ARTÍCULO

Teólogo, conspirador y enamorado

Trotta, Madrid, 320 págs.
Trad. Dionisio Míguez Fernández; Ed. Ruth-Alice von Bismarck y Ulrich Kabitz
 

Mucho se había esperado la publicación de la correspondencia entre D. Bonhoeffer (1906-1945) y su novia María von Wedemeyer, cuyo original apareció en Alemania en 1992 y fue rápidamente objeto de sucesivas ediciones. La expectativa venía provocada especialmente por la condición del novio. A los 38 años, este pastor luterano, originario de una familia de la alta burguesía prusiana (y tío carnal del futuro director de orquesta Christoph von Dohnanyi) tenía tras sí una densa existencia como profesor de teología en la renombrada facultad de Berlín, autor de obras que habían obtenido una cierta difusión (también en el terreno de la filosofía: entre otras, una «Ética» que quedó inconclusa y fue editada póstumamente) y participante en comprometidas actividades de su Iglesia en el marco del escenario político del momento. Pero sobre todo se le había conocido como resistente frente al nazismo: de hecho, la mayor parte de este epistolario lo escribe desde la cárcel a la que le habían llevado sus convicciones respecto a la necesidad de ofrecer un resuelto testimonio cristiano en las tremendas circunstancias y conflictos de aquella situación. Ello fue también lo que habría de provocar su condena y ejecución en abril de 1945, pocos días antes de que las tropas soviéticas hicieran su entrada en Berlín y se pusiera fin a la guerra en el frente europeo.

La curiosidad estaba, pues, justificada: ¿qué expresiones sentimentales podría encontrar el amor en aquel noviazgo tardío de quien alcanzaría después resonancia mundial como testigo cristiano y víctima de la oposición antihitleriana, como inspirador de corrientes radicales de la teología? ¿Confirmaría el epistolario las coordenadas de su pensamiento ya conocidas o introduciría, al abrigo de la privacidad de la comunicación, matices significativos o incluso rectificaciones? ¿Qué inesperados rasgos humanos se pondrían de manifiesto en esos papeles, vehículo de sentimientos tan normales en circunstancias tan extremas? La expectación se incrementaba todavía debido al prolongado secreto en que se mantuvo el material. Las cartas fueron entregadas por la novia, que después de la guerra trasladó su residencia a Estados Unidos, a la Universidad de Harvard, pero reteniendo su publicación hasta su fallecimiento en 1977; pero aun después han tenido que pasar largos años hasta ver la luz pública bajo los esmerados cuidados editoriales de la hermana de ella (casada con un nieto de Bismarck) y de un buen y cercano conocedor de la obra bonhoefferiana, como es U. Kabitz.

Es esta una documentación extraordinaria por más de un motivo, como referida que está a una situación igualmente singular. Escasas semanas se había extendido la relación de los prometidos en el otoño de 1942 antes de que Dietrich perdiera definitivamente la libertad a comienzos del año siguiente, y todavía más escasos fueron sus encuentros en ellas. Tanto más cuanto que la madre de la novia no veía con buenos ojos aquella relación con una persona que, aunque apreciada en el círculo familiar, donde era conocida desde siempre, estaba amenazada (había sido objeto de una serie de prohibiciones escalonadas, desde la de continuar en su cátedra berlinesa hasta la de residir en la capital del Estado) y sometida, consiguientemente, a una fuerte inseguridad y a un peligro para su existencia.

Apenas se puede hablar, por lo tanto, de un conocimiento mutuo suficientemente personalizado previo a la separación de los novios y al inicio de su correspondencia. Aparte de eso, veinte años de diferencia se daban entre sus edades; a la de Bonhoeffer la hacían además más grávida, junto con su superior madurez humana e intelectual, experiencias, opciones y riesgos poco frecuentes. Una vez en la cárcel, había que contar con la censura que frenaba espontaneidad y claridad al escribir sentimientos y noticias; con el racionamiento epistolar que imponía intervalos no deseados; con el deterioro de la infraestructura postal, mayor según avanzaba la guerra; con las dilaciones en el proceso de Dietrich, que nunca llegó a formalizarse, contrariando así la esperanza siempre renovada de una pronta libertad. Pero además, él había colaborado con un grupo de resistentes que preparaban un atentado contra Hitler, que de hecho tuvo lugar, sin el resultado esperado, el 20 de julio de 1944, cuando ya Dietrich se encontraba en la cárcel. Hechos de fuerte impacto, que no podían dejar de incidir positiva o negativamente en sus situaciones anímicas y en las perspectivas que los corresponsales se forjaban de normalización de sus vidas y, en definitiva, de matrimonio. Todos estos aspectos no pueden ser olvidados por el lector, porque todos ellos fueron determinantes en la composición de los escritos, como nos lo recuerdan notas, introducciones, adiciones biográficas y otros copiosos materiales informativos con que los editores –magnífica labor la suya, tanto como la del traductor, Dionisio Mínguez– los acompañan. El lector, de todas maneras, lo advierte en las cartas mismas; y no tanto por menciones explícitas a las dificultades extrínsecas –la cautela las prohibía–, sino por un cambio de temática y de tono, que en sus polos extremos oscila desde la fresca e ilusionada euforia del comienzo, enfocada hacia una liberación que se suponía inmediata, hasta la gravedad colmada de sombríos augurios –pero siempre impregnada de la mayor dignidad humana y de una profunda fe cristiana– de las últimas piezas epistolares, cuando ya estaba claro que no había lugar para la esperanza.

