ARTÍCULO

¿«Tigre de la manigua» o militar estricto?

 

Como en tantos otros casos de nuestro pasado reciente, el nombre del general Weyler (Valeriano Weyler y Nicolau, marqués de Tenerife y duque de Rubí; Palma de Mallorca, 1838 - Madrid, 1930) es desconocido para el gran público, suena lejanamente a los más enterados y es tan sólo en definitiva un personaje inevitable para los especialistas en la España de la Restauración. Sin embargo este militar sumido ahora en el olvido, o al menos en un cierto limbo, fue en su tiempo –no tan lejano; prácticamente el de nuestros abuelos– la figura más odiada, temida y admirada, más controvertida en suma, de finales del siglo XIX y comienzos del XX , y no sólo en España, sino fuera de ella, pues tuvo el honor de ser la diana, el blanco predilecto, en el que hizo sus primeras armas el periodismo amarillo moderno, el de William R. Hearst y Joseph Pulitzer. Pero como toda esta historia es larga y no demasiado bien conocida, merece la pena que tracemos, aunque sea a grandes rasgos, sus líneas fundamentales.

La historia comienza mucho antes, con el primer Weyler, bisabuelo de nuestro hombre, que llega desde su Alemania natal para servir en la guardia valona del rey de España. Los Weyler se establecen en España –arraigarán en las Baleares– dando lugar a varias generaciones de militares, en nada diferentes a las familias castrenses de rancio abolengo español. El joven Valeriano Weyler ingresa así de un modo natural en la milicia, aunque sus condiciones físicas –débil, enclenque, metro y medio de estatura– no parecen a priori las más adecuadas. Es precisamente dicha constitución física la que marcará decisivamente su carácter con ese rasgo férreo que le acompañará toda su vida, el de sobreponerse a las adversidades y limitaciones –empezando por las de él mismo– con una obstinación y una intransigencia casi inhumanas. De aquí derivan todas sus virtudes, y también, por supuesto, sus grandes defectos.

Si a un jefe militar se le pide ante todo valor físico, capacidad táctica, determinación y disciplina, nadie puede poner en duda que Weyler es insuperable. Siempre a la cabeza de sus hombres, arrostrando los mayores peligros, sufrido como el que más. No se trata en este caso de frases hechas, sino de la más cruda realidad: no estamos ante un jefe de despacho, sino ante un soldado de tienda de campaña, que en las marchas se hunde en el barro si es preciso, duerme en el suelo y se alimenta con un mendrugo de pan y una lata de sardinas. Son cualidades que se ponen de relieve en campañas particularmente sucias, hablando en términos militares: Santo Domingo primero, inmediatamente después la Guerra de los Diez Años (1868-1878) en Cuba, el último enfrentamiento con los carlistas ya en la península, y de nuevo el conflicto colonial, esta vez en el otro extremo del mundo (las Filipinas). Weyler se curte como jefe militar en esas guerras modernas, que nada tienen que ver ya con las hostilidades a campo abierto de la guerra caballerosa y tradicional. En estas luchas coloniales y civiles todo vale, la crueldad, el ataque a traición, la toma de rehenes entre la población civil, la quema de cosechas o la destrucción de aldeas enteras. No puede entenderse a Weyler, ni mucho menos las razones por las que pronto sería famoso, sin ese contexto.

