogar con mi gremio mediante la lectura, escuchar sus voces y sus ideas en su prosa.
A lo largo de los últimos meses, The Memory Chalet ha resultado un éxito mundial, un último triunfo desdichadamente póstumo para su autor. Como reza una banda añadida en la portada de la última edición de la versión española, ha sido proclamado «Libro del Año» por diversos diarios británicos. Pero he empezado con una parodia, pues esta obra me ha provocado serios problemas conceptuales durante su lectura. Me explicaré mejor.
En primer lugar, hay que establecer la ya conocida distinción entre las memorias, una apología pro vita sua redactada por alguien que ha vivido en tiempos ya de por sí interesantes, y los relatos autobiográficos, en los que el protagonista desvela su vida interior, que se presume de especial atractivo para otras personas. Pero estos géneros, que datan de la Antigüedad (piénsese en las Meditaciones de Marco Aurelio o las Confesiones de San Agustín), han vivido un cambio extraordinario, sobre todo en la segunda mitad del siglo pasado, una tendencia que no tiene visos de cambiar en la nueva centuria. En primer lugar, hay que tener en cuenta el fabuloso crecimiento demográfico del siglo xx (que casi dobló dos veces la población mundial entre 1900 y la fecha actual): hay mucha más gente y el número de los que desean expresarse crece, cuando menos, aritméticamente, se quiera o no. En segundo, el acceso de multitudes a la educación superior ha producido una avalancha de prosa autocontemplativa (de muchos tipos, no solo autobiográfica), que desborda a todos, tanto productores industriales como consumidores. Así, editoriales, lectores y críticos no damos abasto ante la ingente oferta (288.355 libros editados en Estados Unidos en el año 2009, según Wikipedia, frente a 86.300 publicados en 2008 en España). La primera pregunta sería, pues: ¿por qué tendrían que atraerme las reflexiones de Tony Judt en su lecho de muerte?
La importancia de la obra viene sobre todo por la manera especial en que fue redactada. Judt padeció esclerosis lateral amiotrófica (la misma enfermedad que sufre, de modo diferente, el físico Stephen Hawking). En su caso, le sobrevino por sorpresa y con mayor contundencia: fue diagnosticada en 2008 y para octubre del año siguiente estaba ya paralizado de cuello para abajo. Un par de meses más tarde, empezó a «escribir» una serie de ensayos, publicados a partir de enero de 2010 en The New York Review of Books. Judt murió el 6 de agosto de ese año.
Judt era historiador, especializado en historia de la Francia contemporánea: educado en Gran Bretaña, era bilingüe franco-inglés de familia. Publicó en francés su primera monografía (La reconstruction du parti socialiste: 1921-1926), obra aparecida en 1976. Pero su idioma preferido de escritura resultó ser el inglés. Escribió numerosos libros, todos bien recibidos profesionalmente (Socialism in Provence 1871-1914: A Study in the Origins of the Modern French Left, publicado en 1979; la recopilación Resistance and Revolution in Mediterranean Europe 1939-1948, en 1989; Marxism and the French Left: Studies on Labour and Politics in France 1830-1982, en 1990; Past Imperfect: French Intellectuals, 1944-1956, en 1992). Pero pronto empezó a acercarse al ensayo (por ejemplo, y muy notablemente, A Grand Illusion? An Essay on Europe, aparecido en 1996 y pronto trasladado a edición de bolsillo por Penguin). Practicar el ensayismo es algo que no suelen hacer los historiadores académicos, precisamente por identificarse ellos mismos con su propia densidad documental, sus abundantes notas a pie de página y su prosa aburrida, cargada de jerga. Ser plúmbeos resulta ser su señal de diferenciación frente al «intrusismo», la competencia de los aficionados, los periodistas y hasta los incultos con pretensiones de redactar un best-seller.