Son estos mensajes (unos 33 de Dietrich, el doble de María) cartas de amor, por supuesto; más justamente habría que decir: de enamorados. Prolijas en la narración de dulces banalidades; evocadoras, más que de un pasado común casi inexistente, del gozo del ansiado encuentro de la pareja en una soledad todavía inédita; conmovedoras en los mil detalles con que el cariño busca suplir la ausencia de la persona amada. Especialmente las procedentes de la novia rebosan de espontaneidad y frescor juvenil, ponen de manifiesto las ensoñaciones respecto del futuro, la admiración por la categoría humana e intelectual de su prometido. Solamente el respeto hacia la intimidad de una comunicación obviamente no destinada a la publicidad impedirá subrayar aquí y allá rasgos lindantes con la cursilería, por otra parte tan comprensibles.

En ese sentido las cartas revelan, al echar mano de toda la tópica nada original del lenguaje en que el amor se expresa, un aspecto insólito del riguroso teólogo, del combativo miembro de la Iglesia Confesante, del resistente. Pero al cumplir frente a sus destinatarios directos esta su finalidad inmediata, contienen mucho más para el lector alejado de la época y el contexto: introducen en la vida, hábitos, valores y preocupaciones de una familia de la aristocracia rural prusiana en los años treinta y cuarenta, como era la de María; reflejan la marcha y los efectos de la guerra, que afectan crecientemente tanto al prisionero como a los demás en su entorno próximo o más lejano; perfilan nítidamente un retrato psicológico y humano de los protagonistas, al que se suman, secundaria pero coloridamente, los de otras personas relacionadas con ellos.

Y ofrecen también, desde luego, perspectivas teológicas. En general, como era de esperar, por parte de Bonhoeffer; sólo en dos ocasiones plantea María temas o comentarios explícitamente referidos a esta área. Pero los del teólogo no son tampoco ni muy abundantes, ni muy desarrollados, ni especialmente novedosos para el conocedor de su pensamiento. Más bien sorprende no encontrar en ellos casi ningún eco de los intensos y reiterados cuestionamientos de la correspondencia del prisionero con su amigo E. Bethge, estrictamente simultánea, y que, a su publicación por éste en 1954, había de desencadenar un enorme y ardoroso remolino de adhesiones y controversias en los ambientes cristianos de Europa y América durante más de tres décadas (trad. esp. Resistencia y sumisión, Sígueme). La diferencia de preparación, de capacidad de sintonía y de situación anímica en ambos corresponsales es la explicación evidente de esta ausencia.

Son suficientes, sin embargo, las aportaciones en estas cartas a la novia para reconocer algunos de los acordes típicos y constantes en la obra bonhoefferiana. Así su valoración de la inserción del cristiano en los compromisos terrenos, frente a todo espiritualismo desencarnado; la visión de una fe que permite una interpretación providencialista de los acontecimientos, también de los negativos, como de alguna manera referidos a un sentido vislumbrado o sencillamente creído aunque no siempre resulte evidente ni patente; la lectura, iluminadora de la realidad que vivía, de la Sagrada Escritura, meditada diariamente en los textos apropiados del calendario luterano; la penetración creyente y orante de los misterios cristianos en íntima conexión con las experiencias del momento, tal como resuena en las sucintas consideraciones que lleva a cabo, hondas y plenas de convicción religiosa, suscitadas por la sucesión de los tiempos litúrgicos.

Un libro, en fin, al que el conocimiento previo del trágico desenlace que iba a poner fin a la correspondencia no resta nada de emoción en el seguimiento de los azares que aproximan y distancian estas dos vidas y en la constatación de las implicaciones humanas y ambientales, individuales y familiares, de su relación. Nos alegramos de disponer de este complemento a la vida y obra de Dietrich Bonhoeffer, cuando dentro de poco se va a cumplir el 55 aniversario de su muerte. No añade nada espectacular a lo ya sabido; pero a partir de ahora quien desee profundizar en retazos de vida que son exponentes de un conflictivo segmento de la historia europea reciente, no podrá prescindir de él.

01/09/1999

 
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