ARTÍCULO

Material rescatado

Lumen, Barcelona.
Trad. de Jaume Bonfill
624 pp. 22 euros
Anagrama, Barcelona
Trad. de Jaime Zulaika
160 pp. 13 euros
 

Después de haber permanecido en su particular «ataúd de artesanía» durante veintidós años (murió en 1984, en vísperas de cumplir los sesenta años, que significan algo así como la mayoría de edad),Truman Capote resucita, también en español, con la publicación de dos nuevos libros. Porque no otra cosa que resurrección es para un escritor la publicación de un libro póstumo; y más si son dos, naturalmente. Esto de publicar inéditos póstumos es una tendencia editorial bastante generalizada. Se decía que Hemingway había depositado en la caja de seguridad de un banco algunos libros inéditos que deberían ser publicados después de su muerte por dos motivos principales: el primero, dejar una buena herencia a su familia, y el segundo, no tener que pagar al fisco. Pero después de la esplendorosa aparición póstuma de París era una fiesta, el resto del material se reveló de calidad decreciente, y si bien Islas en el golfo (o Islas a la deriva, que de ambas maneras se llamó en español), es más Hemingway que El jardín del Edén y, desde luego, que Al romper el alba, no alcanza la altura de Tener o no tener, sin que sea ésta de las mejores novelas del maestro. Como Crucero de verano no es Desayuno en Tiffany's, por mucho que Grady, la protagonista de esta narración, sea la precursora de Holly Golightly. Mas como hemos conocido antes a Holly, la preferimos a Grady, aparte de que Holly es un personaje mucho más matizado y emocionante. La historia del rescate de Crucero de verano, que bien podía haberse perdido de manera irremediable, es en cierto modo novelesca. Su manuscrito se compone de cuatro cuadernos escritos con pluma y con abundantes correcciones (así se escribe, ciertamente, y no tecleando un aparatejo, como si el escritor fuera un oficinista modernizado), a los que complementan sesenta y dos páginas de notas. Este manuscrito, que Capote había comenzado a escribir en 1943, fue abandonado en una caja que contenía papeles y fotografías viejas cuando dejó su piso de Brooklyn en 1966 para trasladarse a otro más en consonancia con el éxito de A sangre fría. El portero del inmueble, un hombre de indiscutible curiosidad literaria, guardó aquella caja en la que se encontraba entre polvo (supongo) lo que el crítico Adam Mars-Jones califica como «un cuento de hadas de Nueva York», hasta que en 2004 fue subastado su contenido en Sotheby's. De este modo, un texto de Capote perdido, reaparece. No se trata del mejor Capote, pero al menos es de Capote: un escritor a quien se puede leer con agrado incluso en sus momentos flojos, aunque no en los más flojos.
Capote es uno de los escritores más variables (valdría también decir «camaleónicos») del siglo XX. Otras voces, otros ámbitos y El arpa de hierba no anuncian necesariamente Desayuno en Tiffany's, y ésta, de ninguna manera, es la vía que conduce a la impresionante A sangre fría, en la que la ensoñación poética y mágica se desvanecen en una dura inundación de realidad. ¿Podía esperarse realismo en Truman Capote?, cabe preguntarse, y responder: ¿por qué no? O, ¿es que no existen muchachas como Holly Golightly, aunque sólo Capote sea capaz de dar con ellas? Y como Holly, al cabo, acaba mostrando sus raíces campesinas, Capote, a pesar de mostrarse tan neoyorquino y tan hollywoodense y tan cosmopolita en general, no por eso deja de ser un escritor del Sur. Y aunque su Sur se aproxima más al de Carson McCullers, por ejemplo, como en todo Sur que se precie no deja de advertirse algún eco de Mark Twain y de William Faulkner; en su caso, más de Twain que de Faulkner: es obvio.