Como Judt escribía muy bien, se hizo notar pronto por sus ensayos cortos y largos. En 1995 fue invitado a fundar y dirigir el Instituto Erich Maria Remarque de la New York University (o NYU, a no confundir con la Universidad de Nueva York estatal o la municipal), centro dedicado a los estudios europeos. Así, situado en el ambiente densamente judaizante de la ciudad del Hudson, se lanzó a debatir temas explosivos como la política israelí. Como judío no religioso, que había pasado por una juventud sionista-marxista (con experiencia en los kibbutz), sus posturas contundentes y descreídas resultaron inusuales en el mundo harto conformista de los judíos norteamericanos. Su visibilidad le promocionó a comentarista de primera fila, situación que revalidó con su monumental libro histórico-ensayístico Postwar: A History of Europe Since 1945, texto largo y ambicioso aparecido en inglés en 2005 (y traducido de inmediato por Taurus como Posguerra. Una historia de Europa desde 1945) y que fue saludado por doquier como obra de máxima relevancia. Desde su cátedra neoyorquina auspició tres libros de colaboraciones de primer rango: empezó, en 2000, junto con el polaco americanizado Jan T. Gross y el excelente hungarista István Deák, con The Politics of Retribution in Europe: World War II and its Aftermath, recopilación aparecida en Princeton University Press; continuó en colaboración con el francés, asimismo americanizado, Denis Lacorne, Language, Nation, and State: Identity Politics in a Multilingual Age, sacado a la luz por Palgrave en 2004; el año siguiente dio a conocer, de nuevo con Lacorne y en la misma editorial, With Us or Against Us: Studies in Global Anti-Americanism.
Su vida era todo logros, la suerte le sonreía. Como dice una famosa canción, él había triunfado en Nueva York, lo que significa tener éxito en todas partes. Los historiadores mezquinos y envidiosos, como servidor –nacido asimismo en 1948, unos cuatro meses después que él–, lo utilizábamos como vara para medir nuestra propia insignificancia: al fin y al cabo, su ciudad de adopción era una metrópoli, un centro mundial que yo tuve que abandonar. Y, de pronto, como si fuera de la noche al día para quienes lo seguíamos de lejos en sus escritos, la buena fortuna le abandonó sin más. Judt se encontró, consciente y desesperado, tumbado en una cama de hospital, sin poder moverse, con una angustia que se agudizaba durante los largos silencios de la noche (lo que aparentemente puede ser un síntoma de su dolencia).
Entonces, para no enloquecer mientras algún punto de su cuerpo le picaba y él no podía rascarse, ni llamar a nadie para algo que a ellos les parecería nimio, a Judt se le ocurrió que debía «escribir». Lo explica con una claridad diáfana en las dos primeras entregas de su libro. Por falta de acceso a fuentes, al estar por completo paralizado, no le quedó más remedio que interiorizar su perspectiva y recurrir a lo que cada vez más suele llamarse la ego-histoire. Tal ego-historia consistiría en el relato íntimo de una experiencia más bien colectiva. Más concretamente, suele cifrarse en la personalización de algo mayor a la escala individual y que, por tanto, trasciende el contexto vital del narrador –la política, una corriente cultural, una coyuntura política–, sin que ello signifique necesariamente que este sea alguien destacado, importante, pongamos por su rango en relación con el poder.
Para conseguir soportar las noches y dedicarse a la narración, recurrió a un viejo truco de mentalista: en su cabeza edificó un memory palace, literalmente «un palacio de la memoria», un truco mnemotécnico consistente en hacer un diseño y fijar en cada objeto imaginado un dato que quiere recordarse, en su caso una frase. Podía pasar ocupado, durante el tiempo en que los demás dormían y el turno de enfermeras era minimalista, en la «redacción», lugar por lugar, habitación por habitación, de un ensayo. Por la mañana podía reproducirlo, con exactitud, supongo que por medio de una grabadora. Y así, sin capacidad para moverse, había «escrito». Como no podía mirar ni consultar nada, decidió hablar de sí, de su vida, de experiencias e ideas interrelacionadas, así como de algunos conocidos a lo largo de los años (como la ya mencionada Toni Avegael, muerta en Auschwitz en 1942, y razón del nombre de Judt) cuya presencia le inspiraba ganas de reflexión. El resultado era por fuerza una miscelánea, pero leído casi en directo, cada dos semanas, su impacto fue notable.
