ARTÍCULO

La juventud como subproducto

 

Uno de los subgéneros literarios de mayor tradición académica es la sociología de la juventud, que sin alcanzar el status de otras materias más consolidadas (como la sociología electoral, del trabajo, de la familia o de la educación), ofrece sin embargo el atractivo de resultar excitante y un poco romántica, gracias al prestigio que adquieren los comportamientos juveniles más llamativos o escandalosos. Además, el prolongado desempleo ha elevado el interés por los jóvenes, a causa de los problemas generados por el bloqueo de la emancipación juvenil. Lo cual explica la proliferación de libros de sociología de la juventud.

Por eso, muchas de las investigaciones emprendidas por los jóvenes sociólogos que acaban de licenciarse versan precisamente sobre la juventud, dada la urgente inmediatez de un problema que protagonizan muy de cerca porque les afecta personalmente. Esto hace que tales investigaciones pequen de etnocentrismo autorreferente, dada la identidad (o al menos la identificación) entre sujeto y objeto de la investigación. Es lo que sucede con algunos de los libros más recientes sobre sociología de la juventud que se comentan a continuación.

Josune Aguinaga y Domingo Comas ya no pueden considerarse jóvenes investigadores, pues su trayectoria docente y profesional como expertos en temas de familia, menores y abusos tóxicos resulta considerable. Por eso sirven aquí de contraste con los demás ejemplos restantes, pues su libro se sitúa casi en las antípodas de los otros tres, dados su enfoque y su metodología. Se trata del somero análisis de una encuesta de presupuestos temporales (o Time Budget) administrada a una muestra representativa de jóvenes españoles, a partir de un cuestionario diseñado por José Luis Zárraga, que es uno de los más conocidos expertos españoles en la materia; lo cual hace al estudio doblemente interesante, dada su posible comparación homogénea con las investigaciones anteriores del propio Zárraga. Sin embargo, en esta publicación no se explota semejante posibilidad tanto como sería de desear, ni hay tampoco comparaciones con otras encuestas temporales europeas como las dirigidas por Jonathan Gershuny con el patrocinio de Bruselas.

Frente a este ortodoxo ejemplo cuantitativo de investigación empírica, los otros tres libros considerados son obra de investigadores jóvenes que utilizan una metodología exclusivamente cualitativa, basada en las entrevistas personales o los grupos de discusión, lo que les resta una gran parte de su posible relevancia investigadora dada la imposibilidad de contrastación empírica. No obstante, ello no les priva de su posible interés como descripción narrativa del objeto considerado, con tal de que su percepción, necesariamente parcial y subjetiva (por lo tanto no representativa), sea suficientemente perspicaz, y esto sólo depende de la intuición y experiencia del analista.

El equipo de investigadores dirigido por la profesora de la Universidad Complutense Fernández Villanueva (en el que participan Roberto Domínguez Bilbao, Leonor Gimeno Giménez y Juan Carlos Revilla Castro) ya tiene probada experiencia investigadora en el análisis psicosocial del maltrato y la violencia. Frente a sus otros estudios anteriores, más centrados en el género y la familia, aquí analizan la violencia racista o xenófoba protagonizada por grupos juveniles de hooligans futbolísticos, neonazis o skinheads. Pero la perspectiva metodológica es la misma: la psicología social como marco (con un modelo explicativo basado en la interacción y el autorrefuerzo) y el grupo de discusión como técnica (con dos grupos de ultras deportivos, dos grupos de activistas de extrema derecha y un grupo de jóvenes bakalaeros como contraste). Y el objeto central de análisis pasa a ser la identidad grupal de los jóvenes, autodefinida por su imaginario simbólico como una comunidad fraterna. En este sentido, lo más problemático resulta el concepto de violencia simbólica manejado por los autores de la investigación, que no se sabe muy bien qué significa. Aquí se echan de menos los análisis del antropólogo Victor Turner sobre la transgresión como violencia ritual productora de «communitas» antisistema, que han sido asociados por el sociólogo político Stefan Breuer con el carisma de la violencia que movilizó al nazismo alemán.

Por eso, un complemento muy apropiado a la investigación precedente podría ser el texto de Carles Feixa: joven antropólogo catalán que ha investigado en México y ampliado sus estudios de posgrado en Roma, París y Berkeley. Aquí el objeto de estudio no es estrictamente la violencia juvenil, pero sí las subculturas marginales de ciertos grupos juveniles, mal llamados tribus urbanas, que son frecuentemente asociados a la violencia, entre los que destacan los punkies. El marco analítico es la antropología cultural (utilizando como modelo explicativo los Cultural Studies de la Escuela de Birmingham) y las técnicas utilizadas son la observación participante y sendas entrevistas en profundidad a un punkie de Lleida (Félix el Gato) y a un chavo-banda de México D.F. (Pablo el Podrido).

Lo mejor del libro es desde luego la introducción bibliográfica donde repasa las principales teorías subculturales-juveniles propuestas por diversas escuelas italianas, francesas y anglosajonas, con especial énfasis en los principales autores de la ya citada Escuela de Birmingham: Stuart Hall, Paul Willis y Dick Hebdige. Sólo se echa de menos, quizá, la Escuela de Oxford (Rom Harré y colaboradores, autores de The Rules of Disorder), la Escuela de Leicester (Eric Dunning y colaboradores, expertos en violencia deportiva) y epígonos recientes de la Escuela de Chicago (como Gerald Suttles, autor de The Social Order of the Slum). Y al igual que en la investigación antes citada, también se echa de menos aquí un más profundo análisis teórico de la función simbólica del ritual. Además del ya aludido Victor Turner, falta la otra figura esencial de la antropología cultural británica: Mary Douglas, autora de Símbolos naturales.