Los cinco primeros capítulos de la obra de Cardona y Losada recorren a grandes trechos las vicisitudes de Weyler en esos diversos frentes, sin descuidar en ningún momento, aunque también en rápidas pinceladas, el entorno político y militar en el que se inserta la actuación del ya renombrado caudillo. Caudillo, sin embargo, en un sentido bastante inusual en la España decimonónica: como jefe exclusivamente militar y no como espadón con veleidades políticas. Ello es así hasta el punto de que, como subrayan con acierto los autores, Weyler fue uno de los pocos generales, por no decir el único, que sin vinculaciones partidistas previas, acató sin rechistar la orden del gobierno Serrano de reprimir sin contemplaciones el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto. Sólo por fidelidad al régimen político al que había jurado lealtad. Esa actitud constituiría una constante de toda su vida. Sirvió con idéntica franqueza al régimen isabelino que al Estado de la Gloriosa, lo mismo a la República de 1873 que al sistema canovista. Fue militar disciplinado incluso en los difíciles momentos, tras el 98, en que se le llamó en el Senado, con notoria exageración, «militar fracasado» (conde de las Almenas) y, sobre todo, lo que tiene más mérito, cuando fue tentado por los más diversos sectores políticos –¡de los carlistas a los republicanos!– para encabezar un levantamiento militar. Ya octogenario se opuso con todas las fuerzas que le quedaban, que no eran pocas («Genio y figura», como reza el último capítulo), al golpe de Primo de Rivera.

Ese era su concepto de militar liberal: el ejército siempre tiene que estar subordinado al poder político, sea el que sea. Un liberalismo, desde luego, que no coincide con la óptica actual en muchos aspectos, como ese riguroso concepto de orden público que Weyler aplicó desde la capitanía general de Cataluña: a base de redadas masivas y ejecuciones sumarias (de culpables e inocentes mezclados, tanto daba) terminó con el cáncer anarquista en la Ciudad Condal. También, si hacía falta, era capaz de hacer política, pero siempre desde el orden constituido (fue ministro de la Guerra en tres ocasiones distintas en la primera década del siglo XX ). Anticlerical, se sentirá siempre más cercano al partido de Sagasta que a los conservadores, aunque es capaz también de servir a éstos con la misma profesionalidad. De hecho, fue Cánovas quien le llamó para el puesto que iba a marcar su vida de ahí en adelante: capitán general de una Cuba en llamas a comienzos del año 1896. Con acierto parodian Cardona y Losada a Graham Greene: Weyler era efectivamente, para la opinión de entonces, «nuestro hombre en La Habana», el hombre providencial, el único que podía evitar la catástrofe.

Y Weyler hizo en Cuba exactamente lo que se esperaba de él. Contestó a la guerra con la guerra, sin cuartel, sin piedad, sin contemplaciones. Los jefes de los insurrectos –Máximo Gómez, Antonio Maceo, Calixto García– habían declarado una guerra total, con todas sus consecuencias. Weyler aceptó el reto. No hubo espacio para la neutralidad. Hasta el último campesino se vio implicado en las hostilidades, a favor de un bando o de otro. El general español aplicó en Cuba toda su experiencia en lucha antiguerrillera. La medida más espectacular fue el llamado «bando de reconcentración», por el que se conminaba a buena parte de la población a abandonar sus casas, para agruparse en lugares designados al efecto, bajo la protección del ejército español. Los defensores de esa táctica, empezando naturalmente por el propio Weyler, argumentaron, con toda la razón desde el punto de vista militar, que era la única manera de aislar a las partidas facciosas. De hecho, es la táctica que han seguido después, a lo largo de todo el siglo XX , todas las fuerzas de ocupación hostigadas por un escurridizo movimiento guerrillero o terrorista. Pero desde el punto de vista humano las consecuencias fueron catastróficas. El ejército español carecía de los medios logísticos y sanitarios para atender a esas grandes masas de población. En cuestión de meses, los muertos por mala alimentación y deficientes condiciones higiénicas se contaron por miles. Era lo único que le faltaba a la eficaz campaña de propaganda cubano-norteamericana.

Carnicero, hiena, salvaje, sádicotorturador... Calificativos no faltaron para describir a Weyler o a los oficiales a sus órdenes. A él no le importaba. Él era un militar y no un político. Y desde el punto de vista militar era obvio que había dado la vuelta al rumbo de la guerra. Como señalan adecuadamente los autores, ahí estuvo su gran fallo: Weyler no llegó a comprender que la guerra de Cuba no se ganaba únicamente en el campo de batalla. La otra gran contienda, la decisiva en el mundo moderno, la de la imagen y la propaganda, la perdió estrepitosamente. Ante un Torquemada redivivo actuando frente a sus costas, los Estados Unidos se sentían archilegitimados para intervenir.

