ARTÍCULO

Las trampas del azar

Anagrama, Barcelona, 369 págs.
Premio Herralde de novela 2001
 

Uno de los protagonistas de esta novela, Walter, piensa que los únicos que creen en la casualidad son los que viven de ella. Esa convicción se va a volver contra él durante las dos primeras semanas de julio de 1999 ya que, como espía de la extinta Stasi de Alemania del Este, como ex espía, habría que denominarlo, Walter necesita justamente lo contrario, confiar en la ley de la causalidad, en las bolas de billar y sus matemáticas y precisas carambolas a tres bandas. Su huida hacia delante para tapar el espanto del amor traicionado y de una mujer que no ha querido saber más de él, nunca, le lleva a una desquiciada peregrinación por Moscú, San Petersburgo, Berlín y Jerusalén en busca de una respuesta en forma de espejo que, al cabo de la fuga, se le revela como su verdadero rostro, hecho añicos, como el mundo en que no ha dejado de creer.

Anja, su compañera, se queda en Madrid, donde trabaja (se oculta) tras el colapso de la Alemania del Este, para seguir la pista de la única testigo de la muerte ¿fortuita? de su enlace, el que tenía en la cabeza los nombres, las fechas y los contactos que hubieran propiciado una nueva reunión del grupo.

Este accidente pone en marcha, por última vez, a este racimo de derrotados y desnortados apátridas (su partida de nacimiento es la ideología o el grumo de intereses espurios que los convocó en torno a su «profesión») en busca de una respuesta coherente a una muerte absurda y a la posibilidad de reorganizar el equipo, casi diez años después de la caída del Mundo que les daba cobertura. Ahora, el sinsentido latente de sus vidas ha cobrado un nuevo sesgo en forma de esta última misión, tan absurda como vagar por medio mundo en pos de un fantasma (Walter) o asistir a una patética representación familiar de intereses y prejuicios burgueses (Anja), que se ha de confundir, al final, con la necesaria conspiración que los haga seguir sintiéndose vivos y útiles en medio de sus despojos, en un ejercicio maestro y fallido por parte de los espías, mezcla de sobreinterpretación y azar.

Esta es la nervadura temática de la última novela de Alejandro Gándara, Premio Herralde de Novela, que ya ganara el de ensayo en la misma editorial, hace tres años, con Las primeras palabrasde la creación, texto con el que emparenta, no sólo en el título, sino en espíritu e intenciones, en tanto que reflexión sobre el Sentido y la búsqueda, y en cuanto que todo espía es, por definición, un hermeneuta que debe estar atento, solamente, a no excederse con la sobreinterpretación, fatal en su caso. Últimas noticias de nuestro mundo representa la consolidación de un escritor serio, meticuloso, nada complaciente con los clichés o las modas. En esta ocasión, para abordar su sexta entrega narrativa, se ha servido del esquema clásico de la novela de espías para intentar enhebrar una reflexión, social y psicológica, sobre los rescoldos de un mundo ido, que no acaba de ser sustituido por nada más allá del pensamiento débil, único y más o menos globalizado de una posmodernidad fin de trayecto de la historia, la cual sólo bajo la mirada crítica de un nuevo Paradigma mostraría todos sus mecanismos de perentoria supervivencia inconsistente, afanada sólo en sustituirse a sí misma en las cadenas de producción (de objetos y de ideas): tal el pensamiento de Walter, quien ofusca en alcohol e ideología la traición cobarde al amor de su vida, verdadera causa, como dije, de su empeño en llevar hasta el final esta última y absurda misión, su «curvatura del ala», la que sostiene el avión y lo mantiene a flote, así lo explica él mismo a Anja en su breve encuentro en Barajas, un capítulo central e intenso sobre el que gira, y se precipita, todo el armazón estructural de esta medida y dosificada novela.

O Anja, otra extranjera de nacimiento, que huye de sí misma y, como le diagnostica Walter, «hay algo muy satisfactorio en dejar de ser uno mismo o simplemente en dejar de ser lo que eres». A Walter le gusta «llegar hasta el final, por curiosidad», y Anja quería irse de donde estaba y «meterse en un agujero». El resto es una novela, también, sobre la condición humana, sobre el aterimiento congénito del ser humano a expensas de miedos tribales, mecanismos de seguridad, fes en lo por venir: Últimas noticias de nuestro mundo revela con acierto el resorte oculto de cada uno de sus personajes para sobrevivir en un mundo inclemente y hostil construido a partir de energías perfectamente descontroladas a las que luego se nombran y bautizan poética o pomposamente como amor, dios, estado, comunismo, honor, causa, familia, mercado o dinero.

Es, sobre todo, en el tratamiento de los personajes secundarios donde mejor se observan las sutiles dotes del novelista para reconstruir un espejo (en el que el lector se mira y se espanta) hecho con los añicos del mundo roto y pisoteado: significativas son, como escenas, la persecución de Juan por medio Madrid, la confesión impotente y suicida de Andrés, el encuentro de Walter con Mathilda en el kibutz, las conversaciones de Anja con Elisa: en todas ellas se nos revela el denso entramado psicológico que late bajo cada estructura social, y viceversa; secuencias matizadas con un estilo eficaz, que rehúye la retórica y que se revela particularmente brillante en el tratamiento de los espacios y las descripciones externas, sobre todo de las ciudades por las que deambula insomne Walter, su mejor logro.

Una novela que se lee con interés, aunque acaso se quede a mitad de camino entre la bien acabada factura del producto de género y el intento de mirada ahondadora en algo más común y más profundo como es el desnortamiento congénito y la paranoia profesional, y cuya lectura deja un amargo y ambiguo sabor de boca tras este viaje interior y exterior por el final de una utopía que sirvió de caparazón para que muchas «almas muertas» encontraran su refugio de actividad y alineación en medio de un caos fuera de control: el capitalismo no es un sistema, pues no se opone a ningún otro, del mismo modo que la posmodernidad no es un Paradigma; la terrible conclusión, entre elegíaca y cínica, es que la partida de ajedrez se ha convertido en una onanista tirada de dados.

01/01/2002

 
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