Crucero de verano se desarrolla en Nueva York.Aunque Grady anuncia a Holly (si entendemos que Holly se reduce a comportarse como una snob), Holly la engulle y todavía le queda espacio para mucho más. En el capítulo primero, Grady le dice a otro personaje: «Aun así, quiero que me lo cuentes todo». Con lo que Grady es más Truman Capote que la propia Holly, y precisamente este ansia de contarlo todo y escucharlo todo es el principio fundamental que anima el otro libro póstumo de Capote ahora rescatado, Un placer fugaz, título de una colección de cartas personales. En una de ellas, dirigida a Robert Linscott, Capote escribe: «Tu carta era un placer demasiado fugaz». Ese «placer fugaz» (junto con otros, menos confesables), Capote lo cultivó a lo largo de su vida. Esta gruesa colección de más de setecientas páginas se inicia con una nota brevísima, aunque importante, escrita en el otoño de 1936, y dirigida a su padre. En ella nace o surge no sólo el escritor de cartas, sino el propio Truman Capote, con el nombre por el que es universalmente conocido. Como es sabido, su madre, una actractiva mujer de pueblo llamada Lillie Mae (probablemente modelo de Holly Golightly), se había separado de su marido, Arch Persons, con quien tuvo a Truman, y contraído nueva unión con Joe Capote, un cubano que se ganaba muy bien la vida en Wall Street. Con el cambio de padre sobrevino el cambio de apellido, y Truman le anuncia al señor Persons la inauguración de su nuevo nombre: «Como sabrás, mi apellido ya no es Persons sino Capote, y me gustaría que en el futuro te dirigieras a mí como Truman Capote, ya todo el mundo me llama así».Y la última es un escueto telegrama dirigido a Jack Dunphy, con fecha de 23 de febrero de 1982. La última carta propiamente dicha es de 1980 y rezuma pesimismo.Anuncia la muerte de Cecil Beaton y termina con una sombría premonición; pues aunque afirma que sigue trabajando en el libro que estaba decidido a que fuera su obra maestra, Answered Prayers, confiesa que «puede que yo nunca termine Answered Prayers, pero sigo cavando». En cualquier caso, el enorme material epistolar acumulado entre 1936 y 1980 (y nadie es capaz de concebir, cuántas cartas son capaces de acumularse en las casas de quienes, cada vez más raros, cultivan el género epistolar), se encuentra ahora a disposición de los lectores interesados. El motivo de ese interés (sea literario, chismográfico o sencillamente insano) es cuestión que no compete al crítico.
Debo hacer una declaración de carácter personal antes de seguir adelante. Seguramente soy de los pocos que, a estas alturas de la informática y del telefonismo fijo o móvil, dedican parte de su tiempo a escribir cartas a corresponsales no menos grafómanos. No obstante, no estoy muy convencido de que la publicación de cartas personales no invada el ámbito privado. La carta, salvo cuando se escribe con ánimo de ser publicada, tiene un único destinatario concreto, con nombres y apellidos que figuran en el sobre y en el encabezamiento, que en ningún caso es el público sin nombre que lee el libro epistolar. El autor de las cartas, por tanto, conoce a quién se dirige, pero lo ignora todo del nebuloso lector futuro que habrá de leerlas sin ser su destinatario; y esto, evidentemente, es una indiscreción. Para evitar indiscreciones, Samuel Johnson optó por decir en sus cartas «lo mínimo posible acerca de mí mismo».Actitud cautelar sumamente prudente, digna de elogio. No fue éste el caso de Truman Capote, quien en sus cartas suelta la pluma como en las conversaciones desenfadadas de altas horas de la madrugada se suelta la lengua.
Puede justificarse la publicación de cartas de determinados personajes por su interés literario e histórico. De ahí que debemos preguntarnos si las cartas que nos ocupan presentan verdadero interés literario. En primer lugar, Capote se ocupa en ellas poco de literatura. Nos sorprende comprobar la escasa atención que le presta a la literatura de los demás, y muy señaladamente a la literatura clásica. Ni una sola vez nombra a Shakespeare, lo que parece inconcebible en un escritor en lengua inglesa.Y si, según se admite, los escritores que más sentido tuvieron para él fueron Flaubert, Henry James, Proust y Faulkner, a los dos primeros no los menciona, y del autor de A la busca del tiempo perdido sólo dice, el 15 de junio de 1958: «He vuelto a Proust». De Faulkner se ocupa más, pero más bien porque le dieron el Premio Nobel, y le echa una de cal y otra de arena: «Me complació que le dieran el Nobel a Faulkner, pero no me agradan en absoluto sus Collected Stories. Salvo tres, esos relatos me parecen inacabados, ilegibles, verdaderos fraudes. "¡Doctor Martino!" "¡And Artist at Home!" "¡Honor!" Oh, oh, oh. ¿Has leído que al llegar a Suecia dijo que su profesión era la de granjero? No estoy muy seguro de que no anduviera en lo cierto. ¿Y has leído la carta que envió a Time en defensa de Hemingway? Por Dios». Hacia Hemingway muestra Capote especial