ARTÍCULO

¡Escucha hombrecito la voz de tu sexo!

 

Wilhelm Reich escribió ¡Escucha hombrecito! (1948) como consejo dedicado al hombre común con objeto de conseguir su liberación sexual. Alguien tan provocador como Reich no podía imaginar que su esfuerzo emancipador fuera a ser interpretado, tiempo más tarde, como parte de una tenaz estrategia de control individual. Así ocurrió cuando Michel Foucault publicó La historia de la sexualidad. La voluntad de saber (1976). Para Foucault, la más temible actuación de control social no se ejerce mediante la represión del sexo, como había supuesto Reich, sino mediante la incitación a expresar, a hablar de los deseos más íntimos. En este sentido, las sesiones de terapia psicoanalítica o la llamada revolucionaria a agruparse en movimientos sociales, en la visión del filósofo francés, en vez de liberar tienden a formar un concepto de la sexualidad normal que delimita nuestras experiencias vitales básicas. Esta definición del «sexo verdadero», la auténtica concepción de la sexualidad a la que se pliegan todas nuestras pasiones, se ha producido en la historia a través de una práctica de confesión canónica, surgida al amparo de la Iglesia medieval. El psicoanálisis es el epílogo de esta historia del control social. Las prácticas terapéuticas de las ciencias humanas; incluidas las más críticas y progresistas, han sustituido al poder eclesiástico en el poder de control de la sexualidad moderna, desde el proceso de secularización hasta nuestros días. Desde este punto de vista, directo trasfondo teórico de Sexo y Razón, el «sexo verdadero» determina los límites del comportamiento corporal, nuestra forma de sentir, pensar y experimentar, la formación y desarrollo de las poblaciones. Y, más allá de esta operación de control de nuestra experiencia de individuos modernos, aparece la desmesura y monstruosidad de experiencias perversas como la de Sade. La sexualidad y la razón modernas se han configurado en el tiempo como maldición y contrapunto científico de la locura, la enfermedad, la perversión, la delincuencia...

La genealogía de la sexualidad en España realizada por Francisco Vázquez y Andrés Moreno prosigue, principalmente, este planteamiento foucaultiano, entroncado con la formación clásica de la sociología por Weber y Durkheim, y complementado por Norbert Elías, Richard Sennet, Pierre Bourdieu, Luc Boltanski o la nueva escuela de Chicago de sociología de la desviación. Francisco Vázquez había ya analizado la aportación de Foucault a la historigrafía contemporánea en Foucault y los historiadores (Cádiz, 1987). El desarrollo de esta genealogía cuenta no sólo con los trabajos monográficos previos sobre un problema casi no desbrozado –aquí la originalidad del trabajo– sino multitud de documentos oscuros de las «vidas infames» de los padecientes encausados, informes médicos y periciales de los técnicos sociales, proyectos de reformadores ilustrados, consejos de príncipes, documentos teológicos... que manifiestan las contradicciones políticas, inquisitoriales propósitos, espúreos intereses de la clase social dominante –aquí Marx es una referencia teórica imprescindible para los autores–, o las más viles intenciones constrictivas de esta racionalidad sexual moderna. Racionalidad sexual que los autores quieren revelar en su carácter más contingente de realidad histórica y producto cultural por debajo de su pretensión de constituir una naturaleza humana a través de la experiencia sexual establecida. Para demostrar esta contingencia, los autores muestran la diversidad de dispositivos institucionales y mecanismos disciplinarios que aparecen como acontecimientos en segmentos históricos amplios de la edad media al capitalismo tardío. En Francia, el representante más destacado de esta elaboración genealógica es Robert Castel, L'ordre psychiatrique (1976), y en España, Julia Varela, Modos de educación en la España de la Contrarreforma (1983), y Fernando ÁlvarezUría, Miserables y locos. Medicina mental y orden social en la España del sigloXIX (1983). Aquí encuentra Sexo y Razón sus modelos teóricos más inmediatos.

Esta interesante investigación organiza los sedimentos producidos de nuestra experiencia sexual en torno a cuatro agrupaciones de discursos y disciplinas: la producción confesional –primero religiosa y luego biopolítica– de la masturbación como pecado y extravío derrochador, inconveniente a las poblaciones hacendosas y a la sexualidad infantil; la formación del hermafrodita como monstruo sexual de repudiable ambivalencia sexual y moral; de las «abominaciones de la carne» –libertino, sodomita, satánico...–, la «delectatio morosa», la homosexualidad y la ninfomanía como figuras perversas de la sinrazón y tipos jurídicos, clasificables y de cuya peligrosidad habrá que preservarse organizando la «defensa social»; la acción política de vigilancia, las valoraciones religiosas, morales o científicas, y las utilidades sociales atribuidas a la prostitución desde el régimen de las mancebías, las barraganas, las cortesanas y las ejercientes en casas de tolerancia, hasta las medidas eugenésicas contra los prostíbulos y su cierre franquista en 1956; la construcción sociosexual del cuerpo femenino según diferentes modelos de sexualidad femenino en el dispositivo económico de alianzas, el «amor cortés», el «dolce stil nuovo», la explicación humoral de las diferencias sexuales, los débitos conyugales, hasta la construcción reciente de modelos científicos negativos de mujer como la histérica y la ninfómana, y positivo como la «madre eugénica» o la sana reproductora de la especie.

Uno de los grandes méritos del libro es haber realizado un archivo de múltiples documentos de muy variado tenor sin sucumbir en la acumulación. Existe una sugerente y provocativa interpretación de estas fuentes desde una perspectiva más propia del pensamiento político que de la historia. A veces el contraste ambicioso de prácticas disciplinarias en períodos de larga temporalidad puede conducir a que se olviden los detalles de un segmento de historia. Pero más importante es el alumbramiento inédito de las conexiones políticas de doctrinas religiosas y teorías científicas en torno a este núcleo de nuestra constitución como sujetos modernos. Dos españoles acaban desvelando brillantemente que las oscilaciones en las prácticas sexuales de nuestra transición democrática, en manifiesto movimiento de apertura, forman parte de un dispositivo de control antiguo, donde cada nueva liberación puede ser soterrada y persistente estrategia de control.

01/05/1998

 
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