G. Cardona y J. C. Losada se han detenido especialmente, como era previsible, en ese episodio cubano, al que dedican casi un tercio de la obra –cinco capítulos–, por más que sólo ocupara año y medio largo de la vida del general. Pretenden mantener un tono neutro y frío –demasiado, quizás, tratándose de una guerra tan brutal–, con un relato de las campañas casi novelado, pero historiográficamente irreprochable, y con una encomiable voluntad didáctica que les lleva, en un alarde de cortesía hacia el gran público, a no dar nada por supuesto; así, especifican desde el número de hombres que comprendía un batallón hasta el tipo de armamento que utilizaba el ejército de entonces, pasando por la descripción de los diversos escenarios de combate, la alimentación o el vestuario de los soldados. Detalles, todos ellos, sumamente interesantes para comprender las atroces condiciones en que combatían los jóvenes españoles, tan poco acostumbrados a aquel medio hostil; por citar sólo un elemento, el calzado, hay que tener en cuenta que las alpargatas de esparto que calzaban –¡no se piense en botas de cuero ni nada parecido!– propiciaban que anidaran entre los dedos del pie las niguas, diminutos insectos que terminaban por llagar y extenuar aún más a unos hombres exhaustos por caminatas de varios kilómetros diarios por terrenos pantanosos.

Nos encontramos en fin con una biografía que no tiene las pretensiones de exhaustividad, ni de retrato total de un personaje y una época, al modo que Álvarez Junco ensayó con Lerroux. Es obvio que para ello se hubiera necesitado un volumen que duplicara o triplicara a éste, máxime teniendo en cuenta la longevidad del personaje (92 años). ¡Casi un siglo de la reciente historia de España! El libro que comentamos desecha, pues, de principio tales pretensiones y se inscribe desde sus propios fundamentos en unas coordenadas más modestas, de divulgación seria y documentada. Pretende ser ante todo una biografía ordenada, rigurosa e imparcial, pero por encima de todo amena, y realmente lo consigue. No puede olvidarse por otro lado el contexto en el que se inscribe, el desierto bibliográfico en torno a la figura del general, del que hasta hace bien poco sólo contábamos con las muy mejorables semblanzas de Julio Romano, Luis de Armiñán y el nieto del propio Weyler (estas dos últimas, las más recientes, ¡de 1946!), a las que se han añadido últimamente algunos estudios parciales que seguían sin estar a la altura del personaje.

Dos observaciones para terminar. La primera, de orden estrictamente formal, es que se han deslizado –quizás por los típicos apresuramientos editoriales– algunas erratas, más que errores, que afean innecesariamente el libro: así, por ejemplo, en un lugar tan destacado como el índice, Balmaseda por Valmaseda, o la contumacia (págs. 15 y 180) en hacer llegar al general a tomar el mando en Cuba diez años antes de lo que fue en realidad. Mucha más importancia tiene la segunda: rígido, autosuficiente, excéntrico, mujeriego, culto, hosco, ambicioso, desaliñado, inteligente, audaz..., es indudable que la personalidad de Weyler, con todos sus matices y contradicciones, puede resultar a muchos fascinante. Da la impresión que los autores no han podido resistirse a la seducción del personaje. El retrato final que surge de estas páginas es francamente favorable al general. Uno puede compartir –es más, está completamente convencido de ello– que Weyler fue mucho más un militar estricto que el «tigre de la manigua» que señalaban los tabloides norteamericanos. Pero hay que subrayar también que su intransigencia, malgré lui, derivó en crueldad, del mismo modo que su sentido primario del deber llevó al exterminio de poblaciones enteras. No se olvide que Weyler fue a hacer en Cuba –Martínez Campos dixit– lo que ningún otro general español se atrevió a realizar.

01/04/1998

 
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