Cierra, en fin, esta selección apresurada la muy sólida tesis doctoral de un prometedor sociólogo, Enrique Martín Criado, formado en la Escuela creada por el desaparecido Jesús Ibáñez. También aquí la técnica es cualitativa (diez grupos de discusión suministrados a estudiantes, empleados y parados, todos ellos jóvenes), pero el objeto es completamente distinto, pues se trata nada menos que de deconstruir (en el sentido iconoclasta de derruir, más que en el derrideano de descifrar) tanto la sociología de la juventud como la propia juventud misma, entendida como concepto unitario. Para ello se parte de la teoría de la reproducción de Pierre Bourdieu como único modelo explicativo, aplicado al pie de la letra con escolástico tesón. Por lo tanto, también la tesis presenta los mismos fallos de dogmático reduccionismo estructural que aquejan al soberbio y sobrevalorado maestro francés. Sin embargo, la calidad de su escritura y el rigor de su argumentación hacen olvidar, y a veces perdonar, el sectarismo de sus prejuicios.

La hipótesis fundamental de la obra es que no existe la juventud como categoría unitaria, sino los jóvenes, heterogéneamente estratificados por la división en clases sociales. Y para ello se sostiene que semejante división es socialmente producida por la acción de dos instituciones reproductoras del orden social: la educación formal y el mercado de trabajo. De ahí que la juventud sea un producto, según reza el título de la tesis, en el doble sentido de que es un artefacto imaginario (o un concepto irreal), inventado al efecto por la sedicente sociología de la juventud, y de que las diversas clases de jóvenes sólo pueden entenderse en términos relacionales, a partir de prácticas estratificadas predispuestas por las instituciones.

Pero subrayar esta evidencia equivale a descubrir el Mediterráneo, pues si somos mínimamente nominalistas reconoceremos que, en efecto, el concepto de juventud, como cualquier otro que podamos definir (por ejemplo, el de clase social), no designa una realidad objetiva sino apenas una categoría clasificatoria de ciertas relaciones sociales. De ahí que reificar la juventud sea tan falaz como reificar el habitus o el campo social (por no hablar de la estructura o la clase social), que son conceptos inventados por la Escuela de Bourdieu para utilizarlos como si tuviesen objetiva existencia real. Una vez hecha esta salvedad, todo lo demás resulta perfectamente aceptable, pues en efecto, hay tantas clases de jóvenes como trayectorias vitales estratificadas socialmente: la juventud no es homogénea sino que aparece internamente dividida por una irreductible desigualdad social. Pero reconocer semejante obviedad, descontada por todo sociólogo que se precie, no significa decretar la inexistencia o falsedad del concepto de juventud.

De hecho, la juventud, como la edad misma, no es una mera variable clasificatoria, pues se trata de una institución social. Y esta perspectiva institucional, periférica en la obra de Bourdieu, es ignorada en la tesis de Martín Criado, que adopta una óptica excesivamente reduccionista. Lo cual resulta sorprendente, pues el propio Bourdieu, aunque sea tangencialmente, sí posee una cierta visión institucional. Por ejemplo, en su conocido artículo «Los ritos como actos de institución» (traducido en la compilación de Pitt-Rivers y Peristiany, eds.: Honor y gracia, Alianza, Madrid, 1993), se sientan las bases de una posible definición institucional de la juventud, entendida como proceso ritual de transición selectiva a las cerradas posiciones adultas.

No obstante, la visión de Bourdieu también resulta reduccionista, pues de creerle, las instituciones son los verdaderos Sujetos del proceso social, quedando las personas relegadas al papel de meros Objetos de la acción institucional. De ahí que su discípulo Martín Criado, al hacer suya esta perspectiva, reduzca también la juventud al estado de mero producto social. Y aquí es donde se le puede corregir, haciendo ver que la juventud no es tanto un producto como un subproducto, entendido este concepto en el sentido de Elster. Las instituciones proponen, las personas improvisan y el azar dispone. Y al final, el resultado sólo es una consecuencia no querida, ajena por entero tanto a la programación institucional como a la voluntad personal.

Aplicado a la juventud, este esquema revela que los jóvenes son subproductos imprevistos, contingentes e inciertos, que escapan tanto a la programación predispuesta para ellos por las instituciones pertinentes (no sólo la enseñanza y el trabajo sino también la familia, que en esta tesis resulta casi desatendida) como a la propia voluntad intencional de los interesados. De ahí la inconveniencia de investigarlos a partir de su discurso (como sucede con las metodologías cualitativas), dada la aleatoria frustración de las expectativas que puedan abrigar.

Y este carácter de subproducto colateral (o efecto secundario) adquirido por la juventud nunca resulta tan visible como ahora mismo, cuando el destino para el que se intenta programar a los jóvenes resulta cada vez más aleatorio, contingente e incierto. De ahí que esté cambiando incluso el concepto mismo de juventud. Hasta aquí se definía como un proceso de transición unilineal que partía de un solo inicio (la familia originaria) y concluía en un solo destino final (la posición adulta lograda de por vida, consistente en un mismo empleo estable y una sola familia indisoluble). Pues bien, ya no es así, pues la precariedad laboral y la desestructuración familiar impiden trazar biografías unilineales. Ahora los itinerarios vitales son tan quebrados, laberínticos y erráticos como borgianos jardines de senderos que se bifurcan. De ahí que ahora la juventud signifique un proceso de transición abierto a múltiples salidas falsas que quizás obliguen a empezar de nuevo, al carecer de cualquier posible destino final. No es raro, por tanto, que los jóvenes como Martín Criado se llamen a engaño, denunciando las falacias de la definición institucional de juventud.

01/02/1999

 
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