malignidad, quién sabe si porque considera que no le agradaría ser abrazado por sus brazos peludos. Pero hacia otro escritor más fino que Hemingway, Edward Morgan Forster, no revela mayor simpatía. En cambio, expresa afecto hacia William Saroyan y le caen bien Lionel Trilling y su esposa, quién sabe si porque son críticos literarios muy influyentes. En cuanto a lecturas, le recomienda Look Homeward,Angel, de Thomas Wolfe, a Alvin Dewey III, y The Catcher in the Rye, de Salinger: una novela que no me extraña que le gustara a Capote. Pero acota, a propósito de Look Homeward, Angel, «algunas reservas al respecto». Si alguien busca en estas cartas impresiones y juicios literarios, encontrará más bien chismografía.A Capote le gusta escribir a sus amistades sobre sus amistades, sobre la gente de Hollywood y la «gente guapa» en general, y a veces lo hace con despiadada malignidad. Otras, es trágicamente premonitorio. El 20 de noviembre de 1953 escribe a propósito de Reeves McCullers, que había estado casado con la novelista Carson McCullers: «Está aquí en París, si es que el alcohol no lo ha matado en veinticuatro horas»; y el 27 del mismo mes, le comunica a Andrew Lyndon que asistió al entierro de Reeves, que se había suicidado con barbitúricos.
En su línea chismográfica habitual, señala que André Gide «ha causado escándalo, pero no porque le guste llevarse a los niños a casa, sino porque sólo les paga doscientas liras», que, añade, equivalen tan sólo a veinte centavos. Otra malignidad literaria se expresa cuando insinúa perversiones sexuales entre personajes de Jane Austen y Mark Twain. Esta manera de producir escándalo debía de ser de una gran eficacia en ambientes pretendidamente refinados, aunque a estas alturas de la «civilización», lo raro es que ya no se haya hecho una novela o una película sobre las relaciones homosexuales de Tom Sawyer y Huck Finn. Porque la degradación va más deprisa de lo que Capote podía esperar.
A veces penetra en sus cartas cierto lirismo rematado por una chuscada: «La semana pasada estuve en Venecia unos días; preciosa, con la nieve cayendo lentamente en el Gran Canal, la "piazza" San Marcos tan extensa y tan vacía, un estampido de calor cuando abrí la puerta del Harry's Bar [...] pensé en ti y en que quería enviarte una postal».
De su labor como escritor escribe mucho menos. En 1946 anuncia un artículo, muy propio de él, en el que refuta «la teoría francesa según la cual los únicos escritores norteamericanos son Faulkner, Steinbeck, Dashiell Hammett y Hemingway». Es comprensible que ninguno de los cuatro le hiciera muy feliz, aunque, como ya hemos señalado antes, la gigantesca sombra de Faulkner planea sobre todo escritor del sur, incluido quien se transformó en cosmopolita neoyorquino o inventó en A sangre fría algo que está en el origen de Tom Wolfe (no confundir, por favor, con el desmesurado autor de Look Homeward, Angel, o, por escribirlo en español, El ángel que nos mira) y también en el escueto y eficaz modo de hacer de Raymond Carver y Tobias Wolff, lo que puede que sea más interesante. También dedica comentarios a sus trabajos como guionista –poco brillantes, por cierto–, y le parece mejor La burla del diablo, de John Huston, que Estación Termini, de Vittorio de Sica, en lo que estamos de acuerdo.
Gerald Clarke, su biógrafo, y compilador de este epistolario, indica que «para sus enemigos, Capote tenía una lengua tan afilada como la daga de un asesino. Pero a ellos no les escribía. Sólo mandaba cartas a los amigos, para los que tenía, de principio a fin, una generosidad digna de un santo». En el aspecto literario, Clarke afirma que Capote se presenta en sus cartas con una dimensión diferente a la de sus novelas: «Un hombre que solía reelaborar y pulir todo aquello que tuviera que firmar, a veces tomándose unas cuantas horas para encontrar la palabra exacta, escribía las cartas a una velocidad de vértigo, con las prisas habituales, como dijo alguna vez, para llevarlas a tiempo a correos antes de la última recogida del día». Lo que nos recuerda las cartas de Cicerón que tradujimos en el bachillerato, de una sencillez casi descuidada que contrasta con su elocuencia oratoria. «Ojalá llevara un diario», le confió a Saroyan. Sus cartas lo sustituyen con creces.

01/09/2006

 
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