Me conmocionó, íntimamente, la lectura más o menos quincenal de las narraciones nocturnas, penosamente memorizadas, de Judt ofrecidas en The New York Review of Books. Era, de golpe, una visita a las ruinas de una vida, con el protagonista en pleno ejercicio de guía, dispuesto a explicarse con sinceridad y hasta amabilidad, la gentileza que da proverbialmente la proximidad del final existencial. Creo que, por primera vez en mi vida, esperaba la llegada de una publicación para leer una serie de artículos de un solo autor. Tenía la sensación –falsa, por supuesto, pero potente– de compartir sus sentimientos como prisionero encerrado dentro de su cuerpo inerte, al tiempo que podía entender su perspectiva acerca de la (es un decir, pero para entendernos) «generación del 68» en las universidades británicas. En consecuencia, miré la edición de sus artículos con una especial simpatía, aunque, bien, como ya los había leído, no salí corriendo a comprar el libro. Pero me presté con agrado a la propuesta de esta revista para reseñarlo, en su versión castellana (debo añadir que también puede encontrarse en catalán, traducido por Miquel Izquierdo, en la editorial RBA).
Para mi considerable sorpresa, la relectura de la traducción castellana de Juan Ramón Azaola me dejó indiferente. No sentí nada; me daba igual el carácter confesional de los capítulos y las percepciones que antes me impresionaron ahora carecían del brillo anterior. Inicialmente, cargado con mis prejuicios anglófonos, supuse que era un ejemplo más de una mala adaptación. El título castellano daba de entrada un buen indicio: el traductor «mejoró» el original y sustituyó un «refugio» ambiguo y anfibológico por el «chalet» con el cual el propio Judt quiso ironizar y rebajar sus pretensiones de dejar su memoria no en un palacio, sino en una casa cualquiera, propia de la vulgar clase media de profesores y profesionales menores, por doquier en un claro proceso de pérdida de relevancia social y reconocimiento.
Entonces, mientras yo pensaba cómo redactar esta reseña, un colega de universidad me sorprendió en un andén del metro, a la vuelta de las clases en un atardecer de finales de invierno. Primero bromeó acerca de cómo mis costumbres de antaño acerca del uso de los taxis se habían visto rebajadas a medios de transporte más colectivos. Para cambiar de tema, le conté mi decepción con El refugio de la memoria. Él es hombre bien leído y sofisticado (mientras hablábamos, sostenía con su dedo el lugar en que había interrumpido su lectura de una gruesa novela en alemán, que yo no podría pretender leer a mi lento ritmo de consultor de diccionario). Como tal, quiso responder a mi queja. Comentó su lectura de la versión original, que precisamente la semana anterior había comprado en formato de libro y consumido en una tarde. Me contestó que yo estaba equivocado acerca de la limitación de la traducción. Atraído por el ruido mediático acerca de la obra de Judt y conocedor de Posguerra, él había querido disfrutar de The -Memory Chalet en inglés, pero encontró el texto plano, sin los recovecos de intimidad que yo había descubierto en la inmediatez de los artículos publicados en aquella vida sin vivir del autor. A los pocos días, tuvo la amabilidad de dejarme su ejemplar y, en efecto, compartí su reacción y reviví –pero revisé– mi desencanto al abordar la traducción castellana.
Así, ahora ya a la tercera vuelta, no entiendo mis reacciones. ¿Seré un envidioso, llenó de Schadenfreude, el morboso placer producido por el dolor ajeno, al querer añadir la reducción del significado del Chalet de Judt a poco más que el garaje donde aparcaron a un moribundo? Cómo producto del famoso postwar baby boom, ¿será que tengo poca sensibilidad retentiva para las historias e historietas de las gentes de mi tiempo específico? ¿O será que estoy harto de confesiones de todo tipo y signo y, como viejo y blando superviviente de la segunda mitad del siglo xx, tengo escasa paciencia para escuchar la misma tecla tocada más de una vez? ¿O será, muy sencillamente, que no me complace un mundo en el cual todos creen tener algo emotivo que comunicar a millones de personas en las redes sociales?
Pero también es verdad que me gustaría ser capaz, al menos una vez, de conmover a un lector tan antipático como yo mismo tal y como lo hizo Judt en su día.

01/07/2011

 
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